Meditaciones para el mes del Sagrado Corazón de Jesús -Día 8

Padre Juan del Corazón de Jesús Dehon: Coronas de amor al Sagrado Corazón

Extraídas del libro

“CORONAS DE AMOR AL SAGRADO CORAZÓN”

del Reverendo Padre Juan del Corazón de Jesús (León Gustavo Dehon),

Fundador de los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús.

Día 8

SEGUNDO MISTERIO: VIDA DE SILENCIO Y DE ORACIÓN

SEGUNDA MEDITACIÓN: De las ocupaciones del Corazón Eucarístico De Jesús

Podría creerse, a primera vista, que el Corazón eucarístico de Jesús está inactivo en el Sagrario; que está en un estado de muerte y de insensibilidad absoluta, pero no hay nada de eso. Él vive la mayor y la más preciosa de todas las vidas, que la soledad cubre, es verdad, con velos de silencio; pero Él vive el amor de Dios y habla, no deja de hablar a pesar del silencio: “Vivens ad interpellandum pro nobis”; y lo que tiene de más extraordinario es que su oración se concilia perfectamente con su silencio exterior.

I. La oración de Jesús eucaristía por nosotros

Comprendemos bien la expresión enérgica de S. Pablo: “Vivens ad interpellandum pro nobis”: vive para interceder por nosotros. En nosotros, la vida se multiplica, amamos la vida interior y la vida exterior, nuestras ocupaciones son diferentes, arrastran consigo la diversidad de pensamientos, de los afectos, de los deseos, de modo que no hay unidad en nuestra vida. Ahora vivimos para estudiar, ahora nuestra vida es absorbida en conversaciones, en obras exteriores, etc. Pero incluso en nuestra vida espiritual, no existe la unidad; ahora nos unimos a una virtud, ahora a otra según la diversidad de las posiciones en que nos encontramos. Así, para nosotros, la práctica del silencio nos parece casi contradictoria con la del celo apostólico, que habla y hace mucho.

Pero no es así para el Corazón eucarístico de Jesús. Primero, para Él ya no hay vida exterior; acrecentamos tanto, que la multiplicidad de sus ocupaciones exteriores durante su vida mortal se confundía, en una admirable unidad, con su vida interior, tal como ya vimos en los retiros precedentes. Pero, en fin, toda la acción exterior cesó en la vida eucarística, nada queda sino la vida del Corazón y esta vida es absolutamente una; ninguna interrupción, ninguna distracción, ninguna multiplicidad: “Vivens est”, dice S. Pablo, queriendo con esto indicar que el Sagrado Corazón de Jesús está absorbido por un solo acto que lo llena enteramente y que este acto es: “Ad interpellandum pro nobis”. Interpela, intercede, reza por nosotros; en otros términos, es el acto de amor y de inmolación que no cesa de producirse. Esta interpelación, esta mediación se reduce a esto: El Corazón eucarístico de Jesús nos ama y se inmola por nosotros; se olvida de Sí mismo, no tiene interés propio. Amar a Dios, amar a sus hermanos, ofrecer a Dios por sus hermanos todos los méritos que adquirió, todas sus penas, todos sus sufrimientos de entonces y su amor presente, continuar siempre y sin ninguna interrupción el Ecce venio y el acto de amor de la Encarnación, tal es el acto único del Sagrado Corazón de Jesús en su santo y augustísimo sacramento de nuestros altares. Es siempre el Corazón el que solo piensa en nosotros, que no vive sino para nosotros, que no tiene otra misión sino la de amarnos y darse a nosotros, y que, al amarnos, al interceder, al ofrecerse por sus hermanos, ama a su Padre, porque el amor de Dios y del prójimo, sobre todo en el Sagrado Corazón de Jesús, no son dos amores. Es perfectamente un solo acto. Es, así, como el Corazón eucarístico es siempre el Corazón de nuestro Salvador, de nuestro Redentor y de nuestro Mediador.

II. El ardor de esta oración

Pero, ¿quién podría retribuir el ardor de esta oración? El Sagrado Corazón de Jesús se vuelve totalmente como un incienso que sube para Dios por nosotros. Es una mano suplicante, siempre extendida hacia la Divinidad: “Expandi manus meas ad te”. Es un deseo ardiente que está siempre ante el trono del Padre: “Omne desiderium meum ante te”. Porque, ¿qué es la oración, sino el deseo de nuestro corazón que no cesa de lanzarnos hacia Dios? Y esta oración que se esconde en el silencio, esta inmolación incesante de un amor incesante es el mayor acto que pueda existir en un corazón de hombre. Su poder no tiene límites, obtiene todo lo que quiere: la gloria infinita de Dios y la paz para los hombres de buena voluntad. Es imposible que el Corazón eucarístico de Jesús, orando e intercediendo, no sea atendido. Es lo que produce las grandes obras de santidad en la Iglesia, es lo que genera tantas cosas admirables, tantas instituciones celestes, tantas órdenes religiosas destinadas a representar, sea un misterio de Jesús, sea otro. Es, en una palabra de donde proceden la vida y la fecundidad de la Esposa de Cristo, es el Corazón eucarístico de Jesús que lo lleva a amar, a orar, a ofrecerse. También el hombre interior no atribuye las grandes obras de la Iglesia a tal o tal santo, a un gran hombre, a un papa eminente, a un feliz concurso de circunstancias. No, no, es el Corazón eucarístico quien hace todo eso; lo hace, es verdad, sirviéndose de los hombres, pero su libre concurso debe ser visto solamente como una causa instrumental, gloriosa, es verdad, para ellos, porque corresponden a la gracia; pero, en última instancia, todo el principio de acción viene del Corazón eucarístico de Nuestro Señor.

¡Qué admirables es el Corazón de Jesús que vive para nosotros en la Eucaristía, en sus santos y en sus obras!

III. Nuestra vida interior

Nuestro Señor quiere que las almas consagradas a su Corazón se unan a estos actos inefables de su vida interior y que ellas no hagan más que un solo corazón con Él. A fin de responder a esta misión gloriosa, deben entrar en el espíritu de esta bella vocación.

Quienes estén entregados a la vida activa, quienes tengan la ventaja de entregarse a la contemplación, un solo acto debe dominar toda su vida: el amor del Corazón de Jesús y la inmolación a este divino Corazón por amor. Las ocupaciones pueden parecer diferentes a primera vista; poco importa, pero que sean todas ocupaciones de amor donde la sensualidad y el amor propio no tengan ninguna parte. No debe haber en nuestro corazón una multitud de pensamientos y de afectos; una solo debe reinar allí: el amor del Sagrado Corazón de Jesús.

A primera vista, las virtudes a practicar parecerán diversas y distintas, como la pobreza, la renuncia, el desprendimiento, la simplicidad, el celo, la obediencia, etc. En realidad, todo esto no debe ser más que un único acto de amor que se especifica en apariencia, ¡pero no en la realidad! Por eso se ha repetido muchas veces en los retiros precedentes que, procurando únicamente el amor del Sagrado Corazón, encontramos todo el resto.

En resumen, no consideremos sino al Sagrado Corazón de Jesús, no pensemos sino en Él, no le amemos más que a Él; cuando lo visitamos en el Santísimo Sacramento, cuando lo ofrecemos en el Santo Sacrificio y cuando lo incorporamos en nosotros por la santa Comunión, no tengamos sino un deseo: unirnos siempre cada vez más a su vida de amor. Pidámosle que destruya en nosotros todo lo que siente aún la multiplicidad de la vida humana y terrena, de modo que podamos repetir: Vivir, para mí, es únicamente el Sagrado Corazón de Jesús. Amen.

Resolución. – Me gustaría, Señor, poder decir como S. Pablo: ya no soy yo quien vivo, es Jesús quien vive en mí. – Vivir, para mí, es Cristo, es el Corazón de Jesús. Pero, ¿qué es lo que yo puedo sin Tí? Ven, Jesús, ¡ven y vive en mí! ¡Que tu Divino Corazón sea mi corazón, mi guía, mi inspiración, mi vida!