DOMINGO DÉCIMO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
Para algunos, los que estaban persuadidos en sí mismos de su propia justicia, y que tenían en nada a los demás, dijo también esta parábola: Dos hombres subieron al Templo a orar, el uno fariseo, el otro publicano. El fariseo, erguido, oraba en su corazón de esta manera: “Oh Dios, te doy gracias de que no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros; ni como el publicano ése. Ayuno dos veces en la semana y doy el diezmo de todo cuanto poseo”. El publicano, por su parte, quedándose a la distancia, no osaba ni aun levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Oh Dios, compadécete de mí, el pecador”. Os digo: éste bajó a su casa justificado, mas no el otro; porque el que se eleva, será abajado; y el que se abaja, será elevado.
Nos encontramos en el Décimo Domingo de Pentecostés. Después de una interrupción, debida a la Fiesta de Santa Ana, retomamos hoy lo dicho hace quince días:
Consecuencia de la intromisión de seis pastores protestantes y de católicos protestantizados, el NOM se manifiesta como una comida (Cena del Señor) y no un sacrificio. Esta eliminación se realiza y manifiesta de cuatro maneras.
La primera de ellas es por la supresión del Ofertorio; y prometimos volver sobre esta cuestión, que nos llevará más de un domingo.
En efecto, el Ofertorio es una parte muy importante de la Misa. Una misa sin Ofertorio no puede ser aceptada por la sana doctrina. Hoy vamos a considerar, principalmente, el Ofertorio Católico, y sólo introducir la deformación protestantizada llevada a cabo por la Nueva Misa.
Por su naturaleza, ¿qué debe contener? Una ofrenda, en un espíritu de oblación y de propiciación y no sólo una presentación de dones.
Una misa que no tiene Ofertorio, y en su lugar despliega la simple presentación de dones, desprovista de un verdadero sentido de oblación propiciatoria, no responde a la sana doctrina.
¿Qué es lo específico del Ofertorio?
El pan y el vino no se ofrecen en sí mismos, pues el único Sacrificio de la Santa Misa es el de Jesucristo. Bajo los signos del pan y del vino, lo que se ofrece previamente ya es el sacrificio de Cristo, es la Hostia Inmaculada y el Cáliz de salvación.
¿Por qué entonces ofrecer pan y vino antes de que sean transubstanciados? ¿Por qué no hacer presente de inmediato la única Santa Víctima que puede interceder por nosotros?
Por una razón de conveniencia: antes de ser transubstanciados en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, el pan y el vino deben ser separados, dedicados a Dios, ofrecidos.
Es cierto que no permanecerán substancialmente después de la Consagración; pero las apariencias del pan y del vino, los accidentes, envolverán al Divino Salvador; y de la misma manera que un vaso sagrado, que va a contener el Cuerpo o la Sangre de Cristo, no puede ser utilizado sin haber sido consagrado o bendecido previamente, es ineludible, pues, dedicar el pan y el vino que prestarán su apariencia a Dios.
Mientras se espera la Consagración, el Ofertorio resalta la parte relativa y humana del Sacrificio. Papel delicado, que implica colocar (provisionalmente) lo relativo en primer plano, sin olvidar, sin embargo, su relatividad, y sin ocultar el Sacrificio perfecto.
Era necesario mencionar el significado de la ofrenda; y, para hacerlo, recordar explícitamente el sentido del Santo Sacrificio y el propósito de la Santa Misa. Las oraciones del Ofertorio son muy apropiadas para manifestar todo esto. Consideremos estas oraciones.
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a) Oblación del pan
La primera oración, Suscipe, sancte Pater, resume ya todo lo que es útil saber sobre el Sacrificio:
Recibe, oh Padre Santo, omnipotente y eterno Dios, esta hostia inmaculada, que yo, indigno siervo tuyo, te ofrezco a Ti, mi Dios vivo y verdadero, por mis innumerables pecados, ofensas y negligencias, y por todos los circunstantes, así como también por todos los fieles cristianos vivos y difuntos; a fin de que a mí y a ellos nos aproveche para la salvación y vida eterna. Así sea.
¿A quién se ofrece el sacrificio? A Dios: Padre Santo, omnipotente y eterno Dios.
¿Quién sacrifica? El sacerdote: que yo, indigno siervo tuyo, te ofrezco.
Es muy importante que la primera oración del Ofertorio manifieste el carácter peculiar del sacerdote; pues él no ofrece estos dones de la misma manera que los feligreses, ya que está marcado por el Carácter del Sacramento del Orden, y es por sus manos que Jesucristo ofrecerá su Sacrificio. Por lo tanto, se comprende que sea él el primero en invocar la Divina Misericordia por sus pecados, enfatizando su indignidad.
¿Qué se ofrece? Esta hostia inmaculada, es decir, Jesucristo, cuya ofrenda se actualizará en la Consagración.
¿Por qué se ofrece? En expiación: por mis innumerables pecados, ofensas y negligencias.
¿Por quién? Por el sacerdote primero, luego por los fieles, vivos y muertos, para obtener la vida eterna: por todos los circunstantes, así como también por todos los fieles cristianos vivos y difuntos; a fin de que a mí y a ellos nos aproveche para la salvación y vida eterna.
b) Preparación del Cáliz
El sacerdote recita la oración Deus, que humanæ substantiæ bendiciendo y vertiendo una gota de agua en el vino que será consagrado:
Oh Dios, que maravillosamente formaste la naturaleza humana y más maravillosamente la reformaste: haznos, por el misterio de esta agua y vino, participar de la divinidad de Aquel que se dignó hacerse partícipe de nuestra humanidad, Jesucristo, tu Hijo Señor Nuestro, que, Dios como es, contigo vive y reina en unidad del Espíritu Santo, por todos los siglos de los siglos. Así sea.
Este rito manifiesta la unión de la naturaleza humana con la naturaleza divina en la Persona de Nuestro Señor. Los Padres griegos también veían aquí un recuerdo de la sangre y el agua que corrió del costado de Cristo. Finalmente, es el símbolo de la inclusión de nuestra ofrenda en el sacrificio de Cristo.
Es un maravilloso resumen de la historia de la salvación (Encarnación y Redención). Todo el significado del Santo Sacrificio se resume allí; mientras que la gota de agua expresa nuestra adhesión a la Redención.
c) Oblación del Cáliz
La ofrenda del Cáliz de salvación es análoga a la de Hostia inmaculada, pero se destaca la primera persona del plural:
Te ofrecemos, Señor, el Cáliz de salvación, implorando tu clemencia para que suba con olor de suavidad hasta el acatamiento de tu Divina Majestad, para nuestra salvación y la de todo el mundo. Así sea.
d) Oblación de los fieles: In spiritu humilitatis.
Terminada la oblación del pan y del vino, que representa relativamente también la oblación de nuestras personas, es apropiado que una oración mencione explícitamente esta ofrenda de nosotros mismos, y es esto que se hace aquí de manera inequívoca: … suscipiamur a Te, Domine…
Recíbenos, Señor, animados de un espíritu humilde y de un corazón arrepentido; y tal efecto produzca hoy nuestro sacrificio en tu presencia, que del todo te agrade, oh Señor y Dios nuestro.
e) Invocación del Espíritu Santo: Veni Sanctificator
Ven, oh Dios santificador, omnipotente y eterno, y bendice este sacrificio preparado para gloria de tu santo nombre.
¿Por qué invocar particularmente al Espíritu Santo al ofrecer el sacrificio? Hay dos razones para justificar la invocación de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad:
1ª) El sacrificio debe ser necesariamente aceptado por Dios. Ya que el sacrificio está dispuesto, es apropiado acudir a esta intervención divina, tradicionalmente atribuida al Espíritu Santo.
2ª) Como el Cuerpo del Salvador se formó en el seno purísimo de la Virgen María por la operación del Espíritu Santo, también es por su operación que Él debe hacerse presente sobre el Altar.
f) Lavabo
El lavado de las manos, que tenía un propósito práctico, sirve sobre todo para simbolizar la pureza indispensable al sacrificador.
Decía San Cirilo de Jerusalén en el siglo IV: Visteis que un diácono dio a lavar sus manos al sacerdote que oficia y a los otros sacerdotes que estaban alrededor del altar. ¿Creéis que fue con el fin de limpiar el cuerpo? De ninguna manera. Este lavado de manos nos señala que debemos estar puros de todos nuestros pecados; porque nuestras manos significan las acciones, lavarse las manos no es más que purificar nuestras obras.
El Salmo 25, del cual se extraen estos versículos, hace hablar a Nuestro Señor, que pide a Dios su Padre aceptar el sacrificio perfecto que Él ha venido a ofrecer. El versículo he procedido con inocencia, por lo tanto, no se aplica a la persona del sacerdote que lo recita, sino a la de Jesucristo.
g) Oblación a la Santísima Trinidad: Suscipe, sancta Trinitas
Esta oración llama la atención de los asistentes a la idea central de la Misa: la del sacrificio.
Recibe, oh Trinidad Santa, esta oblación que te ofrecemos en memoria de la Pasión, Resurrección y Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo y en honor de la bienaventurada siempre Virgen María, del bienaventurado San Juan Bautista y de los Santos Apóstoles San Pedro y San Pablo, y de éstos y de todos los Santos; para que a ellos les sirva de honor y a nosotros nos aproveche para la salvación, y se dignen interceder por nosotros en el cielo aquellos de quienes hacemos memoria en la tierra. Por el mismo Jesucristo Nuestro Señor. Así sea.
Esta oración recoge en una especie de síntesis todas las diferentes ofrendas detalladas anteriormente. Pero, sin embargo, ella no constituye una duplicación, porque expresa tres verdades esenciales, no formuladas previamente (aunque figuran implícitamente):
— Suscipe, sancta Trinitas: el sacrificio se ofrece a Dios, Uno y Trino, como Él mismo se reveló.
— Ob memoriam Passionis: El sacrificio, desde el comienzo, debe referirse explícitamente al único Sacrificio agradable a Dios, por el cual acepta el nuestro: la Pasión de su Hijo.
— Et in honorem Beatæ Mariæ semper Virginis…etc: Porque los Santos son parte del sacrificio ofrecido.
En Jesucristo se recapitula toda la Iglesia, toda Ella es ofrecida. Por lo que es importante para nosotros, miembros de la Iglesia militante, aclarar aquí que la Iglesia Triunfante también se está ofreciendo con nosotros. Para nosotros, que esperamos los felices efectos del sacrificio, ya es una promesa de éxito.
Una palabra de esta oración evoca fuertemente esta gran verdad: et istorum (en honor de estos). ¿De quién se trata? De los Santos cuyas reliquias están encerradas en el Ara (sabemos que los primeros cristianos celebraban la Misa sobre la tumba de los mártires). El Altar, que representa a Cristo, incorpora las reliquias que representan el sacrificio de los Santos.
Toda la Iglesia triunfante es parte del sacrificio ofrecido en la Santa Misa, de la misma manera que estas reliquias son parte del altar.
La Iglesia venera especialmente a la Santísima Virgen María; se dirige hacia Ella para ofrecerle el sacrificio que Ella ofreció primero y de manera apropiada, en virtud de la relación personal que tuvo con el Verbo encarnando en su seno purísimo.
h) Intercambio de oraciones
El sacerdote besa el altar, se vuelve hacia el pueblo y, abriendo y cerrando los brazos, se encomienda a las oraciones de los fieles diciendo:
Orad, hermanos, a fin de que este sacrificio mío y vuestro, sea aceptado en el acatamiento de Dios, Padre omnipotente.
Y el pueblo le responde, orando por él, en estos términos:
El Señor reciba de tus manos este Sacrificio, para alabanza y gloria de su Nombre, y para nuestro provecho y el de toda su Santa Iglesia.
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El Ofertorio detalla, pues, cada aspecto de la ofrenda. El resultado es tan expresivo que el Ofertorio recibió en la Edad Media el apelativo de “Pequeño Canon”.
Ciertamente expresa, en parte, las mismas ideas que el Canon; pero ésta es una pre-ofrenda que, necesariamente, debe ser distinta de la verdadera ofrenda-sacrificio (la del Canon) debido a su doble función específica:
— la puesta a parte y la santificación de la materia del sacrificio, que dará al Cuerpo y a la Sangre de Cristo accidentes sensibles.
— la manifestación, por el ofrecimiento de esta materia, de la unión de nuestro sacrificio con el de Cristo.
La necesidad de este desarrollo se demostró más tarde, en el siglo XVI, por el ataque de los protestantes en su contra.
Lutero declaró que abominaba el Ofertorio, porque este manifiesta muy evidentemente el carácter sacrificial y propiciatorio de la Santa Misa.
El Ofertorio asume así una nueva importancia, como baluarte del Santo Sacrificio: la venerable oración del Canon, en la que se realiza el Santo Sacrificio, está así protegida de toda incursión enemiga, de toda profanación. No se puede acceder a él sin pasar por esta fortificación que le da un significado incuestionablemente católico.
El Ofertorio da su significado a la Santa Misa, la define, protege al Canon…
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EL OFERTORIO PROTESTANTE
Al exponer la actitud de los protestantes en cuanto al ofertorio, el pastor Reed escribe:
«La oración central del ofertorio, Suscipe Sancte Pater, es una exposición perfecta de la doctrina católica romana sobre el sacrificio de la misa”.
Todos los reformadores rechazan el Ofertorio Romano, y con él la idea de una ofrenda por los pecados hecha por el sacerdote, en lugar de una presentación de acción de gracias hecha por el pueblo.
Lutero, con su convicción de que el sacramento es un don de Dios al hombre, y no de una ofrenda del hombre a Dios, llamó al ofertorio romano una “abominación” donde uno “entiende y siente en todas partes la oblación”.
Repudiando todo lo que tiene indicio de sacrificio y de ofertorio, junto con todo el canon, Lutero escribe: “conservemos sólo lo que es puro y santo, y que así se ordene nuestra misa” (Formula missæ, 1523)”.
El pastor luterano citado afirma con claridad la verdad: “la oración central del ofertorio, Suscipe Sancte Pater, es una exposición perfecta de la doctrina católica romana sobre el sacrificio de la misa”.
Si Lutero y sus seguidores han rechazado categóricamente el Ofertorio católico, no es, en última instancia, por razones históricas; se debe más bien al carácter indiscutiblemente sacerdotal y propiciatorio de sus oraciones.
La prueba es que Lutero y los luteranos no dudaron en introducir nuevas oraciones y ceremonias cuando fue cuestión de aclarar sus nuevos conceptos sobre la Misa.
Como veremos el próximo domingo, en el Nuevo Ordo, según admiten los mismos modernistas, ya no se pide la bendición de Dios sobre el pan y el vino, sino que el hombre alaba a Dios por el pan y el vino que le ha dado, y que ahora le presenta.
El texto del pastor Reed citado muestra claramente el carácter luterano de esta concepción del Ofertorio, que puede parecer ortodoxo para un lector ingenuo…
Los luteranos redujeron el ofertorio a la presentación de dones por parte del pueblo y a la preparación de pan y vino para la comunión.
También en el Nuevo Ordo el ofertorio toma esta dirección.
El nombre dado al ofertorio, “Preparación de dones” (Institutio, artículo 49), trata de introducir entre los católicos la idea de que, en esta parte de la Misa, la acción del sacerdote consiste esencialmente en la “preparación del pan y del vino para su administración al pueblo”.
Dicen las rúbricas luteranas:
«Si ha de haber una comunión, el ministro ahora prepara su administración».
«Cuando hay una comunión, el ministro, después de la oración silenciosa, y durante el canto del ofertorio, descubrirá los vasos y preparará reverentemente la administración del santo sacramento».
En sus características específicas, el Ofertorio del Rito Romano, que siempre ha sido uno de los elementos principales para distinguir la Misa católica de la cena protestante, ha sido abolido por el nuevo desorden bugnini-montiniano.
Dios mediante, lo veremos el próximo domingo.

