19 DE MARZO: GLORIOSO PATRIARCA SAN JOSÉ

La armadura de Dios

SALUTACIONES A SAN JOSÉ

de San Juan Eudes

Dios te salve, José, imagen de Dios Padre.

Dios te salve, José, padre de Dios Hijo.

Dios te salve, José, santuario del Espíritu Santo.

Dios te salve, José, bienamado de la Santísima Trinidad.

Dios te salve, José, fidelísimo coadjutor del gran consejo.

Dios te salve, José, dignísimo esposo de la Virgen Madre.

Dios te salve, José, padre de todos los fieles.

Dios te salve, José, guardián de todos los que han abrazado la santa virginidad.

Dios te salve, José, fiel observante del silencio sagrado.

Dios te salve, José, amante de la santa pobreza.

Dios te salve, José, modelo de dulzura y de paciencia.

Dios te salve, José, espejo de humildad y de obediencia.

Sois bendito entre todos los hombres.

Y benditos sean vuestros ojos que vieron lo que vos habéis visto.

Y benditos sean vuestros oídos que oyeron lo que vos habéis oído.

Y benditas sean vuestras manos que tocaron al Verbo hecho carne.

Y benditos sean vuestros brazos que llevaron al que sostiene todas las cosas.

Y bendito sea vuestro pecho, sobre el cual el Hijo de Dios descansó dulcemente.

Y bendito sea vuestro corazón abrasado por Él del amor más ardiente.

Y bendito sea el Padre Eterno que os eligió.

Y bendito sea el Hijo que os amó.

Y bendito sea el Espíritu Santo que os santificó.

Y bendita sea María, vuestra esposa, que os amó como a un esposo y un hermano.

Y bendito sea el ángel que fue vuestro guardián.

Y benditos sean por siempre todos los que os aman y os bendicen.

Amén.

FLORES O HISTORIAS JOSEFINAS

1ª) Cómo San José auxilió a Santa Teresa y sus hijas

En algunos pasajes de la autobiografía de Santa Teresa de Jesús, la insigne mística ensalza el patrocinio de San José y los favores que había recibido ella del glorioso Patriarca.

Es importante añadir a lo que allí se cuenta el siguiente caso que escribe Fray Diego de Yepes en el libro 2°, caps. 27, de su vida de la Santa Carmelita.

Dice, pues, que, caminando la Santa por las faldas de los montes de Sierra Morena, acompañada de algunas monjas hijas suyas, que iban a fundar un convento en un pueblo llamado Veas, erraron el camino, y saliéndose del real tomaron por otro, y poco a poco, sin reparar en el peligro, se fueron entrando en unos despeñaderos altísimos y profundísimos, donde se vieron en riesgo manifiesto de la vida, sin saber por dónde salir ni atrás ni adelante.

Viendo la Santa a sus hijas en tan grande aflicción, les dijo con gran confianza:

— Ea, hijas mías, aquí no tenemos remedio humano; acudamos al divino, tomando por patrón e intercesor al glorioso Patriarca San José, que no puede faltarnos su amparo y patrocinio.

Y para que se viese su eficacia, luego al punto se oyó una voz por entre aquellos temerosos precipicios, que les causó grande gozo y alegría.

Oyeron decir: Deteneos, no paséis adelante ni os meneéis un paso, que os despeñaréis sin remedio.

Preguntaron que ¿qué harían para salir de aquel peligro?

Señalóles una vereda menos peligrosa, diciéndoles que fuesen muy poco a poco y con grande tiento por ella, y se apeasen de las carrozas en que iban.

Hiciéronlo así, hallándose milagrosamente libres del peligro.

Quisieron dar las gracias a su bienhechor, y no le hallaron, que ya se había desaparecido.

Buscáronle los carroceros con gran diligencia, bajando hasta lo más profundo del valle; pero volviéndose la Santa a sus hijas, los ojos llenos de devotas lágrimas, les descubrió a su bienhechor, diciéndoles quién era.

— En vano se cansan nuestros carroceros buscando a nuestro benigno y liberal intercesor, porque fue nuestro Patrón San José, y dejándonos ya en camino seguro, se ha vuelto al cielo.

Así lo mostró el efecto, que no bastó ninguna diligencia para que hallasen algún rastro. Y reconociendo todos el singular beneficio, dieron las gracias a Dios y a San José, prosiguiendo alegres su camino.

2ª) Libra San José de la muerte a un niño que se ahogaba en el río de Lima

En la ciudad de Lima, y pegada al puente de su río, tenía la Compañía de Jesús una residencia de la advocación de Nuestra Señora de los Desamparados.

Estando en ella un día de fiesta el venerable siervo de Dios Padre Francisco del Castillo, oyó mucho ruido y gritería en el río, y asomándose a ver lo que era, vio que un niño batallaba con la fuerza de la corriente, que venía crecida, y que era forzoso que topase con la muralla de uno de los arcos del puente, donde todos temían que se había de hacer pedazos, sin ser posible poderle socorrer, y por esta lástima era el alarido de los que le veían venir ahogándose.

Arrodillóse el siervo de Dios ante una imagen de San José, que estaba, como Patrón de la escuela de niños que había allí, en un altarcito, y habiendo hecho una breve oración al Santo Patriarca, se levantó y dijo:

— Gracias a Dios que pasó bien y está con vida, por la intercesión del glorioso San José.

Así fue que, sin saber cómo, se halló el niño, salvo en la orilla.

Este caso consta en los Procesos que se hicieron del siervo de Dios en orden a su beatificación.

Era él tan devoto del santo Patriarca, que predicando un día acerca de su Patrocinio, dijo que podía repetir lo que de sí afirmó Santa Teresa de Jesús: que no había pedido cosa a San José que no la hubiese alcanzado.

3ª) Convierte Nuestra Señora a un moro, y mándale que se ponga el nombre de José

Vivía en la ciudad de Nápoles en casa de un rico caballero un moro obstinado e incapaz, el cual, aunque el Padre de la Compañía de Jesús, director de la Congregación de los esclavos, había procurado en varias ocasiones que se convirtiese y dejase la secta de Mahoma, siempre había estado pertinaz.

Confirmóse más en su dureza y obstinación con los consejos de otro esclavo que entró a servir en casa de aquel caballero.

Esto tenía de bueno nuestro moro: que había cobrado una afición y amor muy grandes a una imagen hermosísima y devota de Nuestra Señora que halló en el patio o jardín de aquel palacio; y tanto cariño le tomó que todas las noches le encendía una lámpara, poniendo el aceite a su costa.

El otro esclavo, temiendo lo que después sucedió, le persuadía que dejase aquella devoción; pero nada logró del moro, que jamás quiso ni vino en ello, diciéndole que aquella Señora era muy hermosa y esperaba que le había de agradecer lo que por ella hacía.

Así fue, porque poco después, estando el moro durmiendo en la cochera de su casa, oyó que le llamaban por su nombre, y le decían:

— Abel, Abel, despierta luego, porque te quiero decir una palabra.

Despertó, y vio una luz grande, y delante de sí una matrona de gran majestad vestida de blanco, y a su lado izquierdo a un viejo venerable.

Turbóse el moro, y dijo:

— ¿Quién eres tú y cómo has podido entrar con este viejo, estando cerrada la puerta?

Respondió Nuestra Señora la Virgen Santísima:

— Yo soy María, a quien has venerado tanto tiempo en mi imagen. Este anciano que viene conmigo es San José mi Esposo, y vengo del cielo a persuadirte que te hagas cristiano y te llames José; y porque soy señora del cielo y de la tierra, he entrado a puerta cerrada.

El moro dijo:

— Señora mía, mandadme otra cualquier cosa, que yo lo haré; pero esto de ser cristiano, no.

Entonces, acercándose más, la Virgen le tocó diciéndole:

— Ea, Abel, hazte cristiano y no resistas más.

Luego comenzó el moro a dar voces y decir:

— Señora, tú has metido fuego en mi corazón; yo quiero ser cristiano y llamarme José; pero, ¿cómo lo haré, que yo no tengo memoria y no podré aprender las oraciones de los cristianos?

Díjole Nuestra Señora:

— No te dé pena eso, que yo misma quiero comenzar a enseñártelas.

Y asiéndole del brazo derecho, le hizo hacer con la mano la señal de la cruz, asegurándole que nunca se olvidaría de lo que le enseñaba. Díjole que fuese al Padre de la Congregación de los esclavos, que él le enseñaría presto las oraciones.

Hizo Nuestra Señora ademán de irse, y el moro, asiéndola del manto, le dijo:

— Señora mía, cuando yo estuviere melancólico venme a visitar y consolar.

— Así lo haré de muy buena gana, le dijo. Y luego desapareció.

Despertó el moro a su amo y refirióle lo que había sucedido. El Padre le catequizó, y con mucha facilidad enseñó lo necesario para recibir el bautismo. Con su ejemplo se convirtió el otro esclavo su compañero.

Nuestra Señora le cumplió al moro lo que le había prometido, porque antes que le bautizaran, hallándose un día muy afligido y desconsolado, levantó los ojos al cielo, diciendo:

— Señora mía, ahora es tiempo de dejarte ver para mi consuelo.

Apareciósele dos veces, y diciéndole:

— José, ten paciencia, lo llenó de gozo y alegría tan grande que, como él decía, le parecía que estaba en el paraíso.

Fue bautizado con su compañero y otros diez esclavos que se convirtieron a nuestra santa fe católica el año de 1648.

4ª) Conviértese por intercesión de San José un joven muy disipado

Vivía en Lyon un joven de arregladas costumbres y fervorosa piedad. Con el cultivo de la oración y demás virtudes no tardó en brotar en el huerto de su alma la exquisita flor de la vocación religiosa. Manifestó sus deseos a sus padres que, si bien eran honrados y según el mundo buenos cristianos, oyeron de mala gana a su hijo y rechazaron aquellos propósitos, que no se avenían bien con los planes y proyectos que habían concebido acerca de su futuro estado.

Insistía el hijo; representaba los peligros que en la vida seglar le cercarían indefectiblemente y esforzábase en persuadir a los suyos que si había resuelto abrazar el estado religioso era únicamente para asegurar más y más su salvación eterna.

Inútiles fueron sus ruegos y declamaciones. Los desatentados progenitores se cerraron en su negativa, y le prohibieron absolutamente que hablase jamás sobre el asunto.

Pasaron días, y el mozo, como suele suceder cuando hierve la sangre y se ven malos ejemplos, comenzó a entibiarse y a no precaverse como debía de la compañía de ciertos amigos que a todas horas le buscaban.

Tan ciegos estaban sus padres, que hasta veían con gusto su nuevo proceder, y a trueque de no perderle para sí, como decían, celebraban hubiese dejado aquel aire de santurrón y diese a la mocedad lo que era suyo.

Por abreviar; nuestro joven no sólo renunció completamente a su vocación, sino que, resbalando y resbalando por la pendiente del vicio, llegó pronto a lo más profundo de la maldad; entregóse a los devaneos de una vida licenciosa y, hastiado de la compañía de sus padres, huyó de su casa y sentó plaza en el ejército.

Entonces comenzaron las lamentaciones de aquéllos y a conocer que Dios castigaba de un golpe al hijo y a los padres: al hijo, porque cerró los oídos a la voz del Cielo por complacer a los suyos; a éstos, porque se opusieron a lo que Dios quería del hijo.

Confirmáronse en estas ideas con las noticias que les llegaban del creciente desenfreno del que era en otro tiempo tan modesto y ejemplar.

Dicho está que agotaron cuantos medios humanos estaban a su alcance para reducirlo al buen camino. Cuando vieron que todo esto era inútil, compadecidos de la desgracia temporal y eterna que le amenazaba y heridos con el remordimiento de la conciencia que les acusaba de haber contribuido a la perdición de su hijo, levantaron el corazón al Cielo y, deshechos en lágrimas, acudieron a la bondad y patrocinio del glorioso Patriarca San José, como al último refugio en tan apurado trance.

¡Con qué fervor oraron! ¡Qué sacrificios y limosnas no hicieron! Tanto y tan de veras suplicaron, que al fin el bondadoso Santo, cuya ternura y poder no tiene límites, inspiró al joven verdadera contrición de sus pecados, de suerte que, trocado el corazón como nuevo hijo pródigo, dejó la milicia, volvió a su casa, pidió perdón a sus padres de los disgustos que les había causado y entabló una vida digna de su primitivo fervor, dando todos incesantes gracias a su excelso abogado San José.

5ª) Socorre San José a los pobres en sus apuros y necesidades

Una pobre obrera acudió cierto día a su confesor en demanda de consejo, pues tenía necesidad de una suma de dinero para salir de un negocio del que dependía su honra y la de su marido.

El confesor le aconsejó que se dirigiera a San José.

Obediente la mujer, comenzó una novena a este glorioso Santo.

Pasados diez días, vuelve a su confesor.

— Padre mío, le dice, ¿habéis hablado a alguien de mi apuro?

— No, hija mía… Mas, ¿a qué viene esta pregunta? Me parecéis como asustada.

— Figuraos, Padre mío, replicó ella, que hace tres días recibí una carta anónima en la que se me invitaba a que fuera a cierto sitio a las seis de la tarde. Creí que no debía acudir a semejante rara invitación. Pues bien, anoche, hacia las seis, oigo llamar a mi puerta. Entrad, grité. Ábrese la puerta, y me encuentro delante de un hombre de edad, de respetuoso continente, que me pregunta sí soy yo Fulana de Tal. Contéstele que sí. Esto es para usted, repuso, y me entregó un paquetito atado con bramante.

— Caballero, le pregunté, ¿puedo yo saber con quién tengo la honra de hablar?

— ¿Qué os importa?, respondió. Esto es para usted.

Dicho esto, bajó la escalera y desapareció… Abro el paquetito con curiosidad fácil de adivinar, y encuentro precisamente la cantidad que yo había pedido a San José.

Apresuréme a correr detrás del desconocido para darle las gracias, pero ya no volví a verle.

6ª) Cuida San José de remediar el hambre de una pobre familia

Una pobre viuda, madre de cinco hijos, les dijo un día: Hoy no tengo ni un pedazo de pan, ni un puñado de harina, ni siquiera un huevo; andad con Dios y encomendaos a San José, que es muy rico.

Uno de los pequeñuelos, mientras hambriento y lloroso se encaminaba a la escuela, acierta a pasar por delante de una iglesia; entra y dice en voz alta a una imagen de San José: Tú que eres muy rico, no nos dejes morir de hambre. Mamá no tiene ni un pedazo de pan, ni un puñado de harina, ni siquiera un huevo. Socórrela.

Después de la escuela volvió a casa, y al divisar las nuevas abundantes provisiones que habían traído, dijo a su madre maravillado: ¿De dónde ha salido este pan, harina y huevos? ¿Lo ha enviado San José por medio de algún Ángel?

— Sí, hijo mío, contestó la madre, pero el ángel ha sido en esta ocasión la mujer del alcalde, que te oyó rogar en la iglesia al poderoso y benéfico San José, e inspirada por Él ha mandado estas provisiones para remediar nuestra necesidad. Confiemos siempre en el Santo Patriarca, que nunca consentirá nos falte lo necesario.

7ª) San José alcanza la salud a un enfermo

Un socio de las Conferencias de San Vicente de Paul escribe lo siguiente:

En el decurso del año 1857 estaba yo encargado de visitar en nombre de la Conferencia de San Vicente de Paul a una pobre familia compuesta de padre, madre y cinco niños. El padre se hallaba enfermo en el hospital; el más pequeño de los niños padecía también una enfermedad gravísima, cuyos progresos hacían presagiar una muerte próxima, según afirmación del médico.

La desconsolada madre, al oír el pronóstico de éste, se puso a llorar; pero de repente un destello de esperanza vino a iluminar su espíritu y volvió a infundirle un poco de valor. Acordóse de que yo había dado a uno de sus hijos algunas semanas antes un opúsculo sobre San José. Este pequeño libro, leído y releído por ella varias veces, le animó ahora de suerte que, dirigiéndose a sus hijos, les dijo que era necesario empezar desde luego una novena a San José para pedirle la curación del enfermo.

No se hizo aguardar mucho tiempo el Santo Patriarca. Al fin de la novena empezó el niño enfermo a recobrar las fuerzas y el apetito, y al cabo de dos semanas estaba completamente restablecido, con más vigor y salud que antes de la enfermedad.

8ª) Conversión de un joven, alcanzada por mediación de San José

Un desdichado joven italiano, sordo a las amorosas amonestaciones de su familia, abandonó la casa paterna en 1859 y sentó plaza en la milicia.

Su salud, alterada por una vida viciosa, obligóle al fin a volver a su casa con la esperanza de restablecerse; pero la medicina se declaró impotente para ello.

Como se acortasen sus días, se le habló de administrarle los Sacramentos, a lo cual se negó rotundamente. Contestaba con ira y desprecio a los ruegos y lágrimas de sus padres y parientes.

Ofreciéronle entonces una medalla de San José, que recibió con alguna repugnancia.

Comenzó, no obstante esto, su madre una novena al Santo. Al tercer día había ya triunfado de aquel corazón rebelde la divina gracia, merced a la intercesión del Glorioso Patriarca. Confesóse el enfermo con grande contrición, comulgó con fervor y miró la muerte como un beneficio del Cielo.

El 15 de enero de 1865, recibida devotamente la Extremaunción, expiró con la paz de los justos, dando inequívocas señales de su eterna salvación.

9ª) Curación de un maniático

A últimos de 1867, en Barcelona, un infeliz agobiado por el intenso dolor de una enfermedad que padecía, tomó la desesperada resolución de suicidarse por hambre. Fijo en su monomanía y resuelto a conseguir su fin a todo trance, había en efecto pasado algunos días sin tomar ningún alimento.

En vano su esposa y otras personas compasivas trabajaron en disuadirle de su criminal propósito. En este apuro pidiéronse oraciones a una comunidad de religiosas.

Ocurrióse a una de éstas aconsejar que se pusiera al desgraciado una medalla de San José, mientras la comunidad imploraba el valimiento del Glorioso Patriarca.

Lo mismo fue ponerle la bendita medalla que romper el maniático en copioso llanto, mostrándose desde entonces dócil a las prescripciones de los médicos y en vías de completa curación.

10ª) San José obtiene la gracia de hacer una buena confesión

En cierta ciudad de Cataluña residía una persona que tenía la desgracia de callar hacía veintiocho años un pecado en la confesión. Siendo, por otra parte, piadosa, atormentábale su conciencia; pero se le ahogaba la voz en la garganta cuando iba a decir su antiguo pecado.

Acudió, por fin, a San José, haciéndole una novena. Y no bien la hubo concluido sintióse con fuerzas y valor para confesarse bien, con sinceridad y dolor de toda su vida, poniéndose en gracia de Dios y disfrutando de una paz y alegría inexplicables.

11ª) San José y las Hermanitas de los pobres

Establecidas estas buenas Hermanitas en Barcelona el año 1863, en sus comienzos, a causa de la estrechez de la casa, no daban asilo sino a las mujeres. Pero he aquí que un día llamó a las puertas un pobre anciano de ochenta años.

— ¿Qué se le ofrece a usted, hermanito? —le preguntó la portera.

— Señora, vengo para quedarme aquí, pues me dijeron que recogían ustedes viejos.

Salió la Superiora, y en vano le respondió que no podía asilar a ningún hombre, porque no tenían lugar.

— Pues, señora, replicó el viejo, yo no me voy de aquí hasta que me den acogimiento.

— ¿Y cómo se llama usted, hermanito?

— José.

— ¿José?

— Sí, señora, hasta que Dios quiera.

Chocó este nombre a las Hermanitas, y advirtiendo, además, que aquel día era miércoles, consagrado a San José, se miraron unas a otras como para deliberar. Mas pronto, estuvo resuelto el pleito, y se resolvió que se quedara el anciano en obsequio a San José.

Pero, ¿cómo hacerlo? El pobre estaba lleno de miseria y cubierto de sucios andrajos, sin haber en la casa vestido que ponerle. En tanto, la Madre Asistente General dijo a la Superiora de la casa: — Salga usted con otra Hermanita a pedir limosna para vestir al pobre, mientras yo lo lavo y peino como es menester.

Durante este breve coloquio sonó el timbre de la portería; abrió la portera, y un desconocido le entregó un bulto, retirándose al momento. ¡Qué sorpresa tan agradable! Desenvolvieron el lío, y hallaron en él un vestido completo para el pobre anciano.

Desde entonces, la protección que ha dispensado a las Hermanitas el benéfico San José, y los beneficios que éstas han recibido constantemente del Santo, exceden toda ponderación.

Él ha sido su amparo y refugio en todas las circunstancias. A veces ha querido el Glorioso Patriarca probar su fe y confianza; pero es tal y tan grande la que le tienen las Hermanitas, tan filial y sencillo el lenguaje que con Él usan, que a quien no las conozca ni conozca la bondad y amor de San José, quizá le parezcan poco convenientes; pero los hechos demuestran lo contrario, y que su confianza jamás queda confundida.

12ª) Un billete de Banco

A últimos de agosto de 1863 escribían desde el noviciado de la Compañía de Jesús en Angers el hecho siguiente, a gloria de San José:

El 6 de este mes una religiosa de esta ciudad recibió de otra persona el encargo de ir al Banco de Francia, donde tenía cuenta abierta, y traerle un billete de quinientos francos. Fue la religiosa recadera a dicho establecimiento, recibió el billete, y después de haber hecho otras diligencias, volvíase a su casa.

Mas ¡oh desgracia! A los pocos minutos de emprendida la vuelta notó que había perdido el billete. Al momento retrocedió, desanduvo lo andado y examinó con diligencia y ansiedad el camino recorrido; pero todo en vano.

Desconfiaba ya hallar el papel por haberlo perdido en la plaza donde estaba el Banco, y precisamente en día de mercado.

Desolada se hallaba la pobre religiosa, porque perteneciendo el dinero a una persona extraña a la comunidad no sabía cómo arreglar el negocio, ¿Qué hacer en tales amarguras? Advierte que allí cerca se levantaba la iglesia d la Archicofradía Josefina, y fuese instintivamente a postrar a los pies del Santo Patriarca en busca de consejo y de consuelo.

Efectivamente; acabó su fervorosa oración más animada y aun con alguna confianza de recobrar lo perdido. Volvió a su convento, bien que con semblante triste y pensativo.

Al ir a entrar en la portería llegaron al mismo tiempo un caballero y una señora. Esta, notando en la Hermana cierta expresión de pena y melancolía, le preguntó: — Dígame, buena Hermana, ¿le pasa a usted algo? Se me figura que está usted triste y tiene algún contratiempo.

Contóles la religiosa sencillamente su infortunio y los apuros en que se encontraba.

— ¿Encomendóse usted a Dios?, le dijo la señora con acento afectuoso.

— ¡Oh!, sí, contestó la Hermana, y espero que San José, a quien rogué con toda mi alma, no desoirá mi súplica.

— Tiene usted razón; no ha rogado usted inútilmente, exclamó la señora; y mientras la Hermana la miraba con ansiosa expectación, aquélla sacó su cartera, y tomando con agradable sonrisa, como quien va a hacer una buena obra, el billete de quinientos francos, se lo entregó diciendo: — Ahí tiene usted su papel perdido.

Cuán grata fue la sorpresa de la religiosa, mejor se puede pensar que decir. Al instante prorrumpió en acción de gracias al Santo Patriarca y a los señores que habían sido instrumento de sus misericordias.

Y deseosa de saber dónde había sido el hallazgo, la buena señora se lo contó en estos términos:

— Pasando con mi esposo por la plaza del Mercado vi en el suelo un papel, que sentí ganas de recoger, sin saber lo que era. Mi marido, al notar mi acción, me dijo que lo dejara y siguiera adelante, creyendo que no era de importancia; mas yo advertí al momento que era un billete de Banco, y lo recogí.

¡Aquí fueron mis apuros! ¿Cómo encontrar al dueño en medio de aquel tropel de gente que llenaba la plaza? Ocurrióseme por de pronto ir a preguntar a mi banquero, por si acaso de su respuesta podía rastrear quién fuese el dueño del billete; pero el banquero me dijo que en toda la mañana no había librado ninguno. Disuadióme que fuese a inquirirlo en otras casas. Mas viendo él que yo insistía en continuar mis averiguaciones, me indicó que, si tanto me empeñaba, podía ir a preguntarlo al Banco de Francia. Seguí su consejo, y supe en dicho establecimiento que allí no se había girado en toda la mañana sino un billete de quinientos francos a cuenta de una señora que vive en su convento de ustedes. Con este dato, sin duda por inspiración de San José, tomé, junto con mi esposo, el camino de esta casa, disponiendo el Santo que para consuelo de usted llegáramos todos a un mismo tiempo a la portería.

Este sencillo relato redobló la admiración y reconocimiento de la religiosa, la cual, después de haber dado gracias al caballero y a la señora, se despidió cortésmente de ellos, bendiciendo a San José por gracia tan providencial y admirable.

13ª) Una visita provechosa

El Reverendo Padre Huguet, celoso propagandista de las glorias de San José, trae en su Mes de Marzo la siguiente carta:

N… 1º de febrero de 1867.

Mi Rvdo. Padre: Tengo el gusto de poner en conocimiento de V. R. un hecho notable sobre la protección poderosa de San José, hecho del que yo mismo he sido testigo presencial.

El lunes último, 28 de enero, la Rvda. Madre Superiora subió al taller y comunicó a nuestros 15 huérfanos la necesidad apremiante de fondos en que estaba la casa, y los invitó a implorar el amparo de San José para obtener de él unos mil francos que eran menester para cubrir los gastos.

Con esto empezaron todos sus plegarias, y la comunidad dio comienzo a una novena. Al otro día, 29 de enero, una Hermana encontró en un corredor de la casa a una buena mujer, a la cual preguntó: — ¿Qué se le ofrecía a usted?

— ¿La señora Superiora?, respondió la visitante.

— Señora, no está en casa; pero, si usted tiene apuro, aquí estoy yo para suplirla.

— Muy bien, respondió la desconocida, muy bien; tome usted este encargo, y haga el favor de entregárselo.

Y al decir esto le dio una mala caja de cartón bien cerradita.

— ¿Y de parte de quién, señora?

— Esto poco importa, Hermana; quede usted con Dios.

Así dijo la desconocida, y desapareció. Al momento que llegó la Superiora, le llevaron la cajita, que ella recibió emocionada sin advertirlo; abrióla y encontró en ella un billete de mil francos.

Estaba cerca la capilla, y la Superiora, sin fuerzas para más, se fue a ella, y cayendo de rodillas, prorrumpió en llanto, dando gracias a Dios que de una manera tan conmovedora y notable había manifestado el poder y protección de San José.

Luego subió a mi aposento la Superiora, y sin decirme una palabra, me presentó una carta abierta que estaba junto con el billete de mil francos.

En ella se leía: «Conociendo vuestras grandes necesidades, os envío en nombre de San José mil francos. En cambio os suplico hagáis durante un año una novena cada mes, rogando por la santificación de una familia numerosa, y por la conversión de su cabeza». Seguían las iniciales de una firma desconocida.

Como V.R. puede figurarse, todos hemos quedado impresionados vivamente por este suceso, y el miércoles por la mañana yo celebré el santo sacrificio de la misa en hacimiento de gracias.

Nadie absolutamente, a excepción de la Superiora, Hermanas y huérfanos, tenía conocimiento de la novena que se había principiado para remedio de la apremiante necesidad. Además, como esta casa está a media legua de la ciudad y lejos de vecinos que la frecuenten, nadie pudo naturalmente saber lo que se pretendía alcanzar del valimiento de San José.

Otra circunstancia curiosa, digna de notarse, es que habiendo la Superiora en un principio resuelto pedir al Santo sólo quinientos francos, después, pensándolo mejor, se dijo para sí: «A San José lo mismo le da otorgarnos quinientos que mil; pues pidamos mil, que no vendrán mal».

Con esta generosidad se porta el santo Patriarca con los que le obsequian y en él confían.

Suyo, N. N