Padre Juan Carlos Ceriani: SEXTO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

 

SEXTO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Por aquellos días, habiéndose juntado otra vez un gran concurso de gentes, y no teniendo qué comer, convocados sus discípulos, les dijo: “Me da compasión esta multitud de gentes, porque hace ya tres días que están conmigo, y no tienen qué comer. Y si los envío a sus casas en ayunas, desfallecerán en el camino, pues algunos de ellos han venido de lejos”. Le respondieron sus discípulos: “Y ¿cómo podrá nadie en esta soledad procurarles pan en abundancia?” Él les preguntó: “¿Cuántos panes tenéis?” Respondieron: “Siete”. Entonces mandó Jesús a la gente que se sentara en tierra; y tomando los siete panes, dando gracias, los partió; y se los daba a sus discípulos para que los distribuyesen entre la gente, y se los repartieron. Tenían además algunos pececillos: los bendijo también, y mandó distribuírselos. Y comieron hasta saciarse; y de las sobras recogieron siete espuertas; siendo unos cuatro mil los que habían comido; en seguida Jesús los despidió.

Les recuerdo que en la Fiesta del Corpus Christi he comenzado una serie de ocho homilías para desarrollar el libro de Monseñor Fulton Sheen titulado El Calvario y la Misa.

El contenido del mismo toma cada una de las Siete últimas Palabras de Jesucristo, aplicándolas a siete partes de la Santa Misa.

Ya hemos considerado el Prólogo y las cinco primeras Palabras de Nuestro Señor.

La tabla de materias de dicho libro es la siguiente:

La Primera Palabra, Perdónalos, es el Confiteor.

La Segunda Palabra, Hoy estarás en el Paraíso, es el Ofertorio.

La Tercera Palabra, He ahí a tu madre, es el Sanctus.

La Cuarta Palabra, ¿Por qué me has abandonado?, es la Consagración.

La Quinta Palabra, Tengo sed, es la Comunión.

La Sexta Palabra, Todo se ha consumado, es el Ite, Missa est.

La Séptima Palabra, Padre, en tus manos, es el Último Evangelio.

Veamos hoy la Sexta Palabra de Nuestro Señor:

TODO ESTÁ CONSUMADO

Nuestro Divino Salvador llega al Ite Missa est de su Misa cuando profiere el grito de triunfo: Todo está consumado, que coincide con la frase final del Evangelio de hoy: siendo unos cuatro mil los que habían comido; en seguida Jesús los despidió.

Está terminada la obra de la salvación, pero ¿cuándo comenzó?

Despuntó muy atrás, en los albores de lo eterno, cuando Dios quiso hacer al hombre.

Siempre, desde el principio del mundo, existió la Divina “impaciencia” por atraer al hombre a los brazos de Dios.

El Verbo estaba impaciente en el Cielo por ser el Cordero Inmolado desde el principio del mundo.

Impaciente en las figuras y símbolos proféticos cuando su rostro agonizante se reflejaba en centenares de espejos que se prolongaban a través de toda la historia del Antiguo Testamento.

Impaciente por ser el verdadero Isaac llevando la leña de su sacrificio: obediencia al mandato de su Abrahán Celestial.

Impaciente por llenar el místico significado del Cordero Pascual de los judíos, muerto sin que se quebrantase ninguno de los huesos de su cuerpo.

Impaciente por ser el nuevo Abel sacrificado por sus envidiosos hermanos de la raza de Caín, para que su sangre pudiese clamar al cielo pidiendo perdón.

Impaciente en el seno de su madre cuando saludó a su Precursor Juan.

Impaciente en la Circuncisión anticipando el derramamiento de sangre y recibiendo el nombre de Salvador.

Impaciente cuando a los doce años recordó a su Madre que Él debía ocuparse en las cosas de su Padre celestial.

Impaciente en su vida pública, como lo manifestó diciendo que tenía un bautismo con el cual debía ser bautizado y que estaba torturado hasta que lo recibiese.

Impaciente en su Última Cena cuando anticipó la separación entre su Cuerpo y su Sangre bajo las apariencias de pan y de vino.

Y, en fin, saciada su impaciencia, cuando al terminar esta Última Cena vio llegar la hora de las tinieblas, y entonó un canto. Fue la única vez que cantó, cuando fue a su muerte.

Poco importaba para el mundo si las estrellas lucían brillantes, si las montañas se erguían como símbolo de fortaleza, si las colinas pagaban tributo a los valles que les dieron nacimiento. Lo que importaba era que cada una de las palabras que sobre Él se habían dicho por los Profetas resultaron verdaderas. Los cielos y la tierra no pasarán mientras no se haya cumplido una jota o un ápice.

Quedaba una pequeña jota; era una palabra de David la que estaba a punto de cumplirse para que todo estuviese acabado…

Y ahora, que también esa se había cumplido, Él, el verdadero David, citó al David profético: Todo está consumado.

¿Qué es lo que está terminado? Se ha terminado la Redención del mundo. El amor ha completado su misión, porque el Amor ha dado todo cuanto puede.

Dos cosas hay que puede hacer el amor. El amor por su misma naturaleza tiende a la Encarnación, y toda encarnación tiende a la Crucifixión.

¿No tiende todo amor verdadero a una Encarnación? En el orden del amor humano, ¿no crea el afecto del marido por su mujer, como producto de su mutuo amor, la encarnación del amor confluente de ambos en la forma de un hijo? Una vez que se ha engendrado al hijo, ¿no hacen sacrificios por él hasta llegar a la muerte? Y así su amor tiende a una crucifixión.

Pues eso es exactamente un reflejo del orden divino, en el que el amor de Dios por el hombre fue tan intenso y profundo que terminó en una Encarnación, que incorporó a Dios la forma y la forma y el hábito de hombre, a quien Él amaba.

Pero el amor de Dios por el hombre no se detuvo en la Encarnación. A diferencia de cualquier otro nacido, Nuestro Señor entró en este mundo para redimirle. La muerte era el blanco supremo que iba persiguiendo.

La muerte interrumpe los planes de los grandes hombres; pero no interrumpió los de Nuestro Señor; era su coronamiento glorioso; era el único objetivo que iba buscando.

Su Encarnación, pues, tendía a la Crucifixión, porque nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos. Ahora, que el amor ha terminado su carrera con la Redención del hombre, el Amor Divino puede exclamar: He hecho por mi viña todo cuanto podía hacer.

Al amor no le queda más que acabar de dar la vida. Todo se ha consumado. Ite Missa est.

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Después de la instrucción que sigue al Evangelio se hacía la Misa o despedida de los infieles, de los catecúmenos y de los penitentes por estas palabras; y al fin del sacrificio se hacía la Misa o despedida de los fieles que habían tenido la dicha de asistir a ella.

Desde que la Iglesia permitió, en el siglo VI, a todos sus hijos, sin distinción, asistir a sus misterios, esta es la única despedida que ha conservado con el nombre de Misa, que ha quedado después como término propio del sacrificio.

Para expresar esta despedida, el sacerdote dice: Ite, missa est, marchad, he aquí la despedida; es decir, podéis marcharos, podéis iros.

El pueblo responde: Demos gracias a Dios.

Ite, missa est, dice el sacerdote; marchad, hermanos, el sacrificio ha terminado, la Misa se ha concluido: todo lo que Dios podía haceros oír, lo habéis oído; todo lo que podía daros, os lo ha dado; todo lo que podíais pedir, se os ha concedido; todo está consumado, todo cumplido; los misterios de su religión desde su nacimiento hasta su ascensión gloriosa han sido renovados, se os ha aplicado su fruto; marchad, el sacrificio está completo, la gracia obtenida; la legación ha sido hecha por vosotros a Dios, y vuestros votos y oraciones han sido oídas; marchad en paz y seguid la senda de una vida nueva y el camino que conduce a la bienaventuranza; sed fieles a su santa ley.

El pueblo responde: Demos gracias a Dios, como los discípulos, que después de haber sido bendecidos por Jesucristo cuando ascendió a los Cielos se volvieron colmados de alegría alabando y bendiciendo a Dios.

En la oración que sigue se emplea la fórmula “el homenaje de mi servicio”, que es propio del sacerdote (como en el Hanc igitur y el Unde et memores), porque a él le incumbe ofrecer el santo Sacrificio, tanto para él (mihi) como para el pueblo (omnibus):

Placeat tibi, Sancta Trinitas… Séate agradable, oh Trinidad Santa, el obsequio de mi servicio; y concede que el sacrificio que yo, indigno, he ofrecido a los ojos de tu Majestad, sea digno de que Tú lo aceptes, para mí y para todos aquellos por quienes lo he ofrecido, sea por tu misericordia, propiciatorio. Por Cristo, Señor nuestro. Amén.

El sacerdote besa el altar y da la Bendición final en nombre de Dios, Uno y Trino, a Quien ha glorificado por el sacrificio y nos lo ha hecho propicio.

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El trabajo de Nuestro Señor está terminado, ¿pero el nuestro?

Cuando Él dijo: Se ha consumado, no pretendió significar que ya no le quedaban posibilidades de obrar. Él significó que su obra estaba tan perfectamente cumplida que nada podía ya añadirse para hacerla perfecta; pero entre nosotros qué pocas veces es esto verdad.

Muchos de nosotros acabamos nuestras vidas, pero pocos las vemos terminadas. Una vida de pecado puede terminar, pero una vida de pecado no es una vida terminada.

Si nuestra vida solamente “termina”, nuestros amigos preguntarán: «¿Cuánto dejó?»

Pero, si nuestra vida está terminada, los amigos comentarán: «¡Cuánto llevó consigo!»

Una vida cumplida se mide, no por los años, sino por los hechos; no por el tiempo gastado en la viña, sino por el trabajo realizado. En corto tiempo un hombre puede llenar muchos años; aun incluso aquellos que llegaron a la hora undécima pueden llenar sus vidas en el reino de los cielos. No harán suya la amarga frase de dolor: Demasiado tarde, ¡oh hermosura antigua, te he amado!

Terminó el Señor su obra; pero nosotros no hemos terminado la nuestra. Señaló el camino que nosotros debemos seguir.

Al terminar tendió su Cruz, pero nosotros debemos levantarla.

Terminó la Redención en su cuerpo físico, pero nosotros no la hemos acabado en su Cuerpo Místico.

Él ha terminado la Salvación, pero nosotros no la hemos aplicado todavía a nuestras almas.

Ha terminado el Templo, pero nosotros debemos vivir en él.

Ha terminado el modelo de la Cruz, pero nosotros debemos troquelarnos en ese molde.

Ha terminado la siembra de la semilla, pero nosotros tenemos que madurar la cosecha.

Ha terminado de llenar el cáliz, pero nosotros no hemos terminado de apurar su confortante bebida.

Ha plantado el campo de trigo, y nosotros debemos recogerlo en nuestros graneros.

Ha terminado el Sacrificio del Calvario, y nosotros hemos de terminar el de la Misa.

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La Crucifixión no trataba de ser un drama inspirador, sino un acto modelo en el cual nosotros vaciásemos nuestras vidas. Nosotros no debemos pretender sentarnos y mirar a la Cruz como algo hecho y terminado, cual si fuera la vida de Sócrates. Lo que hizo en el Calvario nos aprovecha solamente en la medida en que lo repitamos en nuestras vidas.

Esto lo hace posible la Santa Misa, porque, al renovarse el Calvario en nuestros altares, nosotros no somos espectadores sino participantes en la Redención; y en los altares es donde nosotros terminamos nuestro trabajo.

Él nos dijo: Cuando yo fuere levantado en la Cruz, todo lo atraeré a Mí. Terminó su Obra cuando fue levantado en la Cruz; terminamos la nuestra cuando le permitimos atraernos a Él en la Misa.

Es la Misa la que hace a la Cruz visible a todos los ojos; la que coloca la Cruz en la encrucijada de la civilización; la que trae tan cerca el Calvario que hasta los pies cansados pueden hacer la jornada para abrazarla suavemente; y todas las manos pueden ahora levantarse hasta tocar su carga sagrada; todos los oídos pueden escuchar su dulce llamamiento, porque la Misa y la Cruz son lo mismo.

En ambos hay el mismo ofrecimiento de la voluntad, perfectamente sometida, del Hijo amado; el mismo cuerpo destrozado, la misma sangre derramada, el mismo Perdón divino.

Todo lo que se ha dicho y hecho y armado durante la Santa Misa ha sido para que nos lo llevemos, vivamos, practiquemos y apropiemos a todas las circunstancias y condiciones de nuestro vivir diario.

Su Sacrificio se ha hecho nuestro sacrificio al juntar nuestra oblación con la suya; su Vida, dada por nosotros, se convierte en nuestra vida dada por Él.

Así volvemos de la Misa como quienes han tomado su determinación, vuelta la espalda al mundo, y convertidos para la sociedad en que vivimos en otros Cristos vivientes, testimonios poderosos dados al Amor, que murió para que nosotros pudiésemos vivir el Amor.

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Nuestro mundo está lleno de catedrales góticas incompletas, de vidas medio terminadas, de almas medio crucificadas.

Algunos llevan la cruz hasta el Calvario, pero allí abandonan…

Otros son clavados en ella, pero se desclavan antes de la elevación…

Otros estaban ya crucificados en alto, pero cediendo a los ataques del mundo: Bájate de la Cruz, bajan después de una hora… dos horas… dos horas cincuenta y nueve minutos…

Los verdaderos cristianos son aquellos que perseveran hasta el fin.

Nuestro Señor estuvo hasta que terminó.

El sacerdote debe, de igual manera, permanecer en el altar hasta que la Misa esté acabada. No puede bajar.

Así nosotros debemos estar en la cruz hasta que nuestras vidas acaben.

Cristo en la Cruz es el molde y el patrón de una vida terminada. Nuestra humana naturaleza es la materia prima, nuestro querer es el cincel; la gracia de Dios es la fuerza y la inspiración.

Aplicando el cincel a nuestra naturaleza no terminada, tenemos que comenzar arrancando feos bloques de la soberbia; después con cinceles más delicados debemos pulir pedacitos de egoísmo, hasta que al fin baste un toque suave de la mano para dejar terminada la obra maestra –un hombre terminado, hecho a imagen y semejanza– del patrón de la Cruz.

Estamos en el altar bajo el símbolo del pan y el vino. Nos hemos ofrecido al Señor y Él nos ha consagrado.

Por eso no debemos disponer de nuevo de nosotros, sino permanecer en el sacrificio hasta el fin, pidiendo sin cesar que, cuando la administración de nuestra vida haya terminado y echemos una mirada a la vida vivida en intimidad con la Cruz, el eco de la Sexta Palabra pueda resonar en nuestros labios: Está consumado.

Y cuando los suaves acentos de este Ite Missa est, hayan traspuesto los corredores del tiempo y atravesado las ocultas murallas de la eternidad, los coros angélicos y el blanco ejército de la Iglesia Triunfante contestarán desde atrás: Deo gratias.