Meditaciones para el mes del Sagrado Corazón de Jesús -Día 14

Padre Juan del Corazón de Jesús Dehon: Coronas de amor al Sagrado Corazón

Extraídas del libro

“CORONAS DE AMOR AL SAGRADO CORAZÓN”

del Reverendo Padre Juan del Corazón de Jesús (León Gustavo Dehon),

Fundador de los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús.

Día 14

TERCER MISTERIO: VIDA DE SACRIFICIO

SEGUNDA MEDITACIÓN: Los abajamientos eucarísticos

¿Quién podría descubrir un Dios bajo las frágiles especies sacramentales, bajo el velo que lo recubre y la oscuridad que lo envuelve? Solamente la fe puede penetrar en el misterio de sus incomprensibles abajamientos.

I. Los abajamientos eucarísticos

¡Es esta apariencia de pan la que esconde un Dios! Él podría usar su poder, mostrar su gloria para atraer a Sí todos los corazones, ¡no lo hace!… La obra de su Padre se realiza en un cúmulo de abajamiento, de humillación, oprobio, pequeñez. – ¡Oh humildad! ¡Virtud por excelencia, que encadena a Jesús bajo estas aparentes impotencias, avanzáis tanto en el corazón de vuestros amigos y de vuestras víctimas de modo que su soledad, sus humillaciones y sus oprobios hagan sus delicias y su tesoro!

Unámonos a los abajamientos de Jesús, la Única Víctima digna de Dios, la única cuya destrucción presta a Dios una gloria digna de Él.

El sentimiento de la grandeza de Dios y de su majestad ultrajada nos inspira el deseo profundo de la humildad y del abajamiento a sus pies para mejor honrar su ser eterno y reparar las ofensas que le son hechas.

II. Cómo una víctima debe comulgar en el abajamiento eucarístico

Si un alma tiene inclinación por la vida de víctima, si quiere ofrecerse como hostia de reparación y de propiciación al Sagrado Corazón de Jesús, debe comulgar muy especialmente en los abajamientos eucarísticos. Desde que se constituyó víctima, su detención es pronunciada, y es preciso que ella lleve hasta el final la gracia de este sagrado y divino carácter que hace de ella un ser abandonado y despreciado, un ser de nada, porque tomó sobre Sí el pecado y las miserias de todos. Es el chivo expiatorio expuesto a la execración de todos.

En el Santo Sacramento, Jesús desaparece bajo las apariencias más comunes y se da en alimento al hombre. ¿Puede haber un abajamiento más profundo? Orgullo humano, ¡qué confundido estás! El abajamiento ante Dios es, por tanto, infinitamente necesario para la víctima que lleva la cualidad de pecador en sí misma y en los pecados de los otros para los cuales quiere pedir gracia.

Debe tener la más elevada idea de la grandeza y de la santidad de Dios y un amor apasionado por su propio abajamiento. Debe honrar a Dios, sobre todo a través de estos abismos de abajamiento en que Dios se sumerge.

¡Pueda Nuestro Señor suscitar muchas almas verdaderamente víctimas para gloria de Dios y progreso de la Iglesia!

III. Sufrimientos místicos de la Eucaristía

Nuestro Señor no sufre en la Eucaristía. Desde su Resurrección, Él es impasible. Pero, a veces, se muestra a sus amigos bajo las apariencias de sufrimiento. Se aparecía a Margarita María, todo cubierto de llagas. “Un día, dice la Beata, mi Salvador se presenta a mí como un Ecce homo, todo lacerado y desfigurado, diciendo: Cinco almas consagradas a mi servicio me trataron así, comulgando sin fervor”. Y el buen Maestro le pedía besar sus llagas, para suavizar el dolor. Esto quiere solo decir que nuestros pecados serían suficientes para arrancarle lágrimas y para crucificarlo de nuevo, si aún pudiese sufrir, como observaba San Pablo (Hb 6,6).

Pero sus amigos deben experimentar algo de los sufrimientos que el buen Maestro ya no puede soportar. ¿La visión y la meditación de estos sufrimientos místicos de Jesús Hostia no son ya suficientes por sí solos para abismarse en las angustias y mantenernos como bajo una prensa?

Sus angustias eucarísticas, Jesús las sufrió por anticipado en Getsemaní. Él preveía todas las ingratitudes de las que sería objeto. El peso de nuestros pecados lo aplastaba. Pero nuestras reparaciones le eran presentadas por el ángel en el cáliz del consuelo. ¡Oh! ¡Llenemos este cáliz con nuestras lágrimas, nuestros arrepentimientos, nuestras inmolaciones! ¡Pueda el buen Maestro reposar en nuestros corazones y encontrar ahí una humildad, una pureza, un amor que sea su consuelo!

Jesús olvidado en el Santo Sacramento, Jesús tocado por manos profanas, y colocado en corazones sacrílegos: ¿no es éste un espectáculo capaz de partir nuestros corazones? Abracemos la vida de víctima, como Él mismo hizo.

Renovemos nuestro fervor por todos los ejercicios eucarísticos, por la Santa Misa, la comunión, la visita al Santísimo Sacramento.

Es bajo los velos eucarísticos como el Sagrado Corazón quiere ser particularmente amado por nosotros, como los ángeles y los santos honran en el cielo su vida gloriosa.

Él lo dice varias veces a la beata Margarita María: “Tengo sed, decía, pero una sed tan ardiente de ser amado por los hombres en el Santísimo Sacramento, que esta sed me consume; y no encuentro ninguno que se esfuerce, según mi deseo, por quitarme la sed, retribuyendo, de cierto modo, mi amor.”

Resolución. – Buen Maestro, me uno a todos tus Santos Reparadores. Me uno a Margarita María. Me uno a tu Santa Madre, que lloró el sacrilegio de Judas.