Meditaciones para el mes del Sagrado Corazón de Jesús -Día 7

Padre Juan del Corazón de Jesús Dehon: Coronas de amor al Sagrado Corazón

Extraídas del libro

“CORONAS DE AMOR AL SAGRADO CORAZÓN”

del Reverendo Padre Juan del Corazón de Jesús (León Gustavo Dehon),

Fundador de los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús.

Día 7

SEGUNDO MISTERIO: VIDA DE SILENCIO Y DE ORACIÓN

PRIMERA MEDITACIÓN: De la soledad del Corazón De Jesús

Este es uno de los mayores y más impresionantes misterios de la vida del Corazón eucarístico de Jesús. Él renueva en el Santo Sacramento su vida de Nazaret y se sumerge en una soledad profunda; se sepulta en un silencio aparente que no tiene igual a no ser en el que guardó en el Santo Sepulcro.

I. La soledad del Corazón de Jesús en el tabernáculo

Entremos en uno de nuestros santuarios. Muchas veces, tristemente, la ingratitud y la indiferencia de los hombres hacen de ellos un desierto; pero, aunque una gran multitud piadosa y recogida estuviese ahí reunida, nada interrumpiría la soledad del tabernáculo.

Esta boca divina, de donde salían antes los oráculos de la verdad, parece condenada a un eterno silencio y el Divino Solitario permanece solo, absolutamente solo, bajo las especies eucarísticas.

¡Qué lecciones admirables da este silencio a todos los que desean llevar una vida eucarística! Deben sepultarse en la soledad, si quieren agradar al Sagrado Corazón de Jesús-Eucaristía. Si no lo hacen, si continúan en el torbellino de la actividad habitual de este mundo, el maná eucarístico caerá en vano en su corazón agitado; nunca ahí podrá reposar ni realizar su acción.

II. Imitación de esta vida de soledad

Pero, ¿en qué consiste esta soledad eucarística para nosotros? Para conformarse a Él, es preciso que nuestro corazón sea un santuario donde reposa solo el Corazón eucarístico.

Puede acontecer que nuestra boca sea obligada a hablar para tratar con los hombres, porque nuestra regla de vida no nos prescribe el silencio absoluto que no sería conforme a nuestra vocación, sino que nuestro corazón guarde siempre el silencio ante las criaturas, esto es, que él se guarda bien de apegarse a ellas. Más que esto, nosotros debemos, no digo despreciar, sino olvidar completamente la criatura, sin ningún deber no nos obliga a ocuparnos con ella. Debe ser para nosotros como nada, y solo un cántico debe retener en las profundidades de nuestra alma: “¿Qué es lo que quiero? Oh, Dios de mi corazón y Corazón de mi Dios, ¿qué quiero en el cielo y en la tierra, sino únicamente Tú?”. Este es el sentimiento que debe existir en nuestros corazones.

No ocupemos, por tanto, nuestro corazón con las criaturas; desliguémonos de todos los cuidados que ellas dan, de las inquietudes que nos suscitan; no nos ocupemos de ellas por una necesidad ilusoria, sino que es más aparente que real. Si debemos tratar con ellas, sea únicamente para la gloria y el amor del Corazón de Jesús, y es por eso que nos abandonemos a Él, pidiéndole para actuar en nosotros y por nosotros.

Hoy, este lenguaje parece muy nuevo; se piensa que, para trabajar para la gloria de Dios, es preciso agitarse mucho y que es indispensable mezclarse con todas las miserias humanas para explorarlas en provecho del bien. Todo esto es frívolo y demasiado natural; recordemos aquello que decía el Beato Cura de Ars, este santo de nuestros tiempos, tan ocupado aparentemente y, en realidad, tan solitario: “Es preciso, decía, llamar a la puerta del Sagrario, antes que a la puerta de los hombres y, si no conseguimos nada, a pesar de todos los esfuerzos, es porque no lo hacemos.

Toda obra que no sumerge sus raíces en la soledad del Sagrario, a pesar del más brillante éxito, se asemeja a la hiedra de Jonás: nace muerta y nunca producirá nada de sobrenatural.

III. La soledad y el silencio en la Comunión

Nada honra más la soledad del Sagrado Corazón de Nuestro Señor que nuestro silencio ante Él; es sobre todo durante la acción de gracias que se sigue a la comunión que nos debemos mantener en silencio y cerrar los ojos de nuestra alma a todo lo que no sea este Divino Corazón, dispuestos a recibir todos los movimientos que le agrade imprimirnos, a actuar si le agrada que actuemos, a reposar en el amor si le agrada que reposemos, verdaderas víctimas de su bello placer y de su amor. No, el Sagrado Corazón eucarístico no habita en el tumulto, sea material sea espiritual; Él habita en las profundidades del desierto de las especies sagradas; y, si queremos ofrecerle holocaustos, estemos convencidos de que nadie le será más agradable de lo que le da nuestra actividad propia, porque así le sacrificamos también nuestro amor propio.

Tal es la razón que nos hace suprimir los retornos frecuentes sobre nosotros mismos que, bajo el pretexto de piedad, no tardan en crear la perturbación, la inquietud y las vanas complacencias.

El divino Maestro en la Eucaristía está desprendido de la vida exterior. Él contempla, ama, adora las perfecciones de Dios; se inmola a la gloria de su Padre, fuera de toda la Creación, como en una vasta soledad donde los objetos de la tierra no lo pueden alcanzar.

Es preciso perderlo todo de vista, olvidarlo todo y apartarse de sí mismo para imitar esta vida divina.

Pidamos al Sagrado Corazón, como un gran favor, ser a veces retirados a una soledad perfecta, solo bajo la mirada de Dios, en compañía de nuestro bienamado Jesús, no teniendo libertad, ni acción, sino para amar y adorar a nuestro Dios, para sacrificarnos y perdernos en Él.

Desde su tabernáculo, Jesús no habla a ninguna criatura. Ningún barullo, ningún movimiento se hace al escuchar, pero, ante su Padre, su silencio es más bien profundo y más bien sublime. Se diría que toda su ocupación es callarse. Él es todo adoración, amor, aniquilamiento, inmolación, oración; pero todo se pasa en el silencio, en las profundidades de Sí mismo y de la divinidad. ¡Qué poderoso y fuerte es este lenguaje del silencio! Presta homenaje a la grandeza de Dios, a sus perfecciones infinitas, a su dominio soberano, a todos sus atributos que Jesús alaba con un himno eterno y sin fin y en un misterioso silencio.

Resolución.- En mis adoraciones y, particularmente, en la acción de gracias, haré callar en mí a las criaturas para unirme a la humilde adoración de Jesús a su Padre. No puedo escuchar a Jesús sino en el silencio de mi corazón. Haré silencio en mi alma para escuchar a mi buen Maestro y para unirme a sus profundas adoraciones.