Padre Juan Carlos Ceriani: FIESTA DE CRISTO REY

 

FIESTA DE CRISTO REY

El reino de Jesús por María

Solemnizamos hoy la Fiesta de Cristo Rey.

En el Evangelio observamos que Pilato preguntó, irónicamente, a Jesucristo: Entonces, ¿tú eres Rey?

Veía a Nuestro Señor en una situación bien poco compatible con cualquier derecho y poder real… Mientras tanto, los judíos gritaban afuera: No queremos que éste reine sobre nosotros; no tenemos más rey que al César.

Pasaron los siglos y llegó un momento en que, como dice León XIII en su Encíclica Immortale Dei, la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad. La religión fundada por Jesucristo se veía colocada firmemente en el grado de honor que le corresponde y florecía en todas partes gracias a la adhesión benévola de los gobernantes y a la tutela legítima de los magistrados. El sacerdocio y el imperio vivían unidos en mutua concordia y amistoso consorcio de voluntades. Organizado de este modo, el Estado produjo bienes superiores a toda esperanza. Todavía subsiste la memoria de estos beneficios y quedará vigente en innumerables monumentos históricos que ninguna corruptora habilidad de los adversarios podrá desvirtuar u oscurecer.

Y, sin embargo, hoy en día Jesucristo no reina de hecho en la sociedad… Pero, como Él mismo lo dijo, si los súbditos de un Rey se rebelan contra él, no deja, sin embargo, de ser su Rey; y conserva el poder de castigarlos y de someterlos posteriormente. Si no tuviese este poder, no sería verdaderamente Rey.

El Salmo 109 ya lo había anunciado: Dijo el Señor a mi Señor: “Siéntate a mi diestra, hasta que Yo haga de tus enemigos el escabel de tus pies”.

En efecto, el Padre le reservó el trono a su diestra, glorificándolo como Hombre, según dice el Credo: “Subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre”; y realzó sus derechos como Mesías Rey; título que Israel desconoció cuando Él vino por primera vez, y “los suyos no lo recibieron”.

Estos derechos los ejercerá cuando el Padre ponga a todos sus enemigos debajo de sus pies para “reunirlo todo en Cristo, las cosas del cielo y las de la tierra”, y someterlo todo a Él, en el día de su glorificación final, porque, como comprobaba San Pablo en su tiempo, “al presente no vemos todavía sujetas a Él todas las cosas”.

Y el Apóstol completaba su enseñanza: Después el fin, cuando Él entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya derribado todo principado y toda potestad y todo poder. Porque es necesario que Él reine “hasta que ponga a todos los enemigos bajo sus pies”.

Sobre la Cruz, donde murió este Rey rechazado, había un letrero escrito en tres lenguas, hebreo, griego y latín, donde se podía leer: Jesús de Nazareth Rey de los Judíos.

El Padre Castellani enseñó que esta Cruz es la respuesta a los que, hoy en día, se escandalizan por la impotencia del Catolicismo ante la gran crisis espiritual y material que reina sobre la tierra.

Creen que la crisis actual es una gran desobediencia a Jesucristo y, por consiguiente, dudan que Cristo sea realmente Rey…, como dudó Pilato, viéndolo atado e impotente.

Pero la crisis actual no es una gran desobediencia a Cristo, sino que es la consecuencia de una gran insubordinación, es el castigo de una gran rebeldía, y es la preparación de la gran restauración del Reino de Cristo.

Y explicó detalladamente que el Hombre Moderno, que cayó en cinco rebeliones y cinco idolatrías, es castigado ahora y es purificado por cinco correctivos y cinco penitencias:

Incurrió en la Idolatría de la Ciencia, con que quiso hacer otra torre de Babel que llegase hasta el cielo…; y la ciencia actualmente está muy ocupada en construir aviones, bombas y cañones para destruir las ciudades y las casas…

Cometió la Idolatría de la Libertad, con que quiso hacer de cada hombre un pequeño jefe caprichoso…; y el mundo hoy se llena de déspotas…, y los propios pueblos piden brazos fuertes para salir de la confusión que generó esta loca libertad…

Cayó en la Idolatría del Progreso, con que los hombres creyeron poder restablecer en poco tiempo un nuevo Paraíso Terrenal…; y ahí tenemos que el Progreso es el Becerro de oro, que hunde a los hombres en la miseria, la esclavitud, el odio, la mentira y la muerte…

Reincidió en la Idolatría de la Carne, a la cual pidió el Paraíso y las delicias del Edén…; y la carne desnuda del hombre, exhibida y adorada, herida, se rasga, se pudre y se disuelve como un inmundo abono sobre los campos de batalla y en las clínicas especializadas para los abortos…

Insistió en la Idolatría del Placer, con que quiere hacer del mundo un Carnaval perpetuo y transformar a los hombres en niños agitados e irresponsables…; y el placer creó un mundo de enfermedades, sufrimientos y tormentos que hacen desesperar a todas las autoridades de la medicina…

¡Sí!… Los males que sufrimos hoy tienen su origen en una última desobediencia; pero reconfortan, porque la guadaña ya está puesta en la raíz. Estamos al final de un proceso mórbido que dura desde hace ya siete siglos.

Sí, hoy en día Jesucristo no reina de hecho, pero no deja por eso de ser Rey; conserva el derecho y el poder de castigar y someter nuevamente a sus súbditos rebeldes.

Y repito, una vez más, que estos derechos los ejercerá cuando el Padre ponga a todos sus enemigos debajo de sus pies para “reunirlo todo en Cristo, las cosas del cielo y las de la tierra”, y someterlo todo a Él, en el día de su glorificación final.

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Cuando tratamos el tema del Triunfo del Corazón Inmaculado de María, el último Domingo de agosto, Decimocuarto de Pentecostés, anunciamos que para esta Fiesta de Cristo Rey veríamos en detalle la relación entre el Reino de María Santísima y el Reino de su divino hijo. (Ver Aquí).

Espero que aquellos que han ido meditando sobre los temas de los sermones que hemos desarrollado en los últimos tres meses, hayan comprendido que vivimos en plena época de actividad mariana, relacionada con el Reino de Nuestro Señor.

Ahora bien, esta Hora de María en que vivimos está anunciada desde tiempo inmemorial. Son muchos los santos y videntes que han hablado de ella en todos los siglos; pero, entre aquellos que han enseñado y predicado la misión providencial de la Madre de Dios, el que se ha expresado más extensa y claramente ha sido, sin duda, San Luis María Grignion de Montfort.

En esta Fiesta de Cristo Rey, para que sirvan de meditación y estímulo, consideremos sus textos más destacados.

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En su admirable Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, el Santo misionero anuncia, con acentos de profeta, que pronto el Reino de Jesús por María se establecerá en las almas:

[113]  Hoy me siento más que nunca animado a creer y esperar todo lo que tengo profundamente grabado en el corazón y que pido a Dios desde hace muchos años, a saber, que tarde o temprano, la Santísima Virgen tendrá más hijos, servidores y esclavos de amor que nunca, y que, por este medio, mi querido Dueño, reinará en los corazones más que nunca.

[114]  Preveo muchas bestias convulsas que vienen furiosas para desgarrar con sus diabólicos dientes este pequeño escrito y a aquel de quien el Espíritu Santo se ha servido para redactarlo, o por lo menos para envolverlo en las tinieblas y el silencio de un cofre, a fin de que no sea publicado. Atacarán y perseguirán incluso a quienes lo lean y pongan en práctica. Pero, ¡qué importa! ¡Al contrario, tanto mejor! ¡Esta perspectiva me anima y hace esperar un gran éxito, es decir, la formación de un escuadrón de aguerridos y valientes soldados de Jesús y de María, de uno y otro sexo, que combatirán al mundo, al diablo y a la naturaleza corrompida, en los peligrosos tiempos que van a llegar más que nunca! ¡Qué el lector comprenda! ¡Entiéndalo el que pueda!

La profecía concerniente al Tratado de la Verdadera Devoción se cumplió al pie de la letra: en efecto, San Luis murió en 1716, pero sólo en 1824 el manuscrito fue recuperado del fondo de un cofre donde se hallaba enterrado.

El oráculo debe cumplirse también respecto de la extensión del Reino de María…

¿Qué tiempo ha sido más peligroso para la Iglesia y para las almas que el nuestro? Por todas partes el error y la mentira llevan a cabo una batalla sacrílega contra la Verdad.

Según la tesis de San Luis María, la manifestación de la Santísima Virgen estaba reservada para los últimos tiempos, como él lo afirma claramente en el Tratado de la Verdadera Devoción:

[49]  Por María ha comenzado la salvación del mundo y por María debe ser consumada. María casi no ha aparecido en el primer advenimiento de Jesucristo… Pero, en el segundo advenimiento de Jesucristo, María debe ser conocida y revelada mediante el Espíritu Santo, a fin de hacer por Ella conocer, amar y servir a Jesucristo.

San Luis María pone estos últimos tiempos en relación con la Parusía o Segunda Venida de Nuestro Señor:

[50]  Dios quiere, pues, revelar y descubrir a María, la obra maestra de sus manos, en estos últimos tiempos (…) Como Ella es la aurora que precede y descubre al Sol de justicia, que es Jesucristo, debe ser conocida y percibida, a fin de que Jesucristo lo sea. Siendo la vía por la cual Jesucristo ha venido a nosotros por primera vez, Ella lo será también cuando venga la segunda, aunque no de la misma manera. Siendo el medio seguro y la vía recta e inmaculada para ir a Jesucristo y encontrarlo perfectamente, por Ella las almas santas que deben brillar en santidad deben encontrarle. Aquel que encuentre a María encontrará la vida, es decir, a Jesucristo, que es el camino, la verdad y la vida. Mas, no se puede encontrar a María si no se la busca; no se la puede buscar si no se la conoce, porque no se busca ni se desea un objeto desconocido. Es menester, pues, que María sea más conocida que nunca, para el mayor conocimiento y gloria de la Santísima Trinidad. María debe resplandecer, más que nunca, en misericordia, en fuerza y en gracia es estos últimos tiempos. En misericordia, para volver a traer y recibir amorosamente a los pobres pecadores y descarriados que se convertirán y volverán a la Iglesia Católica. En fuerza contra los enemigos de Dios, los idólatras, cismáticos, mahometanos, judíos e impíos endurecidos, que se revolverán terriblemente para seducir y hacer caer, con promesas y amenazas, a todos aquellos que les serán contrarios. Y Ella debe resplandecer en gracia, para animar y sostener a los valientes soldados y fieles servidores de Jesucristo que combatirán por sus intereses. En fin, María debe ser terrible al diablo y a sus secuaces como un ejército en orden de batalla principalmente en estos últimos tiempos, porque el diablo, sabiendo bien que tiene poco tiempo, y mucho menos que nunca, para perder a las almas, redobla todos los días sus esfuerzos y sus combates. Él suscitará pronto crueles persecuciones, y pondrá terribles asechanzas a los servidores fieles y a los verdaderos hijos de María, a quienes le cuesta más trabajo superar que a los otros.

Estos últimos tiempos están relacionados por el Santo con la plena manifestación de la Santísima Virgen y con el Anticristo, y no con anterioridad; en efecto, San Luis dice:

[51]  Es principalmente de estas últimas y crueles persecuciones del diablo, que aumentarán todos los días hasta el reinado del Anticristo, de las que se debe entender esta primera y célebre predicción y maldición de Dios, lanzada en el paraíso terrenal contra la serpiente: «Yo pondré enemistades entre tí y la mujer, y tu raza y la suya; ella misma te aplastará la cabeza y tú pondrás asechanzas a su talón» (Gén. 3:15).

Cuando el Santo escribía estas cosas pensaba que ocurrirían próximamente, y no como algo perdido en la lejanía de los tiempos venideros de la historia; podemos confirmarlo en el texto siguiente:

[47]  He dicho que esto acontecerá particularmente al fin del mundo, y pronto.

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La Verdadera Devoción marial tiene, pues, una connotación apocalíptica esencial; separarlas equivale a adulterar el mensaje de San Luis y a desnaturalizar la esclavitud mariana.

San Luis María comienza su Tratado relacionando sin ninguna duda el Reino de Jesucristo y su Parusía con la devoción a la Santísima Virgen:

[1]  Por la Santísima Virgen Jesucristo ha venido al mundo y también por Ella debe reinar en él.

[13]  La divina María ha estado desconocida hasta aquí, que es una de las razones por qué Jesucristo no es conocido como debe serlo. Si, pues, como es cierto, el conocimiento y el Reino de Jesucristo llegan al mundo, ello no será sino continuación necesaria del conocimiento y del Reino de la Santísima Virgen, que lo dio a la luz la primera vez y lo hará resplandecer la segunda.

San Luis María precisa, pues, la connotación íntima entre los últimos tiempos y la devoción mariana: la manifestación de la Virgen María es para el santo un hecho que señala claramente los tiempos apocalípticos, los últimos, de los cuales nos hablan las Sagradas Escrituras.

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Ahora bien, todas las apariciones marianas a partir del siglo XIX constituyen un mensaje celeste para advertirnos de que estamos indudablemente en los últimos tiempos, en el fin de los tiempos, que presagian la Segunda Venida de Jesucristo.

A partir de 1830, en París, asistimos a una serie de apariciones de Nuestra Señora que prueban, de manera irrefutable, que nos encontramos en los últimos tiempos descriptos por el Apocalipsis que, como indica San Luis María, están reservados para la verdadera devoción mariana.

Con la aparición de La Salette, en 1846, Nuestra Señora deja un mensaje netamente apocalíptico, en el cual se anuncia el eclipse de la Iglesia y la pérdida de la fe, incluso en Roma, que no sólo perderá la fe, sino que llegará a ser la sede del Anticristo.

El secreto de Fátima, comunicado a los tres videntes el 13 de julio de 1917, concluye por una promesa que nos establece en una gran esperanza. En efecto, la Virgen Inmaculada anuncia que el terrible combate de los últimos tiempos llega a una etapa crucial en 1960, pero que terminará por la victoria final de su Corazón Inmaculado. Cuando Nuestra Señora anuncia solemnemente “Al fin mi Corazón Inmaculado triunfará”, se trata de un triunfo universal, como hemos visto el último Domingo de agosto.

El culto de este dulce y tierno Corazón Inmaculado preparará la instauración del Reino glorioso del Sagrado Corazón de Jesús en toda la tierra.

Esto es lo que enseña, con claridad y fuerza, San Luis María Grignion de Montfort, el profeta de la victoria de María en el gran combate de los últimos tiempos, cuya inminencia prevé. El Santo asocia, no solamente la manifestación y el conocimiento de María a la Segunda Venida de Nuestro Señor, sino también que tienen por finalidad hacer reinar a Jesucristo sobre la tierra:

[13]  Si, pues, como es cierto, el conocimiento y el Reino de Jesucristo llegan al mundo, ello no será sino continuación necesaria del conocimiento y del Reino de la Santísima Virgen, que lo dio a la luz la primera vez y lo hará resplandecer la segunda.

[158]  Y si mi amable Jesús viene, en su gloria, por segunda vez a la tierra (como es cierto) para reinar en ella, no elegirá otro camino para su viaje que la divina María, por la cual tan segura y perfectamente ha venido por primera vez. La diferencia que habrá entre su primera venida y la última, es que la primera ha sido secreta y escondida, la segunda será gloriosa y resplandeciente; pero ambas serán perfectas, porque las dos serán por María. ¡Ay! He aquí un misterio incomprensible: «Hic taceat omnis lingua» (Calle aquí toda lengua).

En su libro El Secreto de María, el Santo pone magistralmente la devoción mariana en relación con la Segunda Venida y el Reino de Cristo:

[58]  Así como por María vino Dios al mundo la vez primera en humildad y anonadamiento, ¿no podría también decirse que por María vendrá la segunda vez, como toda la Iglesia lo espera, para reinar en todas partes y juzgar a los vivos y a los muertos? Cómo y cuándo, ¿quién lo sabe? Pero yo bien sé que Dios, cuyos pensamientos se apartan de los nuestros más que el cielo de la tierra, vendrá en el tiempo y en el modo menos esperados de los hombres, aun de los más sabios y entendidos en la Escritura Santa, que está en este punto muy oscura.

[59]  Pero todavía debe creerse que al fin de los tiempos, y tal vez más pronto de lo que se piensa, suscitará Dios grandes hombres llenos del Espíritu Santo y del espíritu de María, por los cuales esta divina Soberana hará grandes maravillas en la tierra, para destruir en ella el pecado y establecer el reinado de Jesucristo, su Hijo, sobre el corrompido mundo; y por medio de esta devoción a la Santísima Virgen, que no hago más que descubrir a grandes rasgos, empequeñeciéndola con mi miseria, estos santos personajes saldrán con todo.

El pensamiento del Santo es claro y su expresión también: por María llegará el Reino de Jesús, al fin de los tiempos, después de su Parusía. Para San Luis María el triunfo es por la Parusía y por intermedio de la Virgen. Basta recordar lo que dice insistentemente.

San Luis María identifica Parusía y Reino de Cristo. Recodemos la Oración abrasada, que es eminentemente apocalíptica:

Memento: Acordaos, Señor, de esta Comunidad en los efectos de vuestra justicia. Tiempo es de obrar, Señor, conculcaron tu ley. Es tiempo de hacer lo que habéis prometido hacer. Vuestra divina ley es transgredida; vuestro Evangelio abandonado; los torrentes de iniquidad inundan toda la tierra y hasta arrastran a vuestros servidores; toda la tierra está desolada; la impiedad está sobre el trono; vuestro santuario es profanado, y la abominación está hasta en el lugar santo. ¿Dejaréis todo, así, en el abandono, justo Señor, Dios de las venganzas? ¿Llegará a ser todo, al fin, como Sodoma y Gomorra? ¿Os callaréis siempre? ¿No es preciso que vuestra voluntad se haga en la tierra como en el cielo, y que venga vuestro reino? ¿No habéis mostrado de antemano a algunos de vuestros amigos una futura renovación de vuestra Iglesia? ¿No deben los judíos convertirse a la verdad? ¿No es eso lo que la Iglesia espera? ¿No Os claman justicia todos los santos del cielo? ¿No Os dicen todos los justos de la tierra: Amen, veni Domine? Así sea. ¡Ven Señor! Todas las criaturas, hasta las más insensibles, gimen bajo el peso de los innumerables pecados de Babilonia, y piden vuestra venida para restablecer todas las cosas. Señor Jesús, acordaos de dar vuestra Madre una nueva Compañía, para renovar por Ella todas las cosas, y para terminar por María los años de la gracia, como por Ella los comenzasteis.

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Es totalmente claro que el triunfo debe venir por la intervención de Jesucristo en su Parusía.

Esto excluye el triunfo antes de la Parusía; porque, además, el triunfo es el Reino de Cristo sobre la tierra, después de la Segunda Venida.

El Santo identifica en sus escritos Parusía – Triunfo – Reino.

Quien no comprenda que San Luis enseña esto, no comprende nada sobre la doctrina del Santo.

El mensaje de Fátima nos enseña que en el momento de la gran apostasía será la devoción a la Santísima Virgen, y, más precisamente, la práctica de la reparación a su Corazón Inmaculado, que purificará a todos del veneno del error y de las seducciones de Satán, y que los conducirá a Dios.

La serpiente infernal será irreversiblemente derribada, su cabeza aplastada. Promesa irrevocable, incondicional.

De este modo, Nuestra Señora no nos ha dado una vaga e incierta promesa de victoria final, sino que ha indicado con precisión los acontecimientos maravillosos que suscitarán y establecerán el Reino Universal de su Corazón Inmaculado.

Sí, esta hora llegará, y nosotros podemos adelantarla respondiendo plenamente, por lo que toca a nuestra parte, a los pedidos de Nuestra Señora: la recitación cotidiana del Rosario y de las oraciones enseñadas por el Ángel y por la Virgen María; práctica de la Comunión reparadora de los Primeros Sábados; porte del Escapulario de Nuestra Señora del Monte Carmelo como signo de nuestra consagración a su Corazón Inmaculado.

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Meditemos las siguientes palabras, que pertenecen al Padre Roger-Thomas Calmel:

Nuestra Señora, que aplasta al Dragón por su Inmaculada Concepción y su Maternidad Virginal; Ella, que es glorificada hasta en su cuerpo y que reina en los Cielos junto a su Hijo; Ella domina como soberana todos los tiempos de nuestra historia, y, particularmente, el tiempo más temible para las almas: el tiempo de la venida del Anticristo, o aquel de la preparación de esta venida por sus diabólicos precursores.

María se manifiesta, no sólo como la Virgen poderosa y consoladora en las horas de angustia para la vida terrenal y corporal, sino especialmente en lo que la representa como la Virgen que socorre, fuerte como un ejército en orden de batalla, en los tiempos de devastación de la Santa Iglesia y de agonía espiritual de sus hijos.

Ella es Reina para toda la historia del género humano, no sólo para los tiempos de angustia, sino también para los tiempos del Apocalipsis.

Henos aquí ahora que entramos en un tiempo de Apocalipsis. No cabe duda de que aún no estamos en la tormenta de fuego que aterroriza los cuerpos, pero ya estamos en la agonía de las almas, porque la autoridad espiritual parece ya no ocuparse de defenderlas, parece desinteresarse tanto de la verdad de la doctrina como de la integridad del culto.

Es la agonía de las almas en la Iglesia Santa, minada desde el interior por los traidores y los herejes todavía no condenados.

Pero los tiempos de Apocalipsis están siempre marcados por las victorias de la gracia. Porque, incluso cuando las bestias del Apocalipsis entren en la ciudad santa y la expongan a los últimos peligros, la Iglesia no deja de ser la Iglesia: ciudad bien amada, inexpugnable al diablo y a sus secuaces, pura y sin mancha, de la cual Nuestra Señora es la Reina.

Ella es la Reina Inmaculada, que hará acortar, por Cristo su Hijo, los años siniestros del Anticristo. Incluso, y sobre todo, durante este período, Ella nos obtendrá perseverar y santificarnos. Ella nos conservará la parte que nos es absolutamente necesaria de una autoridad espiritual legítima.

Ella nos persuade, esta Virgen dulcísima, Reina de los mártires, que la victoria está escondida en la propia Cruz y que será manifestada; la radiante mañana de la resurrección se levantará pronto para el día sin ocaso de la Iglesia Triunfante.

En la Iglesia de Jesús, presa del modernismo incluso entre los jefes, en todos los niveles de la jerarquía, el sufrimiento de las almas, la quemadura del escándalo alcanza una intensidad abrumadora; este drama no tiene precedentes; pero la gracia del Hijo de Dios Redentor es más profunda que este drama.

Y la intercesión del Corazón Inmaculado de María, que obtiene toda gracia, no se interrumpe nunca. En las almas más abatidas, las más cercanas a sucumbir, la Virgen María interviene día y noche para resolver misteriosamente este drama, rompe misteriosamente las cadenas que los demonios imaginaban irrompibles. Solve vincla reis.

Todos nosotros, a los que el Señor Jesucristo, mediante una marca singular de honor, llama a la lealtad en estos nuevos peligros, en esta forma de lucha de la cual no tenemos experiencia —la lucha contra los precursores del Anticristo que irrumpieron en la Iglesia— volvamos a nuestra fe; recordemos que creemos en la divinidad de Jesús, en la maternidad divina y la maternidad espiritual de María Inmaculada.

Entreveamos, al menos, la plenitud de gracia y de sabiduría que se esconde en el Corazón del Hijo de Dios hecho hombre y que deriva con eficacia a todos los que creen; vislumbremos también la plenitud de ternura y de intercesión que es el privilegio único del Corazón Inmaculado de la Virgen María.

Recurramos a Nuestra Señora como sus hijos, y entonces tendremos la inefable experiencia que los tiempos del Anticristo son los tiempos de la victoria: la victoria de la redención plenaria de Jesucristo y de la intercesión soberana de María.

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Concluyamos con San Luis María:

[217]  Que el alma de María more en cada uno para glorificar en él al Señor, que el espíritu de María permanezca en cada uno para regocijarse allí en Dios.

¡Ay! ¿Cuándo llegará ese tiempo dichoso, dice un santo varón de nuestros días, ferviente enamorado de María, cuándo llegará ese tiempo dichoso en que la divina María será establecida como Señora y Soberana en los corazones, para someterlos plenamente al imperio de su excelso y único Jesús?

¿Cuándo será que las almas respirarán a María como los cuerpos respiran el aire? Cosas maravillosas sucederán entonces en la tierra, donde el Espíritu Santo al encontrar a su Esposa como reproducida en las almas vendrá a ellas con abundancia de sus dones y las llenará de ellos, especialmente del de sabiduría, para realizar maravillas de gracia.

¿Cuándo llegará ese tiempo dichoso, ese siglo de María, en el que muchas almas escogidas y obtenidas del Altísimo por María, perdiéndose ellas mismas en el abismo de su interior, se transformarán en copias vivientes de la Santísima Virgen, para amar y glorificar a Jesucristo?

Ese tiempo sólo llegará cuando se conozca y viva la devoción que yo enseño: Ut adveniat regnum tuum, adveniat regnum Mariæ! ¡Señor, a fin de que venga tu reino, que venga el reino de María!

Ad instauranda omnia in Christo, instaurare omnia in Maria…