ESTEBAN SÁNCHEZ MALAGÓN: LA OBRA DE LA ESPAÑA CATÓLICA

Conservando los restos

HACE QUINIENTOS AÑOS CRISTO CONQUISTO MEJICO

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El 13 de agosto de 1521, hace 500 años, la ciudad indígena de Tenochtitlan —hoy Ciudad de México– fue conquistada para Jesucristo, luego de un estado de sitio y batallas encarnizadas que se prolongaron durante tres meses.

Era la conquista de Méjico, la cual fue protagonizada por miles de guerreros con rostro y color de piel familiar para los aztecas que gobernaban aquella imponente urbe. Y es que tal hazaña fue obra de un ejército 99% indígena. El otro 1% era un contingente de hispanos, encabezados por un hombre, el español Hernán Cortés.

SE IMPUSO LA CRUZ DE CRISTO SOBRE EL DEMONIO

La historia de Méjico podemos sintetizarla en dos grandes etapas, simbolizada la primera por Huitzilopochtli, la segunda por Jesucristo.

Huitzilopochtli el dios sanguinario y feroz, síntesis de las costumbres, del culto, de la ideología política y social, de la multitud de razas y tribus que poblaban el inmenso territorio que forma hoy nuestra Patria.

Durante su reinado no había surgido ni podría surgir la nacionalidad mejicana; entre el gran número de pueblos que habitaban nuestro suelo no existía ningún lazo que los uniera, ningún interés común material, espiritual o moral que formara un principio de nacionalidad; hablaban en una multitud de lenguas, profesaban una gran variedad de cultos sangrientos, practicaban variadísimas costumbres, estaban sujetos a todas formas de gobierno y la única ley que los regia era la ley del más fuerte, que los hacia estar en continuas, desastrosas y sangrientas guerras de conquista, con un saldo trágico de hombres; esto derivaba en numerosas pestes, miseria y esclavitud, sin faltar los sacrificios humanos hechos en aras del dios vencedor.

Y por sobre todo, en este caos político, religioso y social se levantaban aplastantes y simbólicos los “teocalis” (las pirámides o casa de dios), chorreando sangre humana, coronados por la figura repugnante del dios de la guerra y de la abominación: HUITZILOPOCHTLI.

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Hasta que vinieron de occidente los hombres blancos y barbados anunciados por “Quetzalcóatl” (Santo Tomás Apóstol), fantásticos caballeros, con la Cruz de Cristo por delante, cubiertos con relucientes túnicas de hierro, blandiendo en la diestra mano sus espadas conquistadoras; otros, vestidos con humilde sayal, calzados con sandalias franciscanas elevaban con dulce gesto de paz, en sus manos firmes y blancas hechas para bendecir, una Cruz que se plantará en estas tierras: la Cruz de Jesucristo.

LA CRUZ DE JESUCRISTO ES EL EJE DE NUESTRA HISTORIA

Pese a quien le pese, la Cruz de Jesucristo fue la que inundó con la luz regeneradora de la Fe y de la doctrina cristiana el alma del indio, entenebrecida por el satanismo. Desde ese momento iba a terminar el dominio de HUITZILOPOCHTLI, y dar comienzo El Reino de JESUCRISTO.

Por abandonar la Cruz Redentora…, ha vuelto el espeso humo del infierno a esta tierra privilegiada…

Hay pueblos que han creado su nacionalidad guiados por distintos móviles y al impulso de fuerzas muy variadas; la nacionalidad Mejicana se forjó al solo calor del leño del Calvario que, como inestimable patrimonio nos legaron los heroicos misioneros españoles, Padres de la Patria nuestra.

La Cruz de Jesucristo es el eje de nuestra historia. ¡Dulce Madero, Dulces Clavos!

Ella fue la que contuvo el impulso de destrucción del vencido, que alienta con fuerza incontenible en el ánimo esforzado y recio de todo conquistador, en los audaces y ardientes mílites que sólo rendían su espada ante la figura doliente del Mártir del Calvario. Ella fue la que dio ánimos, vigor, entereza y constancia a los frailes, en la obra titánica de la evangelización de la Nueva España.

Alrededor de la Cruz, la Iglesia Católica fue levantando templos, construyendo escuelas, fundando misiones, hospitales, asilos, orfanatorios, multitud de obras de beneficencia, soberbias universidades.

Y así la civilización cristiana fue dando forma a la civilización mejicana, cuyos rayos luminosos deslumbraron en siglos pasados hasta a la misma Madre Patria; y así se forjó la civilización nuestra e hizo surgir del caos el verdadero orden.

La Cruz de Jesucristo es el más fuerte lazo de unión entre los mejicanos, es el elemento predominante que nos hace convivir en el territorio que forma nuestra Patria, lo único que nos hace sentir como verdaderos hermanos. Del Árbol ensangrentado del Calvario brotó, como fruto precioso, el culto a la Virgen de Guadalupe, consuelo, esperanza y fortaleza de Méjico.

Todo se lo debemos a la Cruz, en tal forma que el día en que México se apartó de Ella, o más bien el día en que los traidores a la Patria y, como dice San Pablo, los enemigos de la Cruz de Cristo, la inmolaron en los altares del nuevo Huitzilopochtli.

A Méjico, como a España, las hundieron para siempre; y en una regresión absurda volvieron los modernos tiempos, pero, igual de tenebrosos que los anteriores a la conquista, levantando nuevos teocalis a la “santa muerte”, que va ganando cada vez más terreno a la Morenita del Tepeyac.

La REVOLUCIÓN MALDITA es la que siempre ha intentado (y hoy lo está logrando) apartarnos de la Cruz de Cristo.

Comenzó por desterrarla de las leyes, luego de las instituciones públicas, de los hospitales de las escuelas, de los tribunales, de la política, de las sacristías de los templos, relegándola a unos cuantos hogares para poder así arrancarla del corazón de nuestros hijos.

Hay mentecatos como Sheibaum y MALO que pretenden resucitar el “aztequismo” para desterrar de una vez por todas el cristianismo. Quieren sustituir a Cristo por Huchilobos, eso sí, vestidos de “etiqueta” de corte inglés y marcados con la frase “made in england”.