Padre Juan Carlos Ceriani: DECIMOPRIMER DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

DECIMOPRIMER DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Seguimos avanzando en la serie de sermones con la finalidad de hacer ver la participación de Nuestra Señora en el Plan divino de Redención, Santificación y Salvación de las almas.

Espero que quede bien claro que, conociendo los temores más comunes que inquietan, angustian y hasta agobian a los fieles, es necesario recordar la misión y el ministerio que Dios ha asignado a su Madre Santísima.

Ya hemos visto la cooperación de María Santísima en la redención objetiva, por la cual se adquieren y acumulan, como en depósito, los frutos de la redención, constituyéndose así el tesoro infinito de las gracias.

Nos corresponde considerar hoy su cooperación a la redención subjetiva, que tiene por objeto distribuir y aplicar los frutos de la redención objetiva a cada uno de los hombres.

La redención objetiva es como la medicina preparada para todos; pero la medicina, aun con eficacia para curar, no sana si no se aplica al enfermo.

Por tanto, la cooperación de la Virgen a la redención subjetiva no es otra cosa que su intervención personal en la aplicación de los frutos y distribución de las gracias redentoras.

Sólo a Cristo, Redentor nuestro, le compete ser, por derecho propio y exclusivo, el dispensador de todas las gracias, puesto que las adquirió con su muerte y Él es potestativamente el Mediador de Dios y de los hombres.

La Santísima Virgen concurre a la distribución de las gracias con Cristo y bajo su dependencia.

La Bienaventurada Virgen María coopera próxima, formal y actualmente a la dispensación de todas las gracias en los hombres.

Tal prerrogativa no es de tal modo que Dios, absolutamente hablando, no pueda conceder ninguna gracia sin la mediación de María, sino en cuanto que le compete por decreto positivo y libre de Dios, que ha determinado y querido, en la presente economía, no conferir alguna gracia redentora sin la intervención de la Santísima Virgen.

Esta cooperación comprende todas las gracias redentoras que desde que se incurrió en el pecado original se conceden a los hombres.

En cuya universalidad entran las gracias de todo género, las internas y las externas, las habituales y las actuales, la santificante y las carismáticas o gratis datae, las sacramentales y las extrasacramentales, las ordinarias y las extraordinarias, las pedidas y las no solicitadas, así como las que son directamente impetradas por la Virgen y las que lo son por Cristo y por los Santos…

En una palabra, todos los beneficios que, en orden a la vida eterna, se conceden a los hombres en la presente economía.

Se exceptúan de esta cooperación solamente los dones de la gracia concedidos a Cristo y a la misma Virgen Santísima.

+++

Existe una serie abrumadora de testimonios de la Tradición, empezando por San Ignacio Mártir (siglo I) y terminando con los mariólogos del siglo XX, que no sólo admiten explícitamente la verdad de que María es Distribuidora universal de todas las gracias, sino que la consideran verdad de fe o próxima a la fe, o, al menos, definible por la Iglesia.

Recogiendo los datos de la Sagrada Escritura y de la Tradición cristiana, el Magisterio Ordinario de la Iglesia —sobre todo desde el siglo XVIII— ha expresado repetidas veces, clara e inequívocamente, la doctrina de la Mediación Universal de María en su doble aspecto: adquisitivo y distributivo.

Son numerosos los textos de los Sumos Pontífices. Para estudio y meditación de los lectores y no alargarnos aquí, los recogemos al final.

Casi todos los doctores católicos, principalmente desde el siglo XIX, defienden con unanimidad la intervención actual y universal, o sea, la Mediación de María en la obtención y dispensación de todas las gracias.

Encuentran su apoyo en las palabras del Génesis: Pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje; ella quebrantará tu cabeza y tú pondrás asechanzas a su calcañar.

Aquí se habla, como ya se ha dicho muchas veces, de María Inmaculada unida a Cristo Redentor en su lucha contra el demonio, es decir, en sostener enemistades contra él y conseguir sobre el mismo la victoria más completa.

Ahora bien, la participación de la Madre de Dios con su divino Hijo en hacer esta guerra al demonio y arrancarle el triunfo no es completa con la sola cooperación radical de María por la maternidad física; ni siquiera con su próxima cooperación a la obra redentora, por lo que hace a la adquisición de las gracias, sino que pide la actual intervención de María en la distribución de las mismas, como frutos singulares de la redención humana.

Y la razón es ésta: aunque la redención objetiva quedó consumada en la Cruz, pagado que fue allí totalmente el precio de nuestra satisfacción, con lo que Cristo derrotó a Satanás, triunfando de él plenamente, es necesaria, sin embargo, la redención subjetiva, por la que sus gracias son aplicadas a los hombres.

Una y otra redención, objetiva y subjetiva, constituyen un todo completo, una obra total de salvación, de tal manera que con la sola redención objetiva nadie hubiera sido reintegrado al orden sobrenatural.

Si solamente se hubiese pagado el precio de nuestra redención con la muerte de Cristo, todos pereceríamos; porque la Redención tiende directamente a incorporar todos los hombres a Cristo y a instaurar en Él cuanto existe en los cielos y en la tierra.

Cualquiera gracia es principio de incorporación a Cristo, de instauración de su reino y de destrucción de las obras del diablo, haciendo que el triunfo y la enemistad contra la vieja serpiente sea constante y perpetuo, cosa que exige la intervención actual de María en la distribución de las gracias.

+++

Como es conocido por todos, la doctrina de la cooperación de la Santísima Virgen en la distribución de las gracias, durante los siglos XVI y XVII, sufrió ataques insidiosos, no pequeños, por parte de protestantes y jansenistas, quienes conspiraban a una por enfriar la devoción de los cristianos hacia la Santísima Virgen y eclipsar en sus almas la luz de tan gloriosa prerrogativa.

A partir del conciliábulo vaticanesco se repite la historieta, principalmente en nuestros días por medio de Jorge Mario Bergoglio…

Pero Dios concedió a la Iglesia muchos y esforzados maestros, escritores y predicadores que, defendiendo a la Madre contra sus enemigos, fomentaran intensamente su devoción y culto y trabajaran por extender la doctrina de la cooperación de María en la dispensación de las gracias…, refutando no sólo a los herejes de entonces, sino también por adelantado a los hodiernos…

Cuando el día 8 de diciembre de 1854 el Papa Pío IX definió solemnemente, con el aplauso de todo el orbe católico, la Concepción Inmaculada de la Santísima Virgen María, llevó a cabo un acto verdaderamente trascendental, no sólo por la afirmación dogmática de tan excelsa prerrogativa mariana, sino también porque enunció y declaró auténticamente el principio de la asociación de María Inmaculada con Cristo Redentor en la obra de la redención humana, como doctrina tradicional de la Iglesia.

Documento preciosísimo, que, juntamente con las Encíclicas marianas de León XIII y los textos de los Pontífices posteriores, estimuló y enardeció a los teólogos para que estudiaran más a fondo y expusieran más claramente los privilegios de la Virgen, sobre todo su altísima prerrogativa de Dispensadora de todas las gracias.

A esto se agrega el sentir y la piedad de los fieles que, como por común instinto y devoción, ya justos, ya pecadores, en todo tiempo y lugar, acuden confiadamente a María Mediadora, en súplica fervorosa de todos los bienes y beneficios, espirituales y corporales.

De aquí se sigue la frecuente y aun cotidiana invocación a María, privada y pública, de los cristianos y la devoción hacia la Santísima Virgen, tan grata a la piedad católica; tantos monumentos, capillas, pinturas, imágenes, expresión auténtica de la piedad mariana del pueblo fiel y de su confianza en la protección de María; tantos escritos, libros, devocionarios, himnos y canciones populares que en sus alabanzas aclaman a María como Mediadora de todos los bienes y Ayuda de nuestra salvación.

+++

Por lo tanto, debemos confesar que, por libre disposición de Dios, que quiso asociar a María Santísima a la obra de la redención en calidad de Corredentora, Ella ha sido constituida también por el mismo Dios Dispensadora universal de todas las gracias que se han concedido o se concederán a los hombres hasta el fin de los siglos.

Esta doctrina se desprende con toda naturalidad y sencillez de los grandes títulos y principios marianos:

María es Madre de Dios. Luego nada tiene de extraño que María tenga una cierta comunidad de bienes con su divino Hijo y pueda disponer de ellos con el filial beneplácito de Él.

María es Madre espiritual de los hombres. Y esta maternidad exige, de algún modo, el oficio de preparar y dar a todos la gracia, por la cual han de ser engendrados a nueva vida y llevados por el crecimiento conveniente a su completo desarrollo y perfección, porque perfeccionar al ser es propio de quien le dio la existencia. Luego nada más natural que nos alcance y distribuya todo cuanto necesitamos para la conservación y desarrollo de la gracia hasta su consumación definitiva en el Cielo.

María es Corredentora. Cristo Redentor nos mereció de condigno todas las gracias y auxilios necesarios para la salvación, y María, asociada al Redentor, las ganó también para nosotros con sus propios merecimientos. Ahora bien, es lógico, dice Santo Tomás, que el que adquiere bienes para otros, los dispense por sí mismo. Luego, la Corredentora intervino, no sólo en la adquisición de la gracia para nosotros al pie de la Cruz, sino que lo sigue haciendo en la distribución de la misma en el transcurso de los siglos.

Es que la Redención completa tiene dos fases: la objetiva y la subjetiva; por la primera se adquiere y se acumulan las gracias; por la segunda son distribuidas a cada uno de los redimidos.

Si en el primer aspecto va la Virgen íntimamente unida al Redentor, ¿por qué hemos de separarla en el segundo?

Además, María es Reina, Ella tiene verdadero dominio sobre todo el universo. Ella ordena y dirige los hombres al fin supremo de la salvación eterna. Ahora bien, la Santísima Virgen no puede ejercer esa función regia de dirigir a los hombres al fin sobrenatural de la vida eterna si no es interviniendo en la dispensación de las gracias a todos y a cada uno de los hombres.

También interviene el Principio de eminencia. Si los Santos pueden impetrar e impetran de hecho de Dios muchas gracias para nosotros, nada tiene de extraño que María pueda impetrarlas todas, siendo como es la Santa de los Santos, y, además, Madre dulcísima de todos ellos.

Finalmente, el Principio de analogía o de semejanza entre Cristo y María. Mediador universal el Hijo, por naturaleza; Mediadora universal la Madre, por gracia.

+++

He aquí lo que dice León XIII: “Y mucho más conoce y penetra María todas nuestras cosas; conoce cuáles son los auxilios que necesitamos para la vida, los peligros que privada y públicamente nos amenazan, los apuros y males en que vivimos, lo terrible y duro de nuestra lucha con los enemigos de la salvación del alma; en estas y otras dificultades de la vida, ella puede y desea ardientemente prodigarnos en abundancia, como a hijos suyos carísimos, el consuelo, la fortaleza y demás auxilios de todo género”.

El ejercicio completo del oficio de Dispensadora de las gracias lo tiene la Santísima Virgen desde el día de su gloriosa Asunción a los Cielos. Desde entonces viene ejerciéndolo con plena perfección para con todos y cada uno de los hombres y en todas y cada una de las gracias que al mundo se conceden, porque, iluminada ya con la luz de la gloria, conoce clara y distintamente, en cualquier momento, todas las necesidades humanas.

Y, en verdad, la Bienaventurada María, una vez en el Cielo, contempla la esencia de Dios más clara y perfectamente que cualquiera otra criatura. Ahora bien: los Bienaventurados conocen y ven en Dios todo lo que les conviene de algún modo y todo lo que especialmente les atañe.

Luego, por las razones ya expuestas, es indudable que la Santísima Virgen debe conocer cuanto a la salvación de los hombres se refiere; y, por tanto, saber ciertamente todas y cada una de las cosas que bajo este aspecto se relacionan con todos y cada uno de los hombres, todas sus necesidades y peligros; en una palabra, todo lo que puede promover o retardar su santificación.

A este singular conocimiento que María recibe de la visión de Dios acompaña un poder extraordinario, y al poder, un amor inefable.

En una palabra, y como veremos Dios mediante el domingo próximo, todo lo sabe esta Virgen prudentísima, Sede de la Sabiduría; todo lo puede esta Virgen poderosa; y, pudiéndolo todo, lo dará todo esta Madre amable, esta Madre de misericordia, esta Virgen clementísima.

+++

Es indudable que los hombres, después del primer pecado, recibieron todas las gracias o auxilios necesarios para salvarse por los méritos de Cristo Redentor, existentes en la presencia de Dios, a los que iban unidos los de María Corredentora.

Y no hay inconveniente en afirmar que Cristo, antes de hacerse hombre, es Cabeza de los que le precedieron en la existencia, porque todos ellos recibieron la fe, la gracia y los demás dones sobrenaturales por los méritos de Cristo Redentor, previstos y conocidos por Dios, y como efecto anticipado de su Pasión.

Esto mismo ha de afirmarse de la Virgen, Madre de Dios y Corredentora, con respecto a los hombres que la precedieron en la tierra.

Porque la Virgen es Madre espiritual de todos aquellos de quienes Cristo es Cabeza, y Cristo es Cabeza de todos los hombres, en cualquiera época del mundo.

Y así como la regeneración espiritual, por la cual se recibe la gracia, se realiza en los Santos del Nuevo Testamento por la fe viva en el Verbo encarnado de María, del mismo modo, en los del Antiguo Testamento la regeneración espiritual se hacía por la fe en el Verbo que había de encarnarse. Esta encarnación tuvo lugar en la Santísima Virgen. Luego María es, por la gracia, Madre de todos los regenerados espiritualmente.

+++

La intercesión es la expresión de la propia voluntad dirigida a Dios para que Dios la cumpla. Por tanto, la intercesión de María en esta materia es la expresión del deseo que tiene de que Dios confiera la gracia.

Pero la intercesión de la Virgen, Madre de Dios, tiene de singular no sólo el poder de pedir las gracias, sino también el de disponer de todas ellas.

Porque la intercesión de María debe compararse, salva siempre la proporción debida, a la interpelación de Cristo, que es el deseo de nuestra salvación o la manifestación de su voluntad redentora, a la que compete el derecho de disponer de los frutos de la Redención, de modo que, con sólo quererlo, dispone Cristo de aquellas gracias, las dispensa y las hace llegar a nosotros.

De una manera semejante, María, asociada a Cristo en la Redención, coopera a la dispensación de las gracias intercediendo o expresando a Cristo, y con Cristo a Dios, su voluntad de conferir estas o aquellas gracias.

Esta expresión de la voluntad es, por disposición divina, suficiente para que María disponga de las gracias y sea causa eficaz de que se confieran a los hombres.

Y María Mediadora jamás queda defraudada en su intercesión o expresión de su deseo, sino siempre es complacida en lo que pide, por estas dos principalísimas razones:

a) Por su Maternidad divina, de la cual brotan relaciones inefables entre ella y el Padre celestial, con el que tiene común al mismo Hijo; entre Ella y el Espíritu Santo, por cuya virtud divina concibió en su seno a Cristo Salvador, Dios y Hombre; entre Ella y el Hijo, con quien, al interceder por nosotros, hace uso de su derecho materno, al que responde en Cristo cierta obligación de conceder siempre lo que pide.

b) Por su consorcio con Cristo en la obra de la Redención, ya que, unida íntimamente a Él, mereció María todas las gracias redentoras que Cristo mereciera, teniendo con Él la misma voluntad de redención para todos.

La intercesión de María ante la omnipotencia de Dios es siempre eficacísima, de suerte que María no pide jamás a Dios una sola gracia que no la obtenga de Él infaliblemente.

De ahí su título gloriosísimo de Omnipotencia suplicante con que la designa frecuentemente la Tradición y el Magisterio de la Iglesia.

La conclusión de todo cuanto venimos diciendo no puede ser más alentadora: la Madre obtiene infaliblemente del Hijo la plena realización de sus deseos.

Gracia pedida, gracia obtenida.

Puede ocurrir, sin embargo, que el sujeto por quien aboga María no tenga las debidas disposiciones. La concesión se dilatará entonces hasta que todo esté en su punto.

Es ocioso advertir que la merced será denegada si fuese en perjuicio del alma (v.gr., la salud corporal, de la que habría de usar mal, etc.).

En estos casos no se da la intercesión de María, es decir, María nunca pide lo que sabe que nos perjudicaría espiritualmente.

La intercesión constante de María armoniza con el orden querido por Dios. Pues, en primer lugar, es la ejecución de un decreto general de la divinidad; y, en segundo lugar, respeta Ella soberanamente los decretos particulares con relación a cada alma individual.

Es cierto que, sin la intercesión de María, la justicia de Dios seguiría su curso, pero Dios mismo quiere que la Virgen recurra a su misericordia.

Se proclama también que la Virgen obtiene todas las gracias que quiere, a quien Ella quiere y de la manera que quiere. Afirmaciones muy justas, con tal que no presten a María como una especie de caprichos maternos que prevalecerían contra los justos deseos del Padre.

La Virgen no puede tener otra voluntad que la voluntad de Dios, y los favores que Ella solicita para sus protegidos los pide sabiendo que Dios quiere que Ella los pida, y que los concede solamente porque Ella los pide.

Esta hermosa doctrina resuelve todas las dificultades que se podrían objetar contra la distribución universal por parte de María de todas y cada una de las gracias que reciben los hombres de la infinita bondad de Dios, único autor de las mismas.

+++

Concluyamos, pues, que es Dios quien claramente manifiesta su voluntad. Pudo redimirnos sin María Santísima, y no lo quiso…

Luego, aunque pueda, tampoco quiere santificarnos sin María Santísima.

Grande es la devoción que debemos tener a Nuestra Madre por mil razones y mil motivos, pero difícilmente encontraremos uno que tanto nos deba mover a ello como éste, pues, en cierto modo, como vemos, abarca a todos los demás.

Tengamos en cuenta, una vez más que, ante los eventos inminentes, los comunes e invariables (como son la familia, los hijos, lo económico, lo material, la enfermedad, la muerte…), así como los que son propios del tiempo que nos toca vivir (la apostasía generalizada, el epílogo del misterio de iniquidad y la llegada del Anticristo…), en vista de estos sucesos es muy probable que muchas o todas nuestras “seguridades” se pierdan…, y con ellas “nuestras esperanzas”…, e incluso La Esperanza…

Y, precisamente por eso, es importante y necesario tener presente que, de la misma manera que Nuestra Reina y Madre auxilió a los creyentes de todas las épocas, lo mismo hará con los fieles de hoy en día, ya sea guardándolos de algunos acontecimientos, o bien dándoles la fortaleza necesaria para sobrellevarlos.

Es indispensable destacar que María Santísima domina como soberana todos los tiempos de nuestra historia, y, particularmente, el período más temible para las almas: el momento de la venida del Anticristo… Estos son los tiempos de la victoria, de la redención plenaria de Jesucristo y de la intercesión soberana de María.

Bienaventurados los que participan y profesan esta Fe; bienaventurados los que escudriñan las Sagradas Escrituras (cómo se nos ha mandado, en vez de perder el tiempo luchando contra lo que ya no hay tiempo de combatir), y por eso saben, aunque en el claroscuro de la Fe, que el final es hermoso. Ellos son bendecidos por tener Fe, ya que los mismos eventos serán insoportables para los incrédulos.

La comprensión de la misión de Nuestra Señora dispensará mucha luz e infundirá mucha fortaleza para seguir el camino trazado por Dios, al mismo tiempo que dispondrá las almas para recibir los méritos obtenidos por Ella y alcanzar su auxilio y protección.

Por amor y gratitud a esta excelsa Mediadora, hasta por conveniencia y utilidad propia, debemos tenerle grandísima devoción.

Sin Ella no conseguiremos acercarnos a Jesús; no es posible que acertemos a hablarle; además, nuestras súplicas sin María, no pueden ni merecen ser atendidas.

Dios se nos da por medio de Ella; por Ella debemos, pues, ir nosotros a Dios, y darnos y entregarnos totalmente a Ella para que Ella nos lleve a Dios.

¡Qué camino tan fácil, tan seguro, tan hermoso y consolador!

¡Animémonos!… Y, de una vez y para siempre, pongámonos en sus manos… Demos a nuestra Madre y Reina la llave de nuestro corazón…, para que Ella disponga de nosotros como quiera… Porque siempre será como más nos convenga.

Pidámosle nos dé alguna parte de las gracias que Ella tiene…; pero, en especial, pidámosle la de saber amar, con Ella y por Ella, al Señor en la vida y en la muerte…, en el tiempo y en la eternidad…

+++

APÉNDICE

Textos de los Sumos Pontífices que enseñan

la Mediación Universal de María Santísima

Benedicto XIV: “La Virgen es el río celestial por donde pasa y llega hasta el abismo de las miserias humanas el torrente de todos los dones y de las gracias todas”.

Pío VII: “Lo que la beatísima y gloriosa Virgen María, Madre de Dios, inspirada por el Espíritu Santo, profetizó de sí misma, al decir que la llamarían bienaventurada todos los pueblos, se ha cumplido, no solamente en los primeros siglos de la Iglesia, que levantaron por todo el orbe templos y altares en su honor, sino también en nuestros tiempos, ya que, aumentada de día en día la piedad de los fieles hacia nuestra amantísima Madre y dispensadora de todas las gracias, han ido sucediéndose unos a otros, y con fervor de devoción creciente, los monumentos a ella dedicados”.

Pío IX: “Todos sabéis, venerables hermanos, que hemos puesto en la Santísima Virgen toda nuestra confianza, porque Dios le ha dado a ella la plenitud de todo bien, y, por tanto, si tenemos algo de esperanza, de gracia, de salvación, sabemos que de ella redunda en nosotros…, puesto que ése es el deseo del que quiso que nosotros lo tuviéramos todo por María”.

“… Poderosísima mediadora y conciliadora de todo el orbe de la tierra ante su Unigénito Hijo…”

León XIII: “Nada encontramos más alto ni de mayor precio que el que la excelsa Madre de Dios, María Santísima, abogada de nuestra paz para con Dios y administradora de las gracias celestiales, colocada en los cielos sobre el trono más alto del poder y de la gloria, haya merecido, por su piedad y religión, dispensar a los hombres el socorro de su patrocinio en la conquista peligrosa y esforzada de aquella ciudad eterna”.

“Por todo lo cual, no menos verdadera y propiamente puede afirmarse que nada absolutamente de aquel gran tesoro de gracia ganado por Jesucristo, ya que la gracia y la verdad es hecha por Jesucristo, se nos da sino por María, según voluntad del mismo Dios; de tal manera que así corno nadie puede llegar al Padre sino por el Hijo, casi del mismo modo nadie puede llegar a Cristo sino por María”.

Esta doctrina vuelve a inculcarla el mismo Pontífice al hablar de la eficacia del santísimo rosario: “Precede, como es justo, la oración dominical al Padre, que está en los cielos, y después de haberle invocado con las más hermosas peticiones, la voz suplicante se vuelve desde el trono de Su Majestad a María, conforme a esta ley de misericordia y oración de que venimos hablando, y que San Bernardino de Siena formula en estas palabras: “Toda gracia que se comunica a este mundo lleva este triple y ordenadísimo proceso: de Dios, a Cristo; de Cristo, a la Virgen; de la Virgen, a nosotros”.

Al año siguiente repite estas mismas enseñanzas: “Por disposición divina, de tal modo empezó a velar por la Iglesia, que la que había sido cooperadora del misterio de la redención fuera igualmente dispensadora de todas las gracias que de él habían de derivarse en todo tiempo, habiéndosela otorgado para ello una potestad casi inmensa… Se la ha llamado, entre otros muchos nombres, nuestra Señora, nuestra Mediadora, la Reparadora del mundo, la Dispensadora de las gracias de Dios”.

“De ella, como de conducto abundantísimo, sale la celestial bebida de las gracias: en sus manos están los tesoros de las misericordias divinas. Dios ha querido que sea el principio de todos los bienes”.

“Hemos de mirar los planes divinos con gran respeto. El eterno Hijo de Dios, queriendo tomar la humana naturaleza para redimir y glorificar al hombre, y estando a punto de desposarse de alguna manera místicamente con el universal linaje de los hombres, no lo realizó sin el libre consentimiento de la Madre designada para ello, que, en cierto modo, desempeñaba el papel del mismo linaje humano, conforme a la brillante y verdaderísima sentencia del Aquinate: Por la anunciación se aguardaba el consentimiento de la Virgen, que hacía las veces de toda la naturaleza humana. De donde se da pie para afirmar, con no menor verdad que propiedad, que del inmenso tesoro de todas las gracias que trajo el Señor — pues la gracia y la verdad nos vinieron por Jesucristo— no se nos distribuye nada por la divina voluntad, sino por María. De suerte que así como nadie puede ir al Padre soberano sino por el Hijo, de la misma manera nadie puede acercarse a Cristo sino por la Madre”.

San Pío X: “Por esta comunión de dolores y voluntades entre María y Cristo, mereció ser María dignísima reparadora del orbe caído, y, por tanto, la dispensadora de todos los dones que Jesús con su muerte y sangre nos ganara. Reconocemos, ciertamente, que la dispensación de los dones pertenece a Cristo por derecho propio y exclusivo, puesto que los adquirió con su muerte y Él es potestativamente el mediador de Dios y de los hombres. No obstante, por aquella comunión de dolores y miserias de la Madre con el Hijo, se le concedió a esta Virgen augusta ser la mediadora y conciliadora poderosísima de todo el orbe para con su Hijo unigénito. Por tanto, Cristo es la fuente de cuya plenitud recibimos todos…; pero María, por su caridad, como dice muy bien San Bernardo, es el acueducto o el cuello por donde se une el cuerpo a la cabeza y por donde la cabeza hace llegar al cuerpo toda su virtud y eficacia. Ella es el cuello de nuestra Cabeza, por el que se comunican a su cuerpo místico todos los dones espirituales”.

Benedicto XV: “Y si, por este motivo de la compasión de María con Cristo, las gracias que el género humano percibe del tesoro de la redención son distribuidas personalmente por la misma Virgen dolorosa, claramente se deduce que de ella ha de esperarse para los hombres el don de una muerte santa, ya que con esto se completa en cada uno eficaz y perpetuamente la obra de la redención humana”.

“Todas las gracias que el Autor de todo bien se digna conceder a los pobres descendientes de Adán, por un misericordioso consejo de la divina Providencia, son distribuidas por las manos de la Santísima Virgen”

“Habiendo sido elegida la Santísima Virgen María, por tantos y tan grandes merecimientos, Madre de Dios y habiendo sido constituida al mismo tiempo por Dios mediadora de las gracias en favor de los hombres”

Benedicto XV instituyó la fiesta litúrgica de María Mediadora de todas las gracias, con Misa y Oficio para las diócesis y órdenes religiosas que la pidieran.

Pío XI: En la carta de 2 de marzo de 1922 llama expresamente a la Virgen Mediadora ante Dios de todas las gracias.

Para demostrar hasta qué punto llevaba en el corazón esa doctrina, instituyó, apenas llegado al solio pontificio, tres comisiones de teólogos —una belga, una española y una romana—, confiándoles el estudio de la definibilidad dogmática de esa doctrina. Se sabe que las tres comisiones dieron un voto favorable.

Pío XI exhorta a los fieles a que, en la sagrada festividad del Corazón divino, “confesando su fe firme, su esperanza cierta, su caridad ardiente, pidan con fervor al mismo Corazón santísimo, por mediación del poderoso patrocinio de la Virgen Madre de Dios, mediadora de todas las gracias, por sí mismos cada uno, por la patria, por la Iglesia, por el Vicario de Cristo y por los demás pastores, unidos a él en el gravísimo oficio de la dirección de las almas”.

Y en otro lugar: “Fue siempre tradicional en los católicos acudir a María en las horas difíciles y en los tiempos de peligro y descansar en su bondad de Madre. Pues ella, Madre de Dios y administradora de las gracias celestiales, ha sido colocada en los cielos sobre el más excelso trono del poder y de la gloria, para conceder el socorro de su patrocinio a los hombres en su peregrinación por la tierra, llena siempre de trabajos y peligros”.

“En cuya oración ante Cristo confiamos Nos, que, aun siendo el único Mediador de Dios y de los hombres, quiso asociarse a su Madre como abogada de los pecadores y administradora y mediadora de la gracia”.

Pío XII: “Ella nos enseña todas las virtudes, nos da a su Hijo, y con Él todos los auxilios que nos son necesarios, porque Dios ha querido que todo lo tuviésemos por medio de María”.

“Bendito sea el Señor, y con el Señor sea bendita aquella que Él constituyó Madre de Misericordia, Reina y Abogada nuestra amorosísima, Mediadora de sus gracias y Dispensadora de sus tesoros.”

“Asociada como Madre y Ministra al Rey de los mártires en la obra inefable de la humana redención, le queda para siempre asociada, con un poder casi inmenso, en la distribución de las gracias que se derivan de la redención”.