PADRE LUIS FALLETTI: NUESTROS DIFUNTOS Y EL PURGATORIO

LA ARMADURA DE DIOS

NUESTROS DIFUNTOS
Y EL PURGATORIO

PARTE CUARTA

Principales maneras de sufragar por las Almas del Purgatorio

PLÁTICA XXXIII

Condiciones necesarias para que los sufragios sean fructuosos

Ciertamente cosa justa es, saludable y santa, el ofrecer sufragios por las almas de los difuntos; y después de cuanto hemos dicho me parece que no es posible ponerlo en duda.

Mas no basta estar convencidos de la obligación que tenemos de cumplir con una obra tal de caridad, sino que es necesario, además, cumplirla con las disposiciones requeridas, a fin de que nuestros sufragios sean fructuosos.

«Ocurre en los días estivales, dice un piadoso autor, que una nube promete entre truenos y relámpagos agua abundante para la tierra sedienta, y luego déjala más bien irritada que satisfecha, por no haber caído más que unas pocas gotas de agua. Por modo parecido no es raro que tras mucho interceder y obrar por las almas del Purgatorio, principalmente en los días solemnes en que con pompa y concurso extraordinario de personas se ora por algún difunto, ellas no perciban ninguno o muy pequeño alivio, porque muchos no reúnen las condiciones necesarias para que sus sufragios sean fructuosos y meritorios. A fe que esta obra de sufragar por las almas es bellísima; pero, unos asisten a las funciones fúnebres por conveniencias sociales, otros por respeto humano, y otros también con buena intención, mas, ¡ay!, sin preocuparse de si se hallan en estado de gracia para poder merecer que Dios escuche sus plegarias y dé valor a sus obras.»

Se sigue de aquí, por consiguiente que, si queremos que nuestros sufragios sean fructuosos, es preciso que observemos ciertas condiciones, siendo la principal de todas el que nos hallemos en estado de gracia. Porque ¿cómo podrá ceder a otros el mérito de sus obras aquel que no está en disposición de merecer para sí con tales obras? Qui sibi nequam est, cui alii bonus erit? (Eccli., XIV, 5).

Harto evidente es esta verdad para que sea necesaria una larga demostración; no obstante, como podría haber todavía quien de ella dudase, hablaremos de la misma brevemente en esta plática, que juzgamos conveniente y útil anteponerla a la exposición de los diferentes medios de sufragio.

I

Y antes de seguir adelante, bueno es que se sepa que los sufragios pueden ser considerados desde un doble aspecto: o bien como hechos en nombre de la Iglesia, o bien en cuanto son obra personal.

Si son hechos en nombre de la Iglesia, son siempre aceptos a Dios y útiles a los difuntos, sea cual fuere el estado de los agentes o ministros de la Iglesia, no viendo Dios en este caso más que las súplicas y los gemidos de la Esposa inmaculada de su Hijo, siempre aceptos a sus ojos a causa de su ornato de fe y caridad, y de su unión moral con su Hijo predilecto.

Mas, si los consideramos como obra personal de algún miembro de la Iglesia, entonces solamente serán aceptos a Dios, y tendrán valor a sus divinos ojos, si estos miembros están espiritualmente vivos, es decir, si por el pecado no están muertos a la gracia.

¡Oh, cuan elocuente se muestra San Bernardo a este propósito! «¿No vemos todos los días, dice el Santo, cómo unos muertos lloran a otros muertos? ¿No vemos a unos hombres vivos, pero mundanos a más no poder, y por lo tanto muertos delante de Dios, llorando, sin duda alguna, sincera y amargamente a unos seres queridos a quienes han perdido por la muerte? Mas, ¡ay!, ¿qué utilidad sacarán de todo esto? Fletum multum, et fructum nullum, oraciones y gemidos compasivos, pero sin ningún valor: exceso de desolación sin fruto ninguno. ¡Cuánto más necesitados no están éstos de que se llore sobre ellos!: et vero plorandi qui ita plorant».

Y en efecto, ¿cómo podrá Dios aceptar jamás las obras que le son ofrecidas por sus mortales enemigos? Y ¿cómo podremos nosotros exigir que Él acepte como buenas y meritorias tales acciones, procedentes de un corazón infecto y contaminado por el pecado?

Dios, según lo hace notar San Juan Crisóstomo, profesa tal horror al pecado mortal, que le aparta a Él del alma que lo ha cometido y separa al alma de Él, que Dios no tiene en cuenta —en cuanto al mérito y a la satisfacción— las mejores obras practicadas durante ese estado de separación.

Estas obras, hechas en pecado mortal, pueden ser buenas con una bondad natural, pero Dios las considera como nada para la vida eterna: son obras muertas; y sin la caridad habitual, ¿cómo ejercitar la caridad actual?

Y la razón es porque el pecado rompe la unión sobrenatural y la incorporación moral formada entre nosotros y el Mediador, por medio de la gracia santificante, fruto de las fatigas, de los sufrimientos, de la muerte de este Hombre Dios.

Y como nuestras oraciones y buenas obras no son aceptas a Dios, ni son recibidas favorablemente por Él, sino en virtud de la unión que existe entre el Mediador y nosotros, cuando esta unión llega a romperse, dichas oraciones y buenas obras no pueden ser ya de su agrado, y, por tanto, no son de utilidad ninguna para las almas del Purgatorio.

¿Acaso no es esto lo que el divino Salvador nos enseña cuando dice que Él es la vid y nosotros los sarmientos, y que el sarmiento que está separado de la vid está muerto?

Esto admitido, preguntémonos: ¿Qué hemos de hacer cuando pretendamos socorrer a un alma del Purgatorio? Nada más que ofrecerle el fruto de las buenas obras que practiquemos y cedérselo.

Ahora bien, ¿no es acaso verdad que, si hallándonos en estado de pecado mortal pudiéramos aliviar a las almas, sería preciso decir que en tal estado nuestras buenas obras tienen algún mérito delante de Dios? Pero es de fe, repetimos, que no tienen ningún mérito, porque sin la gracia y la caridad son obras muertas, y en ellas no hay ningún principio de vida; y estando muertas para nosotros que las practicamos, ¿por qué empeñarse en que estén vivas y sean fructuosas para los demás a los cuales pretendemos aplicarlas? ¿Cómo es posible aplacar a la Justicia divina, levemente irritada contra los otros, mientras se vive enemistado con Dios? ¿No es esto pretender quitar la paja del ojo ajeno y no ver la viga en el propio?

«No será bien recibido en la presencia de Dios ningún hipócrita…» Y esto es precisamente lo que nos da a entender San Pablo en su epístola a los Corintios: «Aunque yo obrase los más portentosos milagros, y hablase el lenguaje de los ángeles, distribuyese todos mis bienes para sustento de los pobres, y entregara mi cuerpo a las llamas y a los másexquisitos tormentos, y sufriera mil martirios, si la caridad me faltase, de nada me serviría todo eso.»

¡Cuántas obras, por lo tanto, excelentísimas en sí mismas, quedan enteramente inútiles para las pobres almas del Purgatorio, por carecer, quien las hace, del estado de gracia!

Nuestro Señor mismo quiso hacérselo entender a Santa Catalina de Sena cuando le dijo: «Si contemplas el Purgatorio hallarás en él mi amable providencia, toda amor para las pobres almas que, en su ignorancia, han desconocido el valor del tiempo; puesto que, una vez separadas del cuerpo, ya no pueden merecer. Mi providencia, no obstante, permite que vosotros, que todavía os halláis en la tierra, podáis socorrerlas, con ayunos y limosnas, con oraciones y con todas las otras buenas obras hechas en estado de gracia.»

¿Puede haber lenguaje más claro que éste? Por donde el Padre Bourdaloue en su notable discurso sobre el Purgatorio exclamaba: «Pecadores que me escucháis, en vano pretendéis cumplir con los deberes de la piedad cristiana para con las almas que se hallan en el Purgatorio; en vano oráis e intercedéis por ellas; en vano hacéis limosnas a los pobres en sufragio de ellas; en vano practicáis todo cuanto os puede sugerir el fervor de una devoción particular: las pobres almas que padecen no recibirán jamás alivio alguno de vosotros. Mientras Dios os considere enemigos suyos seréis incapaces de aliviarlas; vuestras oraciones serán rechazadas; todas vuestras limosnas, perdidas; vuestros ayunos y penitencias no tendían efecto ninguno. ¿Por qué? Porque el pecado de que está gravada vuestra conciencia destruye el valor de todas estas obras. ¿Cómo queréis que lo que hacéis con estas almas santas sea de algún provecho para ellas, no siendo de ningún valor para vosotros?»

Añádase que tampoco aquellas almas santas pueden ver sin horror que les tienda la mano en actitud de socorrerlas un enemigo obstinado de Cristo, su Esposo, y que les abra la puerta del Cielo un demonio de carne, que, con el alma en pecado, obstinadamente ha de formar en el infierno eterno divorcio de la sociedad de todos los justos.

Resta, pues, que, si bien no son pecaminosas las obras buenas de los pecadores, sean, no obstante, poco menos que inútiles e inaceptables en cuanto a su satisfacción meritoria.

Sin embargo, para evitar equívocos debemos exceptuar de esta regla, como ya lo hemos notado, los sufragios hechos en nombre de la Iglesia y de un modo especial el Santo Sacrificio de la Misa, cuyo mérito no depende en manera alguna de la santidad de quien la ofrece, y mucho menos todavía de quien la manda celebrar, sino únicamente de la persona de Jesucristo y del valor infinito de su Sangre.

De donde se sigue que un pecador, a pesar de hallarse en estado de pecado, puede contribuir al reposo de las almas del Purgatorio: ¿de qué manera? Haciendo celebrar por ellas el Santo Sacrificio de la Misa, del cual una de las principales prerrogativas es el ser soberanamente propiciatorio por los vivos y por los difuntos.

Él puede y debe hacerlo con mucha razón, porque este Sacrificio es el único medio que Dios deja en su poder para socorrer a aquellas almas predestinadas.

Igualmente, por indigno que sea el sacerdote celebrante, no es menos eficaz el Santo Sacrificio para el eterno descanso de las benditas almas.

La teología nos dice que la Misa es siempre Misa, es siempre buena y es siempre de un valor infinito.

Nos dice que el sacerdote indigno es siempre acepto a Dios en todo lo que hace en nombre de la Iglesia, puesto que en nombre de la Iglesia canta, ora y ofrece el divino Sacrificio.

Nos dice, finalmente, que, si es verdad que como persona privada no merece nada, ni en virtud de su acción, ni por el estado de su corazón, manchado por el pecado, ni por sus oraciones secretas y particulares, no menos verdad es también que en su calidad de ministro de la Iglesia es siempre él quien produce el principal efecto, y por eso no debemos abrigar temor ni escrúpulo ninguno a este propósito.

El Padre Binet, celoso propagador de la devoción a las almas del Purgatorio, así habla a este propósito: «No temáis, pues, ser del número de aquellos que no quieren hacer fundaciones de Misas por sus parientes difuntos, por temor, dicen ellos, de que estas Misas sean celebradas por sacerdotes indignos. Abuso, ¡ay de mí, y qué grande abuso! ¿Teméis, por ventura, beber el agua limpidísima de una fuente, porque mana por la boca de un negrísimo dragón, o porque de otra sale mediante la manecilla que figura la garra de un león de bronce? ¡Simplezas! ¿Rehusaríais, acaso, aceptar diez mil escudos que os fueran remitidos de Turquía, sólo porque el remitente fuera un renegado? Y si el Papa os hiciera merced del capelo cardenalicio, ¿lo rechazaríais, acaso, por ser portador del mismo un delegado aficionado en demasía al vino? Y cuando Dios envió a Elías en el desierto un pan por medio de un cuervo, animal rapaz y carnívoro, ¿creéis que él no lo tomó haciéndose el melindroso? Haced, pues, generosa y animosamente, lo que podáis, y abandonaos completamente en las manos de Dios. Él, en su infinita bondad y misericordia, sabrá suplir todos los defectos, que vosotros no podréis remediar a menos que seáis adivinos o profetas.»

II

La primera y absoluta condición, pues, si queremos tener la seguridad moral de la infalibilidad de nuestros sufragios, en cuanto son obra personal, y estar, por tanto, ciertos de alguna manera de sus efectos, que han de redundar en bien de las almas del Purgatorio, es hallarse en estado de gracia.

Otras más requieren los teólogos, que nosotros, por amor a la brevedad, nos contentaremos con sólo mencionar:

La una es, que es preciso que la obra hecha por quien se halle en estado de gracia no sólo sea buena y virtuosa en sí misma, lo cual es fácil de ver, sino que además esté dotada de todas aquellas circunstancias que pueden hacerla agradable a Dios, o que por lo menos sea lo más perfecta posible a nuestra fragilidad.

En general, podemos decir que, cuanto mayor sea el amor, la humildad, la contrición, la piedad con que la acompañemos; cuanto mayor sea el sacrificio, el sufrimiento, el dolor que nos cueste, tanto más preciosa será a los ojos de Dios, y obrará milagros en alivio de aquellas pobres almas, mitigando, abreviando o hasta anulando totalmente sus penas.

La otra condición precisa es que quien practica la obra buena tenga la intención de hacerla en sufragio de las almas que nombrará él mismo, o que al menos rogará al Señor que Él mismo señale.

Y esto para que estemos seguros de que Dios, que tiene en cuenta nuestras intenciones, aplicará a cada cual lo que le sea debido.

«Las buenas obras, dice Santo Tomás, que se hacen en sufragio de un alma pertenecen en propiedad a aquella alma en favor de la cual se han hecho. Las demás no tienen a ellas derecho alguno. ¿A título de qué, en efecto, se deberá desposeer a uno de aquello que ha adquirido legítimamente, para dárselo a otro?»

Pero si las almas por las cuales se hacen los sufragios estuviesen ya en posesión de la gloria eterna, ¿a quién aprovecharían éstos? Los unos dicen que a sus parientes; otros, a sus amigos; otros, a aquellas que no tienen quien piense en socorrerlas; otros, a aquellas que tienen más necesidad de sufragios; otros, finalmente, dicen que los frutos de tales sufragios irán a aumentar el tesoro de la Iglesia.

A su vez, el piadoso cardenal Caetano sostiene que tal fruto es aplicado a las almas de aquellos que durante su vida profesaron particular devoción a las almas de los difuntos.

¿Y quién podrá juzgar cosa injusta el que tales sufragios sean aplicados a aquellas almas de quienes en vida fueron totalmente desinteresados y generosos hasta privarse espontáneamente del mérito de sus oraciones y buenas obras para cederlo a las almas del Purgatorio?

A decir verdad, ¿a quién podrían aplicarse más justamente? Si los que ofrecen estos sufragios pudieran saber cómo van las cosas en el otro mundo, no cabe duda de que estarían ellos también contentos.

Una cuestión, la última, nos queda por resolver antes de terminar: ¿Es preferible ofrecer los sufragios a las almas del Purgatorio por medio de otros más bien que por nosotros mismos? Se podría responder brevemente, diciendo que bueno es hacer lo uno y no omitir lo otro; pero como semejante respuesta no resuelve la cuestión, para darle cierta solución me atendré a lo que enseña Santo Tomás.

Dice, en primer lugar, el santo Doctor, que si nosotros somos buenos, y aquel por medio del cual queremos ejercer la obra buena es, por el contrario, un malvado, ni nosotros nos veremos privados del fruto de nuestra devoción, ni el alma en cuyo beneficio la mandamos hacer pierde su sufragio. Mas si la persona de quien nos servimos es justa, ¡oh!, entonces mucho mejor; el efecto será doble.

Dice, en segundo lugar, que si nos hallamos en estado de pecado mortal, y la persona a quien recurrimos se halla en estado de gracia, el sufragio no dejará de producir su efecto, y el alma por quien se hace no dejará de percibir el beneficio.

Pero si, desgraciadamente, ocurriese que ni nosotros ni dicha persona estuviésemos en gracia de Dios, tales obras, a excepción del Santo Sacrificio de la Misa, servirían de bien poco al alma sufragada, puesto que procederían de una mano perversa y de un alma más perversa todavía.

Así se expresa el Angélico Doctor, y termina: «¿Cómo puede ser acepta a Dios una cosa que le ofrecen sus enemigos? Vosotros os negáis a hacerle entrega de vuestro corazón a fin de que lo colme de su divino amor, y ¿os atreveréis a exigir que os entregue el suyo para obtener a manos llenas sus gracias? ¡Vana esperanza! ¿No sabéis que con frecuencia en este mundo la intercesión de un abogado enemigo del príncipe no hace sino malograr la causa y empeorar la suerte del cliente? Comenzad, pues, poniéndoos en estado de gracia, que Dios, no viendo ningún obstáculo a su misericordia, os otorgará la indulgencia para aquella alma por la cual oráis y practicáis obras buenas, sea por vosotros, sea por medio de otros.»

***

Si queremos, pues, asegurarnos de que nuestras obras tienen valor de sufragio, y mucho más, si queremos tener confianza en que Dios las dedique al fin que nosotros les damos, es decir, las aplique más a un alma que a otras, debemos ante todo ponernos en estado de gracia, reconciliarnos con Dios, a fin de que Él pueda tratarnos como a hijos y amigos, y secundar benignamente nuestras intenciones, tanto en el ofrecimiento que le hagamos de buenas obras cuya bondad no dependa de nosotros, cuanto de aquellas otras principalmente cuyo mérito o valor depende de nuestro estado de gracia.

El justo comienza siempre humillándose y acusándose a sí mismo; tomemos, pues, la hermosa costumbre de hacer un acto de contrición sincera por nuestros pecados antes de dar comienzo a las oraciones y sufragios que hagamos por los difuntos.

Pero si, por desdicha, estuviéremos en pecado mortal, corramos, sin perder tiempo, al tribunal de la penitencia. Jesús nos manda que, si tuviéremos algún agravio con nuestro hermano, vayamos a reconciliarnos con él antes que ofrezcamos a Dios el sacrificio; ¿y querríamos que Él lo aceptase de nuestras manos siendo directamente enemigos suyos? Vade prius reconciliari.

Después de esto, multipliquemos cuanto podamos nuestros sufragios, seguros de que serán aceptos y gratos a Dios, y que en presencia de su divina Majestad valdrán todo el oro para el rescate de las infelices prisioneras del Purgatorio y especialmente de aquellas que nos son más queridas.

EJEMPLO

Los dos hermanos

Convencidísimo estaba el protagonista de este ejemplo de la verdad de que no son de ningún valor nuestros sufragios si no estamos en gracia de Dios.

Hacía muchos años qué dos hermanos vivían hondamente enemistados, siendo conocida de todos esta enemistad en la localidad en que vivían.

El más joven de ellos cayó gravemente enfermo. El primogénito, hombre de creencias, si bien no muy arraigadas, pues no practicaba ninguna, habiendo tenido conocimiento de la enfermedad de su hermano y del grave peligro en que se hallaba, pues el médico le había ya desahuciado, se apresuró a visitarle.

Pedido permiso para llegar hasta su cabecera, le fue concedido.

La entrevista de los dos hermanos fue en extremo conmovedora; el odio desapareció como por encanto, y se reconciliaron perfectamente.

El mayor, viendo con sus propios ojos el peligro en que se hallaba su hermano, no tanto en cuanto al cuerpo, sino tocante al alma, le insinuó el que viniera un confesor, prestándose él mismo a ir a buscarlo. La proposición fue sin dificultad oída, y, venido el sacerdote, el enfermo se confesó con las mejores disposiciones. Después de lo cual recibió el santo Viático y la Extremaunción con gran edificación de todos los presentes.

Poco después expiró, y su hermano, que le amaba sinceramente, se dijo a sí mismo: «Yo amo a mi hermano; dadas las disposiciones en que ha muerto, no me cabe duda de que debe hallarse en lugar de expiación, en el Purgatorio, en donde debe sufrir mucho, siendo deber mío ayudarle. Pero ¿cómo me será esto posible, cuando mi religión me enseña que, mientras me hallare en desgracia de Dios, ni mis oraciones ni mis buenas obras han de servirle de ninguna utilidad? Es preciso, pues, que yo vaya a reconciliarme con Dios, y luego me ocupe en aliviar sus penas y abreviarle el Purgatorio.»

Como lo pensó, así lo hizo: después de una buena confesión se acercó a la Mesa eucarística, recibiendo fervorosamente la sagrada Comunión en sufragio del alma de su hermano. Él obró así como buen hermano.

Su corazón y su fe le aproximaron al Señor, después de haberle aproximado a aquel cuya pérdida lloraba.