Meditaciones para el mes del Sagrado Corazón de Jesús -Día 5

Padre Juan del Corazón de Jesús Dehon: Coronas de amor al Sagrado Corazón

Extraídas del libro

“CORONAS DE AMOR AL SAGRADO CORAZÓN”

del Reverendo Padre Juan del Corazón de Jesús (León Gustavo Dehon),

Fundador de los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús.

Día 5

PRIMER MISTERIO: VIDA DE AMOR DEL SAGRADO CORAZÓN EN LA EUCARISTÍA

QUINTA MEDITACIÓN: El Corazón Eucarístico, fuente de todas las gracias

El amor activo

La Iglesia es el verdadero paraíso de Dios sobre la tierra; está fecundada por una multitud de canales que traen la gracia; pero todas estas gracias derivan de una sola y única fuente, del Corazón eucarístico de Jesús. Fue el Corazón de Jesús que formó la gracia por su Sacrificio de amor y de inmolación; ahora, este Corazón, habiéndose escondido bajo los velos eucarísticos, renueva ahí todos sus misterios y volviéndose el corazón místico de su Cuerpo místico, de la santa Iglesia de Cristo; y, del mismo modo que el corazón material derrama la sangre y la vida en todos los miembros del cuerpo, así el Corazón eucarístico disemina en su Cuerpo místico todas las fuerzas de su amor y de su gracia, y ejerce sobre la Iglesia un influjo real de iluminación y de santificación.

I. Fuente de iluminación

Por el influjo de la iluminación, el Sagrado Corazón dirige la santa Iglesia y actúa sobre su jefe visible, a fin de comunicarle la infalibilidad doctrinal. El Espíritu Santo extrae del Corazón de Nuestro Señor todas las gracias de iluminación y de santificación, y obra sobre ellas como el movimiento actúa sobre la sangre, como el obrero sobre la materia.

Y por esto es igualmente verdadero atribuir el flujo de la gracia al Sagrado Corazón de Jesús y al Espíritu Santo vivificante. El Sagrado Corazón de Nuestro Señor fue formado por la operación de este Divino Espíritu, al cual remonta también la misión de formar en la Iglesia el Corazón místico de Jesús. En lo que dice respecto a la doctrina y dirección de la Iglesia, si el Soberano Pontífice es el jefe visible, Nuestro Señor no abdicó de su influencia muy real y no deja de operar por su Corazón eucarístico sobre el Cuerpo y también sobre el Jefe visible: “Yo estaré con vosotros, dice, hasta la consumación de los siglos”; no solo a través de una influencia remota, pero también a través de una presencia sensible, real y de una acción eficaz que parte del divino Corazón, huésped de nuestros tabernáculos.

El influjo de este Divino Corazón sobre la Iglesia se ejerce por la conservación del depósito de la fe que es especialmente reservada al Pontífice infalible; se ejerce también sobre su organismo, esto es, sobre su clero y sobre las órdenes religiosas. El influjo sobre el organismo dice respecto no solo de la iluminación y la doctrina, sino también la santificación del Cuerpo místico de la Iglesia, de que nos vamos ocupar.

II. Fuente de santificación

La santificación de la Iglesia y de cada uno de los miembros de la Iglesia se actúa, sobre todo, por los siete sacramentos que son las siete arterias por donde se derrama la vida de amor. Ahora, el Corazón de Jesús inventó los divinos sacramentos, los formó, depositó en ellos la gracia divina, regándolos con la unción de su sangre y de su amor, y, con el fin de esparcir la gracia con más efusión, Él mismo se hizo sacramento. Así debemos admitir la doctrina de Santo Tomás, que la Santa Eucaristía es el centro en torno al cual gravitan todos los demás sacramentos, acrecentando esta observación importante, que la causa de esta gravitación y de este origen común es el Sagrado Corazón de Jesús que los formó e hizo de ellos los canales de su amor.

El primero y el más importante de estos diversos sacramentos, desde el punto de vista de la salvación, es el Bautismo. Escondido bajo el agua santa y bendita, el Espíritu del Corazón de Jesús sumerge el alma en el baño purificador, la desliga de la mácula original y de todos los pecados actuales, si los cometió, le imprime un celeste carácter que hace de ella una cruz viva, depone en ella el hábito de las virtudes teologales, la fe, la esperanza y el amor, la adorna con sus dones admirables y la alimenta con sus preciosos frutos. De ahora en adelante, esta alma entra en la familia del propio Dios, que llama su Padre. Jesucristo se vuelve su hermano y el Divino Espíritu forma en su corazón la oración, los deseos y los gemidos inefables. “Danos, le hace decir, nuestro pan cotidiano y supersustancial la gracia, el amor, el Corazón de Jesús en la santa Eucaristía, porque tal es el hambre y la sed que nos devoran”. De otra manera, el Espíritu de amor colocaba en los corazones la devoción al Corazón de Jesús de un modo implícito y escondido; pero hoy, desenvolvía todo su esplendor. La devoción al Sagrado Corazón de Jesús resume los dones del Espíritu Santo.

El Sacramento de la Confirmación es la crema de la salvación. La unción santa con el perfume de amor está ahí marcada por la señal de la Cruz. Es el Sagrado Corazón de Jesús que viene a imprimirse en el alma depositando en ella, con una fuerza y una dulzura absolutamente nuevas, el Espíritu de amor con la abundancia de sus gracias y de sus dones.

Se hace la dedicación del templo vivo. El Sagrado Corazón de Jesús podrá entonces reposar en su tabernáculo por la santa Comunión. Su Humanidad santa solo pasa, pero el espíritu de su Corazón permanecerá para siempre en esta alma, a fin de hacer crecer en Cristo y de prepararla para la comunión eterna.

Es de este Divino Corazón de donde brotan las aguas saludables de la Salvación a fin de lavar, en la misericordia inagotable de Dios, el alma que tuvo la infelicidad de perder la gracia del Bautismo y de colocarla en la condición de poder alimentarse de nuevo del pan de la vida.

Es este Corazón que forma el lazo sagrado del Matrimonio, símbolo de su unión con la Iglesia. En fin, se transforma en dulce unción para consolar y fortificar el alma del pobre moribundo. Se vuelve, entonces, en el óleo de los enfermos y en una misericordia muy tocante, como dice la Iglesia, para ahí limpiar todas las manchas del cristiano en esta hora suprema y, así, conducir la comunión eterna de que el Viático es, aquí abalo, la garantía.

III. El sacerdocio de Jesús

Pero debemos meditar el Sagrado Corazón eucarístico en otro sacramento que lleva todo su cuño, y en el cual aparece con su carácter sacerdotal: es el sacramento del Orden al cual se prende todo el organismo de la Iglesia y la santificación de los fieles.

Este sacramento admirable da al sacerdote el poder de formar el Corazón eucarístico de Jesús y de depositarlo en las almas. Asocia este hombre al propio Sacerdocio de Jesús y, por consiguiente, hace de él realmente otro Cristo, porque no hay dos sacerdocios, solo uno, el de Jesucristo y el Sagrado Corazón de Jesús; yendo a las manos y al corazón del sacerdote, hace de él, el ministro de los Sacramentos y el distribuidor de todas las gracias.

Y si el sacerdote quisiera corresponder su sublime misión, es preciso el Corazón sacerdotal de Jesús se forme en él, no solo en germen y en potencia, pero en toda su fuerza y esplendor: esto es, con el carácter de Pontífice y de víctima que lo distingue, con el espíritu de amor y de inmolación por el cual el sacerdote se consagra únicamente al amor de este Divino Corazón, inmolándole su corazón y consagrando en él sus acciones y sus obras sacerdotales con todos sus frutos y sus méritos.

A esta operación, por así decir, oficial del Sagrado Corazón de Jesús por los sacramentos, se une a su operación secreta e íntima sobre las almas, la cual se une, también ella, siempre y en todos los casos, al Corazón eucarístico. Por sus toques delicados y admirables, este divino Corazón forma, en el secreto de las almas que Él ama, esta vida de amor de la cual San Pablo nos traza todos los caracteres en términos elocuentes “Caritas patiens est, benigna est…; non est ambitiosa, non quaerit quae sua sunt; non cogitat malum;…. omnia suffert, omnia credit, omnia sperat, omnia sustinet: La caridad es paciente, amable, no es ambiciosa, no es interesada, no se exalta, no piensa mal de nadie, todo lo soporta, cree, espera, es paciente”. Nosotros tenemos que amar únicamente al Sagrado Corazón de Jesús, no vivir sino para Él y de Él, tal es el objetivo de la operación misteriosa del Corazón eucarístico en las almas.

Terminamos estas consideraciones sobre la acción del Sagrado Corazón de Jesús en la Eucaristía, diciendo una palabra sobre la acción de María, de Nuestra Señora del Sagrado Corazón. Ella también es el canal de la gracia: “Salve radix, salve porta!: ¡Salve, fuente y puerta de la gracia!”. Ella obtiene la salvación, la gracia y el amor del Sagrado Corazón de Jesús a todos los que la piden y, esto, ella alcanzó infaliblemente. María no es el autor de la gracia, pero la obtiene por su poderosa impetración, la guarda en nosotros. Y, por otra parte, la Santísima Virgen, habiendo formado en sí el Corazón material de Jesús, no puede negarse que tenga una cooperación muy especial en la formación de su Corazón místico, sea en la Iglesia, sea en las almas. Amemos, por tanto, esta buena madre y pidámosle que pronuncie en nuestro favor su todopoderoso “fiat”.

Resolución.- Mi Buen Maestro, quiero alimentarme constantemente en las fuentes purísimas de tu Divino Corazón. Seré dócil a tu gracia: “Audiam quid loquatur in me Dominus” (Sal. 84). Iré con alegría beber a las fuentes de la Salvación, a los sacramentos, sobre todo la Eucaristía, donde encontraré tu propio Corazón, vivo y amante.