VISITACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN

 

En aquellos días, María se levantó y fue apresuradamente a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió cuando Isabel oyó el saludo de María, que el niño dio saltos en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo. Y exclamó en alta voz y dijo: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu seno! ¿Y de dónde me viene que la madre de mi Señor venga a mí? Pues, desde el mismo instante en que tu saludo sonó en mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Y dichosa la que creyó, porque tendrá cumplimiento lo que se le dijo de parte del Señor”. Y María dijo: “Glorifica mi alma al Señor, y mi espíritu se goza en Dios mi Salvador”

Es confirmada por el delicado misterio de la Visitación de María a su prima Santa Isabel, la doctrina católica que enseña que María Santísima, desde el momento en que fue constituida Madre de Dios, lo fue también como Madre de los hombres; y que su dignidad, lejos de apartarla de nosotros, nos la acerca.

Si el Evangelio, siempre tan parco en pormenores, pone tan de relieve este acontecimiento de familia, al parecer de poca monta, es para mostrarnos cómo María Purísima, al quedar constituida Madre de Dios, se apresura a cumplir con su deber de Madre de las almas, de Madre que consuela y santifica a sus hijos.

Todo conducía a que, anonadada por el gran misterio que acababa de cumplirse en Ella, hubiera de retirarse en Nazaret y no hacer otra cosa que adorar a Dios, cuyo tabernáculo era.

Por el contrario, María, la amante del retiro, parte presurosa para la montaña y llega a la casa de San Zacarías.

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Lo que la mueve con tanta presteza, es el celo apostólico, inspirado por Dios. En casa de Santa Elisabeth se ha de regenerar, santificar y llenar de gracia sobrenatural un alma; un alma destinada a desempeñar un gran papel, a servir de precursor al Mesías, el alma de San Juan Bautista.

Jesús ansía purificar al que ha de bautizarle y comunica estas ansias a María. Dios quiere que vaya, y Ella va.

Los efectos de esta visita no se hacen esperar. No en vano lleva a Dios consigo, y su alma irradia la luz de Aquel que la posee. El alma llena de Dios difunde a Dios…

¡Oh santa y caritativa visita llena de humildad!

Visita la doncella a la anciana, la Santísima a la Santa, la Madre de Dios a la madre del hombre, la Madre del Salvador a la madre del pecador, la Madre del Señor a la madre del siervo, la Madre del Redentor a la madre del precursor, la Madre Virgen a la madre que conocía varón.

María, fecunda por el Espíritu Santo; Isabel, fecunda por su esposo; las dos madres y llenas del Espíritu Santo. Pero María llevaba las bendiciones y el gozo, y por eso, desde que su voz sonó en los oídos de Isabel, el hijo de ésta saltó de gozo en sus entrañas.

La gracia de María rebosó en casa de su parienta a semejanza de un ungüento precioso contenido en un frasco; en cuanto es abierto, difunde por alrededor su perfume. Toda aquella familia fue santificada, y aun el niño que estaba en el vientre, conoció la presencia de Cristo y fue limpio del pecado original, y dotado de la gracia necesaria para ser el Precursor.

Y con sus saltos comenzó a predicar a Aquél a quien siendo adulto había de adorar y señalar con el dedo. Conoció Juan, aún no nacido, que el Hijo de la Virgen era su Señor, el que había de venir en pos de él.

Glorificó y bendijo Isabel a la Virgen humilde, elevada a tanta dignidad, y entonces María entonó el sublime Cántico Magnificat, que es la mejor alabanza al Señor.

¡Oh casa santificada! ¡Oh conversaciones santas! ¡Oh estancia bendita! ¡Oh palabras dulces! ¡Oh verdaderos consuelos!

Vemos cuatro personas unidas en el misterio que celebramos: Jesús y la Virgen María, San Juan y su madre Santa Isabel. Pero, mientras el Hijo de Dios permanece como desapercibido, las otras tres sagradas personas ejercen visiblemente alguna acción particular.

En efecto, Santa Isabel, iluminada por Dios, reconoce la dignidad de la Santísima Virgen, y se humilla profundamente ante Ella.

San Juan percibe y siente la presencia de su divino Maestro desde el seno de su madre y lo atestigua con transportes increíbles.

Entretanto, la dichosa María, admirando en sí misma tan grandes efectos de la omnipotencia divina, ensalza de todo corazón el Santo Nombre de Dios, y publica su munificencia.

De este modo obran aquellas tres personas; y sólo Jesús parece inmóvil; oculto en las entrañas de la Santísima Virgen, no hace ningún movimiento que manifieste su presencia; y Él, que es el alma de este misterio, queda oculto ante él.

Pero no nos admiremos de que nos vele Jesucristo su virtud; se propone demostrarnos que Él es el agente invisible que, sin moverse, hace que todas las cosas se muevan, que todo lo dirige sin mostrar su mano; y si en este misterio no descubrimos en sí misma su acción omnipotente, es porque esa acción se manifiesta bastante en la de los demás, los cuales no obran ni se mueven más que por el impulso que Jesucristo les comunica.

Tres meses pasó allí la Virgen María en oraciones y santos coloquios.

Tres meses estuvo el Arca de la Alianza en casa de Obededón y Dios bendijo a aquella casa derramando sobre ella gracias y prodigios inmensos.

¿Qué extraño, por consiguiente, que colmara el Señor de bendiciones la casa de San Zacarías y Santa Isabel, donde estuvo tres meses el Arca divina viviente, llena del maná del Cielo?

¡Qué magnífico es pensar que por medio de la Santísima Virgen quiso Jesús llevar a cabo la primera santificación de las almas, como lo hizo con Santa Isabel y su hijo, San Juan!

Apenas María saludó a Santa Isabel, quedó ésta llena del Espíritu Santo.

¡Oh palabras fecundas de María! ¡Qué eficaces son, pues sólo un simple saludo suyo ya sirve para llenar de gracia y santidad a aquella alma!

Santa Isabel, llena del Espíritu Santo, lo primero que hizo fue conocer la concepción divina de María por la que era Madre de Dios, y prorrumpió en alabanzas hacia Ella: Bendita tú entre todas las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre.

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La grandeza de María se conoce únicamente con la luz del Cielo…

Las palabras que pronuncia Santa Isabel son las mismas del Arcángel: Bendita entre todas las mujeres.

Admiremos esta santa coincidencia de bendecir y alabar sobre todas las criaturas a la Reina de Cielos y tierra…, ¡admirables son los juicios de Dios cuando así dispone las cosas!…

¿Qué pasaría en el Corazón de María al verse descubierta en su divina Maternidad por su prima, y al escuchar de su boca las mismas palabras del Ángel? ¡Los Ángeles y los hombres…, el Cielo y la tierra, todos unidos en una misma alabanza! Y es que el autor es el mismo…, el que inspiró al Ángel y a Santa Isabel fue el Espíritu Santo, Esposo de María, que así se vale de todas las criaturas para sublimarla y enaltecerla…

Las otras palabras encierran un afecto de profunda y muy simpática humildad: ¿De dónde a mí que la Madre de mi Dios venga a visitarme?

Santa Isabel estaba unida a María con lazos de parentesco, era mayor que Ella, y además era muy santa y, no obstante…, reconoce que no tiene méritos para recibir una visita de la Santísima Virgen…

Finalmente, profetiza Santa Isabel que María Santísima será bienaventurada porque ha creído las palabras del Señor.

Eva no creyó al Señor y nos llevó a la ruina… María creyó; y con esta fe se realizó la Encarnación y nuestra Redención.

Demos gracias a la Virgen Santísima por esta fe suya, que nos ha salvado y que pide imitarla en este mismo espíritu de fe sencilla; pues esa fe es la obediencia y entrega a la voluntad del Señor con la que hemos de reparar la desobediencia de Eva y conseguir participar de los frutos de la obediencia de María.

Si fueron admirables los efectos causados en Santa Isabel con la visita de su prima, e inmensos los dones y gracias que por Ella recibió, no lo fueron menos los que llegaron hasta el hijo de sus entrañas.

El primer efecto en el niño Precursor al sentir dentro del seno de su madre la presencia de la Virgen, fue de una íntima alegría hasta el punto de manifestarla de modo prodigioso, mediante aquellos saltos, que la madre sintió que el niño daba lleno de alegría y gozo extraordinarios.

La santificación de San Juan es el fin principal de este misterio. Jesucristo quería santificar a su Precursor; y como no podía ir por sí mismo, va en el seno purísimo de María.

¡Qué prisa se da Jesús para ello! ¡Aún no ha nacido y ya quiere que sea un santo!

El tema de la predicación del Bautista sería aquel magnífico: He aquí el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo… ¡Cómo pronunciaría estas palabras aquel que fue el primero en sentir la verdad de las mismas, pues, ya en el seno de su madre le había perdonado su pecado y le había santificado?

El Precursor es el primer fruto victorioso que de su poder y bondad hace Jesús. Luego repetirá esto en todas las almas que no lo opongan óbice.

Todo por María… Repitamos una y mil veces y penetremos todo el sentido de estas palabras…

Todo esto se hizo en el Precursor y se hace en las almas por María. Aquí aparece por primera vez como el instrumento de las maravillas de Dios…, ejerciendo su altísima función de Mediadora de todas las gracias.

El primer rescate de un alma se verifica con María y por María. Al sonido de su palabra, en el momento mismo de hablar a su prima; ni antes ni después, se efectúa esta primera liberación de un alma del poder del demonio… Sus palabras fueron como una sentencia de perdón, al tiempo que una victoria sobre Lucifer.

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Pudo el Señor haber llevado esta santificación de un modo más oculto y silencioso; pero quiso revelar el poder y oficio de su Hijo, que venía a salvar al mundo, y a la vez revelar a María como Mediadora de esa gracia de santificación y salvación.

Jesús será siempre el manantial, pero María el canal por donde corra ese agua de gracia hasta llegar a nosotros.

Por tanto, San Juan Bautista fue el primer hijo de María por la gracia.

A imitación suya lo debemos ser nosotros también, como todas las almas santas lo han sido.

¿Cuándo nos convenceremos prácticamente que sólo nos haremos santos cuanto más adelantemos en el amor y en la imitación de la Santísima Virgen?

Pidámoselo hoy por medio del Bautista para que así sea no sólo el Precursor de Jesús, sino también el de María.

El Cántico del Magnificat fue la respuesta que la Santísima Virgen dio a las alabanzas que le prodigara Santa Isabel.

Este Cántico sublime, que todas las tardes entona la Virgen por medio de la Iglesia en la hora de Vísperas, es muy digno de ser bien meditado y conocido por todos los devotos de María.

Bastaría saber que brotó de labios de Nuestra Madre, para que no nos fuera una cosa indiferente…, pero mucho menos ha de serlo si consideramos sus circunstancias.

Se trata de un cántico que María, llena del Espíritu Santo y de la alegría divina de que se sentía poseída, al verse Madre de Dios, dirige en alabanzas al Señor.

Es el Cántico de alabanza a la Redención.

¿Quién podía cantar la Redención mejor que María? Fuera de Dios, nadie había digno de enaltecer y sublimar esta obra, la más excelsa del Señor.

Y por eso fue la Santísima Virgen la que, de un modo público y oficial, pregonó a todas las generaciones el poder y el amor que en la Redención humana el Señor había acumulado.

Es el cántico de amor y agradecimiento de María. ¡Cómo palpitaría su Corazón de emoción profundísima al ir expresando con sus labios purísimos lo que en su alma encerraba!

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No podemos llegar nunca a comprender toda la fuerza de expresión que Ella supo dar a estas palabras. Cuanto más meditemos en ellas, más tesoros encontraremos; pero no creamos que entenderemos jamás todo su hermosísimo significado. Para ello sería necesario amar como sólo María puede y es capaz de amar; tendríamos que conocer los misterios que sólo Ella llegó a penetrar.

Consideremos con cuánto fervor y devoción debemos frecuentemente repetir este Cántico, pues sabemos que es el desahogo del Corazón amoroso de María y la síntesis de su agradecimiento a Dios.

Es el Cántico que encierra la oración sublime de María.

Un día, los Apóstoles le pidieron al Maestro que les enseñara a orar; y Él les compuso la oración del Pater Noster. Por eso no hay oración alguna comparable con ésa, pues está hecha por el mismo Dios.

Si le pidiésemos a María algo semejante, Ella, maestra de oración, nos enseñaría y nos cantaría su precioso Magnificat.

De suerte que, si el Pater Noster es la oración de Jesús, el Magnificat es la oración de María.

Por tanto, después del Pater Noster y del Ave María, no debe haber ninguna oración mejor para nosotros que la misma oración de María, la de su cántico del Magnificat

Este Cántico de María es, a la vez, una brillante profecía del culto que rendirán todas las generaciones a esta humilde mujer, entonces desconocida de todo el mundo.

Finalmente, en este Cántico tenemos la palabra más larga de María. En el Evangelio sólo se nos citan algunas palabras sueltas de Ella, pero son tan pocas, que para sus hijos y devotos no podían bastar.

Mas en el Magnificat tenemos, no un extracto o una idea, sino el resumen o compendio de su mismo espíritu.

Y todo esto no se hizo sin razón profundísima, pues parece que nos quiso indicar con ello que cuando hablaba con los hombres y con los mismos Ángeles tenía que ser corta en palabras, no perdiendo el tiempo en decir palabras ociosas, sino las necesarias y convenientes; y, en cambio, su Corazón se dilata cuando habla con Dios.

Aquí no mide el tiempo, ni las palabras, sino que deja al Corazón expansionarse cuanto quiera.

Son tan admirables y llenas de sentido las palabras del Magnificat, que encierran un conjunto maravilloso de alabanzas, de agradecimiento y virtudes tan prácticas, que no es posible pasarlas de largo, sino detenernos a saborear sus dulzuras y a estudiar sus enseñanzas.

EL MAGNIFICAT

46 Y María dijo: Mi alma magnifica al Señor

47 Y exulta de júbilo mi espíritu en Dios, mi Salvador.

48 Porque ha mirado la humildad de su esclava; y he aquí que todas las generaciones me llamarán bienaventurada.

49 Porque ha hecho en mí maravillas el Todopoderoso, cuyo Nombre es Santo.

50 Su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen.

51 Desplegó el poder de su brazo, y dispersó a los que se engríen con los pensamientos de su corazón.

52 Derribó a los potentados de sus tronos y ensalzó a los humildes.

53 A los hambrientos los llenó de bienes, y a los ricos los despidió vacíos.

54 Acogió a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia.

55 Según lo que había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia para siempre.

El Magnificat responde a una explosión de júbilo en Dios, incubada desde que se había realizado el misterio de la Encarnación en el seno purísimo de la Virgen Inmaculada.

El himno de María no es ni una respuesta a Isabel, ni propiamente una plegaria a Dios; es una elevación, un éxtasis y una profecía.

Se ven en él tres partes bien marcadas:

1ª) Alabanza de María a Dios por la elección que hizo de Ella (versículos 46-50);

2ª) Reconocimiento de la Providencia de Dios en el mundo (versículos 51-53);

3ª) Con esta obra se cumplen las promesas hechas a los padres (versículos 54-55).

 

1ª Parte) Alabanza que María hace a Dios por la elección que hizo de Ella.

Mi alma magnifica al Señor.

María comienza magnificando, engrandeciendo a Dios.

Es el fin del hombre… alabar y engrandecer al Señor. Obligación dulcísima, pero, al fin, obligación.

Dios todo lo ha creado para su gloria, pero la gloria propiamente sólo se la puede dar en la tierra el hombre…

La gloria es un conocimiento seguido de la alabanza. No podemos alabar si no conocemos. Y como las demás criaturas no tienen conocimiento, nos dan a nosotros ese encargo, de que en ellas veamos y conozcamos a Dios, para que en nombre suyo le alabemos.

Éste es nuestro oficio…, recoger esas notas de bondad, sabiduría, poder, hermosura y caridad, que Dios ha ido depositando en las criaturas, y con ellas formar el himno de la gratitud que debemos entonar en alabanza de Dios.

¡Oficio magnífico y sublime!

Son las primeras palabras de María Santísima al recoger las alabanzas y grandezas que Santa Isabel la dice, para dirigirlas a Dios.

A Él solo la gloria y el honor.

¡Qué hermoso comienzo de este magnífico cántico!

María Santísima engrandece al Señor con toda su alma y corazón. Sólo Ella es la que nunca, ni un momento, dejó de engrandecerle…, siempre, sin cesar…, fue creciendo y aumentando a Dios en su purísima alma.

Por eso dice, en presente, Mi alma magnifica; no dice engrandeció o engrandecerá…, sino ahora y siempre engrandece.

Esa es su ocupación perpetua, su oficio principal; como si no tuviera otro…

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Y exulta de júbilo mi espíritu en Dios, mi Salvador.

Los dos sujetos, “alma” y “espíritu”, vienen a ser sinónimos, usados sólo por razón de variación literaria. Es, pues, María Santísima la que alaba y se exulta profundamente en Dios.

María Santísima se alegra y se goza, mejor aún, se encuentra como inundada de un gozo-infinito.

¿De qué se goza? Es un gozo íntimo, espiritual, que tiene por objeto al mismo Dios. Se goza y se alegra en Dios, en la posesión plena y perfecta de Dios.

Santa Isabel la recuerda sus grandes gracias y privilegios, y aunque son motivo suficiente para alegrarse y gozarse en ellos, no obstante, parece que no repara tanto en los dones, como en el autor y dador de los mismos.

Pero reparemos que, no dice sólo que su gozo está en Dios, sino en Dios Salvador. Este gozo de María es en Dios, “mi Salvador”.

Dios Salvador es fórmula bíblica. Nunca como aquí cobra esta expresión el sentido mesiánico más profundo. Ese Dios Salvador es el Dios que Ella lleva en su vientre, y que se llamará Jesús, es decir, Yahvé salva. Y ella se goza y alaba a Dios, su Salvador.

Ésta es la raíz y fundamento de la alegría espiritual y del gozo eterno que esperamos, porque es Él nuestro Salvador.

Pensemos también que el gozo de María Santísima no fue en sí misma, sino sólo en Dios, es decir, nada de gozo egoísta, que busca su comodidad y complacencia, sino gozo de amor, que se alegra de amar y ver amado el objeto de su amor, aunque por este amor sufra y padezca.

María miraba en sí misma y allí veía a Jesús en sus mismas entrañas y esta vista causaba su gozo en Dios.

 

Porque ha mirado la humildad de su esclava.

María atribuye esta obra a la pura bondad de Dios, que miró la humildad de su esclava. Fue pura elección de Dios, que no escogió para Madre del Mesías a una reina, sino a una esclava desconocida.

Es admirable la lección práctica de humildad que aquí nos da la Santísima Virgen. Acaba de ser saludada por el Ángel de parte de Dios; acaba de ser elevada a la dignidad de Madre suya; acaba de ser bendita entre todas las mujeres por Santa Isabel…, y Ella, empeñándose en abismarse en el profundo de su humildad, reconoce que no es más que una simple esclava del Señor.

Con esto nos dice que todo lo que hay en Ella es de Dios, pues todo procede del hecho que Dios la ha mirado… Y mirado, en lenguaje bíblico, significa mirar con buenos ojos y amar…

Y así, todo procede de esa mirada de amor de Dios hacia Ella…; pues, de lo contrario, no hubiera pasado de ser una de tantas hijas de Eva.

Consideremos como María Santísima nos enseña que el fundamento de todos los bienes del Señor y de todas las gracias que de Él recibimos, es la humildad.

Y así dice, que por eso alaba al Señor y se regocija en su Salvador, porque ha mirado la pequeñez de su esclava.

 

Y he aquí que todas las generaciones me llamarán bienaventurada.

Pero, por esa mirada de elección de Dios, desde ahora, es decir, en adelante, después de estos momentos, la van a llamar bienaventurada todas las generaciones.

Es una confirmación de lo anterior. El humilde enamora al corazón de Dios, y Dios no repara en medios para levantarle y ensalzarle.

¡Cuánto ha ensalzado y sublimado Dios a María Santísima! ¿Quién más humilde que Ella? Pues, por eso la llamarán bienaventurada todas las generaciones.

Ella su humilla y Dios la ensalza. Contemplemos esta divina porfía.

Si María no se hubiera hecho esclava, no sería ahora Reina y Señora, ni Madre del mismo Dios.

En Israel la madre se llama dichosa con el nacimiento de un niño; pero aquí no es el motivo de regocijo familiar. Es la universalidad de las generaciones. Es la eterna bendición a la Madre del Mesías.

Esta afirmación parecería entonces una hipérbole oriental si no hubiese sido una profecía cumplida ya por veinte siglos.

Estas palabras encierran, pues, una profecía…; dice que la llamarán bienaventurada. Habla de un futuro que debía desconocer, y, no obstante, con toda seguridad afirma que así será.

¡Qué dulcísimo es para nosotros ver el exacto cumplimiento de estas palabras! Reunamos todos los títulos de María…, sus santuarios y templos… ¿Conocemos alguna iglesia que no tenga uno o varios altares de María?… ¿Hay población, grande o pequeña, que no posea su Virgen y le celebre su fiesta con alegría y esplendor?

Subamos al Cielo y miremos a todos los Santos reconociendo su santidad por María, y a todos los Ángeles que, juntamente con los hombres, no cesan de llamar bienaventurada a María.

¡Qué espléndida confirmación la de esta profecía!

 

Porque ha hecho en mí maravillas el Todopoderoso, cuyo Nombre es Santo.

Y todo es debido a que hizo en Ella maravillas, cosas grandes el único que puede hacerlas, Dios. Lo hizo el Poderoso. Esta obra sólo podía ser obra de la omnipotencia de Dios.

Y cuyo Nombre es Santo. En los semitas, el nombre está por la persona. Es, pues, obra de la santidad de Dios.

¡Qué mal entendemos la humildad!… Creemos que consiste en decir al exterior palabras en contra nuestra…, en no reconocer lo bueno que hacemos…, en no ver las gracias que el Señor nos concede…

¡Y nada de esto es la humildad!

Escuchemos a María Inmaculada: Me llamarán bienaventurada todas las generacionesHa hecho en mí grandes cosas el Todopoderoso… Y, no obstante, esto es humildad.

No olvidemos que humildad es verdad y sencillez.

Reconocer lo bueno que haya en nosotros, pero no para alabarnos por ello. Comprender la obra de Dios, tan grandiosa e inmensa, pero que eso nos sirva para alabarle más, para corresponderle mejor, para amarle con mayor fervor y entusiasmo cada día, como consecuencia natural de nuestro agradecimiento.

¿A qué cosas se refería la Santísima Virgen, al decir que había hecho en ella Dios grandes cosas?… ¿En qué pensaría cuando decía estas palabras?

Recorramos, como Ella recorrería, los favores y dones que del Señor ha recibido… Su predestinación desde toda eternidad…; el privilegio inefable de su Concepción Inmaculada, con todas las gracias inherentes al mismo…; todas las maravillas que en su Corazón quiso el Señor acumular…; y recordaría el saludo del Ángel…, el misterio de la Encarnación del Verbo…

Y entonces, saltaría a su vista el milagro de los milagros, el que Ella, ¡criatura!…, ¡esclava del Señor!…, fuera a la vez verdaderamente ¡Madre suya!… Y cómo para eso fue necesario hacer algo muy grande y desconocido, en el cielo y en la tierra, esto es, el ser Madre sin dejar de ser Virgen…

Por eso, extasiada al ver todo esto…, penetrando en el valor y significado de todo ello…, con gran fervor exclama: Ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso.

Todo lo atribuye al poder de Dios…, ¡al Todopoderoso!…, ¡a la santidad de Dios!…, ¡a su Santo Nombre!

Dios, con su santidad y bondad y misericordia divina, determinó hacer todo esto…, y con su poder infinito lo hizo.

 

Su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen.

El pensamiento progresa, haciendo ver que todo este poder es ejercido por efecto de su misericordia.

Y ninguna obra era de mayor misericordia que la obra de la Redención.

Otro detalle delicadísimo de la humildad. María Inmaculada se goza en extender esta misericordia del Señor, que ha tenido con Ella, a todos los demás.

Cuanto ha hecho de grande en su alma, hará con todos los que le temen…; nada de querer ser la única…; se complace en publicar la participación que todos pueden tener en esta bondad de Dios.

La verdadera humildad, no es exclusivista, ni ambiciosa, ni menos envidiosa del bien ajeno.

Pero se añade que esta obra de misericordia de Dios, que se extiende de generación en generación, es precisamente sobre los que le temen.

No se refiere al temor servil, sino al temor reverencial y filial de los buenos hijos. Es aquel temor santo de Dios, de quien dice la Escritura Santa, que es el principio de la sabiduría y, por lo mismo, el comienzo de la santidad y el fundamento del amor.

 

2ª Parte) Reconocimiento de la Providencia de Dios en el gobierno del mundo.

Este segundo grupo de ideas lo constituyen los versículos 51-53, y celebra esta Providencia divina con tres imágenes.

Desplegó el poder de su brazo, y dispersó a los que se engríen con los pensamientos de su corazón.

La primera hace ver cómo Dios utiliza su poder, antropomórficamente su brazo, para dispersar a los que se engríen con los pensamientos de su corazón.

Estos enemigos, que así se ensoberbecen, no son ni los enemigos de Israel, pueblo de Dios, ni los paganos. Son personalmente los sabios, que se guían por la sabiduría de este mundo. Son aquellos a quienes les falta aquella sabiduría que viene de Dios.

A éstos no se los considera como un cuerpo de ejército, sino idealmente reunidos, coincidiendo en la necedad y orgullo de su vida.

Frente a esta sabiduría, Dios realiza sus obras con la suya, totalmente opuesta.

Tal es el caso de María: a una virgen, la hace madre milagrosamente; y a una esclava, Madre del Mesías.

Aquí ensalza, pues, la Santísima Virgen el poder de Dios, que se manifiesta especialmente en algunas de sus obras. Todas son fruto de ese poder infinito de Dios, pero en algunas se manifiesta más claramente esa omnipotencia.

Miraría la Santísima Virgen los Cielos, y la tierra… Y a los Ángeles y a toda la corte lucidísima que rodea el trono de Dios… Vería al hombre y, sobre todo, se vería a sí misma…

¿Dónde vio mejor la fuerza del brazo poderoso de Dios que en la obra de su Corazón y de su Alma purísima e inmaculada?

Contemplaría la Encarnación, en la Dios tuvo que hacer fuerza a la divinidad…, tuvo que hacer violencia a sí mismo para empequeñecer y achicar y anonadar al mismo Dios…; y así poderlo encerrar en el seno de María…

Y para ello tuvo que hacer la obra única y nunca más repetida, hacer Madre suya a una mujer… y vaciar en Ella todos los prodigios y maravillas de toda la creación…; y hacerla Inmaculada…, y Virgen y Madre a la vez…

Su omnipotencia se manifiesta en las obras de la misericordia y de la bondad…, pero también en las de su justicia.

He aquí otra prueba del poder del brazo divino.

Y así como para los humildes es toda su misericordia, así su justicia se emplea con los soberbios.

¡Cómo recordaría la Santísima Virgen la diferencia de su exaltación hasta el trono de Dios, para ser Reina y Emperatriz del Cielo, con la caída tan ruidosa de Lucifer desde las alturas hasta el mismo infierno!

Ella subió por su humildad, éste cayó por su soberbia.

Y notemos bien que dice a los soberbios de mente y de corazón. Aquí se refiere, claramente, a la soberbia interna, no precisamente a la externa, que es una fatuidad… Es más refinada la interior…; esto es, aparecer humilde al exterior, e interiormente tener asentada la soberbia en el corazón y la mente.

Y lo peor de esta soberbia es, que es tan sutil y tan fina, que penetra hasta lo más íntimo sin apenas darnos cuenta.

Soberbia de mente es el propio parecer…, el no querer ceder…, el no sufrir una contradicción…

Soberbia de corazón es el maldito amor propio, que tan profundamente arraiga en nuestro corazón.

 

Derribó a los potentados de sus tronos y ensalzó a los humildes.

La segunda imagen celebra cómo desaloja Dios a los poderosos de sus tronos y ensalza a los que no son socialmente poderosos.

Es la teología de la Providencia divina, que señala la Escritura en tantos casos.

Así como en el verso anterior expuso lo que el Señor hace siempre con los soberbios de mente y corazón, así ahora nos habla de la vanidad, el orgullo, el deseo de mandar…

Escuchemos la frase enérgica de María Santísima: a ésos, el Señor los arrojará de sus tronos y asientos de vanidad, y con desprecio los abandonará…

Dios ni siquiera mira la fatua vanidad de la tierra… ¡Qué terrible debe ser este desprecio divino! ¡Qué espantoso ese castigo, que con palabras tan fuertes anuncia la Virgen Santísima!

 

A los hambrientos los llenó de bienes, y a los ricos los despidió vacíos.

El tercer cuadro parece tomado de una corte oriental. En ella los ricos son admitidos a la presencia del monarca, al que, según costumbre, le ofrecen regalos; pero el monarca, en cambio, para no dejarse vencer en opulencia —ya que ésta es una tónica de las cortes orientales— les hace presentes mayores. Los pobres no son admitidos ni reciben estos dones.

Pero en la obra divina esto no cuenta. Los ricos, como tales, no cuentan con su influjo ante Dios. Él los castiga y empobrece; mientras que los pobres son socorridos y enriquecidos.

Pero…, ¿todavía más? No acierta la Santísima Virgen a acabar con la humildad. ¡Cuánto la ama!

Porque estas palabras son una confirmación o repetición de las anteriores.

Aquí habla de otra manifestación de la humildad, que es la pobreza…, y de la soberbia, que es la abundancia y el regalo.

No se trata de una revolución social. El gobierno del mundo está en sus manos, y Él ejerce su justicia sabia y libremente.

En este canto estos bienes no son específicamente los bienes o pobreza materiales. Se trata de los bienes mesiánicos.

Se ve por el tono general del canto. A María la elige para enriquecerla mesiánicamente. Es lo mismo que cantará luego: los bienes prometidos a Abraham, que eran las promesas mesiánicas. Al fin y al cabo, todo el Antiguo Testamento giraba en torno a estas promesas.

 

3ª Parte) Con esta obra cumple Dios las promesas, hechas a los padres.

El tercer pensamiento fundamental lo constituyen los dos últimos versículos.

Se confiesa que esas maravillas que Dios obró en María son el cumplimiento de las promesas mesiánicas hechas a los padres.

Se presenta antropomórficamente a Dios, acordándose.

Después de tantas vicisitudes pasadas en la historia de Israel, parecería como si Dios lo hubiese olvidado. Pero las va a cumplir ahora.

Y las va a cumplir para la época que las señaló y cómo las anunció. No el mesianismo racial, sino el mesianismo espiritual.

En realidad, ya las comenzó a cumplir, pues ya está el Mesías en su pueblo. Por eso ya acogió a Israel.

Acogió a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia.

Recuerda aquí la Santísima Virgen la gran misericordia efectuada con Israel.

Era un pueblo esclavizado a los Faraones; y el Señor milagrosamente le sacó de aquella esclavitud y le llevó a través del desierto. Allí le alimentó con un maná del Cielo, y, después de sacarle triunfante de sus enemigos, le llevó a la rica tierra de promisión.

En fin, le tomó como cosa suya…, le hizo su pueblo escogido…, y le cuidó como a un miembro de familia, con providencia admirable.

Acogió a Israel, su siervo. Otros traducen su hijo. El griego paidós y el latín puerum, admiten ambas traducciones.

¿Alude aquí la Virgen al Mesías, Hijo de Dios, a quien le llegaban los tiempos de su Encarnación, o al pueblo de Israel, a quien Dios acogía enviándole al Mesías prometido?

En realidad, caben ambas interpretaciones del nombre de Israel.

Este Israel es el Israel universal, el que se prometió a Abraham, ya que en él serían bendecidas todas las gentes de la tierra.

María no es ajena a esto, cuando reconoce que esta maravilla es la prometida a los padres —Abraham, Isaac, Jacob, David— y cuando, por ello, la llamarán bienaventurada todas las generaciones, que se beneficiarán, como enseñaban los Profetas, del mesianismo.

Como se ve, este texto, no dice que Dios se acordó de su misericordia, como lo hubiese anunciado a los patriarcas incluso Abrahán y su descendencia hasta ese momento, sino que Dios, según lo había anunciado a los patriarcas, recordó la misericordia prometida a Abrahán, a quien había dicho que su descendencia duraría para siempre.

Lo cual concordaría también con el hecho de que la Virgen ignoraba el misterio del rechazo del Mesías por parte del pueblo elegido en su primera venida, y creía, como Zacarías, el anciano Simeón, los Reyes Magos, los apóstoles y todos los piadosos israelitas que aclamaron a Jesús el Domingo de Ramos, que el Mesías Rey sería reconocido por su pueblo.

 

Según lo que había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia para siempre.

Se trata de la promesa que María había recibido del Ángel con respecto a su Hijo: el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob para siempre, y su reinado no tendrá fin.

Se trata, pues, del mesianismo espiritual y eterno.

¡Qué bien cumple Dios su palabra! Asilo prometió a Abraham y a sus hijos, los demás grandes Patriarcas del Antiguo Testamento… Y como lo prometió, lo cumplió.

No ignoraba Él, lo que aquel pueblo iba a hacer con sus beneficios, y, no obstante…, no se echa para atrás y deshace su promesa.

¡Qué fiel es el Señor!

Pero tengamos en cuenta, como dice la Virgen Santísima, que esta fidelidad de Dios es por todos los siglos…, esto es, que como cumplió lo prometido entonces, también lo cumplirá en lo que prometió después…

 

Resumen y conclusión

¡Qué sublime el Cántico del Magnificat!

¡Qué hermosísima la Oración de María!

¡Cuántas cosas abarca!

¡El Canto de la gratitud de su alma a Dios!

¡El Canto de la Redención, con el que publica las maravillas y grandezas que en esta obra hizo el brazo poderoso del Señor y su misericordia!

¡El Canto, en fin, de la humildad!

Claramente nos señala el camino que hemos de seguir…

No hay otro…

Ni Ella ni Jesús encontraron, ni siguieron, tampoco otro…

¡Lancémonos generosamente por él!

Tengamos, por lo tanto, una devoción fervorosa a este sublime Cántico, y diariamente repitámoslo para alabar y dar gracias al Señor.