FIESTA DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
Como era la Preparación para la Pascua, para que los cuerpos no quedasen en la cruz durante el sábado —porque era un día grande el de aquel sábado— los judíos pidieron a Pilato que se les quebrasen las piernas, y los retirasen. Vinieron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero, y luego del otro que había sido crucificado con Él. Mas llegando a Jesús, y viendo que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas; pero uno de los soldados le abrió el costado con la lanza, y al instante salió sangre y agua. Y el que vio ha dado testimonio —y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad— a fin de que vosotros también creáis. Porque esto sucedió para que se cumpliese la Escritura: “Ningún hueso le quebrantaréis”. Y también otra Escritura dice: “Volverán los ojos hacia Aquel a quien traspasaron”.
Celebramos hoy la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, cuya devoción contempla y adora en Él el amor del Salvador, principio de todos sus beneficios, desde la Natividad hasta la consumación de la obra redentora en el Cielo.
De este culto nace una devoción más especial, que es un magnífico desarrollo: la devoción al Corazón Eucarístico de Jesús. A ella dedico la homilía de hoy.
El Papa León XIII, en su Breve del 16 de febrero de 1903, enseña que la devoción al Corazón Eucarístico de Jesús “consiste en rendir culto de amor, reconocimiento, veneración y homenaje al acto de suprema dilección en virtud del cual nuestro divino Redentor, prodigando todas las riquezas de su Corazón, instituyó el adorable sacramento de la Eucaristía, para permanecer con nosotros hasta la consumación de los siglos”.
Por lo tanto, el culto al Corazón Eucarístico de Jesús no debe entenderse como si fuera sustancialmente diferente del culto que la Iglesia profesa al Sagrado Corazón de Jesús; sólo toma como objeto especial el acto de la institución del Santísimo Sacramento.
Este acto, supremamente importante en la vida del Redentor requirió un culto especial, dado que la devoción al Sagrado Corazón adora de manera general el amor de Jesucristo otorgando a los hombres todos los beneficios de la salvación.
El culto a la Sagrada Eucaristía adora y glorifica el Cuerpo y la Sangre de Jesús, presentes bajo el velo de las especies sacramentales; tiene por objeto la Persona misma del Salvador en su estado sacramental.
La devoción al Corazón Eucarístico está especialmente dirigida a un acto particular de esta Persona adorable: al amor de Jesucristo que instituye y establece la Sagrada Eucaristía, para permanecer con nosotros, para inmolarse sobre el altar de manera incruenta y para darnos su Cuerpo como alimento y su Sangre como bebida.
Esta devoción está especialmente inspirada en las palabras de San Juan: Antes de la fiesta de Pascua, Jesús, sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo a su Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin.
Este acto de suprema dilección, olvidado por tantos cristianos, requería un culto especial, compuesto de adoración, acción de gracias, reparación y súplica.
Nuestro Señor no podía inclinarse más hacia nosotros, unirnos y entregarse más a nosotros, que permaneciendo continuamente con nosotros en el Tabernáculo. Intentemos medir, si es posible, el alcance de las gracias que concede a todos en la Santa Misa, en la Sagrada Comunión, en las visitas al Santísimo Sacramento.
Cada misterio de la vida de Nuestro Señor es objeto de un culto especial por parte de la Iglesia en general y de tal o cual familia religiosa; el acto de suprema dilación con el que Jesús instituyó la Eucaristía pedía también ser honrado con un culto particular.
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El objeto propio de la devoción al Corazón Eucarístico de Jesús es, pues, el Corazón de Jesús instituyendo y entregando la Sagrada Eucaristía.
El Oficio propio de esta celebración lo pone de manifiesto.
El Invitatorio de Maitines siempre indica el objeto propio del culto celebrado. Ahora bien, aquí sólo habla del Corazón de Jesús que nos dio la Sagrada Eucaristía. Éste es, por tanto, el objeto formal de la devoción al Corazón Eucarístico:
“Venid, adoremos el Corazón de Jesús dándonos la Santísima Eucaristía”.
Él nos la dio instituyéndola; y, a través de la Consagración Sacramental, todavía nos la da todos los días, ya que es el Sacerdote principal en la Santa Misa.
Esta es nuevamente la idea subrayada por la primera estrofa del Himno de Maitines:
“Corazón bondadoso de Jesús, Creador del alimento eucarístico, ¡Te saludamos! De todo el mundo recibe nuestro piadoso agradecimiento”.
El Sexto Responsorio enfatiza el mismo significado:
“Nuestro Señor Jesucristo nos amó y nos dio una consolación eterna y una buena esperanza en su gracia”.
Asimismo, las Antífonas de Laudes:
“He deseado con gran deseo comer esta Pascua con vosotros, antes de sufrir”.
“Venid, comed mi pan y bebed mi vino, que os he preparado”.
Es el mismo amor que canta la primera estrofa del Himno de Laudes:
“Del Corazón de Jesús nos llegó la oblación que vio el Gólgota por un solo día, y que el Sacrificio renueva mil veces en nuestros altares”.
Y continúa la antífona de Benedictus:
“Jesús, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin”.
Según estos textos litúrgicos, el Corazón de Jesús se dice Eucarístico en cuanto de Él procede la oblación del Sacrificio de la Cruz, perpetuado sustancialmente en nuestros altares hasta el fin del mundo.
Este es el Corazón de Jesús en cuanto nos dio la Eucaristía como Sacrificio y Sacramento.
Todos los Himnos del Oficio terminan así:
“Dulce Corazón de Jesús, de donde tantos dones nos han llegado, deja que, a través del amor, nuestro corazón te conozca íntimamente”.
La Oración es aún más significativa:
“Señor Jesús, Tú que, difundiendo las riquezas de tu amor por los hombres, has instituido el Sacramento de la Eucaristía, concédenos, Te pedimos, poder amar tu amabilísimo Corazón y recibir siempre de manera digna un Sacramento tan grande…”.
El espíritu de la Santa Iglesia se manifiesta aún más, si cabe, en las Lecciones del Segundo Nocturno. Leemos en la Tercera, tomada de San Alfonso de Ligorio:
“Del Corazón amantísimo de Jesús ciertamente provinieron todos los Sacramentos, pero especialmente el mayor de todos, el Sacramento del Amor, por el cual Jesús quiso ser compañero de nuestra vida, alimento de nuestra alma y sacrificio de valor infinito”.
Y la propia Iglesia añade en esta Lección:
“Esta adorable invención del Corazón de Jesús, prueba de su inmenso amor, debe ser ciertamente objeto de un culto especial; hay que predicarla al pueblo, especialmente en nuestros tiempos en los que la caridad se está enfriando”.
El Evangelio es el de la Institución de la Eucaristía según San Lucas:
“Jesús dijo a sus discípulos: He deseado con gran deseo comer esta Pascua con vosotros…”.
Finalmente, la Poscomunión vuelve nuevamente a la misma idea:
“Llenos de los dones divinos de tu Corazón, Te pedimos, Señor Jesús, que nos sea concedido permanecer en tu amor y merecer crecer allí hasta el fin”.
Si la Liturgia del Oficio y de la Misa propia de una fiesta deben expresar el objeto especial del culto celebrado en ese día, ¿cómo no ver en el Corazón de Jesús dándonos la Eucaristía el objeto propio de esta devoción?
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No menos significativos son los documentos oficiales previos a la composición y aprobación de este Oficio y de esta Misa.
Esta devoción, aprobada por primera vez por Pío IX en 1868, fue luego sancionada de manera más solemne por León XIII por el Breve al que ya hemos hecho referencia.
Luego fue incorporada a la Colección Oficial de Oraciones permitidas por la Santa Sede.
Además, la Sede Apostólica enriqueció esta devoción con numerosas indulgencias. En particular, los miembros de la Archicofradía podían obtener una indulgencia plenaria cada día, cuando realizaban media hora de adoración ante el Santísimo Sacramento, en cualquier iglesia o capilla del mundo.
De esto vemos en qué consiste precisamente la devoción al Corazón Eucarístico y cuál es su relación con la debida al Sagrado Corazón.
La teología enseña, respecto a este último, que el objeto de nuestra adoración debe ser, a la vez, el Corazón de carne, símbolo del amor, y el Amor simbolizado por el Corazón, ambos inseparablemente unidos.
El motivo de este culto es la excelencia de la Caridad de Cristo, y también la excelencia de su Corazón sensible, verdaderamente adorable en cuanto es Corazón de la Persona divina del Verbo hecho carne, y símbolo de su Amor.
El término de esta adoración es la Persona divina misma, que se manifiesta en el amor y su símbolo.
Así, la devoción al Sagrado Corazón contempla y adora en Él el Amor del Salvador, principio de todos sus beneficios.
De este culto nació, pues, la devoción más especial, que es la del Corazón Eucarístico de Jesús.
Todas las invocaciones utilizadas nos hablan del objeto propio de esta devoción: el Corazón de Jesús, que nos dio la Eucaristía, Sacramento y Sacrificio, que nos la da cada día mediante la Consagración, y que nos concede todas las gracias que se derivan del más perfecto de los Sacramentos y del Sacrificio de la Misa, cuyo valor es infinito.
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Se ha objetado: Parece, sin embargo, que en la expresión “Corazón Eucarístico” el adjetivo designa más bien el Corazón del Salvador tal como está en la Eucaristía, como hablamos, por ejemplo, de su vida eucarística. En otras palabras, el adjetivo “Eucarístico” parece tener el significado pasivo de contenido de la Eucaristía, y no el significado activo de principio y fuente de la Eucaristía.
A esto se responde que el adjetivo “eucarístico” se dice primeramente de lo que constituye la Eucaristía: Consagración Eucarística, Sacrificio Eucarístico, Especies o Accidentes Eucarísticos.
Pero también se dice de lo que concierne a la Eucaristía, y no sólo en el sentido pasivo de “contenido en la Eucaristía”, sino en sentidos muy diversos, como Culto Eucarístico, o Congreso Eucarístico, Milagro Eucarístico.
Así podemos decir: «el Corazón Eucarístico de Jesús», en el sentido de que nos dio la Eucaristía; y que su Corazón Sacerdotal nos lo entrega mediante la Consagración Eucarística.
El Corazón Eucarístico de Jesús no es, en efecto, otro que el Corazón Sacerdotal que nos dio la Eucaristía, que al mismo tiempo instituyó el Sacerdocio para conservar la Eucaristía, Sacramento y Sacrificio, hasta el fin de los tiempos.
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El Sagrado Corazón de Jesús es el símbolo de su Amor; y la mayor manifestación de amor es el don perfecto de uno mismo.
La bondad es esencialmente comunicativa, la bondad es naturalmente difusiva de sí misma. Santo Tomás dice incluso: “No sólo el bien se difunde naturalmente, sino que, cuanto más perfecto es, más abundante e íntimamente comunica, y más estrechamente permanece unido a él lo que de él procede”.
En virtud del mismo principio, era conveniente, dice Santo Tomás, que Dios no se contentara con crearnos, con darnos la existencia, la vida, la inteligencia, la gracia santificante, la participación de su naturaleza, sino que Él se entregó a nosotros personalmente mediante la Encarnación del Verbo.
Jesús, Sacerdote por la eternidad y Salvador de la humanidad, también quiso entregarse perfectamente a nosotros, en todos los momentos de su vida terrena, especialmente en la Última Cena, en el Calvario, y continúa haciéndolo todos los días a través de la Santa Misa y la Sagrada Comunión.
Nada puede mostrarnos mejor que este perfecto don de sí mismo, las riquezas del Corazón Sacerdotal y Eucarístico de Nuestro Señor Jesucristo.
Y nada puede motivar mejor la especial acción de gracias debida a Nuestro Señor por la institución de la Eucaristía y la del Sacerdocio.
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Ahora bien, en el sacrificio perfecto que debía ofrecer el Salvador, Sacerdote por la eternidad, la Víctima sólo podía ser Él mismo.
Es la inmolación completa del Cordero de Dios que quita los pecados del mundo; la unión de Sacerdote y Víctima no puede ser más íntima, ni más estrecho el vínculo del sacrificio interior y del sacrificio exterior.
Así como Dios quiso entregarse personalmente en la Encarnación del Verbo, así Jesús quiso entregarse personalmente en la Eucaristía.
Y su Corazón Sacerdotal se llama Eucarístico precisamente en cuanto nos dio la Eucaristía.
Nuestro Señor podría haberse contentado con instituir un signo sacramental de gracia, como el Bautismo y la Confirmación; pero quiso darnos un Sacramento que contiene no sólo la gracia, sino al Autor de la gracia, siendo así la Eucaristía el más perfecto de los Sacramentos, superior incluso al Orden Sacerdotal.
Por lo tanto, la expresión Corazón Eucarístico es superior también a la de Corazón Sacerdotal.
Este último título está contenido en el anterior, porque Jesús, al darnos la Eucaristía, instituyó el Sacerdocio.
La expresión Corazón Eucarístico sólo puede aplicarse al Corazón que nos dio la Eucaristía.
En el momento de privarnos de su sensible presencia, Nuestro Señor quiso quedarse personalmente entre nosotros bajo los velos eucarísticos.
Él no pudo, en su amor, inclinarse más hacia nosotros y entregarse más a nosotros…
Su Corazón Eucarístico nos ha dado la presencia real de su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad.
Su Corazón Eucarístico nos entregó la Eucaristía como Sacrificio, para perpetuar en sustancia el Sacrificio de la Cruz en nuestros altares hasta el fin del mundo y aplicar sus frutos a nosotros.
Y en la Santa Misa, Nuestro Señor, que es el Sumo Sacerdote, continúa ofreciéndose por nosotros.
De todo esto se desprende que el Corazón Eucarístico de Jesús, lejos de ser objeto de una devoción insulsa, es el ejemplo eminente del don perfecto de sí mismo.
El precio del don de sí se vuelve cada día más generoso.
Pero, el Verbo hecho carne vino entre los suyos, y los suyos no le recibieron…
Bienaventurados los que reciben todo lo que su Amor misericordioso quiere darles y que no frenan con su resistencia las gracias que, a través de ellos, deben irradiar a los demás.
Bienaventurados los que, después de haber recibido, a ejemplo de Nuestro Señor, se dan cada vez más generosamente por Él, con Él y en Él.

