PADRE LEONARDO CASTELLANI: UN RELENTE DE ROSAS

Conservando los restos

SEGUNDO MISTERIO GLORIOSO

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Nuestro Señor se apareció a sus discípulos durante cuarenta días, “instruyéndolos en las cosas del Reino de Dios”, dice el Evangelio. Los Evangelistas narran diez apariciones de Jesucristo; pero dicen expresamente que hubo además otras.

Cristo se aparecía amoroso y amable, sin ningún cambio en su modo de ser.

Apareció primero de todo, en el mismo instante de resucitar, a su Santísima Madre María; pues, aunque el Evangelio no lo dice, el Evangelio supone que tenemos entendimiento —dice enérgicamente san Ignacio de Loyola.

Se aparecía para consolar y alegrar a sus amigos; pero cada vez hizo algo importante: instituyó el Sacramento de la Penitencia el mismo Domingo de Pascua al atardecer; explicó el sentido de las profecías a los discípulos de Emaús; perdonó y restauró el crédito a San Pedro, confirmándolo como jefe de la Iglesia junto al lago de Tiberíades; y finalmente antes de su Ascensión, promulgo solemnemente la misión de la Iglesia, nombrando expresamente las tres personas de la Santísima Trinidad : “Id y enseñad a todas las gentes; bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo: el que creyere y fuere bautizado será salvo; el que no creyere, será condenado“.

Cristo aparecía a los suyos amable, risueño y hasta un poco juguetón. A la Magdalena apareció disfrazado, o sea, no con su aspecto habitual, la misma madrugada del Domingo. Ella vagaba desconsolada por el jardín junto al sepulcro después que con las otras santas mujeres habían visto el sepulcro vacío y dos jóvenes vestidos de blanco que les dijeron: “No busquéis a Jesús entre los muertos. Ha resucitado. Id a avisar a sus discípulos”.

Se le apareció Cristo y ella creyó era el jardinero y le dijo: “Si tú lo has sacado, dime dónde lo has puesto”. Jesús le dijo: “María”. Ella lo reconoció y dijo: “Rabboni”, que significa ” Maestro mío”, y se echó a sus pies, con un gesto habitual en ella, que la hace recognoscible en todo el Evangelio, aunque no esté su nombre a veces; como la “adultera” del Templo o la “pecadora” de la cena en casa de Simón Leproso, o la María de la casa de Betania; según creemos.

Cristo le dijo entonces una palabra que en nuestras Biblias traducidas suena ininteligible: “No me toques; porque todavía no he subido al Padre”. Esto no tiene atadero. Pero es que la lengua latina no tiene (ni menos la castellana) un tiempo de verbo que los griegos llaman “imperativo aoristo activo”. En el original griego del Evangelio, la frase de Cristo significa: “NO SIGAS tocándome”; es decir, besándome los pies, “ya basta; porque todavía, no subo al Padre, nos veremos otra vez, no es la última vez”; para que no eternizara la escena, como suelen las mujeres; y fuera a cumplir su encargo de avisarle a Pedro, “y a mis hermanos”, dice Cristo; conforme a lo que había dicho antes de su Pasión; “Ya no os llamaré siervos, sino amigos”.

A los dos discípulos de Emaús apareció en aspecto de peregrino para dejarlos se desahogaran a sus anchas; en la ribera del mar de Tiberíades no lo reconocieron tampoco, hasta que sucedió la Segunda Pesca Milagrosa, y San Juan exclamó: “Es el Señor”, con lo cual San Pedro se ciñó los pantalones cortos que tenía para pescar e impetuosamente se echó a nadar; y viéndolo Jesús bracear, le predijo más tarde, luego que hubieron comido, la muerte de cruz que un día habría de sufrir “para glorificar al Señor”. Esta fue la penúltima visita de Cristo, que San Juan narra extensa y pintorescamente.

La última fue el día de la Ascensión, en que caminó con ellos de Jerusalén al Monte de los Olivos, juntándose más y más discípulos en el camino, de modo que llegados a la cumbre había allí 500 personas, como nos anoticia San Pablo. Iba Jesús con su Santísima Madre al lado dándole las últimas instrucciones: que esperaran en Jerusalén la venida del Espíritu Santo y que después habían de ser sus testigos hasta los confines del mundo.

Le preguntaron “¿Si será entonces que vas a restaurar el Reino de Israel?” Cristo en vez de reprenderlos por esa cabezuda idea de un triunfo mundanal de los judíos, les respondió mansamente; sin negar que el Reino Triunfante llegaría un día: “No os toca a vosotros saber los tiempos y momentos que el Padre reservo a su potestad. A vosotros os toca recibir al Espíritu de Dios y ser testigos míos en Jerusalén, en Judea y en todas las partes del mundo”.

Después de lo cual les entregó el Mandato Magno Misionero: ” Id y ensenad a todas las gentes”; los bendijo y comenzó a elevarse lentamente en el aire hasta que una nube resplandeciente, lo ocultó a sus ojos.

Y como ellos quedaran con los ojos fijos en aquel lugar del cielo, vieron de golpe dos personajes vestidos de nube que les dijeron: “Varones de Galilea ¿qué estáis allí mirando sin cesar al cielo? Sabed que este mismo Jesús que habéis visto subir al cielo, así algún día igualmente bajará del cielo”.

Esta última palabra de la Revelación de Cristo es muy importante: El Retomo de Cristo o la Segunda Venida está anunciada al principio, al medio y al fin del Evangelio y repetida muchas veces y de muchas maneras. Es una verdad de fe, como la Eucaristía o la Resurrección, está en el Credo.

Sin esta verdad, la Revelación queda incompleta, la Redención del hombre queda trunca, las Profecías quedan muchas sin cumplir.

Hoy día hay muchos hombres, algunos muy afamados, que dicen: “El Cristianismo ha fracasado, miren como está el mundo”.

La respuesta sencilla es ésta: “Eso está por verse; el mundo todavía no ha acabado”. Cristo volverá otra vez, no ya a padecer y morir, sino a juzgar y reinar: sin eso su triunfo sobre el mal sería incompleto y el demonio podría decir: “Me habrán vencido en el otro mundo, pero en este mundo he vencido yo”.

Si este mundo hubiese de durar millares y millares de años tal como está ahora, yo les concedería que el Cristianismo ha fracasado. Pero eso no sucederá. El fundador del Cristianismo volverá; y volverá relativamente “pronto”: así lo dijo Él mismo.

“El fin del mundo no será el fin del mundo: será el fin deste mundo, lleno de abrojos y espinas. Dios tiene prometido a los suyos OTRO mundo, no solamente en el cielo, sino también aquí en la tierra”.

EN LA ASCENSIÓN