PADRE JUAN CARLOS CERIANI: CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

Hoy, 2 de noviembre, se celebra la Conmemoración de todos los Fieles Difuntos. El Martirologio Romano se expresa de la siguiente manera:

“En este día, la Iglesia, piadosa y común Madre, después de haber procurado celebrar con los debidos honores a todos sus hijos que ya se regocijan en el Cielo, cuida solícitamente de ayudar también, con poderosos sufragios ante su Señor y Esposo, Cristo, a todos los que aún gimen en el Purgatorio, para que puedan, cuanto antes, llegar a la compañía de los ciudadanos del Cielo».

Es, pues, un día de maternal y amorosa solicitud de la Iglesia por sus difuntos.

En la Misa de Requiem esta piadosa Madre se coloca frente al féretro de aquel por quien ofrece el Santo Sacrificio. Se mueve impulsada por el pensamiento de que el alma del difunto alcanza en la Santa Misa la ansiada expiación de sus pecados.

Para la Madre Iglesia la Santa Misa no es sólo un sacrificio de alabanza, de acción de gracias y de súplica; es también un sacrificio propiciatorio, expiatorio.

En el Santo Sacrificio de la Misa el Señor presenta al Padre sus satisfacciones de infinito valor, junto con las satisfacciones y expiaciones de su Iglesia y de todos sus miembros, y se lo ofrece todo por las Benditas Almas del Purgatorio.

Requiem æternam dona eis, Domine — «Señor, dales el reposo eterno, y brille para ellos la luz perpetua», repite la Sagrada Liturgia en el Introito, el Gradual, y la Comunión… En virtud del Santo Sacrificio que te ofrecemos, dales el descanso y la luz de la gloria eterna.

Dos afectos fundamentales dominan en la Liturgia de Difuntos: la profunda compasión de la necesidad en que se encuentran las almas detenidas en el Purgatorio y la gozosa seguridad de su redención final, de su entrada en el Cielo y de la futura resurrección de su cuerpo.

La Iglesia ofrece al Padre las oraciones y satisfacciones, la pasión y muerte, la Sangre del Señor. Le ofrece, en suma, un sacrificio de perfecta expiación por todo lo que todavía le debe el alma de sus hijos difuntos.

¡Cuánto aprecia la Santa Iglesia el Sacrificio de la Santa Misa! ¡Qué convencida está de su valor y de su eficacia en esta vida, en el momento de la muerte y ahora en el Purgatorio! Cuenta con las satisfacciones de Cristo y de los Santos, que se hacen efectivas ante Dios en el Santo Sacrificio.

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Los muertos en Cristo, en estado de gracia, todavía penan lejos de Dios. Aman a su Creador y Redentor, están unidos a Él con toda el alma, han aprendido a romper fundamentalmente con todo lo que no es Dios. Ven claramente la profunda vanidad de todo lo que no es vivir para Dios. Ahora se dan exacta cuenta de lo necios que fueron cuando, durante su vida mortal, no dieron bastante importancia a determinados pecados, a reales pequeñeces, a infidelidades y transgresiones de menor cuantía, a desordenados apegos a los hombres, a las amistades y cargos; cuando no prestaron bastante atención a ciertos deseos secretos y a ciertas intenciones turbias, a una indiferencia notoria para con los deberes, a un indebido horror ante el sacrificio, la renuncia, la penitencia y la mortificación.

Todas estas pequeñeces, como se las llama ordinariamente, se han convertido ahora para ellos en dolorosas cadenas que les obligan a permanecer alejados todavía por algún tiempo del objeto de sus anhelos.

Este es precisamente el mayor tormento de las pobres almas, o sea, el saber que, si están aún separadas de Dios, se debe únicamente a su propia culpa.

Ahora no les domina más que un anhelo: el de poder unirse cuanto antes con Dios, con Aquel que constituye su alegría, su paz, su amor, su vida, su todo.

Cuanto más se purifican en el Purgatorio, más crece y más les devora su hambre de Dios. De igual modo que una piedra, lanzada desde lo alto, cae con mayor velocidad cuanto más se acerca a la tierra, así también las Benditas Almas del Purgatorio se sienten invadidas a cada instante por un deseo natural y sobrenatural de Dios cada vez más insaciable, se sienten constantemente empujadas por un poder cada vez más irresistible a la unión con Dios. De este modo la tardanza de esta unión con Dios se les hace más dolorosa a cada instante.

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En este dolor, en esta hambre torturante y devoradora piensa la Liturgia, cuando suplica: «Señor, dales el reposo eterno»; otórgales la saciedad; concédeles la tan dolorosamente ansiada unión con Dios, la beatífica contemplación cara a cara del Sumo Bien. Brille para ellos la luz perpetua.

Ciertamente, la Santa Iglesia sabe que sus hijos, aunque sufren todavía en el Purgatorio, están salvados, redimidos…; que tienen asegurada la vida eterna…; que ya no la perderán nunca…; que ya no pueden pecar más…; que aman a Dios por encima de todo, con un amor puro, perfecto, y que son amados por Dios…; que el Señor les tiene preparado ya un lugar en el Cielo…; tan sólo un poco de espera todavía, y después ya podrán reposar sobre el corazón de Dios, eterna, beatíficamente…

Tal es la convicción de la santa Iglesia.

Nosotros, debemos asociarnos también a los dolores de las Benditas Almas del Purgatorio; pero hemos de hacerlo con el espíritu de la Iglesia, de la Sagrada Liturgia. Hagámoslo, pues, con la convencida fe de que dichas almas murieron en Cristo, es decir, de que se salvaron en Cristo y en su Iglesia.

Exhorta San Pablo a los Gálatas: Lleve cada uno el peso del otro… Las almas de nuestros hermanos del Purgatorio llevan «el peso» de las penas temporales debidas por los pecados, por las faltas y por las infidelidades que cometieron y no pudieron expiar en esta vida. En virtud de la Comunión de los Santos nosotros podemos quitarles este peso.

Permaneciendo en dicha Comunión podemos colocarnos en lugar de las pobres almas atormentadas y podemos hacer lo que ellas no pueden hacer: podemos ofrecerle a Dios, en lugar de ellas, la satisfacción que Él les exige, pero que ellas no pueden presentar por sí mismas.

Nosotros podemos llevar el peso de estas pobres Almas ofreciendo por ellas a Dios, en el Sacrificio de la Santa Misa, las satisfacciones de Cristo. En la Santa Misa poseemos el medio más poderoso y eficaz para poder ayudar a nuestros queridos difuntos.

Podemos llevar su peso ganando indulgencias y aplicándolas por las pobres almas.

Tienen también valor satisfactorio todas nuestras oraciones, todos nuestros sacrificios, esfuerzos, trabajos y dolores practicados y sufridos por amor de Dios.

Con todas estas obras podemos cargar con, aligerar y quitar el peso de las pobres Almas del Purgatorio.

Supliquemos constantemente a Dios, con la Sagrada liturgia, se digne conceder a las Benditas Almas del Purgatorio la remisión de todos los pecados.

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Para excitar en nosotros los verdaderos sentimientos que deben animarnos respecto de las Benditas Almas del Purgatorio, consideremos los textos de las diversas Misas de Difuntos, pues tenemos cuatro: la Primera de este día de Conmemoración, la Misa del Funeral, la Misa de Aniversario (que es la misma Segunda de este día), y la Misa Cotidiana (que es la Tercera de este día).

Los que tengan la posibilidad de hacerlo, les aconsejo escuchar la Misa de Difuntos en Gregoriano. Para ello hemos publicado el Proprio de la Misa de Difuntos cantada por el Coro de Monjes Benedictinos del Monasterio Santo Domingo de Silos.

Reflexionemos, pues sobre estos textos, comenzando por las Epístolas, según el orden temático:

La Epístola de la Segunda Misa o Misa de Aniversario está tomada del Segundo Libro de los Macabeos, XII: 43-46:

En aquellos días, el valiente Judas Macabeo, habiendo recogido en una colecta que mandó hacer, doce mil dracmas de plata, las envió a Jerusalén, a fin de que se ofreciese un sacrificio por los pecados de estos difuntos, teniendo, como tenía, buenos y religiosos sentimientos acerca de la resurrección, —pues si no esperara que los que habían muerto habían de resucitar, habría tenido por cosa superflua e inútil el rogar por los difuntos—, y porque consideraba que a los que habían muerto después de una vida piadosa, les estaba reservada una grande misericordia. Es, pues, un pensamiento santo y saludable el rogar por los difuntos, a fin de que sean libres de sus pecados.

Vemos, pues, que ya bajo la Antigua Ley existía la costumbre de rezar por los difuntos. Desde sus orígenes, la Iglesia ha mantenido esta costumbre, que da testimonio de su fe en el Purgatorio, según la cual creemos que hay una prueba dolorosa que purifica las almas que lo necesitan antes de que entren en la bienaventuranza eterna, así como también que nuestra oración puede ayudarlas en medio de su sufrimiento, y por eso la oración es nuestro deber.

Tengamos en cuenta que toda nuestra vida puede y debe ser una oración, y que la ofrenda de nuestro trabajo y de nuestros sufrimientos puede también ser una ayuda para nuestros queridos difuntos.

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La Epístola de la Misa de funeral se toma de la Primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses, IV: 13-18:

No queremos, hermanos, que estéis en ignorancia acerca de los que duermen, para que no os contristéis como los demás, que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también creemos que Dios llevará con Jesús a los que durmieron en Él. Pues esto os decimos con palabras del Señor: que nosotros, los vivientes que quedemos hasta la Parusía del Señor, no nos adelantaremos a los que durmieron. Porque el mismo Señor, dada la señal, descenderá del cielo, a la voz del arcángel y al son de la trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán primero. Después, nosotros los vivientes que quedemos, seremos arrebatados juntamente con ellos en nubes hacia el aire al encuentro del Señor; y así estaremos siempre con el Señor. Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras.

El Apóstol San Pablo nos proporciona aquí una gran lección de esperanza cristiana al enseñarnos que nuestros difuntos no han desaparecido para nosotros, y que, si han muerto en estado de gracia, están cerca de Dios, y nos uniremos a ellos, si perseveramos en la gracia, cuando también nos reunamos entonces con el Señor.

Vivir y morir con el Señor, en la gracia de Dios, es, por tanto, el camino para vivir unidos a nuestros difuntos.

Demostremos nuestra caridad para con ellos orando y ayudándolos a alcanzar la bienaventuranza eterna lo antes posible, si aún no la han obtenido.

Pensemos también que, si están cerca de Dios, ellos también están cerca de nosotros, que piensan en nosotros y nos siguen amando.

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La Epístola de la Primera Misa de este día también recurre a las enseñanzas de San Pablo, en este caso en su Primera Carta los Corintios, XV: 51-57:

Hermanos: He aquí que os digo un misterio: No todos moriremos, pero todos seremos transformados. En un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la trompeta final; porque sonará la trompeta y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Pues es necesario que esto corruptible se vista de incorruptibilidad, y esto mortal se vista de inmortalidad. Cuando esto corruptible se haya vestido de incorruptibilidad, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: “La muerte es engullida en la victoria. ¿Dónde quedó, oh muerte, tu victoria?, ¿dónde, oh muerte, tu aguijón?” El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado es la Ley. ¡Gracias sean dadas a Dios que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!

¡Cómo reaviva nuestro espíritu de fe este texto paulino! En efecto, la muerte parece reinar en este mundo y someter todo a su ley. Pero, sin embargo, la vida triunfa, y la muerte es sólo un pasaje a la vida verdadera.

Nuestro Señor Jesucristo, al morir Él mismo, le quitó todo poder a la muerte; y es Él quien nos asocia a su triunfo. Por la gracia de Cristo todos los duelos, todas las separaciones de los cristianos verdaderos, son sólo transitorias y preparan un mañana de felicidad y de gloria.

Confesemos a Nuestro Señor nuestra fe en su omnipotencia, y nuestra gratitud por haber transformado así nuestra condición humana.

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La Epístola de la Misa Cotidiana, la Tercera de hoy, es el corto texto del Libro del Apocalipsis, XIV: 13:

En aquellos días: Oí una voz del cielo que me decía: Escribe: Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, que descansen ahora de sus trabajos, porque sus obras los siguen.

San Juan proclama la bienaventuranza de los que mueren en el Señor, es decir, en la gracia de Dios.

¡Cuánto más, si en la agonía son socorridos con la ayuda de los Sacramentos, portadores de esta gracia!

Para ellos pasan y se olvidan todas las vanas apariencias de este mundo, todos los sufrimientos y todas las decepciones. Les queda lo principal, es decir, sus buenas obras, sus esfuerzos, su trabajo, animados por el amor a Dios y al prójimo.

Este es el verdadero y único tesoro que conservan las Benditas Almas del Purgatorio, del cual disfrutan para siempre las Santos en el Cielo, y que constituye su Bienaventuranza accidental.

La lección que nos enseñan estas Almas es apreciar, en su verdadero, valor esta riqueza única de la amistad con Dios, Sumo Bien, Bienaventuranza esencial.

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Reflexionemos ahora sobre los diferentes Evangelios de la Liturgia de Difuntos.

El Evangelio de la Primera Misa está tomado, como todas, del Evangelio según San Juan, en este caso del capítulo V: 25-29:

En aquel tiempo Jesús dijo a la multitud de judíos: En verdad, en verdad os digo, vendrá el tiempo, y ya estamos en él, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y aquellos que la oyeren, revivirán. Porque, así como el Padre tiene la vida en sí mismo, ha dado también al Hijo el tener la vida en sí mismo. Le ha dado también el poder de juzgar, porque es Hijo del hombre. No os asombre esto, porque vendrá el tiempo en que todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y saldrán los que hayan hecho el bien, para resurrección de vida; y los que hayan hecho el mal, para resurrección de juicio.

Nuestro Señor nos hace asegura que es Él quien posee la vida eterna, y que la comparte con los que le son fieles.

Su venida iluminará a todas las almas; y todas las que tengan la semejanza de Cristo serán admitidas a su felicidad; mientras que todas las que no tengan esta semejanza serán como extraños para Él para siempre.

Este día, en que la muerte nos recuerda la necesidad de una vida verdaderamente cristiana, una vida impregnada del espíritu de Cristo, pensemos que nuestra fidelidad puede ayudar a las Benditas Almas del Purgatorio, a acelerar su entrada en la felicidad eterna, cerca de Jesucristo, que las conquistó.

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El Evangelio de la Misa de Aniversario, Segunda de este día, también pertenece a San Juan, VI: 37-40:

En aquel tiempo Jesús dijo a la multitud de judíos: Todo lo que me da el Padre vendrá a Mí, y al que venga a Mí, no lo echaré fuera, ciertamente, porque bajé del cielo para hacer no mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Ahora bien, la voluntad del que me envió es que no pierda yo nada de cuanto Él me ha dado, sino que lo resucite en el último día. Porque esta es la voluntad del Padre: que todo aquel que contemple al Hijo y crea en Él, tenga vida eterna; y yo lo resucitare en el último día.

Nuestro Señor nos dice que el Padre entregó todo en manos de su Hijo, lo que significa que todos los hijos de Dios fueron confiados a Jesucristo, Quien los redimió y los liberó de la muerte eterna.

La Redención es sobreabundante, se extiende a todas las almas, porque Jesucristo murió por todos los hombres; pero, sin embargo, sólo se aplicará a los que quisieran aprovecharla.

Las almas han costado caro a Nuestro Señor, y el Padre Celestial no puede abandonarlas, pues su precio es la Sangre Preciosísima de su Hijo.

Por eso es que ofrecemos el Santo Sacrificio de la Santa Misa por aquellas Almas que están en el Purgatorio; de modo que, al celebrar el Sacrificio redentor, Nuestro Señor interceda por todos aquellos que nos son queridos, y nuevamente ofrezca su Sangre a su Padre por la salvación de nuestros difuntos.

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El Evangelio de la Misa de funeral, también recurre a San Juan, XI: 21-27:

En aquel tiempo Marta dijo, pues, a Jesús: “Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero sé que lo que pidieres a Dios, te lo concederá.” Le dijo Jesús: “Tu hermano resucitará.” Marta repuso: “Sé que resucitará en la resurrección en el último día.” Le replicó Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida; quien cree en Mí, aunque muera, revivirá. Y todo viviente y creyente en Mí, no morirá jamás. ¿Lo crees tú?” Ella le respondió: “Si, Señor. Yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido a este mundo.”

Frente a la tumba de Lázaro, al que va a resucitar, Nuestro Señor le pide a Marta, la hermana del difunto, que haga un acto de fe en Él.

Las resurrecciones que Nuestro Señor realizó durante su vida terrena anunciaron de hecho la gran y definitiva resurrección de los últimos días.

Expresemos también nosotros nuestra confianza en Jesucristo: Él posee la vida verdadera, y la dará a todo viviente y creyente en Él, para que esté perpetuamente vivo con Él.

El Santo Sacrificio de la Misa, haciéndonos partícipes del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo ya glorificado, prepara nuestros cuerpos y nuestras almas para esta resurrección gloriosa. Es lo que nos anuncia el Evangelio de la Misa Cotidiana.

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Esta Misa, la Tercera del día de la Conmemoración de todos los Fieles Difuntos, también toma el Evangelio de San Juan, VI: 51-55:

En aquel tiempo Jesús dijo a la multitud de judíos: Yo soy el pan, el vivo, el que bajó del cielo. Si uno come de este pan vivirá para siempre, y por lo tanto el pan que yo daré es la carne mía para la vida del mundo. Empezaron entonces los judíos a discutir entre ellos y a decir: ¿Cómo puede Éste darnos la carne a comer? Les dijo, pues, Jesús: En, verdad, en verdad os digo, si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis la sangre del mismo, no tenéis vida en vosotros. El que de mí come la carne y de mí bebe la sangre, tiene vida eterna y yo le resucitaré en el último día.

Es Jesucristo quien posee la vida divina y quien la comunica a través de la gracia, los Sacramentos y, sobre todo, a través de la Sagrada Eucaristía. Alimentándose del Cuerpo y de la Sangre de Jesucristo, el cristiano se prepara para la vida eterna.

Por tanto, lo que fundamenta nuestra esperanza en la felicidad de nuestros difuntos es su fidelidad a Cristo, su diligencia y su frecuencia en la recepción de los Sacramentos.

Debemos confiar en que este Sacrificio de la Misa, que vamos a aplicar por los Fieles Difuntos, abrirá las puertas del Cielo a un gran número de Almas que esperan su liberación en el Purgatorio. Oremos para que nuestros difuntos se beneficien abundantemente de esta Santa Misa.

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Concluyamos nuestra meditación con las hermosas palabras del Prefacio de Difuntos, que resumen toda la doctrina católica que desarrollan los textos de Epístolas y Evangelios:

Es muy digno y justo, equitativo y saludable, que nosotros siempre y en todo lugar te demos gracias, Señor Santo, Padre Todopoderoso, Dios Eterno, por Cristo Nuestro Señor. En el cual brilló para nosotros la esperanza de la Resurrección dichosa; para que, a quienes contrista la cierta condición de que han de morir, los consuele la promesa de la futura inmortalidad. Pues para tus fieles, Señor, la vida se muda, no se nos arrebata, y deshecha la casa de esta terrena morada, se adquiere la eterna habitación en los cielos.