PADRE LUIS FALLETTI: NUESTROS DIFUNTOS Y EL PURGATORIO

LA ARMADURA DE DIOS

NUESTROS DIFUNTOS
Y EL PURGATORIO

PARTE TERCERA

De los motivos que hay para que ayudemos a las Almas del Purgatorio

PLÁTICA XXIII

La Comunión de los Santos

¡Cuán dignas de compasión son las santas almas del Purgatorio! Objeto de padecimientos indecibles, separadas de su Bien, afligidas por el remordimiento de haberle ofendido tantas veces, desterradas de la celeste patria, con mucha mayor razón, dirigiéndose a nosotros, viandantes todavía sobre la tierra, pueden repetirnos las palabras que el dolorido Profeta ponía en labios de la abandonada Jerusalén: “¡Deteneos, y ved si hay dolor semejante a mi dolor!» Y para colmo de sus penas, añádase, además, que todo cuanto padecen es sin mérito ninguno.

Mientras seamos peregrinos aquí abajo, el padecer, no sólo constituye, para el justo y para el discípulo amante de Jesús, un título glorioso por sí mismo, porque hace al cristiano más semejante a su modelo, sino también porque le confiere una virtud y un mérito tanto mayores cuanto mayor es su resignación en Él.

Pero nada de esto poseen aquellas pobres almas, las cuales, de las penas que padecen en el Purgatorio, no pueden percibir ni mérito ni gloria ninguna.

Incapaces de merecer, ¡si por lo menos tuviesen una prevención de bienes que ofrecer en satisfacción de sus pecados!…; pero no, que de éstos también se hallan privados totalmente, pues con la muerte les fue arrebatado todo, hasta la oración en provecho propio; por eso Dios no las escucharía, si orando le pidiesen la revocación de su castigo.

Ahora bien, en condiciones tan lamentables, impotentes para proporcionarse por sí mismas el más pequeño alivio, ¿deberán aquellas infelices satisfacer íntegramente la larga pena a que han sido condenadas, sin que pueda serles abreviada ni por una hora tan siquiera? Cierto que así sería, por desgracia, si nosotros no acudiésemos en su auxilio.

Sí, lo que ellas por sí mismas no pueden realizar, la Iglesia nos enseña, y nosotros debemos creerlo, podemos hacerlo nosotros, en virtud de aquella Comunión de los Santos, que existe en la Iglesia de Jesucristo.

De este fundamento, pues, de la devoción a las pobres almas del Purgatorio hablaremos en esta plática, a fin de que podamos conocer a fondo de qué manera podemos socorrerlas y librarlas de aquellas penas.

Y, después de explicada esta verdad, comprenderemos más fácilmente los motivos que deben impulsarnos a ayudarlas.

I

¿Qué es la Comunión de los Santos, en virtud de la cual poseemos tan gran poder en favor de las almas del Purgatorio? Antes de responder a esta pregunta parécenos conveniente dar algunas previas explicaciones.

Habitualmente se compara la Iglesia en que vivimos a una sociedad, mejor aún, a un ejército dispuesto para entrar en batalla. En efecto, ¿no es la Iglesia el ejército de Jesucristo? En un ejército que combate y está seguro de la victoria se pueden distinguir tres partes: una, que es ya victoriosa y disfruta de su gloria; otra, que todavía combate y es animada por el ejemplo de la primera; y la tercera, finalmente, que está compuesta de los heridos, que son curados en la ambulancia y esperan un glorioso descanso.

Esto mismo puede decirse de la Iglesia, cuyos miembros se hallan igualmente distribuidos en tres categorías, de las cuales la primera es la Iglesia Triunfante, compuesta por los Ángeles y los Santos que se hallan ya en el Cielo, bienaventurados, disfrutando el triunfo de las victorias reportadas; la segunda es la Iglesia Militante, constituida por todos los fieles que todavía están en la tierra combatiendo contra los enemigos de su eterna salvación: el demonio, el mundo y las pasiones, para conseguir la eterna corona; la tercera, finalmente, la Iglesia Purgante, formada por todas las almas que han abandonado ya la tierra después de haber combatido valerosamente, pero que, a causa de sus imperfecciones y debilidades y de ciertas culpas, no han satisfecho suficientemente y se hallan aún en el Purgatorio para purificarse de ellas.

Por lo tanto, según estas explicaciones, la Iglesia cristiana es un cuerpo moral, cuya Cabeza es Jesucristo, dividido en tres iglesias particulares, como en otros tantos miembros que lo componen, entre los cuales existe una recíproca comunión de caridad, que es llamada por los Apóstoles Comunión de los Santos.

Y esta unión entre los diferentes miembros de la Iglesia es tan estrecha y eficaz, que pone en común todos sus bienes espirituales, que están compuestos por los méritos de Jesucristo, fuente de todos los otros, y de los Sacramentos, y del Santo Sacrificio de la Misa, y de los méritos de la Santísima Virgen y los de los Santos, y de todas las oraciones y buenas obras que practican todos los fieles.

En otras palabras, la Comunión de los Santos es precisamente la participación que, si bien de modo diverso, tienen todavía las tres partes de la Iglesia de Cristo en los bienes espirituales que en la Iglesia se atesoran; y dícese Comunión de los Santos porque de ella disfrutan solamente los Santos, es decir, los justos, por la posesión de la gracia de Dios.

Están de ella completamente excluidos los condenados del infierno, que no pertenecen ya de ninguna manera a la Iglesia de Jesucristo, y, además, los infieles, los herejes y cismáticos, los cuales tampoco pertenecen a ella.

En cuanto a los pobres pecadores, tampoco participan, si no es de un modo imperfecto; y la razón es clara: porque así como en el cuerpo el benéfico influjo de la circulación de la sangre no se deja sentir de modo perfecto sino solamente en los miembros que están vivos, y en los muertos solamente de un modo imperfecto y como por reflejo; así también los pecadores, por la falta de la caridad y de la gracia santificante, por ser miembros muertos de la Iglesia, por más que no estén separados de ella, no pueden recibir perfectamente el fruto espiritual que reciben los miembros vivos, sino solamente ser sostenidos por Dios por la expiación y, sobre todo, por la virtud del Santo Sacrificio de la Misa, y ayudados a convertirse y valerse por el Sacramento de la Penitencia, de las oraciones y de las buenas obras de los justos.

«Por la Comunión de los Santos, dice bellamente Monseñor Baunard, la Iglesia es una inmensa sociedad de asistencia mutua. Yo me represento las tres regiones del Cielo, de la tierra y del Purgatorio, como tres provincias confederadas del Reino de Jesucristo, que las ha constituido solidarias entre sí. La obra común será la redención del género humano, a la cual Él ha aportado todo el precio de su Sangre. Tal es el primer fondo de esta comunión. Pero en las admirables vistas de unión y de caridad entre todos los fieles, Él les invita a añadir a la suma versada por Él su propia cuota de ellos, esto es, todo lo mejor que pueden tener aquí abajo: las oraciones, limosnas, y méritos de nuestras obras, nuestras penitencias y nuestros sacrificios en vista a constituir el capital común que, después de haber pagado el rescate de nuestros prisioneros, los pondrá en posesión del lugar del reposo, de la luz y de la paz.»

Admitida esta Comunión de los Santos, ¿quién no ve cuán admirable sea esta economía sorprendente de la Providencia divina, la cual, mientras reserva para Sí la parte de la más rigurosa justicia, confiere además la de la más piadosa misericordia en sufragio de las almas del Purgatorio?

Considerando lo cual un ilustre escritor decía: “¡Oh, cuán bello y consolador es este espectáculo de la Comunión de los Santos, en fuerza de la cual la Iglesia católica no queda limitada a la tierra, sino que tiene confines indeterminados e inmensos, y, en vez de los trescientos millones de almas esparcidas por el globo, cuenta con millones y millones de generaciones, porque todos cuantos, desde el principio del mundo hasta hoy, han muerto en esa comunión y en el ejercicio de la candad son habitantes de aquella inmensa región, o sea, gloriosos ya en el cielo, o sufriendo en el Purgatorio, o viandantes en este mundo! Todos estos millones de millones de almas constituyen una gran familia, en la cual todo está depositado en fraternal comunidad: los gozos y las penas, los triunfos de los Santos, los sufrimientos del Purgatorio, las pruebas de los mortales. Y mientras nosotros, en medio de las amarguras de la vida, nos alegramos de la gloria de los bienaventurados y compadecemos a las almas purgantes, por su parte los Santos que nos han precedido en la mansión de la felicidad se conmueven al solo pensamiento de los peligros en que vivimos, y, cuando desde las regiones del cielo bajan sus miradas a las desoladas regiones del Purgatorio, ven allá abajo a otros hermanos, cuya eterna salvación, si bien asegurada, va no obstante precedida de indecibles padecimientos. Y aun cuando no puedan merecer nada para sí, pudiendo hacer de intercesores para otros, no cesan de implorar la divina clemencia a favor de aquellas almas, movidos, no menos de las penas gravísimas que afligen a aquellas infelices, que de la ardiente caridad que con ellas las une y de la felicidad, en fin, que con su liberación se acrecienta en el Paraíso. Y de esta manera el Cielo está en comunión con el Purgatorio, no ya con el tributo de las lágrimas, como se acostumbra sobre la tierra, sino con los más santos y encendidos afectos con que intercede por los que allí sufren, en la presencia de la Trinidad augusta. Así, pues, las almas del Purgatorio participan también de este gozo de la Comunión fraterna, y como se sienten penetradas del más vivo reconocimiento para con sus bienhechores de esta tierra, así, cuando en medio de las llamas que las abrasan levantan sus ojos hacia aquellas sedes bienaventuradas que les aguardan, viendo a otras que, más afortunadas y más fieles que ellas, están ya en posesión de la gloria, se reaniman con la esperanza, porque saben que allá arriba, delante de Dios, cuentan con intercesores y amigos. ¡Admirable comercio que continúa y refuerza los vínculos tan íntimos y dulces entre las almas del Purgatorio y los moradores del Cielo y de la tierra! ¡La Comunión de los Santos es una cadena misteriosa, cuyos diversos eslabones están unidos por medio de la caridad! Ascendentes et descendentes los Ángeles se ocupan sin reposo en distribuir los frutos de estas comunicaciones misteriosas; ellos llevan al Cielo y depositan al pie del trono de Dios nuestras súplicas y buenas obras que recaen cual beneficiosa lluvia sobre las almas prisioneras en el Purgatorio, y nos reportan las gracias y los dones que la intercesión de los Santos nos han obtenido.»

De este modo es como la Iglesia en su bella e imponente unidad abraza a todos los cristianos: a los que todavía moran en la tierra y a los que en ella ya no están. La muerte, arrebatándolos de este mundo, no ha podido substraerlos al amor de Ella, y, aunque detenidos por un momento a las puertas de la felicidad, son todavía su porción, su herencia, su familia; son siempre sus hijos, y las delicias de que los ve circundados, o las penas en que los ve sumergidos, son igualmente sensibles para su corazón.

Pero si constituye un gozo inmenso para la Iglesia el contemplar las legiones innumerables de sus mártires, de sus vírgenes, de sus confesores, mira también como deber sagrado el rogar por aquellos de sus hijos que no están todavía bastante limpios para entrar en la gloria. Su más constante preocupación es abreviar el tiempo de la expiación; y es tal su solicitud por estas almas, que siete veces al día hace mención de ellas al final de sus oficios, y allí donde se eleva un altar, jamás el sacerdote católico ofrece la Víctima Santa sin elevar un recuerdo por los pobres difuntos.

II

Y esta dulce creencia en la eficacia de los sufragios para el alivio de las almas del Purgatorio en virtud de la Comunión de los Santos, no es una simple opinión en la Iglesia católica, sino artículo de fe admitido en todos los tiempos.

Sí, ya desde los comienzos de su existencia, ella tuvo una piadosa solicitud por los pobres difuntos: «En los primeros siglos del Cristianismo, y desde el solio de sus primeros y más ilustres Pontífices, se hablaba sin equívoco y sin dudar de la oración por los difuntos, no como un acto de piedad libre y arbitraria, sino como de un acto sagrado y obligatorio.»

Son numerosísimos los testimonios de tal aserto.

San Dionisio Areopagita, contemporáneo de los Apóstoles, nos ha conservado el rito según el cual, desde el primer siglo de la Iglesia, se oraba por los difuntos: «El venerable prelado, dice él, se acerca y recita la oración santa por el difunto. En esta oración suplica a la divina clemencia perdone al muerto todos los pecados que ha cometido por humana fragilidad y lo coloque en la región de los vivos.»

«Todos los días, añade San Clemente Papa, San Pedro recomendaba que se tuviese cuidado de dar sepultura a los muertos y de orar y hacer orar por el alivio de sus almas: en tanta estimación tenía esta obra de caridad, y tomaba muy a pechos que se socorriese a estas almas que padecían en las llamas.»

Testimonios son éstos que hacían exclamar a San Juan Damasceno: «Los discípulos del Salvador y los santos Apóstoles establecieron el uso de hacer conmemoración en nuestros sacrosantos y tremendos misterios de los que murieron en la fe.»

No menos explícito es San Jerónimo, el cual, en su comentario al Libro de los Proverbios, dice: “Los fieles pueden, después de la muerte, ser absueltos de las culpas ligeras con que se hallan ligados al morir, y esto, ya sea por las penas que padecen, ya por las oraciones y limosnas de los demás, ya por la celebración del santo sacrificio de la Misa.»

Y San Ambrosio, hablando de su hermano Sátiro y de sus amigos difuntos, les promete lágrimas, oraciones y misas: «Mientras me latiere el corazón en el pecho, exclamaba, mientras me fuere posible levantar las manos y los ojos al cielo, me consagraré a ofrecer sufragios por sus almas.»

Finalmente, terminaré con el testimonio del santo Obispo de Hipona, San Agustín, que dice: «No hay que dudar de que los difuntos son auxiliados por las oraciones de la santa Iglesia, del sacrificio de la Misa y de las limosnas que se hacen por sus almas. Esta tradición de nuestros antepasados era observada por toda la Iglesia; en todas partes se ruega y se ofrecen sacrificios por los que han muerto en la comunión del Cuerpo y de la Sangre de Jesucristo.»

He ahí cómo el Cielo y la tierra se unen en un solo pensamiento y en una sola efusión para aplacar a la Justicia divina y conducir al eterno descanso a los miembros pacientes de la Iglesia de Cristo.

«¡Qué soberbio espectáculo, exclama aquí De Maistre, nos ofrece aquella inmensa ciudad de los espíritus con sus tres órdenes, siempre entre sí relacionados! El mundo que combate tiende una mano al mundo que sufre, y se aferra con la otra al mundo que triunfa. La acción de la gracia, la oración, la satisfacción, los socorros, las inspiraciones, la fe, la esperanza y el amor circulan del uno al otro, como otros tantos ríos beneficiosos…»

***

«¡Oh belleza extraordinaria la de la doctrina católica, concluyamos con Carmagnola; oh esfuerzo y alegría lo que ella ofrece a nuestras almas! Aquellos amados difuntos que por el amor que nos profesaron conquistaron todo nuestro amor, aunque nos hayan dejado, no están, sin embargo, separados del todo de nosotros.

Cierto es que no vemos ya sus amables rostros, si no es en los retratos que de ellos nos han quedado, no oímos ya sus agradables palabras sino mediante el eco de la memoria, no nos miran ya con aquellas vivas miradas de sus ojos, solamente se ofrecen a nuestra vista alguno que otro objeto que a ellos pertenecieron y que nos dejaron como recuerdo; pero no podemos menos de llorar su separación, nuestra naturaleza lo requiere, y harto duros seríamos si no la sintiéramos; pero con todo eso debemos consolarnos, puesto que una inmensa comunión de méritos, de oraciones, de beneficios, une siempre entre sí el Cielo, la tierra y él Purgatorio. Y mientras nosotros nos hallamos unidos con los Santos del cielo, a quienes imitamos e invocamos, y ellos se sienten unidos con nosotros con sus ejemplos y sus gracias, nosotros podemos y debemos también estar unidos por el vínculo de la caridad con las Almas del Purgatorio. Con nuestro pensamiento y nuestra memoria podemos bajar junto a ellas, con nuestras buenas obras podemos cancelar el débito por sus pecados, y de uno u otro modo podemos aliviar las penas que sufren y librarlas de ellas. Y pudiéndolo hacer, ¿por qué seremos tan crueles que no lo hagamos? ¡Ah, no será así! Sino que, siendo miembros de esta familia inmensa, la Iglesia católica, secundaremos la invitación que nos hace San Pablo Apóstol, y haremos de buen grado nuestras las cadenas que todavía atan a aquellas santas almas, pensando eficazmente en librarlas de ellas.»

EJEMPLO

La Venerable Sor Paula de Santa Teresa

Imperaba en el monasterio de Santa Catalina, en Nápoles, la laudable costumbre de poner fin a la jornada con el rezo de las Vísperas de difuntos en el dormitorio, para impetrar del Señor paz y reposo para las almas de los difuntos, antes de entregar su cuerpo al descanso de la noche. Era sumamente grata tan piadosa costumbre no menos al Cielo que al Purgatorio.

Pero una noche, a causa del excesivo trabajo que hubo en el monasterio, el cual se prolongó hasta muy tarde, fueron las religiosas a descansar sin haber practicado la acostumbrada devoción por los difuntos. Mas, hallándose las monjas en lo más profundo de su sueño, he aquí que baja del Cielo un escogido número de Ángeles, los cuales, colocados en orden donde las religiosas solían orar, cantaban con melodía verdaderamente celestial las Vísperas por los difuntos, abandonadas aquel día.

La única que velaba en aquella hora en oración era la Venerable Sor Paula de Santa Teresa, la cual, sorprendida por aquel canto, salió presurosa de su celda para unirse a los salmodiantes, creyendo fuesen sus hermanas.

Mas, ¡cuán maravillada no quedó cuando reconoció en los cantores a tantos Ángeles cuantas eran las religiosas del monasterio, haciendo sus veces a fin de que las almas del Purgatorio no quedaran defraudadas de tanto bien!

Inflamado entonces más que nunca el corazón de la venerable sierva de Dios en la devoción para con las infelices almas, a quienes se precian de prestar ayuda no sólo los habitantes de la tierra, sino también los del Cielo, y referido el hecho a sus compañeras, resolvieron no omitir nunca más, por ningún motivo, el piadoso ejercicio en sufragio de las almas del Purgatorio.

No fue ésta la única vez que la Venerable Sor Paula fue favorecida con visiones semejantes. En otra ocasión, mientras oraba con todo el fervor posible por el alivio de las pobres almas, vio a Nuestro Señor acercarse a aquel lugar de tormentos, escoltado de gran número de Ángeles, a los cuales ordenaba sacasen ya una, ya otra de aquellas almas de la cárcel de fuego en que yacían, para conducirlas al Cielo.

Los sábados, Sor Paula se dirigía especialmente a la Santísima Virgen para obtener por medio de Ella la libertad de las almas de aquellas horribles penas. Arrebatada en espíritu y trasladada en medio del Purgatorio, lo vio como transformado en lugar de delicias, resplandeciendo con una luz deslumbradora. Atónita por este prodigio, divisó a María Santísima rodeada de una legión de Ángeles, como antes había visto a su divino Hijo, y como Él, ordenaba Ella quebrasen las cadenas de ciertas almas y las introdujeran en su compañía en la celestial patria.