Padre Juan Carlos Ceriani: LA VIRGEN MARIA COMO MEDIADORA UNIVERSAL

 

Textos de los Sumos Pontífices que enseñan la Mediación Universal de María Santísima

MEDIADORA

Benedicto XIV: “La Virgen es el río celestial por donde pasa y llega hasta el abismo de las miserias humanas el torrente de todos los dones y de las gracias todas”.

Pío VII: “Lo que la beatísima y gloriosa Virgen María, Madre de Dios, inspirada por el Espíritu Santo, profetizó de sí misma, al decir que la llamarían bienaventurada todos los pueblos, se ha cumplido, no solamente en los primeros siglos de la Iglesia, que levantaron por todo el orbe templos y altares en su honor, sino también en nuestros tiempos, ya que, aumentada de día en día la piedad de los fieles hacia nuestra amantísima Madre y dispensadora de todas las gracias, han ido sucediéndose unos a otros, y con fervor de devoción creciente, los monumentos a ella dedicados”.

Pío IX: “Todos sabéis, venerables hermanos, que hemos puesto en la Santísima Virgen toda nuestra confianza, porque Dios le ha dado a ella la plenitud de todo bien, y, por tanto, si tenemos algo de esperanza, de gracia, de salvación, sabemos que de ella redunda en nosotros…, puesto que ése es el deseo del que quiso que nosotros lo tuviéramos todo por María”.

“… Poderosísima mediadora y conciliadora de todo el orbe de la tierra ante su Unigénito Hijo…”

León XIII: “Nada encontramos más alto ni de mayor precio que el que la excelsa Madre de Dios, María Santísima, abogada de nuestra paz para con Dios y administradora de las gracias celestiales, colocada en los cielos sobre el trono más alto del poder y de la gloria, haya merecido, por su piedad y religión, dispensar a los hombres el socorro de su patrocinio en la conquista peligrosa y esforzada de aquella ciudad eterna”.

“Por todo lo cual, no menos verdadera y propiamente puede afirmarse que nada absolutamente de aquel gran tesoro de gracia ganado por Jesucristo, ya que la gracia y la verdad es hecha por Jesucristo, se nos da sino por María, según voluntad del mismo Dios; de tal manera que así corno nadie puede llegar al Padre sino por el Hijo, casi del mismo modo nadie puede llegar a Cristo sino por María”.

Esta doctrina vuelve a inculcarla el mismo Pontífice al hablar de la eficacia del santísimo rosario: “Precede, como es justo, la oración dominical al Padre, que está en los cielos, y después de haberle invocado con las más hermosas peticiones, la voz suplicante se vuelve desde el trono de Su Majestad a María, conforme a esta ley de misericordia y oración de que venimos hablando, y que San Bernardino de Siena formula en estas palabras: “Toda gracia que se comunica a este mundo lleva este triple y ordenadísimo proceso: de Dios, a Cristo; de Cristo, a la Virgen; de la Virgen, a nosotros”.

Al año siguiente repite estas mismas enseñanzas: “Por disposición divina, de tal modo empezó a velar por la Iglesia, que la que había sido cooperadora del misterio de la redención fuera igualmente dispensadora de todas las gracias que de él habían de derivarse en todo tiempo, habiéndosela otorgado para ello una potestad casi inmensa… Se la ha llamado, entre otros muchos nombres, nuestra Señora, nuestra Mediadora, la Reparadora del mundo, la Dispensadora de las gracias de Dios”.

“De ella, como de conducto abundantísimo, sale la celestial bebida de las gracias: en sus manos están los tesoros de las misericordias divinas. Dios ha querido que sea el principio de todos los bienes”.

“Hemos de mirar los planes divinos con gran respeto. El eterno Hijo de Dios, queriendo tomar la humana naturaleza para redimir y glorificar al hombre, y estando a punto de desposarse de alguna manera místicamente con el universal linaje de los hombres, no lo realizó sin el libre consentimiento de la Madre designada para ello, que, en cierto modo, desempeñaba el papel del mismo linaje humano, conforme a la brillante y verdaderísima sentencia del Aquinate: Por la anunciación se aguardaba el consentimiento de la Virgen, que hacía las veces de toda la naturaleza humana. De donde se da pie para afirmar, con no menor verdad que propiedad, que del inmenso tesoro de todas las gracias que trajo el Señor — pues la gracia y la verdad nos vinieron por Jesucristo— no se nos distribuye nada por la divina voluntad, sino por María. De suerte que así como nadie puede ir al Padre soberano sino por el Hijo, de la misma manera nadie puede acercarse a Cristo sino por la Madre”.

San Pío X: “Por esta comunión de dolores y voluntades entre María y Cristo, mereció ser María dignísima reparadora del orbe caído, y, por tanto, la dispensadora de todos los dones que Jesús con su muerte y sangre nos ganara. Reconocemos, ciertamente, que la dispensación de los dones pertenece a Cristo por derecho propio y exclusivo, puesto que los adquirió con su muerte y Él es potestativamente el mediador de Dios y de los hombres. No obstante, por aquella comunión de dolores y miserias de la Madre con el Hijo, se le concedió a esta Virgen augusta ser la mediadora y conciliadora poderosísima de todo el orbe para con su Hijo unigénito. Por tanto, Cristo es la fuente de cuya plenitud recibimos todos…; pero María, por su caridad, como dice muy bien San Bernardo, es el acueducto o el cuello por donde se une el cuerpo a la cabeza y por donde la cabeza hace llegar al cuerpo toda su virtud y eficacia. Ella es el cuello de nuestra Cabeza, por el que se comunican a su cuerpo místico todos los dones espirituales”.

Benedicto XV: “Y si, por este motivo de la compasión de María con Cristo, las gracias que el género humano percibe del tesoro de la redención son distribuidas personalmente por la misma Virgen dolorosa, claramente se deduce que de ella ha de esperarse para los hombres el don de una muerte santa, ya que con esto se completa en cada uno eficaz y perpetuamente la obra de la redención humana”.

“Todas las gracias que el Autor de todo bien se digna conceder a los pobres descendientes de Adán, por un misericordioso consejo de la divina Providencia, son distribuidas por las manos de la Santísima Virgen”

“Habiendo sido elegida la Santísima Virgen María, por tantos y tan grandes merecimientos, Madre de Dios y habiendo sido constituida al mismo tiempo por Dios mediadora de las gracias en favor de los hombres”

Benedicto XV instituyó la fiesta litúrgica de María Mediadora de todas las gracias, con Misa y Oficio para las diócesis y órdenes religiosas que la pidieran.

Pío XI: En la carta de 2 de marzo de 1922 llama expresamente a la Virgen Mediadora ante Dios de todas las gracias.

Para demostrar hasta qué punto llevaba en el corazón esa doctrina, instituyó, apenas llegado al solio pontificio, tres comisiones de teólogos —una belga, una española y una romana—, confiándoles el estudio de la definibilidad dogmática de esa doctrina. Se sabe que las tres comisiones dieron un voto favorable.

Pío XI exhorta a los fieles a que, en la sagrada festividad del Corazón divino, “confesando su fe firme, su esperanza cierta, su caridad ardiente, pidan con fervor al mismo Corazón santísimo, por mediación del poderoso patrocinio de la Virgen Madre de Dios, mediadora de todas las gracias, por sí mismos cada uno, por la patria, por la Iglesia, por el Vicario de Cristo y por los demás pastores, unidos a él en el gravísimo oficio de la dirección de las almas”.

Y en otro lugar: “Fue siempre tradicional en los católicos acudir a María en las horas difíciles y en los tiempos de peligro y descansar en su bondad de Madre. Pues ella, Madre de Dios y administradora de las gracias celestiales, ha sido colocada en los cielos sobre el más excelso trono del poder y de la gloria, para conceder el socorro de su patrocinio a los hombres en su peregrinación por la tierra, llena siempre de trabajos y peligros”.

“En cuya oración ante Cristo confiamos Nos, que, aun siendo el único Mediador de Dios y de los hombres, quiso asociarse a su Madre como abogada de los pecadores y administradora y mediadora de la gracia”.

Pío XII: “Ella nos enseña todas las virtudes, nos da a su Hijo, y con Él todos los auxilios que nos son necesarios, porque Dios ha querido que todo lo tuviésemos por medio de María”.

“Bendito sea el Señor, y con el Señor sea bendita aquella que Él constituyó Madre de Misericordia, Reina y Abogada nuestra amorosísima, Mediadora de sus gracias y Dispensadora de sus tesoros.”

“Asociada como Madre y Ministra al Rey de los mártires en la obra inefable de la humana redención, le queda para siempre asociada, con un poder casi inmenso, en la distribución de las gracias que se derivan de la redención”.