Padre Juan Carlos Ceriani: CUARTO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

 

CUARTO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Y aconteció que se agolpaban las gentes hacia Él, para oír la palabra de Dios, y Él estaba a la orilla del lago de Genesaret. Y vio dos barcas que estaban a la orilla del lago: y los pescadores habían saltado a tierra, y lavaban sus redes. Y entrando en una de estas barcas, que era de Simón, rogó que la apartase un poco de la tierra. Y estando sentado, enseñaba al pueblo desde la barquilla. Y luego que acabó de hablar, dijo a Simón: “Boga mar adentro, y soltad vuestras redes para pescar”. Y respondiendo Simón, le dijo: “Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, sin haber pescado nada; mas en tu palabra soltaré la red”. Y cuando esto hubieron hecho, recogieron un tan crecido número de peces, que se rompía su red. E hicieron señas a sus compañeros, que estaban en el otro barco, para que viniesen a ayudarlos. Y vinieron, y de tal modo llenaron los barcos, que casi se sumergían. Y cuando esto vio Simón Pedro, se arrojó a los pies de Jesús diciendo: “Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador”. Porque él y todos los que con él estaban quedaron atónitos de la presa de los peces que habían hecho. Y asimismo, Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Y dijo Jesús a Simón: “No temas; desde aquí en adelante serás pescador de los hombres”. Y llevadas las barcas a tierra, lo dejaron todo, y le siguieron.

En la Fiesta del Corpus Christi he comenzado una serie de ocho homilías para desarrollar el libro de Monseñor Fulton Sheen titulado El Calvario y la Misa.

El contenido del mismo toma cada una de las Siete últimas Palabras de Jesucristo, aplicándolas a siete partes de la Santa Misa.

Ya hemos considerado el Prólogo y las tres primeras Palabras de Nuestro Señor.

Recuerdo que la tabla de materias es la siguiente:

La Primera Palabra, Perdónalos, es el Confiteor.

La Segunda Palabra, Hoy estarás en el Paraíso, es el Ofertorio.

La Tercera Palabra, He ahí a tu madre, es el Sanctus.

La Cuarta Palabra, ¿Por qué me has abandonado?, es la Consagración.

La Quinta Palabra, Tengo sed, es la Comunión.

La Sexta Palabra, Todo se ha consumado, es el Ite, Missa est.

La Séptima Palabra, Padre, en tus manos, es el Último Evangelio.

Veamos hoy la Cuarta Palabra de Nuestro Señor:

¿DIOS MÍO, DIOS MÍO POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?

La cuarta Palabra es la Consagración de la Misa del Calvario.

Las tres primeras fueron dirigidas a los hombres, pero las cuatro últimas fueron dirigidas a Dios.

Nos hallamos ahora en los momentos finales de la Pasión. Al pronunciar la Cuarta Palabra, en todo el Universo, no hay más que Dios y Él mismo. Es la hora de las tinieblas…

De repente, de entre su negrura, rompe el silencio el grito tan terrible, tan inolvidable, que aun aquellos que no entendieron el dialecto recordarán su extraño acento: Elí, Eli, Lamma sabacthani. Lo recordarán así, como una ruda interpretación del hebreo, porque no pudieron jamás apartar de sus oídos el sonido de aquellos acentos durante todos los días de su vida.

Las tinieblas que cubrían la tierra en aquel momento, fueron solamente un símbolo externo de la oscura noche del interior de su alma.

Bien puede, por cierto, el sol ocultar su rostro ante el terrible crimen del deicidio. La verdadera razón por la cual se hizo la tierra fue para que en ella se erigiese una Cruz. Y ahora que la Cruz se alzó, la creación siente el dolor y entra en tinieblas.

Pero, ¿por qué el grito de las tinieblas, de la noche espiritual? ¿Por qué el grito de abandono?: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Fue el grito de la expiación del pecado.

El pecado es la separación, el divorcio, el original divorcio de la unión con Dios, del cual se han derivado los demás divorcios.

Desde el momento en que Él vino a la tierra a redimir a los hombres del pecado, era muy lógico que sintiera este abandono, esta separación, este divorcio.

Lo sintió primeramente dentro, en su alma; como la base de la montaña, si fuera consciente, podría sentir el abandono del sol si una nube se ciñe todo alrededor, aun cuando sus picos más altos brillen radiantes de luz.

No había pecado en su alma; pero desde que Él quiso sentir en sí el efecto del pecado, una terrible sensación de abandono y soledad se apoderó de Él. La soledad de vivir sin Dios…

Renunciando a la divina consolación, que podría haber tenido, se sumergió en un terrible desamparo humano para pagar…

— Para pagar por la soledad del alma que ha perdido a Dios por el pecado…

— Para pagar por la soledad del ateo que dice que no hay Dios…

— Para pagar por la soledad del hombre que traiciona su fe cegado por las cosas visibles…

— Para pagar por la angustia de los corazones de todos los pecadores que tienen nostalgia de Dios…

Él llegó hasta redimir a aquellos que no confiarían, que en sus penas y miserias increparían y abandonarían a Dios gritando: “¿Por qué esta muerte?” “¿Por qué tenía yo que perder mi propiedad?” “¿Por qué tengo que sufrir?”

Él satisfacía por todos esos que exigen a Dios un “por qué”…

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Y para mejor revelar la intensidad del sentimiento de abandono, lo manifestó con una señal externa. Puesto que el hombre se había separado de Dios por el pecado, Él, en satisfacción, permitió que su Sangre fuera separada de su Cuerpo…

El pecado había entrado en la sangre del hombre; y como si todos los pecados del mundo hubiesen entrado en Él, drenó el Cáliz de su cuerpo de su Sangre sagrada…

Casi le podemos oír exclamar: Padre, este es mi cuerpo; esta es mi sangre. Están siendo separados uno de otro, como la humanidad se ha separado de Ti. Esta es la consagración de mi Cruz.

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Durante todo el curso de su vida se ofreció Jesucristo interiormente a su Padre; mas esta Oblación no fue un verdadero sacrificio sino cuando se expresó por un acto sacrificatorio externo; este acto sacrificial, sublime entre todos, Jesús lo realizó en dos ocasiones durante su vida terrestre: en la Última Cena y en el Calvario.

En la Última Cena, Pontífice por excelencia según el orden de Melquisedec, tomó pan del cual cambió la substancia en la substancia de su Cuerpo. Después al fin de la Cena, tomó vino y también cambió su substancia, pero esta vez en la substancia de su Sangre, indicando por este rito sacrificial, esencialmente sacramental (signo eficaz) de su muerte en la Cruz, que ofrecía a Dios su vida por salvar a los hombres.

En el Calvario, Sumo Sacerdote, cuyo sacrificio fue figurado por los sacrificios cruentos del Sacerdocio de Aarón, derramó efectivamente toda su Sangre. Y su sacrificio fue voluntario, aceptó libremente la muerte en la Cruz. Dice Santo Tomás: “Cristo se ofreció voluntariamente a la pasión y por esta razón es Hostia”.

El sacrificio del Cenáculo y el del Calvario son esencialmente un solo y único sacrificio, ya que, en presencia de sus Apóstoles, fue la oblación que de sí mismo iba a efectuar en la Cruz la que ofreció Cristo con anticipación a su Padre, realizándola de un modo sacramental.

Efectivamente, la Eucaristía es ante todo un sacrificio ofrecido a Dios, y como tal es el Sacramento o el signo eficaz de la Pasión. Porque, efectuando las dos consagraciones, cuyos efectos directos son diferentes, el divino Salvador hizo sacramentalmente (ya que el Sacramento es un signo eficaz) la separación de su Sangre de su Cuerpo, que realmente se realizaría el día siguiente.

El del Cenáculo fue, pues, un verdadero sacrificio en el cual Cristo hizo en realidad la oblación total de su Persona por el rito de la doble Consagración sacramental; rito que consistía en ofrecer con anticipación la inmolación sangrienta del Calvario, realizándola de un modo sacramental e incruento.

La Misa difiere del Sacrificio del Cenáculo sólo porque Jesucristo realiza esta doble transubstanciación por el ministerio de su Iglesia, y porque los sacerdotes, que obran como instrumentos del Sumo Sacerdote, ofrecen sacramentalmente a Dios, no ya la Víctima que va a inmolarse en la Cruz, sino la misma Víctima que otrora se inmolara.

Al instituir la Sagrada Eucaristía, Jesucristo dejó, pues, a su Iglesia un sacrificio visible, instrumento del Pontífice de la Ley Nueva, por el cual Ella ofrece por su orden y con una actualidad siempre nueva, el mismo y único sacrificio redentor.

En el Cenáculo, en el Calvario, en nuestras iglesias, es el mismo Sacerdote que inmola la misma Víctima por la separación, ya física (Calvario), ya sacramental (Cenáculo, Misa) del mismo Cuerpo y de la misma Sangre. De modo que, en el momento de la Consagración, Jesucristo ejerce esencialmente el mismo acto sacerdotal y sacrificial que en el Gólgota.

Continúa la misma oblación de sí mismo, “solamente difiere en la manera de ofrecerla” (Concilio Tridentino). Por eso el sacerdote realiza en el momento de la Consagración los mismos movimientos y las mismas palabras de Jesús cuando consagró el pan y el vino en el Cenáculo.

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Lo que sucedió aquel día en la Cruz, está sucediendo ahora sacramentalmente en la Misa.

Jesucristo ahora está en el Cielo, glorioso a la diestra del Padre, intercediendo por nosotros; por lo tanto, sólo puede sufrir en su naturaleza humana sacramentalmente, como acabamos de decir.

Sin embargo, si no puede sufrir de nuevo en su naturaleza humana propia, que en el Cielo está gozando la gloria y felicidad; puede sufrir de nuevo en nuestras naturalezas humanas. No puede renovar el Calvario en su cuerpo físico, pero le puede renovar en su Cuerpo Místico, la Iglesia.

Dice Pío XII en su Encíclica Mystici Corporis Christi: “Así como el Divino Redentor, al morir en la Cruz, se ofreció a sí mismo al Eterno Padre como Cabeza de todo el género humano, así también en esta oblación pura, no solamente se ofrece al Padre Celestial como Cabeza de la Iglesia, sino que ofrece en sí mismo a sus miembros místicos, ya que a todos ellos, aun a los más débiles y enfermos, los incluye amorosísimamente en su Corazón”.

Pío XII desarrolla este tema con mayor precisión en su Encíclica Mediator Dei. Dada la extensión del texto, lo adjunto al final del sermón para aquellos que quieran profundizar la cuestión. Ahora sólo cito el siguiente párrafo:

“La frase del Apóstol: «habéis de tener en vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo en el suyo», exige a todos los cristianos que reproduzcan en sí, en cuanto les es posible, los afectos de que estaba animado el Divino Redentor cuando ofrecía el Sacrificio de sí mismo, es decir, que imiten su humilde sumisión y eleven a la soberana Majestad de Dios el homenaje de su adoración, honor, alabanza y acción de gracias. Exige, además que, de alguna manera, adopten la actitud de víctima, que se nieguen a sí mismos según las enseñanzas del Evangelio, que se entreguen voluntaria y gustosamente a la penitencia, que detesten y expíen sus propios pecados. Exige, finalmente, que muramos con muerte mística en la Cruz juntamente con Jesucristo, de modo que podamos decir como San Pablo: «Estoy crucificado con Cristo»”.

El Sacrifico de la Cruz puede renovarse, supuesto que nosotros le demos nuestro cuerpo y nuestra sangre, y que se lo demos tan completamente como si fuera el suyo propio, y como tal puede ofrecerse a sí mismo de nuevo a su Padre celestial por su Cuerpo Místico, la Iglesia.

Y así Cristo va por el mundo recogiendo otras naturalezas humanas que quieran ser Cristos. Para que nuestros sacrificios, nuestras penas, nuestros Gólgotas, nuestras crucifixiones no queden aislados, dislocados, inconexos, la Iglesia los reúne, los unifica; y este acopio de todos nuestros sacrificios, de todos, y cada uno de nosotros, los une con el Sacrificio de Cristo en la Cruz, en la Misa.

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Al principio del Ofertorio, después del Dominus vobiscum, el sacerdote invita a los fieles a la oración: Oremus. Reitera luego esta misma invitación por el Orate fratres: “Orad, hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro, sea agradable a Dios, Padre todopoderoso”.

El sacerdote a todos invita; y todos, de corazón al menos, deberían responder: Suscipiat… “El Señor reciba de tus manos este sacrificio en alabanza y gloria de su nombre, y también para utilidad nuestra y de toda su Santa Iglesia”.

En el Santo Sacrificio es donde más se confirma la unión filial y fraternal; porque nacida en el Calvario, nada la fortifica como el mismo Calvario continuado en el Altar. Por eso nada concurre a la alabanza y gloria de la bondad de Dios Padre y a la Salvación de todos sus hijos adoptivos como esta oblación sacrificial en donde el mismo Hijo de Dios los libra por la virtud de su Sangre y estrecha los lazos de su de su filiación divina y de su fraternidad cristiana.

Así, pues, cada uno de los miembros del Cuerpo Místico, y por ende toda la Santa Iglesia de Dios (totiusque Ecclesiæ suæ Sanctæ), esparcida por todo el universo, se beneficia en cada una de las Misas.

El Orate, fratres muestra de este modo que en el Altar el Sacerdote es un mediador y que los fieles deben unirse a su sacrificio, que también es de ellos, “meum ac vestrum sacrificium”, pues lo ofrecen por su intermedio, “manibus tuis”, que es el ministro de Cristo y de su Iglesia.

Llegados al Canon, en el Memento, reza el sacerdote: “Acuérdate, Señor, de tus siervos y siervas N. y N. y de todos los que están aquí presente, cuya fe y devoción te son conocidas, por los cuales te ofrecemos, o ellos mismos te ofrecen, este sacrificio de alabanza, por sí y por la esperanza de su salvación y conservación; y encomiendan sus deseos a ti, Dios eterno, vivo y verdadero”.

Por lo tanto, cuando asistimos a la Santa Misa no somos individuos de la tierra o unidades solitarias, sino partes vivas de un gran orden espiritual en el cual el Infinito penetra y envuelve lo finito, el Eterno irrumpe en lo temporal, y el Espíritu se viste de las ropas de la materialidad.

Nada más solemne existe en la faz de la tierra de Dios que el momento de la Consagración; porque la Misa no es una plegaria, ni un himno, no algo que se dice, es un Acto Divino con el cual nosotros entramos en contacto en un momento dado del tiempo.

El sacrificio es uno y el mismo, a pesar de la multiplicidad de las Misas. La Misa es, pues, la comunicación del Sacrificio del Calvario con nosotros.

El pan y el vino son la materia del Sacramento. El trigo debe ser molido para convertirse en pan, y la uva debe ser prensada para convertirse en vino. Y por eso ambos son representativos de los cristianos que están llamados a sufrir con Cristo, para que puedan reinar con Él.

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Al acercarse la Consagración de la Misa Nuestro Señor está diciéndonos equivalentemente: “Vosotros, todos… Dadme vuestro ser entero. Yo ya no puedo sufrir. Yo pasé por mi Cruz y llené hasta el tope los sufrimientos de mi cuerpo físico, pero no llené los que pertenecían a mi Cuerpo Místico. La Misa es el momento en que cada uno de vosotros podéis cumplir literalmente mi mandato. Toma tu cruz y sígueme.

En la Cruz Nuestro Divino Señor nos estuvo mirando con la esperanza de que un día quisiéramos entregarnos a Él en el momento de la Consagración. Hoy, en la Santa Misa, esta esperanza, acariciada sobre nosotros por Nuestro Señor, se ve cumplida. Cuando asistimos a la Misa espera que le hagamos la entrega de nuestro ser.

Cuando en la Consagración, el sacerdote, obediente a la voz del Señor haced esto en memoria mía, toma el pan en sus manos y dice: Esto es mi cuerpo, y luego sobre el cáliz del vino dice: Este es el cáliz de mi sangre del nuevo y eterno testamento, no consagra el pan y el vino a la vez, sino por separado.

Sabemos que la Consagración separada del pan y del vino es una representación sacramental de la separación del Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor; y como la crucifixión entraña precisamente este misterio, el Calvario es renovado en el Altar.

Pero Jesucristo, como se ha dicho, no está solo en el altar. Estamos con Él.

¡Tal es la finalidad de la vida! Redimirnos a nosotros, en unión con Cristo; aplicarnos sus méritos a nuestras almas, siendo como Él en todas las cosas, hasta en su muerte de Cruz.

Él pasó por su Consagración en la Cruz para que nosotros pasemos por la nuestra en la Santa Misa.

No hay nada más trágico en todo el mundo que el dolor malgastado. Pensemos cuánto se sufre en los hospitales, cuánto sufren los pobres, los desamparados…

Pensemos también cuántos de esos sufrimientos se pierden….

¿Cuántas de esas almas solitarias, doloridas, abandonadas, crucificadas, están diciendo con Nuestro Señor en el momento de la Consagración de las Misas que se celebran en el todo el mundo: “Esto es mi cuerpo, tómalo”?

¡Y, sin embargo, esto es lo que todos nosotros deberíamos hacer en ese instante!

Yo me entrego a ti, Señor, aquí está mi cuerpo: Tómalo. Aquí está mi sangre: Tómala.

Aquí está mi alma, mi voluntad, mi fuerza, mi propiedad, mi salud, todo cuanto tengo…, es tuyo Señor. Tómalo, conságralo, ofrécelo…

Ofrécelo contigo al Padre celestial para que, echando una mirada a este gran sacrificio vea solamente a Ti, su Hijo amado, en quien tiene todas sus complacencias.

Transmuta el pobre pan de mi vida en tu vida. Reemplaza el vino de mi gastada vida en tu divino espíritu. Une mi roto corazón con tu Sagrado Corazón. Cambia mi pobre cruz en tu Crucifijo…

Que mis abandonos, mis pruebas y mis dolores no se pierdan. Recoge sus fragmentos…

Y, como la gota de agua es incorporada al vino en el Ofertorio de la Misa, sea mi vida absorbida por la tuya; sea mi pequeña cruz engastada en tu gran Cruz, para que pueda gozar los gozos de la vida eterna en unión contigo.

Consagra estas pruebas de mi vida, que quedarían sin valor de no unirlas a Ti. Transustánciame, de tal manera que, como el pan es transustanciado en tu Cuerpo y el vino es transustanciado en tu Sangre, yo también sea tuyo.

No me preocupa si las especies permanecen, o que, como el pan y el vino, yo aparezca a los ojos humanos el mismo de antes, que sean los mismos mi puesto en la vida, mis deberes diarios, mi trabajo, mi familia. Todo eso no son sino las apariencias o especies de mi vida, que pueden quedar intactas; pero la sustancia de mi vida, mi alma, mi entendimiento, mi voluntad, mi corazón, cámbialos Señor, transfórmalos todos para tu servicio, de modo que, a través de mí, todos puedan comprender cuan suave es el amor de Cristo. Amén.

 

PARTICIPACIÓN DE LOS FIELES EN EL SACRIFICIO EUCARÍSTICO

A) Deber y dignidad de esta participación

Conviene, pues, Venerables Hermanos, que todos los fieles se den cuenta de que su principal deber y su mayor dignidad consiste en la participación en el Sacrificio Eucarístico; y eso, no con un espíritu pasivo y negligente, discurriendo y divagando por otras cosas, sino de un modo tan intenso y activo, que estrechísimamente se unan con el Sumo Sacerdote, según la advertencia del Apóstol: «Habéis de tener en vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo en el suyo»; ofreciendo con Él y por Él, consagrándose con Él.

a) Manera de practicarla

Jesucristo, en verdad, es Sacerdote, pero Sacerdote para nosotros, no para Sí, pues ofrece al Eterno Padre los deseos y sentimientos religiosos en nombre de toda la humanidad; igualmente, Él es víctima, pero para nosotros, ya que se pone en vez del hombre culpable.

Pues bien, la frase del Apóstol: «habéis de tener en vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo en el suyo», exige a todos los cristianos que reproduzcan en sí, en cuanto les es posible, los afectos de que estaba animado el Divino Redentor cuando ofrecía el Sacrificio de sí mismo, es decir, que imiten su humilde sumisión y eleven a la soberana Majestad de Dios el homenaje de su adoración, honor, alabanza y acción de gracias. Exige, además que, de alguna manera, adopten la actitud de víctima, que se nieguen a sí mismos según las enseñanzas del Evangelio, que se entreguen voluntaria y gustosamente a la penitencia, que detesten y expíen sus propios pecados. Exige, finalmente, que muramos con muerte mística en la Cruz juntamente con Jesucristo, de modo que podamos decir como San Pablo: «Estoy crucificado con Cristo».

b) Error acerca del Sacerdocio de los fieles

Empero, por el hecho de que los fieles cristianos participen en el Sacrificio Eucarístico, no por eso gozan también de la potestad sacerdotal, cosa que, por cierto, es muy necesario pongáis ante la vista de vuestra grey.

Pues hay en la actualidad, Venerables Hermanos, quienes, colindando con errores ya condenados, enseñan que, en el Nuevo Testamento, por Sacerdocio sólo se entiende el que atañe a todos los bautizados; y que la orden que Jesucristo dio a tos Apóstoles en su Última Cena, de hacer lo que Él mismo había hecho, se refiere directamente a toda la Iglesia de los fieles y que sólo más adelante se llegó al Sacerdocio Jerárquico. Por lo cual creen que el pueblo tiene verdadero poder sacerdotal y que los sacerdotes obran solamente en virtud de una delegación de la comunidad. Por eso juzgan que el Sacrificio Eucarístico es una estricta «concelebración», y opinan que es más conveniente que los sacerdotes «concelebren» rodeados de los fieles, que no que ofrezcan privadamente el Sacrificio sin asistencia del pueblo.

No hay para qué explicar cuánto se oponen esos capciosos errores a las verdades que ya hemos dejado establecidas, al tratar del puesto que ocupa el sacerdote en el Cuerpo Místico de Cristo. Recordemos solamente que el sacerdote hace las veces del pueblo sólo porque representa a la persona de Nuestro Señor Jesucristo en cuanto que es Cabeza de todos los miembros y en cuanto se ofrece por ellos, y que, por consiguiente, se acerca al altar como ministro de Jesucristo, inferior a Cristo, pero superior al pueblo. El pueblo, por el contrarío, puesto que de ninguna manera representa a la persona del Divino Redentor, no es reconciliador entre sí mismo y Dios, de ningún modo puede gozar del derecho sacerdotal.

B) Participación en la oblación

Todo esto consta con certeza de fe; con todo, hay que afirmar también que los fieles cristianos ofrecen la hostia divina, pero bajo otro aspecto.

a) Está declarado por la Iglesia

Así lo declararon ya amplísimamente algunos de Nuestros Antecesores y de los Doctores de la Iglesia. «No sólo —así habla Inocencio III, de inmortal memoria— ofrecen el Sacrificio los sacerdotes, sino también todos los fieles; pues lo que se realiza especialmente por el ministerio de los sacerdotes, se obra universalmente por el deseo de los fieles». Y nos place recordar al menos uno de los varios asertos de San Roberto Belarmino, a este propósito: «El Sacrificio —dice— se ofrece principalmente en la persona de Cristo. Así, pues, la oblación que sigue inmediatamente a la consagración es como un testimonio de que toda la Iglesia concuerda en la oblación hecha por Cristo y de que la ofrece con Él».

b) Está significado por los mismos ritos

Los ritos y las oraciones del Sacrificio Eucarístico no menos claramente significan y muestran que la oblación de la víctima la hace el sacerdote juntamente con el pueblo. Pues no solamente el ministro sagrado, después de haber ofrecido el pan y el vino, dice explícitamente, vuelto hacia el pueblo: «Orad, hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro sea aceptable ante Dios Padre Todopoderoso», sino que, además, las súplicas con que se ofrece a Dios la hostia divina las más de las veces se pronuncian en número plural, y en ellas, más de una vez, se indica que el pueblo participa también en este augusto Sacrificio, en cuanto que él también lo ofrece. Así, por ejemplo, se dice: «Por los cuales te ofrecemos o ellos mismos te ofrecen… Rogámoste, pues, Señor, recibas propicio esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia… Nosotros, tus siervos, y tu pueblo santo…, ofrecemos a tu excelsa Majestad, de tus propios dones y dádivas, la Hostia pura, la Hostia santa, la Hostia inmaculada».

No es de admirar que los fieles sean elevados a tal dignidad, pues por el Bautismo los cristianos, a título común, quedan hechos miembros del Cuerpo Místico de Cristo Sacerdote, y por el «carácter» que se imprime en sus almas son consagrados al culto divino, participando así, de acuerdo con su estado, en el Sacerdocio del mismo Cristo.

c) En qué sentido ofrecen los fieles

En la Iglesia Católica, la razón humana, iluminada por la fe, se ha afanado siempre por alcanzar el mayor conocimiento posible de las cosas divinas. Es, pues, muy puesto en razón que el pueblo cristiano pregunte piadosamente en qué sentido en el Canon del Sacrificio Eucarístico se dice que él también lo ofrece. Para satisfacer a tal deseo, nos place exponer sucintamente este punto.

Hay, en primer lugar, razones más bien remotas: así, por ejemplo, frecuentemente sucede que los fieles que asisten al culto sagrado, alternan sus plegarias con las del sacerdote; asimismo algunas veces —cosa que antiguamente se hacía con más frecuencia— ofrecen a los ministros del altar el pan y el vino para que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Cristo; otras veces, en fin, con sus limosnas procuran que el sacerdote ofrezca por ellos la Divina Víctima.

d) Cómo ofrecen por manos del sacerdote

Empero, hay también una razón íntima para que se pueda decir que todos los cristianos, y principalmente los que están presentes ante el altar, ofrecen el Sacrificio.

Para que en cuestión tan importante no nazca ningún pernicioso error, hay que limitar con términos precisos el sentido del término «ofrecer».

La inmolación incruenta, por la cual, en virtud de las palabras de la Consagración, Cristo se hace presente en estado de víctima sobre el altar, la realiza sólo el sacerdote en cuanto representa a Cristo, no en cuanto tiene la representación de los fieles.

Mas por el hecho de que el sacerdote pone sobre el altar la Divina Víctima, la presenta a Dios Padre como una oblación a gloria de la Santísima Trinidad y para el bien de toda la Iglesia. En esta oblación, en sentido estricto, participan los fieles a su manera bajo un doble aspecto, pues no sólo por manos del sacerdote, sino también en cierto modo juntamente con él ofrecen el Sacrificio, y esta participación hace que la oblación del pueblo pertenezca también al culto litúrgico.

Que los fieles ofrezcan el Sacrificio por manos del sacerdote se evidencia por el hecho de que el ministro del altar representa a Cristo en cuanto que como Cabeza ofrece en nombre de todos los miembros; por lo cual puede decirse con razón que toda la Iglesia universal presenta la ofrenda de la Víctima por medio de Cristo.

Pero no se dice precisamente que el pueblo ofrece con el sacerdote, porque los miembros de la Iglesia realizan el rito litúrgico visible de la misma manera que el sacerdote, lo cual es exclusivo del ministro delegado para ello por Dios, sino porque une sus obsequios de alabanza, impetración, expiación y acción de gracias a los deseos o intenciones del sacerdote, más aún, del mismo Sumo Sacerdote, va a presentarlas a Dios Padre en la misma oblación de la Víctima, incluso con el mismo rito externo del sacerdote; y es que el rito externo del Sacrificio, por su misma naturaleza, ha de manifestar el culto interno, y el Sacrificio de la Ley Nueva significa el obsequio supremo por el cual el mismo oferente principal, que es Cristo, y con Él y por Él todos sus miembros místicos, tributan a Dios el honor y el respeto que le son debidos.

Con grande gozo del alma hemos sabido que, precisamente, en estos últimos años, a consecuencia de los estudios más diligentes que muchos han hecho en materias litúrgicas, ha sido puesta tal doctrina en plena luz. Sin embargo, no podemos menos de deplorar vivamente ciertas exageraciones y falsas interpretaciones que no concuerdan con las genuinas enseñanzas de la Iglesia.

Algunos, en efecto, reprueban absolutamente las Misas que se ofrecen en privado sin la asistencia del pueblo, como si fuesen una desviación del primitivo modo de celebrar; ni faltan quienes afirman que los sacerdotes no pueden ofrecer al mismo tiempo la Hostia divina en varios altares, pues con esta práctica dividen la comunidad y ponen en peligro su unidad, más aún, algunos llegan a creer que es preciso que el pueblo confirme y ratifique el Sacrificio para que éste alcance su valor y eficacia.

En estos casos se alega erróneamente el carácter social del Sacrificio Eucarístico, porque cuantas veces el sacerdote renueva lo que el Divino Redentor hizo en la Última Cena, se consuma realmente el Sacrificio; Sacrificio que por su misma naturaleza, siempre, en todas partes y por necesidad, tiene una función pública y social, pues el que lo inmola obra en nombre de Cristo y de los fieles cuya Cabeza es el Divino Redentor, ofreciéndolo a Dios por la Iglesia Católica, por los vivos y difuntos y ello tiene lugar sin duda alguna ya sea que estén presentes los fieles —y Nos deseamos y recomendamos acudan en grandísimo número y con la mayor piedad—, ya sea que no asistan, pues de ningún modo se requiere que el pueblo ratifique lo que hace el ministro del altar.

Por lo que acabamos de exponer queda claro que el Sacrificio Eucarístico se ofrece en nombre de Cristo y de la Iglesia y no pierde su eficacia, individual y social, aunque se celebre sin acólito; con todo, por razón de la dignidad de este tan augusto misterio, queremos y urgimos —conforme a las órdenes constantes de la Santa Madre Iglesia— que ningún sacerdote se acerque al altar sin ayudante que le sirva y responda a tenor del canon 813.

C) Participación en la inmolación

Mas para que la oblación por la cual en este Sacrificio los fieles ofrecen al Padre Celestial la Víctima divina alcance su pleno efecto, conviene añadir otra cosa: es preciso que se inmolen a sí mismos como víctimas.

Esta inmolación no se reduce sólo al Sacrificio litúrgico, pues el Príncipe de los Apóstoles quiere que, puesto que somos edificados en Cristo como piedras vivas, podamos, a fuer de «Sacerdocio santo, ofrecer víctimas espirituales que sean agradables a Dios por Jesucristo»; y el Apóstol San Pablo, sin ninguna distinción de tiempo, exhorta a los cristianos con estas palabras: «Os ruego… que le ofrezcáis vuestros cuerpos como una hostia viva, santa y agradable a sus ojos; tal es el culto racional que debéis ofrecerle».

Mas especialmente cuando los fieles participan en la acción litúrgica con tanta piedad y atención, que de ellos se pueda decir en verdad: «cuya fe y devoción te son conocidas», entonces no podrán menos de influir en que la fe de cada uno actúe más vivamente por medio de la caridad, que la piedad se fortalezca y arda, que todos y cada uno se consagren a procurar la divina gloria y que, ardientemente deseosos de asemejarse a Jesucristo, que sufrió tan acerbos dolores, se ofrezcan como hostia espiritual con y por el Sumo Sacerdote.

Esto mismo enseñan las exhortaciones que el Obispo, en nombre de la Iglesia, dirige a los ministros del altar el día de su ordenación: «Daos cuenta de lo que realizáis; imitad lo que hacéis y al celebrar el Misterio de la Muerte del Señor, procurad mortificar enteramente en vuestros miembros los vicios y las pasiones desordenadas». Y casi en los mismos términos los libros litúrgicos advierten a los cristianos que se acercan al altar para participar en el Santo Sacrificio: «Ofrézcase en este… altar el culto de la inocencia, inmólese la soberbia, sacrifíquese la ira, mortifíquese la lujuria y toda lascivia, ofrézcase en vez de tórtolas el sacrificio de la castidad, y en vez de pichones, el sacrificio de la inocencia». Así, pues, mientras estamos junto al altar, hemos de transformar nuestra alma de manera que se extinga totalmente en ella todo lo que es pecado, e intensamente se fomente y robustezca cuanto engendra la vida eterna por medio de Jesucristo, de modo que nos hagamos, con la Hostia Inmaculada, víctimas aceptables al Eterno Padre.

La Iglesia se esfuerza con todo empeño, por medio de las enseñanzas de la Sagrada Liturgia, para que este santo ideal pueda ponerse en práctica del modo más apropiado. A ello convergen, no sólo las lecciones, las homilías y las demás exhortaciones de los sagrados ministros, y todo el ciclo de los misterios que se proponen a nuestra consideración durante todo el curso del año, sino también los ornamentos, los sagrados ritos y su esplendor externo; todo lo cual se encamina «a que resalte la majestad de tan alto Sacrificio, y las almas de los fieles, por medio de estos signos externos de religión y de piedad, se muevan a la contemplación de las altísimas realidades que se esconden en este Sacrificio».

Así que todos los elementos de la Liturgia apuntan a que nuestra alma reproduzca en sí misma, por el misterio de la Cruz, la imagen de Nuestro Divino Redentor, según la sugerencia del Apóstol: «Estoy clavado con Cristo en la Cruz, vivo yo, o más bien no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí». Por lo cual nos hacemos como una hostia con Cristo, para aumentar la gloria del Eterno Padre.

Por tanto, hacía esta meta los fieles deben orientar y elevar sus almas al ofrecer la Víctima divina en el Sacrificio Eucarístico. Pues si, como escribe San Agustín, nuestro misterio está puesto en la mesa del Señor, es decir, el mismo Cristo Señor Nuestro en cuanto es Cabeza y símbolo de la unión por la cual nosotros somos el Cuerpo Místico de Cristo y miembros de su Cuerpo; si San Roberto Belarmino, de acuerdo con el Doctor de Hipona, enseña que en el Sacrificio del altar está significado el Sacrificio general por el cual todo el Cuerpo Místico de Cristo, es decir, toda la ciudad rescatada, se ofrece a Dios por el gran Sacerdote, Cristo; nada puede pensarse más recto ni más justo que el inmolamos también nosotros todos al Eterno Padre, juntamente con nuestra Cabeza, que por nosotros sufrió. Efectivamente, en el Sacramento del altar, según el mismo San Agustín, se muestra a la Iglesia que en el Sacrificio que ofrece, Ella también es ofrecida.

Adviertan, pues, los fieles cristianos a qué dignidad los ha elevado el sagrado Bautismo y no se contenten con participar en el Sacrificio Eucarístico con la intención general propia de los miembros de Cristo y de los hijos de la Iglesia, sino que, unidos de la manera más espontánea e íntima, con el Sumo Sacerdote y con su ministro en la tierra, según el espíritu de la Sagrada Liturgia, únanse con Él de un modo particular cuando se realiza la consagración de la Hostia divina, y ofrézcanla juntamente con Él al pronunciarse aquellas solemnes palabras:

«Por Él, con Él y en Él a Ti, Dios Padre Omnipotente, en unidad del Espíritu Santo, es dada toda honra y gloria por todos los siglos de los siglos»; a las cuales palabras el pueblo responde: «Amén.» Y no se olviden los cristianos de ofrecerse con su divina Cabeza clavada en la Cruz, a sí mismos, sus preocupaciones, sus dolores, angustias, miserias y necesidades.