Santo Tomás de Aquino

MEDITACIONES
ENTRESACADAS DE SUS OBRAS

CUARESMA

Lunes de la quinta semana de Cuaresma
LA PASIÓN DE CRISTO ES REMEDIO
CONTRA LOS PECADOS

En la Pasión de Cristo encontramos remedio contra todos los males en que incurrimos por el pecado. En cinco especies de males incurrimos por el pecado.

1º) En la mancha. Porque, cuando el hombre peca, afea su alma; pues así como la virtud es la hermosura del alma, del mismo modo el pecado es su mancha. ¿Cómo es, Israel, que estás en tierra de enemigos? Has envejecido en tierra ajena, te has contaminado con los muertos (Baruc 3, 10-11). La Pasión de Cristo borra esta mancha, porque Cristo con su Pasión hizo un baño de su sangre, para lavar a los pecadores. El alma se lava con la sangre de Cristo en el Bautismo, el cual, en virtud de la sangre de Cristo, tiene una virtud regenerativa. Por eso cuando alguno se mancha por pecado, injuria a Cristo, y peca más gravemente que antes.

2º) En la ofensa de Dios. Porque así como el hombre carnal ama la hermosura carnal, así Dios ama la espiritual, que es la hermosura del alma. Cuando, pues, el alma se mancha por el pecado, es ofendido Dios, y él tiene odio al pecador. Mas la Pasión de Cristo remueve esto, pues él satisfizo a Dios Padre por el pecado, por el que el hombre no podía satisfacer. Su caridad y su obediencia fueron mayores que el pecado y la prevaricación del primer hombre.

3º) En la debilidad. Porque el hombre, pecando una vez, cree que después podrá abstenerse del pecado; pero ocurre todo lo contrario; pues por el primer pecado se debilita y se hace más propenso a pecar, y el pecado domina más al hombre, y éste, en cuanto de él depende, se pone en un estado
del que no se levanta; como el que se arroja a un pozo, si no es alzado por la virtud divina. Por consiguiente, después que pecó el hombre, fue debilitada y corrompida su naturaleza; y desde entonces está más propenso a pecar.

Pero Cristo disminuyó esa enfermedad y debilidad, aunque no la destruyó del todo; sin embargo, de tal modo fue confortado el hombre por la Pasión de Cristo, debilitado el pecado, que no le domina tanto, y puede el hombre hacer esfuerzos, ayudado por la gracia de Dios, la cual se confiere por los sacramentos, que tienen su eficacia de la Pasión de Cristo, de suerte que el hombre puede apartarse de los pecados. Antes de la Pasión de Cristo se encontraron pocos que viviesen sin pecado mortal, pero después de ella muchos vivieron y viven sin pecado mortal.

4º) En el reato de pena. Porque exige la justicia de Dios que cada cual sea castigado, cuando peca. La pena se mide por la culpa. De ahí que como la culpa del pecado mortal es infinita, en cuanto se comete contra el bien infinito, Dios, cuyos preceptos desprecia el pecador, la pena debida al
pecado mortal es infinita.

Pero Cristo nos quitó esa pena por su Pasión, y él mismo la sufrió; como dice el Apóstol San Pedro (I Ped 2, 24): Llevó nuestros pecados, es decir, la pena del pecado, en su cuerpo. Porque fue de tanta virtud la Pasión de Cristo, que bastó para expiar todos los pecados de todo el mundo, aunque
hubiesen sido cientos de miles. De ahí, que los bautizados sean aliviados de todos pecados; de ahí también que el sacerdote perdone los pecados; de ahí que quien más se conforme a la Pasión de Cristo y se adhiera a ella, consiga mayor perdón y merezca más gracia.

5º) Incurrimos en el destierro del reino. En efecto, los que ofenden a los reyes son obligados a salir del reino. Del mismo modo, el hombre es arrojado del paraíso a causa del pecado. Por eso Adán fue expulsado del paraíso inmediatamente después del pecado, y fue cerrada la puerta de aquél.

Pero Cristo, con su Pasión, abrió aquella puerta y volvió a llamar al reino a los desterrados. Pues una vez abierto el costado de Cristo, fue abierta la puerta del paraíso, y una vez derramada su sangre, fue lavada la mancha, aplacado Dios, destruida la enfermedad, expiada la pena y los desterrados llamados al reino. Por eso, se dijo al instante al ladrón: Hoy estarás conmigo en el paraíso (Lc 23, 43) Esto no se dijo anteriormente, ni a Adán, ni a Abrahán, ni a David. Pero hoy, es decir, cuando fue abierta la puerta, el ladrón pidió y obtuvo el perdón. Teniendo confianza de entrar en el santuario por la sangre de Cristo (Hebr 10, 19)