DE UN MOTU PROPRIO AL OTRO

Misterios de iniquidad

DIÁLOGO EN UN AUTOMÓVIL

Conviene recordar este cuento de Raffard de Brienne, publicado en Controverses, N° 21, septiembre de 1990.

Un gran automóvil negro circula por una avenida; tiene matrícula del Vaticano. En el asiento trasero viajan un prelado y su flamante secretario, un joven sacerdote. Entre ellos se desarrolla esta conversación.

– ¿Es pues una verdadera Misa de San Pío V la que usted va a celebrar con esa gente, Monseñor? No entiendo muy bien: ¿no proclamamos durante años que esa Misa estaba prohibida?

– Confío en que usted no lo habrá creído, Padre. En verdad, no podíamos prohibirla realmente. Hubiéramos podido cumplir nuestros planes, aun conservándola. Pero pensábamos que imponiendo casi brutalmente un nuevo rito crearíamos una ruptura con el pasado que favorecería nuestros proyectos.

– Perdóneme, Monseñor, pero sigo sin comprender.

– Usted es demasiado joven. En aquella época, quiero decir hace cuarenta años, se producía el ascenso del comunismo. El viejo Pío XII, como sus predecesores, sólo contaba con la firmeza de la doctrina para oponérsele. En el fondo, creía que la roca de la Iglesia resistiría la tempestad. En cambio, nosotros, con Montini y Casaroli, pensábamos que el comunismo sumergiría totalmente al mundo y que, si dejábamos las cosas como estaban, la Iglesia zozobraría o tendría, en el mejor de los casos, que refugiarse en las catacumbas. En nuestra opinión, se necesitaba flexibilizar a la Iglesia, adaptarla a todas las circunstancias. En cierta manera, queríamos cortar las amarras con un pasado demasiado cargado y con una doctrina demasiado pesada para que la Iglesia pudiera flotar como un corcho en la marejada.

– Ah, ya comprendo. Como las previsiones no se realizaron, Uds. Ahora se proponen reanudar los lazos con la Tradición.

– No es así exactamente. Por supuesto, nuestro pronóstico resultó falso. Pero ya era imposible volver atrás, porque si reculábamos no podíamos evitar que se hiciera un balance de nuestro accionar; y ese balance nos resultaría catastrófico. Por lo tanto, nos vimos forzados a la huida hacia adelante. Eso concuerda muy bien, en definitiva, con nuestros nuevos proyectos. En nuestra opinión, el mundialismo va a imponerse y tendremos el reinado de una nueva oligarquía financiera planetaria sobre un mundo socialista. El nuevo orden mundial, que le dicen. En esa perspectiva, las religiones tenderán también a unificarse y la Iglesia – si no se muestra demasiado delicada – desempeñará un papel federativo como en Asís, e incluso más.

– Pero entonces, Monseñor, ¿por qué esta Misa?

– Ya le he dicho que tuvimos que elegir la ruptura litúrgica, tanto para contribuir como para disimular la totalidad de la maniobra. Eso resultó para un 99 %, lo cual quiere decir que hay un 1 % de individuos que, sin comprender jamás de lo que se trata, se han aferrado a la antigua Misa. Por supuesto que esa proporción no puede molestarnos, pero su posición sí, porque puede ofrecer reparos a los que querrían juzgar nuestra política y hacer el balance del que le hablé. Por lo tanto, hemos intentado eliminarlos aislándolos, castigándolos, ridiculizándolos. Pero ha sido en vano. Así, pues, hemos emprendido la operación seducción. ¿Querían su Misa? Pues bien, la tendrán, al menos durante algún tiempo, a condición de que vuelvan al redil y, sobre todo, de que se callen. El asunto habría resultado en 1988 si nuestros negociadores hubieran sido más hábiles, y hubieran logrado que Mons. Lefebvre firmara no sólo el Protocolo sino también el Acuerdo. En resumen, hemos recuperado algunos sacerdotes y algunos laicos, los suficientes para hacer de ellos “llamadores”.

– ¿“Llamadores”, Monseñor? ¿Hay por lo tanto una relación con los “apelantes” de la cuestión jansenista?

– ¡Pero no, caramba! No con los jansenistas, sino con la caza de patos. Para conseguir que los patos vuelen al alcance de sus rifles, los cazadores agregan a su equipo algunas aves: son los llamadores, cuyos gritos atraen a sus congéneres.

– ¿Y eso resulta?

– Con los patos, sí. Con los integristas recalcitrantes, no del todo. Pero eso nos permite, en cambio, aplicar un viejo truco de los comunistas. Cuando ellos encuentran ante sí algún obstáculo, no lo atacan de frente, trazan una línea de posible ruptura y tratan a los de un lado como “buenos” y a los del otro como “malos”. Como resultado, los “buenos”, muy contentos de ser reconocidos como tales, tratan de diferenciarse de los “malos”, y los otros se reafirman en su posición. En una palabra, la fractura se hace sola y, en el caso de los integristas, basta con inyectarles algunas viejas palabras como cisma o herejía, que para nosotros ya no tienen sentido, pero que lo conservan para ellos. Mientras “buenos” “malos” disputan, nosotros descansamos.

– Me parece que los “buenos” son muy ingenuos.

– Tal vez no lo sean tanto, pero ellos se imaginan que van a aprovecharse de nuestras tácticas para volver a poner la Tradición dentro de la Iglesia institucional. En realidad, lo que sucede es que los iremos transformando poco a poco, desde dentro. Ya no nos combaten más; aceptan incluso cohabitar en nuestras iglesias y asistir a nuestras liturgias renovadas; lo demás vendrá solo.

– Y si el análisis de ellos fuera bueno, ¿no correríamos cierto riesgo?

– Pero no, Padre. Sujetamos nuestros pequeños regalos con un elástico: nuestras concesiones son siempre limitadas y revocables. Por otra parte, los obispos están alertas, cuidan sus intereses, no ven nuestra política con buenos ojos, no la comprenden; pero no es culpa de ellos porque no los hemos elegido muy inteligentes. Además, sin saberlo, crean con eficacia una conveniente oposición dialéctica en la que nosotros desempeñamos el papel de “buenos”.

– Dicho de otra manera, Monseñor, somos los “buenos” del Vaticano que vamos a reconfortar a los “buenos” integristas.

– Exactamente, Padre, y ya verá que nos recibirán muy bien. Han sido tan maltratados durante veinte años que se sienten halagados y se muestran agradecidos ante nuestra amabilidad. Bastará una Misa y algunas frasecitas que he preparado para que crean que estamos de su lado. Ni siquiera se inquietarán por lo que yo haga o diga el resto del tiempo.

– ¿Y Dios, Monseñor? ¿Qué pasa con Dios en todo esto?

– Ah, ustedes los jóvenes. Hay momentos en que me preocupan…