Padre Juan Carlos Ceriani: DOMINGO INFRAOCTAVA DEL CORPUS CHRISTI

 

DOMINGO INFRAOCTAVA DEL CORPUS CHRISTI

Cuando uno de los que comían a la mesa oyó esto, le dijo: «Bienaventurado el que comerá pan en el reino de Dios». Y El le dijo: Un hombre hizo una grande cena y convidó a muchos. Y cuando fue la hora de la cena, envió uno de los siervos a decir a los convidados que viniesen, porque todo estaba aparejado: Y todos a una comenzaron a excusarse. El primero le dijo: He comprado una granja y necesito ir a verla; te ruego que me tengas por excusado. Y dijo otro: He comprado cinco yuntas de bueyes, y quiero ir a probarlas; te ruego que me tengas por excusado. Y dijo otro: He tomado mujer, y por eso no puedo ir allá. Y volviendo el siervo, dio cuenta a su señor de todo esto. Entonces airado el padre de familias dijo a su siervo: Sal luego a las plazas, y a las calles de la ciudad y tráeme acá cuantos pobres, y lisiados, y ciegos, y cojos hallares. Y dijo el siervo: Señor, hecho está como lo mandaste y aún hay lugar. Y dijo el señor al siervo: Sal a los caminos, y a los cercados, y fuérzalos a entrar para que se llene mi casa. Mas os digo, que ninguno de aquellos hombres que fueron llamados gustará mi cena.

El jueves pasado, Fiesta del Corpus Christi, comencé una serie de ocho homilías para desarrollar el libro de Monseñor Fulton Sheen titulado El Calvario y la Misa. Ese mismo día consideramos Prólogo del mismo, y anuncié que el contenido del mismo toma cada una de las siete últimas Palabras de Jesucristo, aplicándolas a siete partes de la Santa Misa:

La Primera Palabra, Perdónalos, es el Confiteor.

La Segunda Palabra, Hoy estarás en el Paraíso, es el Ofertorio.

La Tercera Palabra, He ahí a tu madre, es el Sanctus.

La Cuarta Palabra, ¿Por qué me has abandonado?, es la Consagración.

La Quinta Palabra, Tengo sed, es la Comunión.

La Sexta Palabra, Todo se ha consumado, es el Ite, Missa est.

La Séptima Palabra, Padre, en tus manos, es el Último Evangelio.

Veamos hoy la Primera:

PADRE, PERDÓNALOS, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN

Como sabemos, el Concilio de Trento enseña: El sacerdocio de Cristo no debía terminar con su muerte. Por eso en la Última Cena, en la noche en que fue entregado, dejó a la Iglesia, su Esposa muy amada, un Sacrificio visible como convenía a nuestra naturaleza: Sacrificio que representaría el Sacrificio cruento que en la Cruz iba a cumplirse, que perpetuaría su recuerdo hasta el fin de los tiempos, aplicándonos su virtud de salvación en remisión de nuestros pecados que cada día cometemos. En el Sacrificio divino, que en la Misa se realiza, está contenido e inmolado (y por ende ofrecido) de una manera incruenta el mismo Jesucristo, que de un modo cruento se ofreció Él mismo en el ara de la Cruz. Este Sacrificio es, por consiguiente, un verdadero sacrificio propiciatorio.

La asistencia a la Santa Misa es la unión a Jesucristo que ofrece a Dios, por el ministerio del Sacerdote, su misma Sangre que derramó en la Cruz; es la participación del Sacrificio del Calvario continuado por el mismo Sumo Pontífice, que ofrece la misma y única Víctima, única oblación agradable a Dios.

Dice el mismo Concilio: Estamos obligados a reconocer que los cristianos no pueden hacer nada más santo ni más agradable a Dios que participar en los divinos misterios en los cuales la Víctima vivificadora que nos reconcilia con Dios Padre, se inmola diariamente sobre nuestros altares en manos del sacerdote.

Esta oblación efectuada por Cristo y por la Iglesia sobrepasa infinitamente todos los demás actos del culto, infinitamente todas las acciones, aun las más heroicas de los Santos, porque todas esas oraciones, esas virtudes, esos méritos reunidos en uno son limitados, mientras que los méritos del Calvario son infinitos.

Si de ella no sacamos el fruto que sería de esperar, la causa se halla en nuestras disposiciones; porque la participación en el Santo Sacrificio está ligada al espíritu de sacrificio. Y nada asegura más eficazmente estas disposiciones que nuestra unión íntima con el sacerdote, ministro de la Iglesia.

Dice el Concilio de Trento: Así como la naturaleza humana no se eleva con facilidad a las meditaciones de las cosas divinas sin algún auxilio exterior, así también nuestra buena Madre la Iglesia, conformándose con la disciplina y la Tradición de los Apóstoles, ha establecido ciertos ritos y empleado ciertas ceremonias: bendiciones, luces, incienso, ornamentos sacerdotales y otros medios para realzar la Majestad del divino Sacrificio y para excitar a los fieles, por estos signos exteriores de religión y de piedad, a levantar su espíritu a la contemplación de los sublimes misterios en ellos escondidos.

Tratemos, pues, de penetrar el sentido sobrenatural de los ritos y ceremonias de la Santa Misa, que se identifica con el Sacrificio del Calvario y es el medio más poderoso que tenemos para dar gloria a Dios y santificar las almas.

Hemos comenzado el jueves pasado, Fiesta del Corpus Christi, ha comentar un libro de Monseñor Fulton Sheen, El Calvario y la Misa, en el cual adjudica a cada una de las Siete Palabras de Jesucristo en Cruz, una parte de la Santa Misa.

Ya consideramos el Prólogo, hoy veremos la Primera Palabra de Jesús, Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen y su relación con el Confiteor de la Misa.

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El Sacerdote preludia el Confiteor con un versículo del Salmo 123, que reza santiguándose.

Para acercarnos a Dios debemos tener un corazón puro. Por eso la Iglesia instituyó este Sacramental que nos ayuda a adquirir mayor pureza de corazón.

En el Confiteor, nos acusamos de nuestros pecados, nos excitamos a la contrición y al amor de Dios que nos alcanzan el perdón de nuestras faltas veniales, cuyo perdón puede obtenerse sin el Sacramento de la Penitencia.

La confesión se hace a Dios con una profunda inclinación porque hemos ofendido a su infinita Majestad por el pecado.

También se hace la confesión a la Bienaventurada Virgen María, a los Ángeles (San Miguel, su Príncipe), a los Santos (San Juan Bautista, todos los Santos) y a la Iglesia (a vosotros hermanos, a vos Padre).

La Misa tiende a unir a todos los que participan de la Comunión de los Santos y que son miembros vivos de la Iglesia y de Cristo. Ello explica por qué el Confiteor es una confesión pública dirigida a la vez a la Iglesia triunfante y a la Iglesia militante, a la primera para implorar el auxilio, y a la segunda para acusarnos humildemente de nuestros pecados.

Los fieles rezan el Confiteor después del Sacerdote.

El Confiteor es, pues, una plegaria en la que confesamos nuestros pecados y pedimos a nuestra Madre Santísima y a los Santos que intercedan ante Dios por nuestro perdón, ya que sólo los limpios de corazón pueden ver a Dios.

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Nuestro Señor comienza su Misa con el Confiteor; pero éste difiere del nuestro en esto: que Él no tiene pecados que confesar. Es Dios y, por lo tanto, impecable. ¿Quién de vosotros me argüirá de pecado?

Su Confiteor, por lo tanto, no puede ser una súplica de perdón de sus pecados; pero puede ser una súplica de perdón de los nuestros: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

Otros hubiesen gritado, maldecido, luchado al sentir sus pies y manos atravesados por los clavos. Pero la venganza no tiene lugar en el pecho del Salvador; ni una súplica brota de sus labios para castigo de los asesinos; ni exhala una oración pidiendo fortaleza para llevar a cabo su dolor.

El Amor encarnado olvida la injuria; olvida el dolor; y, en este momento de agonía concentrada, manifiesta solamente algo de la altura, la anchura y la profundidad del maravilloso amor de Dios, mientras dice su Confiteor: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

No dijo “perdóname”, sino “perdónalos”. El momento de la muerte era ciertamente el más a propósito para hacer la confesión del pecado; porque la conciencia, en las últimas solemnes horas, impone su autoridad; y, sin embargo, ni una señal de arrepentimiento asoma en sus labios.

Estaba asociado a los pecadores, pero jamás asociado con el pecado. Ni en la muerte ni en la vida tuvo jamás conciencia del menor incumplimiento del deber para con su Padre celestial. ¿Y por qué? Porque un hombre impecable no es sólo un hombre; es más que un mero hombre. Es impecable porque es Dios.

Y en eso está la diferencia. Nosotros sacamos nuestras oraciones de las profundidades de nuestra conciencia del pecado; y Él sacaba su silencio de su propia impecabilidad intrínseca. Esta sola palabra Perdónalos prueba que Él es el Hijo de Dios.

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Reparemos en el motivo en que se apoya para pedir a su Padre celestial que nos perdone: Porque no saben lo que hacen. Cuando alguien nos injuria o nos culpa sin razón, decimos: “lo hizo a conciencia”; pero cuando pecamos contra Dios, Él halla una excusa para el perdón: nuestra ignorancia.

No hay redención para los ángeles caídos. Las gotas de Sangre que cayeron de la Cruz el Viernes Santo en la Misa de Cristo, no alcanzaron a los espíritus de los ángeles rebeldes.

¿Por qué? Porque supieron lo que hacían. Vieron todas las consecuencias de sus actos con la misma evidencia con que nosotros vemos que dos y dos son cuatro, o que una cosa no puede existir y no existir al mismo tiempo. Verdades de esta naturaleza cuando han sido así entendidas no pueden retractarse; son irrevocables y eternas.

Por consiguiente, determinar rebelarse contra el Dios Todopoderoso equivalía a tomar una decisión irrevocable. Conocieron lo que hacían.

Con nosotros es diferente. No vemos las consecuencias de nuestros actos tan claras como los ángeles; somos más débiles; somos ignorantes. Pues, si conociéramos que cada pecado de soberbia teje una corona de espinas para la frente de Cristo; si conociéramos que cada contradicción a sus divinos Mandamientos labra para Él la señal de contradicción, la Cruz; si supiéramos que cada acto de la avariciosa codicia taladra sus manos y cada jornada en los antros del pecado clava sus pies; si conociéramos lo bueno que es Dios y todavía siguiéramos pecando, jamás nos salvaríamos.

Es solamente nuestro desconocimiento del infinito amor del Sagrado Corazón lo que nos introduce dentro del ámbito de su Confiteor en la Cruz.

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Estas palabras, gravémoslo profundamente en nuestras almas, no constituyen una excusa para seguir pecando, sino un nuevo motivo de contrición y penitencia.

El perdón no es negación del pecado. Nuestro Señor no niega el hecho espantoso del pecado. Y en esto se engaña el mundo moderno. Se desentiende del pecado; es más, como decía Pío XII, el mundo moderno ha perdido la noción del pecado.

En una palabra, el mundo moderno niega el pecado. Nuestro Señor nos recuerda que es la más terrible de todas las realidades. Si así no fuera ¿por qué carga con una cruz al impecable? ¿Por qué derrama la sangre inocente? ¿Por qué ahora el pecado se levanta a sí mismo fuera del dominio de lo impersonal y se afirma como personal clavando a la Inocencia en un patíbulo? ¿Por qué tiene tan odiosos compañeros: la ceguera, los compromisos, la cobardía, los odios y la crueldad? Una abstracción no hace esto; pero puede hacerlo un hombre pecador.

Por eso el Señor, que amó al hombre hasta la muerte, permitió al pecador ejercer su venganza contra Él; para que los pecadores pudieran comprender siempre la malicia del pecado viendo en ella la causa de la crucifixión de Aquél que más les había amado.

No hay negación del pecado. Y, sin embargo, a pesar de toda su malicia, la Víctima perdona. En el mismo único hecho se muestra la gran maldad del pecado y el sello del perdón divino.

Desde el Sacrificio del Calvario, reactualizado en cada Santa Misa, ningún hombre puede mirar al crucifijo y decir que el pecado no es grave, como tampoco puede decir jamás que no puede ser perdonado.

Por lo que sufrió Nuestro Señor, demostró la gravedad del pecado; por el modo cómo lo sufrió mostró su misericordia para con el pecador.

Es la Víctima que sufrió la que perdona; y en esta combinación de una Víctima tan humanamente bella, tan divinamente amante, tan absolutamente inocente, es donde uno halla y comprueba un gran crimen y un mayor perdón.

Bajo el refugio de la Sangre de Cristo pueden cobijarse los mayores pecadores, porque hay poder en esta Sangre para hacer retroceder las mayores mareas de la venganza que amenaza sumergir al mundo.

El mundo presentará el pecado como inexistente. Pero sólo en el Calvario experimentaremos la Divina contradicción del pecado perdonado. En la Cruz, el amor divino e infinitamente generoso se apoyó en el pésimo acto del pecado de los hombres para la acción más noble y la más dulce plegaria que ha visto y oído jamás el mundo, el Confiteor de Cristo: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

En todas partes del mundo los sucesores de los Apóstoles tienen hoy el poder de perdonar. Y nosotros nos preguntamos: ¿cómo puede un hombre perdonar los pecados? Porque sabemos que el hombre no puede perdonar los pecados.

Pero Dios puede perdonarlos por medio del hombre; pues ¿no fue este el modo como Dios perdonó a sus verdugos en la Cruz, esto es, a través del instrumento de su naturaleza humana? ¿Por qué, pues, no ha de ser razonable que Él siga perdonando los pecados a través de otras naturalezas humanas, a las cuales dio ese poder?

¿Dónde hallar esos hombres? En el confesionario. Ignorado y ridiculizado por muchos; pero en él se halla el Sagrado Corazón de Cristo perdonando los pecados a través de la mano alzada de su sacerdote, como una vez perdonó a través de sus propias manos levantadas en la Cruz.

Sólo hay un perdón, el perdón de Dios; sólo hay un Perdónalos, el Perdónalos de un Acto eterno y divino, con el cual entramos en contacto durante varias ocasiones en la vida.

Así como el aire está lleno de sinfonías y discursos, pero no los oímos mientras no los sintamos en nuestros aparatos de radio, así jamás las almas sentirán la alegría de este eterno y divino Perdónalos, mientras no sintonicen con él en el tiempo; y el Confesionario es el lugar donde sintonizamos con el clamor de la Cruz; Perdónalos.

Quiera el Señor que nuestra mente moderna, en vez de negar la culpabilidad, mire a la Cruz, confiese su culpa y busque perdón; ojalá aquellos que tienen conciencias intranquilas, que les ensombrecen en la luz y les persiguen en las tinieblas, busquen alivio no en el plano de la medicina, sino en el de la divina justicia; ojalá aquellos que hablan de los oscuros secretos del alma lo hagan, no con aire de soberbia sino con sentimiento de contrición; ojalá aquellos pobres mortales, que derraman lágrimas en silencio, hallen una mano perdonadora que las enjugue.

Debe ser siempre cierto que la mayor tragedia de la vida no es lo que acontece a las almas sino lo que las mismas almas yerran. Y ¿qué mayor tragedia que perder la paz de sentir el pecado perdonado?

El Confiteor a los pies del altar es el reconocimiento de nuestra indignidad; el Confiteor de la Cruz es nuestra esperanza de perdón y absolución.

Las heridas del Salvador fueron terribles, pero la peor herida de todas sería olvidarnos de que nosotros fuimos sus únicos causantes. El Confiteor puede salvarnos de esto, porque es el reconocimiento de que hay algo que debe ser perdonado, y mucho más de lo que jamás conoceremos…

Hay una historia que habla de una religiosa que un día limpiaba en la capilla una pequeña imagen de Nuestro Señor. Mientras hacía su trabajo se le cayó al suelo. La levantó sin que hubiese sufrido ningún desperfecto, la besó y la puso de nuevo en su sitio, diciendo: Si no hubieses caído no habrías recibido esto. Me pregunto si Nuestro Señor no siente lo mismo por nosotros; porque si nunca hubiésemos pecado no podríamos llamarle Salvador.