Padre Juan Carlos Ceriani: SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

 

SAGRADO CORAZON DE JESUS

Y los judíos, porque era la Parasceve, a fin de que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era el día grande, rogaron a Pilatos que les quebrasen las piernas y que fuesen quitados. Vinieron, pues, los soldados, y quebraron las piernas al primero y al otro que fue crucificado con Él. Mas cuando llegaron a Jesús, viéndole ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le abrió el costado con una lanza y salió luego sangre y agua. Y el que lo vio, dio testimonio, y verdadero es el testimonio suyo. Y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis. Porque estas cosas fueron hechas para que se cumpliera la Escritura: No le quebraréis ni uno de sus huesos. Y también dice otra Escritura: Pondrán los ojos en aquel a quien traspasaron.

Como ya sabemos, en la Fiesta del Corpus Christi he comenzado una serie de ocho homilías para desarrollar el libro de Monseñor Fulton Sheen titulado El Calvario y la Misa.

El contenido del mismo toma cada una de las Siete últimas Palabras de Jesucristo, aplicándolas a siete partes de la Santa Misa.

Ya hemos considerado el Prólogo y la Primera Palabra de Nuestro Señor.

Recuerdo que la tabla de materias es la siguiente:

La Primera Palabra, Perdónalos, es el Confiteor.

La Segunda Palabra, Hoy estarás en el Paraíso, es el Ofertorio.

La Tercera Palabra, He ahí a tu madre, es el Sanctus.

La Cuarta Palabra, ¿Por qué me has abandonado?, es la Consagración.

La Quinta Palabra, Tengo sed, es la Comunión.

La Sexta Palabra, Todo se ha consumado, es el Ite, Missa est.

La Séptima Palabra, Padre, en tus manos, es el Último Evangelio.

Veamos hoy la segunda Palabra de Nuestro Señor en Cruz:

EN VERDAD TE DIGO QUE HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAÍSO

Este es el momento del Ofertorio de la Misa, pues Nuestro Señor se está ofreciendo a su Padre celestial.

Pero para recordarnos que no se ofreció solo sino en unión con nosotros, juntó con su Ofertorio el alma del ladrón de la derecha.

En un golpe maestro de malicia, le crucificaron entre dos ladrones, para que su ignominia fuese completa. Anduvo en medio de los pecadores durante su vida, y por eso le cuelgan entre ellos a su muerte.

Pero Él cambió el cuadro y convirtió a los dos ladrones en símbolo de las ovejas y de los cabritos, que estarán a la derecha y a su izquierda cuando Él venga en las nubes del cielo con su Cruz, entonces gloriosa, a juzgar a los vivos y a los muertos.

Al principio los ladrones le insultaban y blasfemaban; pero uno de ellos, que la Tradición llama Dimas, volvió su cabeza para contemplar la mansedumbre y la dignidad del rostro del Salvador crucificado. Como un carbón arrojado en el fuego se transforma en ascua brillante y resplandeciente, así el alma negra de este ladrón, arrojada en los fuegos de la crucifixión, se inflamó en amor del Corazón Sagrado.

Cuando el ladrón de la izquierda, Gestas, le decía, injuriándolo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros.

El ladrón arrepentido, Dimas, le increpó, exclamando: Ni aun tú temes a Dios, estando en el mismo suplicio; nosotros, en verdad, por nuestra culpa, porque recibimos lo que merecen nuestras obras; mas éste, ningún mal ha hecho.

Luego, Dimas dirigió al Señor un ruego, no suplicando un lugar entre los asientos de los poderosos, sino solamente el favor de no ser olvidado: Señor, acuérdate de mí cuando vinieres a tu reino.

Tal fe y tal arrepentimiento no podían quedar sin recompensa. Y en unas circunstancias en que el poder de Roma no logró hacerle hablar, cuando los amigos pensaban que todo estaba perdido y los enemigos creían que todo estaba ganado, Nuestro Señor rompió el silencio.

El que era acusado, se convirtió en Juez; y el crucificado se tornó en Divino asesor de las almas cuando se dirigió al ladrón penitente con estas palabras: En verdad te digo, que hoy serás conmigo en el paraíso. Este día, hoy mismo, en que dices la primera y la última plegaria, estarás conmigo donde yo estoy, esto es, en el Paraíso.

Con estas palabras, Nuestro Señor, que se estaba ofreciendo a su Padre celestial como la gran Hostia, une consigo en la patena de la Cruz la primera hostia pequeña ofrecida en la Misa: hostia de un ladrón arrepentido, un tizón sacado de la hoguera, una gavilla arrancada de la cosecha terrena, el trigo triturado en el molino de la crucifixión y hecho pan para la Eucaristía.

Nuestro Señor no sufre en la Cruz solo, padece con nosotros. Por eso unió el sacrificio del ladrón con el suyo propio.

Esto es lo que significa San Pablo cuando dice que debemos llenar aquello que falta en los sufrimientos de Cristo. No significa que Nuestro Señor en la Cruz no sufrió todo lo que pudo. Significa, más bien, que el Cristo histórico, físico, sufrió cuanto pudo sufrir en su naturaleza humana; pero que el Cristo místico, que es Cristo y nosotros, no ha sufrido hasta nuestra plenitud de sufrimiento.

Ahora me gozo en los padecimientos a causa de vosotros, y lo que en mi carne falta de las tribulaciones de Cristo, lo cumplo en favor del Cuerpo Suyo, que es la Iglesia, escribió San Pablo a los Colosenses.

¿Acaso la Pasión de Cristo está incompleta? ¿No fue suficiente tanto dolor, no bastó tanta Sangre?

San Pablo no quiere decir que falta algo a la Pasión sobreabundante de Nuestro Señor, de cuya Sangre habría bastado una gota para redimir a todo el mundo de todo delito, sino que descubre un profundo misterio, una de las facetas más sobrecogedoras del drama de la Pasión: toda esa Sangre no es suficiente, en el sentido que nadie puede decir: “Cristo murió por mí; por tanto, ya estoy salvado. No debo preocuparme, ni es preciso que yo aporte nada más, porque su Pasión me ha logrado el perdón de todas mis culpas y la entrada en el Paraíso”.

Si así fuera, habría que afirmar, acto seguido, que todo hombre está salvado, y que nadie se condenará, puesto que Cristo murió por todos. Y, sin embargo, no es así. La Sangre de Cristo podría haberse derramado en vano, si cada hombre no aporta lo que falta a esa Pasión y no completa en su carne, según las palabras del Apóstol, los sufrimientos de su Redentor.

Para que la Pasión de Cristo nos salve, es preciso que nos asociemos a Ella. Debemos tomar la mano llagada que Jesús nos tiende desde lo alto de la Cruz, y prolongar en nuestra vida, en nuestros miembros, en nuestro corazón y carne la Pasión de nuestro Redentor. Debemos hacernos uno con Él, y completar en nosotros la Ofrenda, el Sacrificio de Salvación ofrecido por todos los hombres. Entonces estaremos salvados.

Los sufrimientos de la Iglesia y de cada uno de sus miembros son sufrimientos de Cristo…

+++

No todos los demás buenos ladrones de la historia del mundo han reconocido ya su culpa y pedido un recuerdo…

Nuestro Señor está ahora en el Cielo. Por lo tanto, ya no puede sufrir más en su naturaleza humana; pero puede sufrir en la nuestra.

Así, se dirige a otras naturalezas humanas; a la tuya, a la mía…; y nos pide que hagamos lo que hizo el buen ladrón, esto es, que nos incorporemos a Él en la Cruz, para que, participando en su Crucifixión, podamos también participar en su Resurrección; para que hechos participes de su Cruz, podamos también participar de su Gloria en el cielo.

Como Nuestro Divino Señor en aquel Viernes Santo escogió a Dimas como pequeña hostia de sacrificio, así hoy nos escoge a nosotros como otras pequeñas hostias unidas a la suya en la patena del altar.

Volvamos los ojos de nuestra mente a cualquier Misa de las que se celebraban en los primeros siglos de la Iglesia, antes que la civilización se volviese totalmente financiera y económica.

Si asistiéramos al Santo Sacrificio en la Iglesia primitiva, llevaríamos al altar cada mañana pan y vino. El sacerdote tomaría un trozo de aquel pan sin levadura y un poco de aquel vino para el Sacrificio de la Misa. El resto lo pondría aparte, lo bendeciría y lo distribuiría entre los pobres.

Actualmente no llevamos el pan y el vino. Damos lo equivalente; aquello con que compramos el pan y el vino. Por eso la colecta del Ofertorio.

Sabemos que el sacrificio se ofrece a Dios todopoderoso, vivo y verdadero, Creador y Padre. El único sacrificio que puede satisfacer a la justicia divina, injuriada por nuestros pecados, y garantizar el don de las gracias de vida eterna a los miembros del Cuerpo Místico de Cristo en la tierra y en el Purgatorio es el Sacrificio expiatorio ofrecido para ellos por Jesucristo, su Cabeza, a su Padre en la Cruz.

La Santa Misa posee la misma virtud, porque en el Altar es el mismo Sacerdote que en el Calvario quien ofrece al mismo Dios, y por los mismos fines que en la Cruz, la misma Víctima, por una inmolación que renueva sacramentalmente, de un modo incruento, la separación de su Cuerpo y de su Sangre realizada en la Cruz.

Asistir a la Santa Misa es, pues, participar en los frutos de salvación del Calvario.

Para señalar esta participación, tanto más necesaria cuanto que depende de nuestra asociación personal a la oblación que ofreció Jesucristo por nosotros, los fieles antiguamente traían la materia sacramental (pan y vino) del sacrificio que a sus intenciones se ofrecía. Se cantaba, mientras tanto, un salmo procesional, del cual no queda ahora sino un solo versículo: el Ofertorio.

La antedicha costumbre de cooperar materialmente al sacrificio no existe más que bajo la forma de los honorarios para la Misa y de colecta al Ofertorio. Sin embargo, los cristianos deben continuar la realización de la oblación interior simbolizada por la exterior, uniéndose a la Víctima del sacrificio.

Nuestras vidas, unidas de este modo por la Santa Misa a la Cruz, cooperan grandemente a la gloria de la Santísima Trinidad y a la salvación de las almas; nos incorporamos a la oblación de Jesucristo, por la cual los derechos de Nuestro Creador y Padre son reconocidos, y los pobres humanos socorridos.

¿Por qué llevamos, pues, a la Misa el pan y el vino o el equivalente? Llevamos el pan y el vino porque esas dos cosas, entre todas las de la naturaleza, son las que mejor representan la esencia de la vida. El trigo es como el meollo de la tierra y los racimos como su verdadera sangre; y ambos nos proporcionan el cuerpo y la sangre de la vida. Llevando esas cosas, que nos dan la vida, que nos nutren; equivalentemente nos llevamos a nosotros al Sacrificio de la Misa.

Nosotros, pues, estamos presente en todas y en cada una de las Misas bajo apariencias de pan y vino, que representan simbólicamente nuestro cuerpo y nuestra sangre. No somos espectadores pasivos, como podemos serlo en un teatro contemplando el espectáculo, sino que estamos ofreciendo nuestra Misa con Cristo.

+++

Suscipe, sancte Pater: es la oblación de la hostia inmaculada.

La Misa de los Fieles, o sacrificio propiamente dicho, empieza con el Ofertorio. Jesucristo, por el ministerio del sacerdote, renueva el sacrificio de la Cruz por la Consagración del pan y del vino.

En la Última Cena, Jesucristo tomó de la mesa pan; de igual manera, el sacerdote toma una hostia preparada con harina de trigo sin levadura y, elevando la patena en la cual está colocada, piensa en la Víctima que va a inmolar, y recuerda, con términos y pensamientos que se hallarán de nuevo en el Canon de la Misa, los fines generales por los cuales ofrece a Dios el sacrificio.

Suscipe… Recibe, oh Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno, esta hostia inmaculada, que yo, indigno siervo tuyo, ofrezco a Ti, que eres mi Dios, vivo y verdadero, por mis innumerables pecados, ofensas y negligencias, y por todos los que están presentes, y también por todos los fieles cristianos, vivos y difuntos; para que a mí y a ellos sean de provecho para la salvación y para la vida eterna. Amén.

Deus qui humanæ: es la mezcla del agua con el vino.

En la Última Cena, Jesucristo tomó el cáliz con vino llamado cáliz de bendición porque los judíos lo tomaban agradeciendo a Dios por la salida de Egipto. Este vino estaba mezclado con agua. El sacerdote, conformándose “a lo que el Señor nos enseñó por su ejemplo y su palabra”, como dice San Cipriano, echa en el cáliz vino con unas gotas de agua.

La Iglesia añadió a la antedicha razón histórica y fundamental otras razones alegóricas. El simbolismo que prevalece es el de la divinización de los cristianos por Jesucristo y de su unión a Cristo en una oblación toda de amor.

Dice San Cipriano: “Porque Cristo nos llevaba a todos en Él, cargado con el peso de nuestros pecados; podemos ver entonces en el agua el símbolo del pueblo cristiano y en el vino el de la Sangre de Cristo. Razón es ésta por la cual, en el momento de la consagración del cáliz del Señor, es necesaria la presencia de los dos elementos, porque si sólo se ofrece el vino, Cristo estaría presente sin nosotros, y si solamente el agua, el pueblo sin Cristo. Pero unidos los dos elementos se cumple entonces el misterio espiritual y celestial”.

Poniendo algunas gotas de agua en el vino, la Iglesia vierte, simbólicamente, el sacrificio de sus miembros en el sacrificio de su Cabeza.

Escribe San Agustín: “El verdadero Mediador, que al tomar la forma de esclavo fue hecho Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, bajo la forma de Dios, acepta el sacrificio con el Padre, con el cual es un solo Dios; pero bajo la forma de esclavo prefirió ser sacrificio que aceptarlo, a fin de que nadie tomara ocasión de esto para sacrificar a cualquier criatura. Por eso Él es el sacerdote, Él es quien ofrece y es también la oblación. De esta realidad quiso que fuera sacramento cotidiano el sacrificio de la Iglesia, que, siendo cuerpo de la misma cabeza, aprendió a ofrecerse a sí misma por medio de Él”.

Las almas cristianas deben tener un conocimiento tal y vivir de tal modo que, en cualquier momento del día o de la vida puedan decir, presentando sus acciones dignas de ser ofrecidas a Dios: otra gota mía más en el cáliz de todas las Misas. Nuestra vida será así verdaderamente la que conviene a miembros del Cuerpo Místico de Cristo.

Esta es la intención de la Iglesia, que acompaña este rito con una oración, que es una Colecta del Sacramentario Leonino de la fiesta de Navidad.

Deus qui… Oh, Dios, que maravillosamente formaste la nobilísima naturaleza humana, y más maravillosamente la reformaste: concédenos (la frase siguiente ha sido incluida) “por el misterio de mezclar esta agua y vino”, que seamos participantes de la divinidad de Aquel que se dignó participar de nuestra humanidad, de Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro, que, como Dios, vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo, por todos los siglos de los siglos. Amén.

Offerimus tibi: es la oblación del cáliz de salvación.

No consiste el sacrificio eucarístico en ofrecer a Dios pan y vino, sino en ofrecerle el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, bajo las especies del pan y del vino.

Levantando el cáliz, el Sacerdote pide a Dios reciba favorablemente con anticipación, este “cáliz de salvación” porque en la Consagración rebosará de la Sangre de Aquél que es “propiciación por nuestros pecados y por los de todo el mundo”.

Offerimus tibi… Ofrecémoste, Señor, el cáliz de salvación, implorando tu clemencia; para que suba con suave fragancia hasta la presencia de tu divina Majestad, por nuestra salvación y por la del mundo entero. Amén.

El Sumo Sacerdote de la Misa es, pues, verdaderamente Jesucristo, y la Víctima de la Misa es también Él, y no nosotros. Tanto más es así cuanto que el rito de la doble consagración consiste en la representación Sacramental de la inmolación cruenta del Calvario, de donde proviene el nombre de inmolación dado a esta oblación ritual.

Sin embargo, dice el Concilio de Trento, como la Santa Misa es el sacrificio de la Iglesia, el fin de la renovación sacramental del Calvario es aplicar los méritos de la cruz a los miembros de la Iglesia para que se asocien a la Pasión del Salvador, debemos reconocer con San Gregorio: “Que es necesario que en la realización del Sacrificio nos inmolemos también nosotros a Dios por la contrición de nuestro corazón; porque cuando celebramos los misterios de la Pasión del Señor, debemos imitar lo que hacemos. Jesucristo no es verdaderamente hostia para nosotros ante su Padre sino cuando, partícipes de sus disposiciones, nos hacemos hostias también”.

Seamos, pues, en el altar víctimas en unión con el Sumo y Eterno Sacerdote.

+++

Si algún cuadro pinta adecuadamente nuestro papel en el drama es este: una gran Cruz se alza ante nosotros en la cual está tendida la Gran Víctima, Cristo. Alrededor de la colina del Calvario están nuestras pequeñas cruces, en las cuales nosotros, las pequeñas hostias, vamos a ofrecernos. Cuando Nuestro Señor va a su Cruz, nosotros vamos a nuestras pequeñas cruces y nos ofrecemos a nosotros mismos en unión con Él, como oblación pura, al Padre celestial.

En este momento nosotros cumplimos literalmente el mandato del Señor hasta en su mínimo detalle: Toma tu cruz cada día y sígueme.

Al hacerlo así no nos pide algo que Él no haya hecho primero.

Ni sirve de excusa el decir: “Yo soy una pobre hostia sin valor”. Así era el ladrón.

Notemos que hubo dos actitudes en el alma de aquel ladrón que le hicieron agradable a Nuestro Señor:

Fue la primera el reconocimiento del hecho: él merecía lo que estaba sufriendo, no así Jesucristo, que, impecable, no merecía la Cruz. En otros términos, era un arrepentido.

La segunda fue la fe en Aquél que los hombres rechazaban, pero que el ladrón reconoció como verdadero Rey de Reyes.

¿Con qué condiciones seremos pequeñas hostias en la Misa? ¿Cómo nuestro sacrificio vendrá a ser uno con el de Cristo y tan aceptable como el del ladrón?

Solamente reproduciendo en nuestras almas las dos actitudes del alma de Dimas: penitencia y fe.

Ante todo, debemos ser penitentes con él y exclamar: “Yo merezco el castigo por mis pecados. Yo necesito sacrificio”.

Algunos de nosotros no conocemos cuán malos e ingratos somos para con nuestro Dios. Si lo fuimos, no deberíamos quejamos de los golpes y penas de la vida. Nuestras conciencias se parecen a las habitaciones cerradas, largo tiempo sin luz. Descorremos las cortinas, y ¡ay!, que en todas partes donde pensábamos que estaba limpio ahora encontramos polvo.

Algunas conciencias están tan cegadas con excusas que rezan como el fariseo: “¡Te doy gracias, oh Señor! Porque no soy como el resto de los hombres…

Otros blasfeman del Dios del Cielo por las penas y pecados; pero no se arrepienten.

Las penalidades pasadas, presentes y futuras están destinadas a la purificación del mal; están destinadas a enseñarnos que no podemos seguir sin Dios; pero el mundo rehusó, rehúsa y rehusará la lección. Como Gestas, el ladrón de la izquierda, rehúsa ser penitente; rehúsa ver la relación de justicia entre el pecado y el sacrificio, entre la rebelión y la paz.

Hemos visto el Cuarto Domingo de Pascua, al comentar las copas de la ira de Dios, que, por grandes que sean los azotes divinos, se insiste por tres veces en que no conseguirán los efectos morales y medicinales pretendidos. Los enemigos no querrán arrepentirse y convertirse, sino que blasfemarán contra Dios. A pesar de todas estas calamidades, los hombres impíos, como el faraón del Éxodo, lejos de convertirse a Dios, se levantarán contra Él y le blasfemarán.

Por el contrario, cuanto más penitentes seamos menos trataremos de huir de nuestra cruz. Cuanto más nos veamos como somos más diremos con el buen ladrón: “Yo merezco esta Cruz”.

Dimas no quiso excusarse, no quiso que se le declarase sin pecado, no quiso que se le eximiera del castigo, no quiso ser bajado de su cruz. Sólo quiso ser perdonado…

Estaba deseoso de ser, siquiera, pequeña hostia en su pequeña cruz; pero eso fue porque se había convertido en penitente.

No se nos ha concedido otro camino para ser pequeñas hostias con Cristo en la Misa que el de quebrantar nuestros corazones con el dolor; pues mientras no admitamos que estamos enfermos, ¿cómo podremos sentir la necesidad de la curación?; mientras no nos duela nuestra parte en la crucifixión, ¿cómo podemos rogar que se nos perdonen nuestros pecados?

+++

La segunda condición para convertirnos en hostias en el Ofertorio de la Misa es la fe.

El ladrón miró por encima de la cabeza de Nuestro Divino Señor y vio un letrero que decía REY.

¡Extraño Rey, aquel! Por corona, espinas. Por púrpura real, su propia sangre. Por trono, la Cruz. Por cortesanos, verdugos. Por coronación, crucifixión…

Y, a pesar de esto, en el fondo de toda aquella escoria, Dimas descubrió el oro; en medio de todas aquellas horribles blasfemias, él rezó…

Fue su fe tan fuerte que quedó contento con permanecer en la Cruz…

Gestas, el mal ladrón, el de la izquierda, pidió ser bajado…

¿Por qué Dimas no pidió ser bajado de su cruz? Porque conoció que hay males más grandes que los de la crucifixión, así como que hay otra vida más allá de la cruz.

Tuvo fe en el hombre de la Cruz central, que hubiera podido convertir las espinas en guirnaldas y los clavos en capullos, si hubiera querido; pero tuvo fe en el Reino detrás de la Cruz, reconociendo que los sufrimientos de este mundo no pueden comparase con las alegrías que han de venir…

Con el salmista, su alma exclamó: Aun cuando anduviese en las tinieblas y en las sombras de la muerte no temeré, porque tú estás conmigo.

Fue su fe parecida a la de los tres jóvenes en el horno de fuego, a quienes el rey Nabucodonosor mandó adorar la estatua de oro. Su respuesta fue: El Dios a quien adoramos nos puede salvar del horno de fuego abrasador y librarnos de tus manos ¡oh rey! Pero si no quisiera, debes saber, ¡oh rey!, que nosotros no adoraremos tus dioses, no adoraremos la estatua de oro que tú has levantado.

Notemos que no piden a Dios que los libre del horno de fuego, aun cuando reconocen que puede hacerlo: porque Él puede salvarnos del horno del fuego abrasador. Se arrojan totalmente en las manos de Dios, y, como Job, confían en Él.

De igual manera procedió Dimas; conoció que Nuestro Señor podía librarle. Pero no le rogó que lo bajara de la cruz. Porque Nuestro Señor mismo no bajó, incluso cuando la turba le retó a ello. Dimas sería una hostia pequeña hasta el final mismo de la Misa, si fuera necesario.

No significó esto que él no amase la vida. La amaba tanto como nosotros. Quería la vida, y una vida larga… Pero, ¿qué vida es más larga que la Vida Eterna?…

A todos y a cada uno de nosotros nos es dado en igual manera descubrir la Vida Eterna…

Pero no hay otro camino para entrar en Ella que el de la penitencia y el de la fe, que nos unen a aquella Gran Hostia, Sacerdote y Víctima, Jesucristo…

Así nos convertiremos en ladrones espirituales y, como Dimas, arrebataremos el Cielo.