Padre Juan Carlos Ceriani: DECIMOSEXTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

DECIMOSEXTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Continuando con nuestra serie de sermones sobre el papel que desempeña Nuestra Señora en el plan divino de Salvación, consideraremos hoy que la oración de la Santísima Virgen, Madre de Dios, es más eficaz y poderosa que las preces de todos los Santos juntos.

Sabemos que María Santísima domina como soberana todos los tiempos de nuestra historia y, particularmente, el período más temible para las almas: el momento de la venida del Anticristo… Estos son los tiempos de la victoria, de la redención plenaria de Jesucristo y de la intercesión soberana de María.

Bienaventurados los que participan y profesan esta Fe; bienaventurados los que escudriñan las Sagradas Escrituras (cómo se nos ha mandado, en vez de perder el tiempo luchando contra lo que ya no hay tiempo de combatir), y por eso saben, aunque en el claroscuro de la Fe, que el final es hermoso. Ellos son bendecidos por tener Fe, ya que los mismos eventos serán insoportables para los incrédulos.

La comprensión de la misión de Nuestra Señora dispensará mucha luz e infundirá mucha fortaleza para seguir el camino trazado por Dios, al mismo tiempo que dispondrá las almas para recibir los méritos obtenidos por Ella y alcanzar su auxilio y protección.

Pues bien, los Romanos Pontífices enseñan que la oración de la Santísima Virgen es más eficaz y poderosa que las preces de todos los Santos juntos:

Pío VII dice: «Infinidad de veces la iniquidad de los mortales concita contra sí la indignación divina; pero la Madre de Dios es el arca de la alianza sempiterna para que no muera toda carne. Las preces de los demás bienaventurados se apoyan únicamente en la benignidad divina; las de María, en cierto maternal derecho. Por eso, acercándose al trono de su divino Hijo, pide como abogada, ora como sierva, impera como Madre».

León XIII enseña que la intercesión de la Santísima Virgen es de un orden mucho más alto que la de todos los otros santos. He aquí sus palabras: «¿Quién entre todos los bienaventurados se atreverá a competir con la augusta Madre de Dios en merecer la gracia? ¿Y quién conocerá más claramente en el Verbo eterno las angustias que nos oprimen, las necesidades que nos rodean? ¿A quién se le dio mayor poder para mover al Santísimo? ¿Quién podrá igualarse a ella en sentimientos de maternal piedad? Y ésta es la razón por qué no dirigimos a los bienaventurados nuestras preces del mismo modo que a Dios, pues a la Santísima Trinidad pedimos que se apiade de nosotros y a los santos les pedimos oren por nosotros; en cambio, la manera de rogar a la Santísima Virgen tiene algo de común con el culto de Dios, de tal modo que la Iglesia se dirige a ella con las mismas palabras con que suplica a Dios: Ten misericordia de los pecadores«.

Por su parte, los Santos Padres y los Escritores Eclesiásticos, se expresan de este modo:

San Efrén alaba la intercesión de la Santísima Virgen sobre la de todos los Santos: «Por eso acudo a tu sola eficacísima protección, ¡oh Señora, Madre de Dios!… Tú, como ningún otro, tienes gran confianza, libre acceso, con aquel que de ti nació».

San Pedro Damiano: «Refugiarse en ella es la mejor esperanza, ya que ella tiene junto a Dios el primer lugar para pedir entre todos los senadores de la curia celestial».

San Anselmo de Cantorbery: «Tiene el mundo buenos y aun óptimos ayudadores, apóstoles, patriarcas, profetas, mártires, confesores, vírgenes, a los cuales dirijo suplicante mi oración. Pero tú, ¡oh Señora!, eres mejor y más excelsa que todos ellos…, y lo que pueden todos contigo, tú lo puedes sola, sin ellos».

Ricardo de San Víctor: «Por tanto, si los ángeles y las almas santas tienen cuidado de los pecadores y les ayudan con sus méritos y oraciones, hemos de creer que la Santísima Virgen puede tanto en esto cuanto pueden esas criaturas y mucho más que ellas».

Ricardo de San Lorenzo: «La novena prerrogativa de María está en que, pudiendo todos los otros santos y los ángeles suplicar a Cristo y ser oídos de Dios…, ella sola, por su autoridad de Madre, puede mandarle como a Hijo… Por eso nos dirigimos a ella diciendo: Muestra que eres Madre, que es tanto como decirle: Imperiosamente y con autoridad materna suplica al Hijo por nosotros».

San Antonino: «La oración de los santos no se apoya en cosa alguna de su parte, sino tan sólo en la misericordia por parte de Dios; pero la oración de María se apoya en la divina gracia, en el derecho natural y en la justicia del Evangelio, porque el hijo está obligado no sólo a oír a los padres, sino también a obedecerlos; cosa que también pertenece al derecho natural, y, por tanto, la oración de María, Madre de Dios, es el modo más excelso de orar, siendo imposible no ser oída, conforme a aquello que, en figura, dijo Salomón a su madre Betsabé al intentar pedirle alguna cosa: Pide, madre mía, pues no es razón que yo te haga volver el rostro”.

Enseña Santo Tomás que, cuanto mayor y más perfecta es la caridad de los Santos en la patria, tanto más oran por los viadores, a quienes pueden prestar la ayuda de sus oraciones; y cuanto más unidos están a Dios, tanto más eficaces son sus preces. Ahora bien, la Santísima Virgen supera en caridad a todos los Santos juntos y está unida a Dios mucho más que todos ellos, que, al fin, no son sino siervos e hijos adoptivos de Dios, mientras que María es Madre de Dios, consanguínea de Cristo y tan cercana a Dios que está como inscrita en la familia divina.

Siendo esto así, la Santísima Virgen supera en poder y eficacia de intercesión no sólo a cada uno de los Santos, sino a toda la Corte Celestial; y por eso la Iglesia se dirige con más frecuencia y más interés a la Virgen que a los otros Santos.

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Dando un paso más, vemos que el poder de intercesión de la Bienaventurada Virgen María es tanto que con razón es llamada Omnipotencia Suplicante.

Los mismos términos nos indican que el poder de María no es la Omnipotencia física y simplemente tal, atributo de sólo Dios; ya que este poder de María no se extiende a todos los posibles, ni puede producir la gracia con eficacia principal, ni hacer milagros por sí misma.

Por tanto, el poder de María es una omnipotencia moral, o sea, omnipotencia de impetración, en cuanto que nos alcanza la gracia y otros beneficios que pide para nosotros.

Teniendo esto en cuenta, fácil es interpretar bien el sentido de las fórmulas frecuentemente usadas para encomiar el poder de intercesión de la Santísima Virgen, en las que se la representa en los Cielos rogando de tal modo que, al acercarse al trono del Hijo, parece no pedir, sino mandar, como si por legítimo derecho considerara a Dios como deudor suyo.

En efecto, estas locuciones no pueden tomarse rigorosamente, puesto que, lo que metafóricamente se diga para alabar o ponderar la eficacia de la intercesión de la Santísima Virgen, no ha de entenderse en sentido propio.

Así, pues, la significación de estas fórmulas no está en que María mande propiamente a Dios, sino en que sus preces y deseos alcanzan cerca de Dios una eficacia parecida a la del mandato, privilegio singular de la Santísima Virgen, que a ninguna otra criatura conviene.

Además, esta poderosa impetración de María ha de colocarse en el ámbito de su mediación excelsa, como ceñida al fin de la encarnación, es decir, a restaurar todas las cosas en el cielo y en la tierra.

Los jansenistas, modernistas y conciliares, como siempre, llevan a mal los encomios con que los Santos Padres y escritores celebran entusiasmados el poder y la eficacia de la intercesión mariana; y rechazan sobre todo aquella bellísima fórmula en que María es aclamada Omnipotencia suplicante.

Sin embargo, tan grande es el poder de impetración de María, que con razón es llamada y le es atribuido dicho título.

Así lo enseñan los Romanos Pontífices:

Pío IX favorece esta doctrina cuando dice que María es «refugio segurísimo de todos los que están en peligro, y auxiliadora fidelísima y mediadora y conciliadora poderosísima de todo el orbe para con su unigénito Hijo».

Y añade: «Nada hay que temer y de nada desconfiar, siendo ella misma nuestro guía, nuestra inspiradora, siempre propicia y protectora siempre, que, tratándonos con corazón de madre y conduciendo los negocios de nuestra salvación, se muestra solícita por todo el género humano; y, constituida por Dios Reina de cielos y tierra, levantada sobre los coros de los ángeles y de los santos y sentada a la diestra de su unigénito Hijo, Señor nuestro, Jesucristo, pide poderosísimamente con sus preces maternales, halla lo que busca, y jamás queda frustrada».

León XIII dice: «La misma preclarísima María, Madre ciertamente poderosa del Dios omnipotente».

«Libre la Virgen de la primera culpa, elegida Madre de Dios y hecha, por lo mismo, consorte para la salvación del linaje humano, goza de tanta gracia y poder junto al Hijo, que mayor no pudo ni podrá jamás conseguirlo naturaleza humana o angélica».

San Pío X escribe: «Por experiencia sabemos que estas preces, fundadas en la caridad y apoyadas en la intercesión de la Santa Virgen, jamás fueron desoídas».

Pío XI retoma las palabras de León XIII: «La soberana Virgen, concebida sin la primera culpa, fue elegida Madre de Cristo, precisamente para ser hecha consorte en la redención del género humano, por lo cual consiguió tanta gracia y poder para con el Hijo, que mayor no pudo nunca conseguirlo naturaleza alguna, ni humana ni angélica».

Y Pío XII, sumamente dolorido por los innumerables y gravísimos males de la guerra en que ardía toda Europa, con grande empeño exhortaba a todos los fieles, principalmente a los niños y jóvenes, a dirigir sus ruegos a la Santísima Virgen para que, lo más pronto posible, por su potentísima intercesión cerca de Dios, terminase tan horrible guerra y volviese la deseada paz a los pueblos.

He aquí sus palabras: «Es nuestro deseo que todos unan sus plegarias a las nuestras, para que Dios misericordioso con su potente mano ponga pronto fin a esta calamitosa tempestad. Y puesto que, como afirma San Bernardo, es voluntad de Dios que obtengamos todo por medio de María, recurran todos a María, depositen ante su altar sus plegarias, sus lágrimas, sus angustias y pídanle alivio y socorro… De hecho, es la Bienaventurada Virgen tan poderosa delante de Dios y de su unigénito Hijo que, como canta Dante Alighieri, quien, deseando la gracia, no recurra a ella, pretende volar sin alas. En verdad, ella es poderosísima Madre de Dios y, al mismo tiempo, cosa para nosotros tan suave, amantísima Madre nuestra».

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Por su parte, los Santos Padres y los Escritores Eclesiásticos son por demás elocuentes al respecto:

San Efrén invoca a María de este modo: «Conmuévanse tus entrañas, ¡oh purísima Señora!, para conmigo, y, usando de tu materna confianza con tu Hijo y con Dios, pide la remisión de mis pasados errores…, tanto más teniendo como tienes una voluntad adecuada al poder excelentísimo de que gozas, para que, salvado por tu gracia, te bendiga y te alabe».

San Germán de Constantinopla: «Tú, como tienes autoridad de Madre sobre Dios, consigues la gracia de la remisión aun para aquellos que han pecado enormemente. No puedes por menos de ser oída, ya que Dios te trata en todo como a verdadera Madre suya inmaculada».

San Juan Damasceno: «¡Oh tú, María, cuya intercesión no es rechazada ni desoídas tus preces, estás próxima a la Divinidad y te acercas más que nadie a la Trinidad santa!»

San Eutimio, Patriarca de Constantinopla: «Como Madre del Creador, puedes todo lo que quieres… Nada hay, ¡oh Purísima!, que limite tu acción, y tanto puedes cuanto quieres y deseas… Después de Dios, todo lo puedes; y tu Hijo, Dios y Señor de todos nosotros, te concede todo como a Madre, pues con toda justicia se rinde a tus entrañas maternales».

Jorge de Nicomedia: «Tienes como Madre para con el Hijo una confianza inamovible y nunca rechazada; tienes un poder insuperable; tienes una fortaleza invencible… Nada hay que resista a tu poder, nada que se oponga a tu virtud; todo cede a tu petición, todo te obedece, todo sirve a tu mandato».

San Pedro Damiano: «Hizo en ti grandes cosas el que es todopoderoso, y te ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra… Nada hay para ti imposible, pudiendo llevar al desesperado a la esperanza de la felicidad. ¿Cómo es posible que a tu poder se oponga aquel poder que de tu carne tomó carne para sí? Y así te acercas a aquel altar áureo de la reconciliación humana, no rogando, sino mandando; no como esclava, sino como Señora».

San Anselmo de Cantorbery: «Por ti será fácilmente asequible lo que deseamos y por ti será excusable lo que tememos. Y no podrá sufrir que por largo tiempo estés rogando por nosotros aquel a quien tú, ¡oh dulce Madre!, tantas veces consolaste cuando lloraba siendo niño. ¿Quién más poderosa en méritos para aplacar la ira del Juez que tú, siendo como fuiste merecedora de ser la Madre del Redentor y del Juez?»

Eadmero, discípulo de San Anselmo: «Te rogamos, ¡oh Señora!, por aquella misma gracia con que el omnipotente y piadosísimo Dios te levantó hasta el punto de concederte que todas las cosas te fueran, con Él, posibles, nos obtengas ante Él que la plenitud de la gracia por ti merecida obre en nosotros de tal manera que, a su tiempo, nos sea misericordiosamente concedido participar del premio de la bienaventuranza… Y te rogamos no seas difícil a las súplicas, porque tu mismo benignísimo Hijo estará pronto, sin duda alguna, para oírte y concederte cuanto deseares».

Godofredo Abad: «Los otros santos oran al Señor Dios, y orando alcanzan, pero la gloriosa Virgen María, si ciertamente le ruega como a Dios y Señor, sin embargo, como a hombre de ella nacido, piadosamente creemos que se llega a Él con cierto imperio de Madre y consigue lo que quiere. Porque si cualquier santo obtiene de Dios, justo Juez, lo que en justicia se le debe, ésta, que es Madre del Juez y Señora de todos los santos, jamás será defraudada en su derecho de Madre».

Adán de Persenia: «Es tanta tu piedad cuanto el poder. Tan piadosa eres para perdonar a los miserables como poderosa para conseguir lo que pidieres… ¿Cómo has de negar tu gran ayuda a todos los hombres, tú, que no sufres límites ni en la piedad ni el poder? Gozas de infinita piedad y de poder infinito».

Raimundo Jordán: «Omnipotente Virgen María, tu palabra está llena de piedad, porque lo que quieres hacer haces; tu consejo vale siempre, tu voluntad se cumple. Tú eres la que tienes potestad sobre la vida y sobre la muerte…; todo lo puedes por donación de tu propio Hijo, que, siendo omnipotente, te hizo también omnipotente»

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El pueblo cristiano, por su parte, en toda necesidad acude confiadísimo al amparo de la Virgen Madre de Dios, a la que cree poderosísima para obtener de Dios lo que quisiere.

Los teólogos encuentran honroso en el más alto grado que la Santísima Virgen resplandezca enaltecida con tanto poder de intercesión, y esto por doble título a cuál más excelso: por el de su maternidad divina y por el de su consorcio en la obra de la redención humana.

a) Por su maternidad divina.

1°) En cuanto de modo singular se refiere a Dios Padre y al Espíritu Santo.

María, por razón de su maternidad divina adquirió nuevas y maravillosas relaciones con el Padre Eterno, con el cual se comunica en el mismo Hijo, a quien el Padre, desde toda la eternidad, engendra, según la naturaleza divina, y a quien la Virgen María engendró en el tiempo, siguiéndose de aquí entre María y el Padre celestial una cierta unidad parental y como un consorcio jurídico

Asimismo, se relaciona con el Espíritu Santo, por cuya operación concibió a Cristo Salvador, Dios y Hombre.

Por tanto, con razón es llamada socia del Padre en la generación del Hijo, hija suya unigénita, primogénita y única; y también esposa del Espíritu Santo, santuario y templo suyo.

Está claro que por estos títulos han de ser las preces de María poderosísimas y eficacísimas en todo lo que quisiere.

2°) Por lo que se refiere al Hijo.

María, como verdadera Madre de Cristo, obra con el Hijo, al interceder por nosotros, con derecho materno, al cual corresponde en Cristo una como obligación de concederle lo que Ella le pide.

Por el hecho mismo de haberle dado a Cristo la carne de que quedó investido, María se hizo acreedora del Hijo y el Hijo deudor de la Madre.

Honra singularísima es de la Santísima Virgen que nadie más que Ella pueda obligar a Dios por razón tan excelsa.

Porque para con los demás Santos Dios se obliga a lo más en virtud de su promesa, sea o no de justicia esta obligación que supone siempre aquella divina promesa, porque sin ella repugnaría al supremo dominio de Dios hacerse deudor de la criatura.

Por eso dice San Agustín: «El Señor mismo se hizo deudor, no tomando, sino prometiendo. A Él no se le dice: Devuelve lo que tomaste, sino: Da lo que prometiste«.

Pero la Santísima Virgen es acreedora de Dios de un modo más sublime y por derecho más estricto. Ella, como verdadera Madre, engendró a Cristo, Dios y Hombre, y, por tanto, atendida su naturaleza humana, Ella fue la primera en darle a Él para que El la retribuyese, de tal modo que Cristo, no en virtud de promesa alguna, sino antecedentemente a todo acto de su voluntad creada, está obligado a su Madre, porque de Ella recibió el ser de hombre.

De aquí que Teófilo de Alejandría dijera: «Se alegra el Hijo con las súplicas de la Madre, porque todo lo que, rendido a sus preces, nos concede, piensa que se lo da a ella misma, y así la recompensa por el don de la naturaleza humana que, sin padre, recibiera de ella».

Además, María, Madre de Cristo, tiene derecho a su amor; pues los hijos deben a sus padres no menos amor que honra y reverencia; honra y reverencia que bien poco agradan si no brotan de lo más íntimo del corazón.

Ahora bien, este derecho de María al amor del Hijo es a la vez, en cierto modo, derecho a que sus preces sean oídas y sus deseos cumplidos.

3°) Por lo que se refiere a la misma Virgen, Madre de Dios.

La divina maternidad es raíz de todas las prerrogativas de María, y en primer lugar de su gracia y caridad ardentísima; de lo cual resulta que, después de Cristo, es Ella sobresaliente en el amor divino, amando a Dios mucho más que todos los Santos juntos.

b) Por el consorcio de la Santísima Virgen con Cristo en la redención.

Como consorte de Cristo en la obra de la redención humana, todo lo que Cristo nos mereció, María nos lo mereció a su modo.

Ahora bien, si la intercesión de Cristo, fundada en los méritos de la redención, plena y perfectamente condignos, exige con derecho que se le conceda lo que pide, del mismo modo la oración de María, por la calidad de sus méritos, tiene también derecho a ser oída por Dios y a que se despachen favorablemente las peticiones que hace en favor de sus devotos.

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Después de haber puesto tan alto su poder de intercesión, hasta el punto de que justamente se la llame Omnipotencia suplicante, a primera vista pudiera parecer que la oración de Nuestra Señora es siempre oída, de modo que nunca queda sin conseguir su efecto.

Ahora bien, la intercesión de la Santísima Virgen que no puede frustrarse, hay que limitarla a las cosas que pide de una manera absoluta, conforme a la voluntad racional.

Por lo tanto, hay que afirmar que la oración de la Santísima Virgen, según la voluntad deliberada, o de razón, siempre es oída, pues esta voluntad se cumple siempre que va de acuerdo con la voluntad divina; es decir, cuando no quiere otra cosa que lo que Dios quiere. Y éste es el caso de la Santísima Virgen, que jamás quiere con voluntad deliberada sino lo que entiende ser agradable a Dios.