Padre Juan Carlos Ceriani: EL TRIUNFO DEL CORAZÓN INMACULADO DE MARÍA

 

EL TRIUNFO DEL CORAZÓN INMACULADO DE MARÍA

El Domingo pasado, Fiesta del Corazón Inmaculado de María, hemos considerado los fundamentos teológicos de esta devoción, así como también las consecuencias que se siguen para nuestra vida espiritual. Y prometimos que hoy volveríamos sobre este tema, considerando especialmente uno de los aspectos de las apariciones de Nuestra Señora en Fátima.

Sabemos que, en el contexto de la segunda parte del secreto de su mensaje del 13 de julio de 1917, Nuestra Señora ha dicho en Fátima: Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará.

Este tema entra de lleno en las intenciones que nos guían para desarrollar esta serie de sermones, es decir, hacer ver la participación de Nuestra Señora en el Plan divino de Redención, Santificación y Salvación de las almas.

Estar seguros de que finalmente el Corazón Inmaculado de María triunfará, debe disipar los temores más comunes que inquietan, angustian y hasta agobian a los fieles.

Ante los eventos inminentes, los comunes e invariables (como son la familia, los hijos, lo económico, lo material, las enfermedades, la muerte…), así como los que son propios del tiempo que nos toca vivir (la apostasía generalizada, el epílogo del misterio de iniquidad y la llegada del Anticristo…), en vista de estos sucesos nuestras “seguridades”…, nuestras “esperanzas”…, deben fundamentarse en el triunfo del Inmaculado Corazón de María, nuestra Esperanza… Spes nostra…

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Como todos los verdaderos católicos, creemos y esperamos este triunfo del Corazón Inmaculado de María; pero discrepamos con muchos de ellos sobre el momento y la manera en que ocurrirá el mismo.

En efecto, la revelación de Fátima debe concordar con la Revelación divina, corresponder a lo contenido en las Sagradas Escrituras y la Tradición, e incluso en las definiciones del Magisterio de la Iglesia.

El mensaje de Fátima, y particularmente el triunfo del Corazón Inmaculado de María, debe enmarcarse dentro del Plan de Dios. Conforme al mismo, dicho triunfo no puede ser a título personal, independientemente de la restauración de todas las cosas en Cristo y por Cristo; no puede ser temporario ni relativo, sino que debe ser definitivo y absoluto.

Para comprenderlo, recordemos primero lo que San Luis María Grignion de Montfort expresa en su Tratado de la Verdadera Devoción (50-52):

“Dios quiere revelar y manifestar a María, la obra maestra de sus manos, en estos últimos tiempos. María debe ser terrible al diablo y a sus secuaces “como un ejército en orden de batalla” sobre todo en estos últimos tiempos, porque el diablo, sabiendo que le queda poco tiempo y menos que nunca para perder a las almas, redoblará cada día sus esfuerzos y ataques. De hecho, suscitará en breve crueles persecuciones y tenderá terribles emboscadas a los fieles servidores y verdaderos hijos de María, a quienes le cuesta vencer mucho más que a los demás. A estas últimas y crueles persecuciones de Satanás, que aumentarán de día en día hasta que llegue el anticristo, debe referirse sobre todo aquella primera y célebre predicción y maldición lanzada por Dios contra la serpiente en el paraíso terrestre. Dios ha hecho y preparado una sola e irreconciliable enemistad, que durará y se intensificará hasta el fin. Y es entre María, su digna Madre, y el diablo; entre los hijos y servidores de la Santísima Virgen y los hijos y secuaces de Lucifer”.

Bien leído y entendido correctamente este texto, no cabe duda que no hay lugar ni tiempo para un triunfo del Inmaculado Corazón de María antes de la derrota del Anticristo.

Se trata de estos últimos tiempos.

El demonio sabe que le queda poco tiempo y menos que nunca.

Las crueles persecuciones de Satanás aumentarán de día en día hasta que llegue el Anticristo.

La irreconciliable enemistad entre María Santísima y el demonio durará y se intensificará hasta el fin.

Entonces, al fin, y solamente al fin, se producirá el triunfo del Corazón Inmaculado de Nuestra Señora.

Según el plan divino, el tiempo y el modo de la victoria solemne de la Iglesia, de la restauración universal de pueblos y naciones, están referidos, en la divina Revelación, a las circunstancias del retorno de Jesucristo.

Por consiguiente, el cumplimiento de la gran promesa del triunfo del Corazón Inmaculado de María no puede suceder sin la Parusía, pues es un triunfo total y definitivo.

Entre el comienzo de los males de los últimos tiempos y el reinado del Anticristo no hay intervalo en el que se pueda situar un triunfo pleno, total y duradero.

Este triunfo del Corazón Inmaculado de María tendrá lugar con la derrota del Anticristo y del Pseudoprofeta, producida por la Parusía de Cristo Rey.

El triunfo del Inmaculado Corazón de María es inseparable del triunfo del Sagrado Corazón de Jesús; y, por eso, no se lo puede esperar sin el triunfo de Cristo Rey.

Atención, entonces, porque la insistencia de algunos en la petición de la consagración de Rusia al Corazón Inmaculado de María, con el consecuente triunfo mariano, puede adulterar nuestra visión del mundo actual en un sentido optimista, dejándonos sin defensas ante lo que en realidad está pasando.

En efecto, esa apreciación hace esperar la consagración de Rusia, con un subsecuente supuesto triunfo del Corazón Inmaculado, que daría al mundo una paz idílica, eliminando los atroces males actuales.

Todo esto no tiene ninguna relación con las profecías bíblicas, así como tampoco con el mensaje de Fátima, correctamente entendido.

Además, en contra de lo que debe ser, ese triunfo sería relativo, parcial, momentáneo, y terminaría aplastado por la instauración del reino del Anticristo.

Por lo tanto, no tiene objeto hacer campañas para la consagración de Rusia al Inmaculado Corazón.

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Para hacerlo más claro, hagamos una comparación entre las dos hipótesis teológicas que se plantean sobre el devenir de la historia:

— Una expresa que Jesucristo debe venir para consumar su Reino juntamente con el fin del mundo.

— La otra enuncia que Jesucristo debe venir para consumar su Reino antes del fin del mundo.

Ahora bien, si la Parusía, el Juicio Final, el Fin del Mundo y el Reino de Dios son cosas simultáneas, antes de esa liquidación total debe producirse, conforme a las Profecías, una profunda purificación de la Iglesia por el dolor, y luego tener lugar un gran triunfo de la Iglesia, un período de oro para la religión cristiana y la conversión de Europa, y por ella del mundo. Es aquí que entraría el triunfo del Corazón Inmaculado de María.

Y después volverían, con la fuerza incontrastable de la catástrofe, las fuerzas demoníacas tremendas que vemos en acción en estos momentos; entonces se afianzaría la gran apostasía y tendría lugar la tribulación magna, la persecución externa e interna a la vez hasta el grado de lo insoportable, que deberá ser abreviada para que no perezcan los elegidos.

Pero, si Cristo ha de venir antes, para vencer al Anticristo y para reinar por un período en la tierra; es decir, si la Parusía, el Juicio Final y el Fin del Mundo no coinciden, sino que son dos sucesos separados (como lo enseña la Revelación y lo creyeron la tradición apostólica y los Santos Padres más antiguos), entonces esa esperanza de un próximo triunfo temporal del Corazón Inmaculado de María y de la Iglesia no tiene fundamento.

En ese caso, la actual persecución irá aumentando hasta su máximum; entonces se afianzará la gran apostasía y tendrá lugar la tribulación magna, etc.

En concreto, los que dicen que la Parusía coincide con el Fin del Mundo y con el establecimiento del Reino de Dios, enseñan que antes del reino del Anticristo tendrá lugar el triunfo del Corazón Inmaculado de María, que coincidirá con el período de esplendor de la Iglesia.

Pero deben reconocer que después volverán las tremendas fuerzas demoníacas; y que entonces tendrá lugar la tribulación magna, se afianzará la gran apostasía, y se implantará el reino del Anticristo, aplastando el Reino de la Inmaculada…, ¡una especie de profecía del Génesis al revés!…

En cambio, los que dicen que Cristo ha de venir antes del Fin del Mundo, para vencer al Anticristo y establecer su Reino, enseñan que la actual persecución irá aumentando hasta su máximum, se implantará el reino del Anticristo, y la Santísima Virgen vendrá a aplastar la cabeza del dragón infernal y a preparar el Reino de su divino Hijo con el triunfo de su Corazón Inmaculado.

El problema presenta dos aspectos:

— El más simple, es que la gran persecución y el reino del Anticristo llegarán de todos modos.

Pero es precisamente esto lo que no se quiere aceptar; y entonces se patea para adelante, como los jugadores de rugby patean al “touch”, para ganar terreno, o tiempo solamente…

— El más profundo es que el porvenir próximo del mundo depende del problema teológico del momento de la instauración del Reino de Cristo, incluyendo, ¡claro está!, el triunfo del Corazón Inmaculado de su Santísima Madre.

Que el Reino de Cristo debe de venir, es de fe; y lo pedimos todos los días en el Padrenuestro.

Que todas las cosas deben de ser restauradas en Cristo, nos lo enseñan San Pablo y San Pío X.

Que la creación toda entera será redimida y al presente gime con dolores de parto hasta que se manifiesten los hijos de Dios que han de restaurarla, lo dice San Pablo.

Que el Corazón de la Santísima Virgen triunfará, nos lo asegura nuestra Madre en Fátima.

Ahora bien, lo que se discute es el orden en que esas cosas sucederán.

Y esa discusión, en definitiva, gira en torno a la exégesis que se hace de las Sagradas Escrituras y de la Tradición, al uso indebido de las revelaciones privadas, y a un falso mesianismo, temporal, carnal y judaico.

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Dios mediante, en la Fiesta de Cristo Rey veremos en detalle la relación entre el Reino de María Santísima y el Reino de su divino hijo.

Hoy, para terminar de aclarar algunos puntos, veamos qué nos dijo al respecto el Padre Lacunza, a fines del siglo XVIII.

En primer lugar, señala que muchísimos pasajes de las Sagradas Escrituras nos aseguran en términos formales que ha de llegar finalmente cierto tiempo en que toda nuestra tierra y todos sus habitantes sean benditos en Cristo; todos sean cristianos, unidos en una misma fe, animados del mismo espíritu, y como una sola grey, bajo el gobierno y dirección de un solo pastor.

Reiterando una cita de San Pablo, asevera que, sin embargo, aún no vemos todas las cosas sometidas a Él; y saca la conclusión: si todavía no vemos sujetas a Él todas las cosas, luego deberemos esperar otro tiempo en que lo sean.

En segundo lugar, indica que esos lugares de la Sagrada Escritura, no solamente anuncian la fe en Cristo de todos los habitantes de la tierra (aunque hayan profesado una falsa religión hasta ese momento), sino juntamente con la fe una justicia universal, nunca vista ni oída en nuestra tierra.

Señala también que muchísimos doctores católicos han reconocido, confesado y sostenido como una verdad innegable este tiempo feliz, en que, convertidas a Cristo todas las gentes de todo el orbe, reinará con Él universalmente una fe, una religión, una justicia, una concordia o paz universal.

Y nuevamente corrobora que esta fe y justicia universal en toda la tierra, es ciertísimo que no se ha visto jamás; antes se ha visto siempre todo lo contrario.

Y concluye: luego, si se cree a los Profetas, es preciso decir y confesar, que se ha de ver alguna vez.

Plantea, entonces, la cuestión: ¿Mas, cuándo? Este tiempo felicísimo, nunca visto ni oído en nuestra tierra, ¿dónde se coloca?

El Padre Lacunza refiere de su tiempo lo mismo que sabemos dicen en nuestros días: en el sistema vulgar, lo colocan antes de la venida del Señor, pues después de esta no se admite espacio alguno de tiempo.

Pero advierte que, según la idea que nos dan los Evangelios y los escritos de los Apóstoles, no puede ser antes del Anticristo.

Y remata: luego, la conclusión a la que se debe llegar es que nunca se dará.

Por si no se entendió, y como para hacer abrir bien los ojos, seguidamente el Padre Lacunza recurre al aforismo jurídico “datum, sed non concessum”, y argumenta de este modo:

Demos por un momento, como una mera permisión, que este tiempo feliz haya de ser antes de la venida gloriosa del Señor, y consideremos atentamente las consecuencias legítimas y necesarias que de aquí se deberían seguir:

— Antes de la venida del Señor ya se habrían convertido a Él todos los pueblos, todas las naciones.

— Antes de la venida del Señor ya habría acontecido un tiempo muy grande en que todos los habitantes de la tierra habrán servido y obedecido a Cristo, y todos habrán sido fieles, justos y santos, que es lo que anuncian las profecías.

— En este tiempo feliz no habría en toda nuestra tierra ni idolatría, ni superstición, ni falsa religión; no habría herejías, ni cismas, ni escándalos, ni cizaña; no habría, en fin, lo que el mismo Jesucristo dice y asegura tantas veces que siempre habrá hasta que Él venga; lo cual siempre se ha visto hasta el día de hoy puntualísimamente verificado.

Dado todo esto por suposición, confronta esas consecuencias con las Profecías, y hace ver la contradicción, pues:

— Antes de la venida del Señor, y en todo el tiempo que debe mediar entre su primera y segunda venida, aunque se predicará el Evangelio por todo el mundo, no todas las gentes lo recibirán, sino pocas, comparadas con la muchedumbre.

— Incluso entre estas pocas que recibirán el Evangelio, no todas lo observarán; habrá entre ellas sin interrupción grandes y terribles escándalos; habrá herejías, habrá cismas, habrá apostasías formales; habrá odios mutuos, emulaciones, envidias y guerras sangrientas e interminables; habrá costumbres antievangélicas, muchas de ellas, cuales ni aun entre los gentiles, y no pocas sentadas pacíficamente y miradas como justas, o a lo menos como indiferentes; habrá siempre una gran oposición y una guerra formal y continua entre la justicia y la paz; habrá sin cesar ya por una parte, ya por otra, ya por muchas a un tiempo vientos furiosos y tempestades horribles, con que la nave de Pedro será combatida de las ondas; habrá casi siempre una gran prosperidad en los caminos de los malvados, y una casi continua adversidad, tribulación y persecución en aquellos que quieren vivir piadosamente en Jesucristo.

Pegunto yo, ¿hace falta detallar y destacar la realidad actual de cada uno de estos flagelos?

Reflexionemos:

— Escándalos…

— Herejías, cismas, apostasías formales…

— Odios, emulaciones, envidias y guerras sangrientas e interminables…

— Costumbres antievangélicas, muchas de ellas, cuales ni aun entre los gentiles, y no pocas sentadas pacíficamente y miradas como justas, o a lo menos como indiferentes…

— Gran oposición y una guerra formal y continua entre la justicia y la paz…

— Vientos furiosos y tempestades horribles, con que la nave de Pedro será combatida de las ondas…

— Gran prosperidad en los caminos de los malvados…

— Casi continua adversidad, tribulación y persecución en aquellos que quieren vivir piadosamente en Jesucristo…

En una palabra: habrá siempre cizaña que oprima y no deje crecer ni madurar el trigo; y todo esto hasta la siega.

Como buen resumen y signo de todo esto tenemos dos profecías de dos Santos:

Santa Brígida (1303-1373): “Cuarenta años antes del año dos mil el demonio será dejado suelto por un tiempo para tentar a los hombres. Cuando todo parecerá perdido, Dios mismo, de improviso, pondrá fin a toda maldad. La señal de estos eventos será: cuando los sacerdotes habrán dejado el hábito santo y se vestirán como la gente común, las mujeres como los hombres y los hombres como las mujeres”.

San Vicente Ferrer (1350-1419): “Advertid que vendrá un tiempo de relajación religiosa y catástrofes como no lo ha habido ni habrá. En aquel tiempo las mujeres se vestirán como hombres y se portarán a su gusto, licenciosamente; y los hombres vestirán vilmente como las mujeres. Pero Dios lo purificará todo y regenerará todo y la tristeza se convertirá en gozo”.

Sigue el Padre Lacunza: ahora bien, todo esto se lee frecuentemente en los Evangelios y en los escritos de los Apóstoles, y nuestra larga experiencia nos ha enseñado siempre la verdad y divinidad de estas profecías.

Una sola de ellas contiene y explica en breve todo este misterio; esta es la parábola de la cizaña.

De manera que, desde la predicación de Cristo, hasta la consumación del siglo, deberá estar siempre en el mundo el buen grano junto con la cizaña y mezclado con ella.

De modo que, hasta la consumación del siglo, deberá suceder siempre constantemente lo mismo, poco más o menos, que ha sucedido hasta el presente.

Conque hasta la consumación del siglo deberán estar siempre juntos y mezclados entre sí, los hijos del reino y los hijos de la iniquidad; y estos últimos haciendo siempre todo aquel daño que siempre hace la cizaña.

En apoyo del Padre Lacunza, recordemos lo escrito por San Luis María Grignion de Montfort, que hemos citado al principio:

“A estas últimas y crueles persecuciones de Satanás, que aumentarán de día en día hasta que llegue el anticristo, debe referirse sobre todo aquella primera y célebre predicción y maldición lanzada por Dios contra la serpiente en el paraíso terrestre. Dios ha hecho y preparado una sola e irreconciliable enemistad, que durará y se intensificará hasta el fin. Y es entre María, su digna Madre, y el diablo; entre los hijos y servidores de la Santísima Virgen y los hijos y secuaces de Lucifer”.

El Padre Lacunza pregunta: ahora bien, si esto debe siempre suceder así hasta la consumación del siglo, y, si no se admite algún espacio de tiempo desde la consumación del siglo hasta el fin del mundo (antes se mira este espacio de tiempo como un error, o como un sueño, delirio y fábula, etc.), ¿cuándo y cómo podrán tener algún lugar decente todas aquellas profecías?

El Padre Lacunza concluye: no es verdadero lo uno y lo otro, ni lo puede ser, si queréis que se hable de un solo tiempo, pues la Santa Escritura no es capaz de anunciar para un solo tiempo, que una cosa será y no será. Como en vuestro sistema no hay más de un solo tiempo, esto es, el intermedio entre la primera y segunda venida del Señor; como en vuestro sistema la consumación del siglo es lo mismo que el fin del mundo; como en vuestro sistema no hay que esperar otro tiempo, u otro siglo, u otra nueva tierra y nuevo cielo, después de la consumación del siglo, tampoco tenemos que esperar una concordia sólida y firme entre unas y otras Profecías.

Más, si se hace la debida distinción entre tiempo y tiempo, como la hace la Escritura Santa, todo lo hallamos concorde, claro, fácil y llano: distinguid los tiempos, y concordaréis los derechos.

Las cosas opuestas, diversas, enemigas entre sí, que no pueden concurrir en un mismo tiempo, sin destruirse las unas a las otras, ¿no podrán comparecer en diversos tiempos cada cual en el suyo propio?

Si antes de la consumación del siglo, no puedan todas verificarse, ¿no podrán acontecer plenísimamente unas antes, otras después?

Este después se hace durísimo el admitirlo porque destruye desde los cimientos el sistema.

Luego, el sistema no es bueno, ni lo puede ser en ningún tribunal; pues ni es capaz de concordar unas escrituras con otras, ni de concordarse con ellas mismas.

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En la venida del Señor Jesús, que estamos esperando, así como ha de perecer esta tierra presente, para dar lugar a otra tierra nueva, así ha de perecer en este trastorno universal la mayor y máxima parte del linaje humano, quedando no obstante vivos e indemnes algunos pocos individuos de entre todos los pueblos; los cuales, por su inocencia y simplicidad, no se hallarán dignos de la ira de Dios omnipotente, ni de la ira del Cordero.

Todo este residuo de las gentes, que quedarán dispersas acá y allá, en todos los países o términos de nuestro orbe, no quedarán en adelante en la misma ignorancia o distracción en que antes estaban respecto del verdadero Dios y de su Hijo el justo; sino que creerán en Él, lo alabarán, lo desearán y se sujetarán a su dominación con sumo gozo y complacencia.

Este residuo de las gentes, instruido perfectamente, santificado y como criado de nuevo, no menos que el residuo de Israel, compondrá junto con él, aquel un solo aprisco, y un pastor del evangelio.

La fe, la simplicidad, la inocencia, el temor y conocimiento del Señor se multiplicarán pacíficamente y llenarán otra vez la tierra, pasando de generación en generación por muchos y muchísimos siglos, que San Juan explica con el número perfecto de mil.

Este misterio llegará alguna vez porque el Señor predijo el misterio de la vocación de las gentes, con todos sus efectos buenos y malos, que actualmente vemos plenísimamente verificados.

El Padre Lacunza concluye con una pregunta: ¿No basta la experiencia de la veracidad de Dios en lo pasado, y en lo presente, para creerlo también en lo futuro?

Y nosotros respondemos que sí; y por eso destacamos que María Santísima domina como soberana todos los tiempos de nuestra historia y, particularmente, el período más temible para las almas: el momento de la venida del Anticristo… Estos son los tiempos de la victoria, de la redención plenaria de Jesucristo y de la intercesión soberana de María.

Bienaventurados los que participan y profesan esta Fe; bienaventurados los que escudriñan las Sagradas Escrituras (cómo se nos ha mandado, en vez de perder el tiempo luchando contra lo que ya no hay tiempo de combatir), y por eso saben, aunque en el claroscuro de la Fe, que el final es hermoso. Ellos son bendecidos por tener Fe, ya que los mismos eventos serán insoportables para los incrédulos.

Como venimos comprobando desde hace seis domingos, la comprensión de la misión de Nuestra Señora dispensa mucha luz e infunde mucha fortaleza para seguir el camino trazado por Dios, al mismo tiempo que dispone las almas para recibir los méritos obtenidos por Ella y alcanzar su auxilio y protección.