DOCTORA CAROL BYRNE: LA REFORMA LITÚRGICA

Reforma de la Semana Santa VI

Una liturgia reformada
se vuelve contra las devociones tradicionales

Cuando Bugnini describió la reacción de los obispos a la Vigilia Pascual reformada como una «explosión de alegría en toda la Iglesia», su júbilo fue prematuro: la jactancia se volvió inmediatamente en su contra. Desde 1951 en adelante, la reforma se topó con un problema irresoluble: un sentido de la Tradición Católica entre la mayoría de los fieles que no podía ser erradicado por la fuerza. Eso llevaría algún tiempo más.

Para 1959, el escritor agustino estadounidense, el padre Dennis Geaney, comentó con tristeza que «la Vigilia Pascual restaurada encuentra una resistencia silenciosa pero obstinada».([1]) En otras palabras, la gente se resistía a renunciar a sus tradiciones de Semana Santa que había sido parte integral de la vida católica durante siglos.

Intolerancia hacia las devociones tradicionales

Siempre ha sido un objetivo clave del Movimiento Litúrgico eliminar la mayoría de las expresiones de piedad popular legítima, ya sea que tengan lugar durante la liturgia o fuera de ella. Según vimos en el artículo 3 anterior, Dom Lambert Beauduin fue el primero en instar a que las devociones católicas se sometieran a un proceso de “sublimación” para que “todos los cristianos vivieran la misma vida espiritual, para que todos se nutrieran del culto oficial de la Santa Madre Iglesia”.([2])

Habitantes de un pueblo inglés desfilan alrededor de la iglesia parroquial
durante las ceremonias del Jueves Santo en la década de 1950

En su opinión, sólo los ritos estrictamente litúrgicos tenían verdadero valor y dignidad. Por eso, los reformadores litúrgicos hicieron todo lo posible por acelerar el colapso de las costumbres y tradiciones piadosas que eran apreciadas por los fieles católicos.

No cabe duda de que los reformadores veían sus esfuerzos como un juego de suma cero en el que las ganancias de su parte debían necesariamente igualar las pérdidas de los católicos tradicionalistas. De repente, las devociones se encontraron compitiendo con la liturgia, mientras que tradicionalmente siempre se las había considerado un medio para complementar los beneficios de la liturgia aumentando el fervor religioso de los fieles.

Un liturgista resumió el sentimiento general de los reformadores: «Debemos lamentar el éxito de las devociones porque invaden toda la conciencia católica a expensas de la liturgia».([3])

El camino de los trífidos

Sobre el tema de la invasión, el Padre Joseph Jungmann, uno de los asesores de la Comisión Litúrgica de Pío XII, afirmó que el «crecimiento descontrolado de formas de devoción muy periféricas» era tan bienvenido en la Iglesia como la maleza en un jardín bien cuidado.([4])

Así, las devociones fueron representadas como una población salvaje de maleza siniestra —viene a la mente la palabra «trífidos»— que avanzaba sobre la liturgia con intenciones malévolas. Este fue un ejemplo del tipo de prejuicio irracional del que se nutrió el Movimiento Litúrgico.

La amenazante planta descontrolada que se hizo famosa
en la novela de John Whyndham, El día de los trífidos

A medida que las calumnias contra la piedad tradicional se multiplicaban,([5]) las devociones populares llegaron a ser vistas como pestilentes, como si fueran una plaga de langostas o algún tipo de enfermedad que debía controlarse o erradicarse. Y así fueron perseguidas casi hasta su desaparición.([6])

La historia del Movimiento Litúrgico ha demostrado que cualquier intento de erradicar sistemáticamente las devociones populares destruye no sólo esas formas de piedad, sino la piedad misma. Dondequiera que se han erradicado tradiciones católicas profundamente arraigadas —sean litúrgicas o no—, el vacío se llena invariablemente con actividades de carácter secular, de las que necesariamente falta un sentido de santa reverencia.

La minimización de las devociones piadosas durante la Semana Santa([7])

En Mediator Dei, Pío XII alentó y defendió enérgicamente las devociones tradicionales.([8]) Eso fue antes de que nombrara a los miembros de su Comisión Litúrgica. Pero en 1955 hubo un cambio claro en la política papal hacia las devociones populares tradicionalmente asociadas con la Semana Santa. Se mencionaron sólo una vez en Maxima Redemptionis, donde se las trató con distanciamiento y desdén, como si fueran intrusos indignos en terreno sagrado.

El Decreto afirma: «Ni estos ritos [de Semana Santa] pueden ser suficientemente compensados por aquellos ejercicios de devoción que usualmente se llaman extralitúrgicos».

Toda la ciudad de Perpiñán, Francia, solía salir
a las ceremonias de la Semana Santa

Este fue un ejemplo clásico de falacia del hombre de paja (ocurre cuando una persona distorsiona, exagera o simplifica en exceso el argumento de otra, para luego atacar esa versión falsa en lugar del punto original): nadie había propuesto reemplazar la liturgia de la Iglesia con servicios «extralitúrgicos».

De hecho, ambos habían coexistido pacíficamente durante siglos. Contrariamente a lo que se afirmaba en Maxima Redemptionis, ambos habían sido populares entre los fieles en la mayoría de los países europeos, especialmente en aquellos con una larga tradición católica. Decir que congregaban a multitudes sería quedarse corto; en muchos países católicos, pueblos y ciudades enteras acudían a ellos (véase Jueves Santo en Perpiñán 1952).

Existen testimonios de primera mano que indican que, durante la Semana Santa en Roma a principios del siglo XX, todas las iglesias, grandes y pequeñas, estaban abarrotadas tanto para los servicios litúrgicos como para los extralitúrgicos:

«En las tardes del miércoles, jueves y viernes, las grandes basílicas de San Pedro, San Juan de Letrán y Santa María la Mayor estaban repletas de miles de fieles… mientras que los romanos devotos preferían asistir a los servicios en las iglesias menos conocidas. Quizás nunca antes los Altares de la Reserva habían sido visitados por tal cantidad de personas; frente a San Silvestre o el Gesù, a veces había que esperar un cuarto de hora para poder entrar en la iglesia, mientras que en la Scala Santa, durante toda la semana, se producía una peregrinación incesante de devotos que subían la escalera sagrada de rodillas. Por el momento, es difícil recordar que la Roma de 1911 estaba plagada de masonería, socialismo, anarquía y anticlericalismo en todas sus formas».([9])

Un escenario similar se encontró en la Venecia del siglo XVIII en la Basílica de San Marcos, donde sabemos que “En las ceremonias de Semana Santa en San Marcos, el Dux estaba presente como de costumbre; y con él la Señoría,([10]) el Senado, los altos funcionarios del Estado, el Nuncio Papal y los demás embajadores”.([11])

Subir la Scala Santa de rodillas era una
devoción popular de Semana Santa en Roma


Al enfrentar las ceremonias litúrgicas y extralitúrgicas, Maxima Redemptionis avivó un espíritu de contienda en la Iglesia, con el Sagrado Triduo como epicentro de la polémica.

En la Instrucción que acompañó al Decreto, ya no se solicitaba a los obispos que promovieran activamente las devociones, sino que trataran con cautela (“prudenter”) las diversas costumbres populares asociadas a la Semana Santa (véase el documento aquí). En el mismo documento, las devociones tradicionales se presentaban como problemas a resolver («De quibusdam difficultatibus componendis»), es decir, como obstáculos en el Movimiento Litúrgico, en lugar de tradiciones apreciadas y medios eficaces de renovación espiritual para los fieles. Además, se pedía a los obispos que instruyeran a los fieles en cuanto a la notable superioridad de los ritos «restaurados» de la Semana Santa sobre cualquiera de sus devociones.([12]) El mensaje, recalcado con fuerza, que ponderaba la superioridad de la liturgia oficial de la Iglesia sobre las devociones populares, era otro argumento falaz. ¿Qué católico tradicional negaría que la liturgia es la cúspide del culto católico?

Una estrategia de mensaje subliminal([13])

Los obispos progresistas del Movimiento Litúrgico comprendieron las implicaciones revisionistas radicales del Decreto mucho más claramente que muchos de los conservadores ajenos al Movimiento. El mensaje subyacente, inspirado en Bugnini, era que debían estar alerta para defender los límites de los ritos reformados frente a cualquier competencia de los tradicionalistas. También era evidente para los progresistas que a los millones de católicos que encontraban consuelo espiritual en las devociones de Semana Santa no se les animaba a seguir haciéndolo, y que sin ese estímulo de los pastores las devociones tradicionales se marchitarían y morirían.

Así pues, el bien de las almas no era el objetivo en absoluto: se trataba más bien del deseo de los reformadores de utilizar la liturgia de la Iglesia como un medio para un fin egoísta: satisfacer su animosidad hacia las devociones populares entre los fieles.

Maxima Redemptionis y su Instrucción adjunta, por lo tanto, contribuyeron a dar una connotación negativa a las devociones tradicionales de la Semana Santa, implicando que éstas estaban usurpando de alguna manera el papel de la liturgia oficial de la Iglesia.

Era sólo cuestión de tiempo antes de que estos sentimientos anti devocionales se arraigaran en la Iglesia mayoritaria hasta el punto de producir rutinariamente una reacción visceral en la mayoría del clero contra el concepto mismo de piedad católica. Con el impulso inicial dado por Maxima Redemptionis, aquellas prácticas piadosas relacionadas con la Semana Santa, que el Movimiento Litúrgico ha hecho todo lo posible por suprimir, fueron oficialmente relegadas al olvido.

Continuará.


[1] Dennis Geaney, “Entusiasmo contenido”, Worship, volumen 33, número 7, 1959, página 419.

[2] Lambert Beauduin, La Piété de l’Eglise,  (La piedad de la Iglesia) Lovaina, Abadía de Mont-César, 1914 (publicada en traducción al inglés por Virgil Michel con el título de Liturgy: the Life of the Church (Liturgia, la vida de la Iglesia). Collegeville, 1926).

[3] Marcel Metzger, Historia de la liturgia: Las etapas principales, Liturgical Press, 1997, página 135. El mismo autor afirma: «El Concilio Vaticano II ha restaurado la enseñanza de la liturgia en la formación del clero. Debemos reconocer que esta enseñanza no se impartía de manera satisfactoria antes del Concilio» (ibíd., página 136).

[4] Joseph Jungmann, “La Constitución sobre la Liturgia” en Herbert Vorgrimler (Editor), Comentario sobre los Documentos del Vaticano II, volumen 1, Nueva York: Herder & Herder/Londres: Burns & Oates, 1967, página 17.

[5] Los reformadores alegaban que los fieles sólo recurrían a las devociones porque se sentían alejados del verdadero culto de la Iglesia por falta de “participación activa”. Denigraban las devociones tradicionales como un vestigio primitivo de una supuesta época pre-moderna supersticiosa y las rechazaban por ser “empalagosas”, “sentimentales” e “individualistas”.

[6] Los únicos lugares donde se pueden tolerar las devociones populares son en el hogar, en reuniones, en escuelas y en algunas sociedades religiosas, pero ciertamente no en la iglesia.

[7] Las devociones más populares de la Semana Santa eran la visita a los siete Altares de Reposo, el Vía Crucis, las Tre Ore (una misa del Viernes Santo que consistía en sermones sobre las Siete Últimas Palabras, meditaciones e himnos que conmemoraban las Tres horas de agonía de Cristo en la Cruz), las procesiones religiosas por las calles y la bendición de los hogares la noche del sábado Santo. Esta última fue eliminada específicamente en la Instrucción que acompaña a Maxima Redemptionis para dar paso a la Vigilia Pascual «restaurada».

[8] Mediator Dei, 1947 §§ 173-185.

[9]  «Semana Santa en Roma», The Tablet, 22 de abril de 1911.

[10)  El órgano de gobierno de la República de Venecia.

[11]  “La Semana Santa y la Pascua en San Marcos, Venecia, en el siglo XVIII”, The Tablet, 8 de abril de 1911.

[12] AAS, 1955, “Instructio De Ordine Hebdomadæ Sanctæ Instaurato Rite Peragendo” (Instrucción sobre el rito de llevar a cabo el orden de la Semana Santa restaurada), página 847.

[13] Partiendo de la base de que los mensajes subliminales son de tan alta frecuencia que resultan inaudibles para el oído humano, una «estrategia de mensajes subliminales» es una forma de comunicación política que emplea un lenguaje codificado cuyo significado se pierde para el público general, pero que tiene una resonancia específica para un subgrupo determinado. La relevancia radica en que los miembros del Movimiento Litúrgico que “estaban al tanto”, captarían el mensaje secreto.