Padre Juan Carlos Ceriani: SAN JUAN EVANGELISTA

Sermones-Ceriani

SAN JUAN EVANGELISTA

Dijo Jesús a Pedro: “Sígueme.” Volviéndose Pedro, vio que los seguía el discípulo al cual Jesús amaba, el que, durante la cena, reclinado sobre su pecho, le había preguntado: “Señor, ¿quién es el que te ha de entregar?” Pedro, pues, viéndolo, dijo a Jesús: “Señor, ¿y éste, que?” Jesús le respondió: “Si me place que él se quede hasta mi vuelta, ¿qué te importa a ti? Tú sígueme”. Y así se propagó entre los hermanos el rumor de que este discípulo no había de morir. Sin embargo, Jesús no le había dicho que él no debía morir, sino: “Si me place que él se quede hasta mi vuelta, ¿qué te importa a ti?” Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas, y que las ha escrito, y sabemos que su testimonio es verdadero.

Después de San Esteban, el Protomártir, el más próximo junto al pesebre del Señor es San Juan, Apóstol, Evangelista y Profeta.

Así como San Esteban es reconocido como prototipo de los Mártires, San Juan aparece ante nosotros como el Príncipe de los Vírgenes.

El martirio le valió a San Esteban la palma y la corona; la virginidad mereció a Juan sublimes privilegios.

San Juan fue detrás de Jesús en la flor de la juventud, sin volver la vista atrás; fue objeto de una ternura particular por parte del Corazón de Jesús; y en tanto que los demás fueron simplemente Discípulos y Apóstoles, él fue el Amigo del Hijo de Dios. Sólo ésta palabra del santo Evangelio: El Discípulo a quien Jesús amaba, dice más, en su admirable concisión, que todos los comentarios.

Leyendo el Sagrado Evangelio, uno se va dando cuenta de que San Juan ocupa entre los Apóstoles un lugar de predilección. Para Juan parece que reserva Jesús las más tiernas efusiones de su Corazón. Se diría que multiplica las ocasiones para manifestarle la ternura especial de su amantísimo Corazón.

Lo toma por testigo de escenas misteriosas, que no quiere realizar en presencia de la muchedumbre, sino apartado de ella, e incluso lejos de las miradas de los demás Apóstoles.

Con Pedro y Santiago asiste a la resurrección de la hija de Jairo, y ve por vez primera a su Divino Maestro encararse con la muerte y mandarle devuelva su presa.

Algún tiempo después lleva Jesús a sus tres Apóstoles privilegiados, Pedro, Santiago y Juan, al monte Tabor; se transfigura en su presencia y les muestra su gloria.

Pero hay un instante, en la Última Cena, víspera de la Pasión, en que el Sacratísimo Corazón de Jesús, desbordante de amor, parece querer transfundirse en el alma del Discípulo. En efecto, Juan reclina suavemente la cabeza sobre el costado de Cristo; y cierra los ojos corporales para que su alma vea mejor los tesoros espirituales ahí encerrados; esta bebiendo, en su misma divina fuente, la doctrina de amor que después difundirá por el mundo entero; y bebe también la firmeza y la constancia que nos admirarán unas horas después cuando, sin desfallecer, seguirá a Jesús hasta el Calvario.

Allí permanecerá en pie, junto a su propia madre, a María Magdalena y a María, la mujer de Cleofás, haciendo compañía a la Madre Virgen y Reina mártir que, traspasada por la espada del dolor, llora a su Hijo. Momento solemne es este. Jesús ve a María, su madre, y al Discípulo amado junto a Ella. Mujer —dice— ahí tienes a tu hijo. Y después, mirando al Discípulo: He ahí a tu Madre. Y desde aquel punto se encarga de Ella el Discípulo. Él la guardará como bien propio, a su lado hará las veces de su divino Amigo; la amará como a su propia madre; y será amado por Ella como un hijo.

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Justo era que, después de haber participado de los tormentos de la Pasión, tuviese parte también en los gozos de la Resurrección.

El tercer día, después de la muerte del Señor, fue María Magdalena al sepulcro con Salomé, y, habiéndolo hallado vacío, volvió apresuradamente a la casa donde Juan y Pedro estaban, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sé dónde lo han puesto.

Con esta nueva se conmovieron los dos Apóstoles y se encaminaron al sepulcro. Corrían ambos a la par; mas Juan, que era más joven, corrió más aprisa, y llego primero. Habiéndose inclinado vio los lienzos aplanados, pero no entró; después que Pedro hubo entrado, el también entró, y vio y creyó.

Durante los cuarenta días que mediaron entre la Resurrección y la Ascensión, multiplicó Jesucristo sus apariciones para que los Discípulos quedasen bien convencidos de la realidad del portentoso milagro. Estaban pescando en el lago de Genezaret, cuando se presentó Jesús en la orilla; pero no lo reconocieron. Renovó el Maestro el prodigio de la pesca milagrosa, y de pronto cayó en la cuenta el Discípulo Amado y dijo a Pedro: Es el Señor.

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Después de la venida del Espíritu Santo, no se ausentó San Juan de Jerusalén tan pronto como los demás Apóstoles, pues tenía que velar por la divina Madre, inestimable tesoro que nuestro amantísimo Redentor le había confiado antes de abandonar la tierra.

Después del tránsito de Nuestra Señora, dejó Juan definitivamente la Ciudad Santa y fue a establecerse en Asia Menor, conforme estaba previsto en el reparto que del mundo se hicieran los Apóstoles.

Le había precedido San Pablo en aquellas comarcas, en las que predicó con gran fruto; y él completó la obra del gran Apóstol; fundó y organizó iglesias en las principales ciudades, y fijó su residencia en Éfeso, desde donde dirigía a todos los fieles de Oriente.

En breve tiempo transformó aquellas florecientes regiones. El culto de Diana, antes tan extendido, sobre todo en Éfeso, parecía poco menos que extinguido. Se alarmaron con esto los sacerdotes de los falsos dioses y denunciaron al Santo Evangelista ante el procónsul romano, que lo hizo prender y lo envió al emperador Domiciano acusado de mago, menospreciador de los dioses y sacrílego.

El emperador ordenó que le azotasen, le llevasen a un lugar cerca de Roma, conocido más tarde con el nombre de Puerta Latina, y allí le diesen muerte arrojándole en una caldera de aceite hirviendo. Mas el Señor convirtió tan horrible suplicio en refrigerio, y el invicto Apóstol salió de la tina más fuerte y vigoroso de lo que había entrado.

Atribuyó Domiciano este milagro a un artificio de magia, pero no se atrevió a dar muerte al Santo y lo desterró a Patmos, islote estéril de las Espóradas, en el mar Egeo, para que trabajase en las minas. Sucedió esto en el año 95.

Mientras sus brazos extraían el mineral de hierro, sus predicaciones arrancaban a la idolatría a los muchos que le rodeaban, mientras atendía a la porción del rebano que se le confiara, previniéndolo celosamente contra la herejía y contra ciertas innovaciones peligrosas que el demonio comenzaba a suscitar.

Estando en aquel suplicio de las minas tuvo admirables ilustraciones y revelaciones del señor. En el Apocalipsis describe el inspirado autor la serie de sucesos que en espíritu veía iban a realizarse.

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En el ocaso del primer siglo su figura reaparece con toda su prestancia; dominando el fin de la era apostólica con una majestad incomparable, debida al poder de su palabra y al prestigio de su autoridad.

En el 97, después de la muerte de Domiciano, habiendo anulado el Senado romano los decretos del tirano, pudo San Juan volver a Éfeso. Queriendo la divina Sabiduría revelar el misterio del Verbo y confiar a la palabra escrita secretos que hasta entonces ninguna pluma humana había sido llamada a publicar, fue Juan escogido para ésta gran obra.

Cuando habían desaparecido todos los “testigos de la Palabra”, los oyentes de Jesús, quedaba allí Juan, que había visto al Maestro con sus ojos, y le había tocado con sus manos, y había recogido las últimas palabras de su vida mortal. Sólo San Juan quedaba en pie, en medio de la Iglesia.

La herejía, renegando de las enseñanzas apostólicas, trataba de destruir al Verbo divino, no queriendo reconocerle como Hijo de Dios, consubstancial al Padre. Las Iglesias invitaron a hablar a Juan; y él lo hizo con lenguaje celestial.

Le instaron mucho sus discípulos a que pusiera por escrito cuanto les ensenaba del Señor. Antes de acceder ordenó tres días de ayuno y de oración. Durante ellos, recibió del Cielo orden para complacer a sus hijos espirituales. Entonces escribió su Evangelio, el más sublime de todos, aunque el postrero en el orden cronológico.

Los demás Evangelistas parecen caminar por la tierra con Jesús hombre, pero Juan, cual águila potente, se eleva muy por encima de los querubines y serafines, y va a reposarse en el seno del Padre Eterno, cuya divina fecundidad revela cuando escribe: En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios… y el Verbo se hizo carne; palabras que repite la Iglesia todos los días al final de la Misa. No podría haberse hallado página más bella para la del día de Navidad.

Los otros Evangelistas se ciñen a demostrar por los hechos la divinidad de Jesucristo; mas San Juan, queriendo principalmente refutar los errores de Cerinto, de Ebión y de otros herejes, que reducían a Jesucristo a la condición de puro hombre, demuestra que el Verbo era en el principio; esto es, que no empezó a ser cuando se hizo hombre, sino que era ya antes que naciese de María, y antes de todos los siglos, como Dios e Hijo de Dios de toda eternidad, y no como los demás hombres, que sólo comienzan a ser, cuando nacen a este mundo.

Del Discípulo Amado quedan también tres Epístolas. La primera es una especie de encíclica dirigida a las Iglesias del Asia Menor; en ella da rienda suelta a su gran celo apostólico. Las otras dos, cortísimas, rebosan de paternal bondad, y parecen ser sus últimos escritos.

La tradición nos ha transmitido un hermoso anecdotario de la última vejez del Apóstol. Entusiasta de la pureza de la fe, no se recató de manifestar su más absoluta repugnancia contra las primeras herejías que en la Iglesia aparecieron.

San Ireneo cuenta que, habiendo ido Juan a los baños públicos de Éfeso, vio que estaba en ellos el hereje Cerinto y salió inmediatamente afuera, diciendo: “Huyamos de aquí; no sea que vaya a hundirse el edificio por haber entrado en él tan gran adversario de la verdad”.

Cargado de años y de méritos, se durmió en la paz del Señor, en Éfeso, según la Tradición el 27 de diciembre del año 101.

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¿Cuáles son los títulos de honor que no pertenecen a San Juan?

Fue Apóstol, Evangelista, Profeta, Mártir, Virgen, Pontífice, Jerarca y Fundador de iglesias; fue el privilegiado de Jesús, el legatario de su más dulce tesoro; fue el primer defensor de la divinidad del Verbo, ya negada desde entonces por los herejes.

Es de su Evangelio, sus Cartas, de su Revelación de Patmos que todos los Padres Apologistas y los Doctores han tomado prestados sus textos principales para vengar la naturaleza divina del Verbo y la Trinidad de las personas contra los ataques del error y de la impiedad.

Como el águila que le fue dada por emblema, cruzó, con su vuelo atrevido e intrépido, las alturas supremas de los Cielos; miró cara a cara, sin encandilamiento y sin vértigo, el astro de la luz eterna; contempló libremente a Quien es la imagen del Padre, el resplandor de su brillo, el esplendor de su gloria; y trajo de regreso a la tierra lo que había visto en el Cielo; contó los secretos de Dios, los misterios del Verbo, su nacimiento eterno y su acción creadora, preludios de su nacimiento en el tiempo y de nuestra propia adopción espiritual.

San Hilario de Poitiers, en su obra sobre la Santísima Trinidad, se explaya San Hilario sobre este tema contra Arrio y sus seguidores. Dice así:

Sabemos que el Hijo de Dios vino, y que se revistió de carne como la nuestra, que soportó la pasión y la muerte, y que resucitó de entre los muertos; y nos llevó tras él, y que nos dio un significado muy seguro para que conozcamos al Dios verdadero, y que estemos establecidos en su verdadero Hijo, Jesucristo; éste es Dios verdadero, y Él es la vida eterna y Él es nuestra resurrección.

Oh ciencia tardía, ciencia, miserable y privada del espíritu de Dios, ciencia que te encaminas hacia el espíritu y el nombre del anticristo; tú, que pretendes que Jesucristo sea sólo una criatura ilustre y no el Verbo idéntico a Dios, ¿dónde aprendiste lo que nos dices?

Muéstranos tus credenciales, oh tú, el autor de esta nueva ciencia.

¿Descansaste sobre el pecho de Cristo para recibir esta comunicación íntima con su amistad familiar? ¿Fue recomendándote a su Madre, en la hora en que agonizaba en el Calvario, que te confió este extraño secreto sólo a ti, como prenda de su amor? ¿Fue cerca del sepulcro, donde tú también habrías ido antes que Pedro, que viste esto? ¿Has sido llevado al Cielo entre los coros de Ángeles y los doce mil escogidos de las doce mil tribus? ¿Es entre los himnos y cánticos de las falanges celestiales que se te ha enseñado una doctrina tan piadosa, a saber, que el Padre no es un padre, que el Hijo no es un hijo, que la naturaleza del Hijo no es la naturaleza del Padre, y que la verdad del evangelio no es la verdad?

¿Eres tú, dime, oh innovador, eres tú un segundo San Juan, más docto y más creíble, a quien debemos referirnos en contra de la autoridad del primero? Él dijo: “Sabemos que el Hijo de Dios vino, se encarnó por nosotros, resucitó de entre los muertos, llevó nuestra humanidad al Cielo; y que nos dio un significado, un entendimiento exquisito, para que discernamos lo verdadero, y para que permanezcamos en el verdadero Hijo de Dios, Jesucristo. Este es el Dios verdadero, y Él es la vida eterna y nuestra resurrección”.

Es así como el glorioso Doctor pone en su lugar a todos los negadores, pasados, presentes y futuros, de la divinidad del Salvador Jesús.

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Como fruto de esta fiesta, debemos considerar que San Juan nos enseña a amar a Jesucristo, al prójimo y a la Santísima Virgen.

En primer lugar, San Juan nos ofrece en toda su vida uno de los más bellos modelos de la caridad a Jesucristo. Sus actos como sus escritos no son más que inspiraciones de la caridad.

Su caridad le condujo, en la noche de la Pasión, en medio de un pueblo enfurecido, para buscar a su amado; y, en el mismo día de la Pasión, estuvo al pie de la Cruz para servir de consuelo a Jesús, ya que no podía servirle de defensa.

Y después de la muerte de Jesús, la caridad le hizo desafiar el destierro, el martirio, el aceite hirviendo y el furor de los tiranos.

Fue la caridad la que inspiró su pureza virginal y sus correrías evangélicas, primero a través de las ciudades de Israel y los campos de Samaría, y después de Pentecostés a través del Asia, en donde funda iglesias, consagra obispos, combate a los herejes.

Porque San Juan amó mucho, Jesús reunió en él todos los favores repartidos entre los otros: lo hizo a la vez Apóstol, Evangelista, Profeta, Obispo, Doctor, Mártir, Confesor, Virgen, Patriarca y Fundador de las iglesias de Asia.

Jesús dejó desbordar sobre él tesoros de luz: le hizo alzar la vista hasta el seno del Padre para contemplar la generación del Verbo, estamparla en su Evangelio y leer en lo porvenir los combates de la Iglesia, sus dolores y su triunfo; la caída de la idolatría y los sucesos de los últimos tiempos.

En segundo lugar, vemos que, si los otros Evangelistas no han hecho sino indicar el precepto de la caridad, a San Juan le ha sido dado desenvolverlo en toda su belleza.

Es él quien nos enseña que la caridad evangélica es un mandamiento verdaderamente nuevo, por la perfección a que debe elevarse; que es el carácter distintivo del cristiano; que nuestra caridad debe modelarse por el mismo amor que Jesucristo tiene a los hombres; que ha de perdonar cuanto mal nos hagan, y no oponer sino amor a la ingratitud y a la indiferencia; que debe tomar por modelo algo más alto, cual es el amor que se tienen las tres Divinas Personas.

Finalmente, San Juan amó siempre a la Santísima Virgen como a Madre de Jesús; y este título le bastaba al discípulo, a quien amaba Jesús.

Después la amó como a su propia Madre, en virtud del legado que Jesús le hizo al morir, diciéndole: Hijo mío, he aquí a tu madre. Él era su ángel tutelar, su consuelo, su apoyo, su refugio. Desde la muerte del Salvador, la recibió en su propio hogar, viuda afligida y madre dolorosa y desconsolada; le prodigó los más solícitos y tiernos cuidados y, mientras vivió en la tierra, proveyó a sus necesidades.

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Aprendamos de San Juan a amar a Jesucristo, al prójimo y, de un modo especial, a la Santísima Virgen.

Tomemos la resolución de hacer todas nuestras acciones por amor a Dios; de amar al prójimo con un amor generoso, que sepa soportar y perdonar; de avivar nuestro amor hacia la Santísima Virgen.

Hoy, en su festividad, contemplamos al discípulo a quien Jesús amaba; y lo hacemos con una santa emulación por el inmenso don que le entregó, su propia Madre. Todos los cristianos, representados en Juan, somos hijos de María. Hemos de aprender de San Juan a tratarla con confianza. El recibe a María, la introduce en su casa, en su vida.

Los autores espirituales han visto en esas palabras que relata el Santo Evangelio una invitación dirigida a todos los cristianos para que pongamos también a María en nuestras vidas.

María quiere ciertamente que la invoquemos, que nos acerquemos a Ella con confianza, que apelemos a su maternidad, pidiéndole que se manifieste como nuestra Madre.

Que San Juan Evangelista nos alcance estas gracias y todas las otras que nuestra alma necesita.

Amemos al discípulo que amaba Jesús, honrémoslo; pero, sobre todo, creamos en Jesucristo, anunciado por San Juan, para que, como discípulo amado, merezcamos ser llamados a descansar sobre el pecho de este adorable Salvador y Maestro, a quien sea alabanza, honra y gloria por los siglos de los siglos. Amén.