Meditaciones para el mes del Sagrado Corazón de Jesús -Día 4

Padre Juan del Corazón de Jesús Dehon: Coronas de amor al Sagrado Corazón

Extraídas del libro

“CORONAS DE AMOR AL SAGRADO CORAZÓN”

del Reverendo Padre Juan del Corazón de Jesús (León Gustavo Dehon),

Fundador de los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús.

Día 4

PRIMER MISTERIO: VIDA DE AMOR DEL SAGRADO CORAZÓN EN LA EUCARISTÍA

CUARTA MEDITACIÓN: La vida gloriosa del Sagrado Corazón De Jesús en la Santa Eucaristía

Tercer carácter de la vida de amor: el amor alegre, desprendido de las cosas terrenas

Encontramos, por tanto, en la santa y adorable Eucaristía, Belén y Nazaret; encontramos ahí un Calvario místico, el Cordero que vive de inmolación; pero encontramos ahí también el cielo con todas sus alegrías, todas sus glorias y todas sus delicias.

I. La vida gloriosa del Sagrado Corazón en la Eucaristía

El Corazón Sagrado de Jesús, más brillante que la luz, totalmente radiante y ardiente de amor, arrebata en un éxtasis eterno a los ángeles y a los santos. Es el sol de la celeste Jerusalén, como dice San Juan: ahora bien, Él está también en el tabernáculo, está ahí, no en imagen, sino en realidad. En él reside la Santísima Trinidad; la Santísima Virgen, San José, los ángeles y los santos forman su corte. Los embarga con torrentes de una alegría que jamás acabará; de Él nacen ríos de paz, y nada lo separa de nosotros, sino las débiles apariencias eucarísticas. Es solamente esta nada, este pequeño velo, la pequeña nube que nos separa del cielo cuando adoramos el Sagrado Corazón de Jesús en el Tabernáculo; y cuando Él entra en nosotros por la santa Comunión, nos trae consigo el cielo: ¿el cielo que es, sino Él mismo?

Al entrar en nosotros por la santa Comunión, el Sagrado Corazón de Jesús debe, por tanto, comunicarnos también algunas de sus cualidades gloriosas; y las que no nos comunica, tales como la impasibilidad, la claridad, etc., deposita en nosotros el germen de ellas, nos da su roca segura, las garantías ciertas.

Meditemos ahora en las cualidades de la vida gloriosa que el amor del Sagrado Corazón de Jesús deposita desde ya en nuestros corazones, sea cuando lo visitamos, sea, sobre todo, en nuestras comuniones. Las resumimos todas en el desprendimiento y en la alegría.

II. Los frutos de la Eucaristía

El desprendimiento de las criaturas

El desprendimiento dice mucho más que el simple despego de las criaturas; el desprendimiento implica una operación dolorosa; se trata de cortar, de arrancar, pero el corazón desprendido ya no tiene trabas no cesa de cantar: “Laqueus contritus est et nos liberati sumus: se quebraron los cepos y fuimos liberados”. El planea totalmente la bondad en las esferas más radiantes del amor divino, porque ya no está unido a ninguna criatura. Se sirve de ellas, a veces, como Nuestro Señor hacía después de la Resurrección, pero su Corazón no está allí. Su alimento es el amor del Corazón de Jesús; su bebida, su divina bondad; su conversación ya no es sobre la tierra, está en el cielo, en lo más alto de los cielos, en el propio Corazón de Jesús. Mira apenas con un mirar distraído a las cosas de la tierra, precisamente en la medida en que le imponen sus deberes y las necesidades absolutas de la vida. ¡Ah! ¡Cómo es deseable este estado!

Pero ¡qué raro es! Todavía, no está encima de la misericordia del Sagrado Corazón de Jesús, ni encima de nuestras fuerzas. El perfecto oblato del Sagrado Corazón de Jesús no debe estar solo desprendido, porque un hombre simplemente desprendido está siempre pronto a unirse a algo; debe nadar en el amor del Sagrado Corazón de Jesús, como el pez en el agua; debe matar su sed en esta celeste atmósfera como las aves matan la sed con el aire. Los más avanzados ya deben haber atravesado la frontera del desapego y estar lanzados a las esferas del amor, esto es, en la contemplación, porque contemplación y desprendimiento son una sola cosa. Conocemos los medios para llegar ahí, el deseo ardiente, la mortificación de las pasiones, continuamente lanzar nuestros afectos y nuestros pensamientos al Sagrado Corazón de Jesús. Aquí está también otra cosa que las resume todas: comuniones fervorosas y coloquios ardientes con este Divino Corazón residente en el tabernáculo.

Nada hay más propio para desprender nuestro corazón que la recepción del Corazón eucarístico de Jesús: es un fuego ardiente que muy deprisa nos lleva lejos de nosotros mismos y de las criaturas. Pero, ¿por qué no obra en nosotros estos efectos maravillosos? Es que nuestro corazón, digo nuestro corazón y no nuestra imaginación, está distraído en su presencia. Comulgamos con las cosas terrenas, con las criaturas, con nosotros mismos, al mismo tiempo que comulgamos con el Corazón eucarístico. De ahí esta falta de deseos, esta languidez que nos abate, la avidez que nos seca; no tenemos hambre ni sed de amor y no estamos ni satisfechos ni saciados. ¡Ah! ¡Deseemos, deseemos! Desfallezcamos por no desearnos lo suficiente. Olvidemos todo, y para olvidar todo, lancémonos cada vez más en el Corazón de Jesús. En una palabra, que toda nuestra vida sea como una comunión espiritual y una continua acción de gracias, y entonces estaremos desprendidos. Nada nos ayudará más en este caso que la profesión de amor y de inmolación bien comprendida y bien practicada.

Y entonces dirán de nosotros: resucitó, no andéis buscando entre los muertos a Aquel que está vivo; y una vez resucitado, Cristo no muere más. Murió una sola vez para el pecado, pero ahora lo que Él vive, lo vive para Dios: “Quod autem vivit, vivit Deo”; esto quiere decir que la comunión bien fervorosa con el Corazón eucarístico nos coloca en una especie de impecabilidad, quebrando en nosotros los lazos que nos prendían al pecado y encendiendo nuestro corazón con el amor divino.

III. La alegría espiritual

Este dulce privilegio arrastra consigo la alegría, no esta alegría que nace de la impasibilidad, sino la que da la unión al Sagrado Corazón de Jesús y que consiste en una celeste dilatación del corazón y en una super abundancia de paz. Esta alegría divina es el soplo del espíritu de fuerza que nos sustentará en las peores tormentas, porque es el soplo del amor. Así, cuanto más celestes seamos, menos nos pesará la cruz, porque, como ya oímos, no hay ni pequeñas ni grandes cruces, sino solo un pequeño y un gran amor. Y entonces, ¿con qué nos alegramos? Con aquello que alegra al Sagrado Corazón de Jesús, con su amor. Si la alegría penetra tan poco en nuestros corazones, es porque ellos no están suficientemente desapegados de las criaturas; nada entristece el alma como el peso de la sensualidad o del amor propio. ¡Ah!¡Qué verdadero es el cántico de los Serafines, que la Beata Margarita María escuchaba: “El amor del Sagrado Corazón alegra”. Hace saltar de alegría, incluso en medio de los más vivos sufrimientos, como decía San Pablo, el apóstol simultáneamente de la cruz y de las alegrías celestes.

Para terminar, observemos que no basta al sacerdote estar desapegado, debe estar desprendido. Cuando los hijos de Israel fueron precipitados en el horno ardiente, el Ángel del Señor descendió con ellos y circulaba libremente en medio de las llamas, las llamas ni siquiera les tocaban. Así, es preciso que el sacerdote del Señor descienda muchas veces al medio de las llamas. ¿No hace eso muchas veces, cuando ejerce el santo ministerio del tribunal de la Penitencia, o en circunstancias análogas? Ahora, aunque sea poco, si él fuese carnal, si la vida terrena vive aún en él, aunque fuese piadoso, lejos de llevar socorro a las almas, acabaría él mismo por ser devorado.

Prestemos, por tanto, atención a la grandeza de nuestra vocación: nos asemeja a los Ángeles. Pero hagamos también de todo para asegurar y para hacer cierta, según el lenguaje de San Pedro, sin escrúpulos todavía, pero con una gran confianza en este Corazón eucarístico tan puro, tan desprendido de los pecadores, como dice San Pablo (Heb 7, 26), y que debe volverse el único alimento de nuestra alma y de nuestro cuerpo.

Resolución.- Buen Maestro, seré asiduo junto a Tí. Será en las comuniones fervorosas y en los coloquios ardientes con tu divino Corazón como tomaré la alegría y la fuerza. Si conservo algún apego, acabará por arrastrarme a mi perdición; quiero ser todo para Tí.