Padre Juan Carlos Ceriani: MATERNIDAD DIVINA DE LA SANTÍSIMA VIRGEN

Sermones-Ceriani

MATERNIDAD DIVINA DE LA SANTÍSIMA VIRGEN

Sus padres iban cada año a Jerusalén, por la fiesta de Pascua. Cuando Jesús tuvo doce años, subieron, según la costumbre de la fiesta; mas a su regreso, cumplidos los días, se quedó el niño Jesús en Jerusalén, sin que sus padres lo advirtiesen. Pensando que Él estaba en la caravana, hicieron una jornada de camino, y lo buscaron entre los parientes y conocidos. Como no lo hallaron, se volvieron a Jerusalén en su busca; y, al cabo de tres días lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándolos e interrogándolos; y todos los que lo oían, estaban estupefactos de su inteligencia y de sus respuestas. Al verlo, sus padres quedaron admirados y le dijo su Madre: “¿Por qué has hecho así con nosotros? Tu padre y yo te estábamos buscando con angustia.” Les respondió: “¿Cómo es que me buscabais? ¿No sabíais que conviene que Yo esté en lo de mi Padre?” Pero ellos no comprendieron las palabras que les habló. Y bajó con ellos y volvió a Nazaret, y estaba sometido a ellos.

Celebramos hoy la Maternidad Divina de María Santísima; es decir, que la siempre Virgen María es Madre de Dios.

Que María Santísima es verdaderamente Madre de Jesucristo, consta suficientemente en el Evangelio.

En efecto, se llama verdaderamente madre a aquella de cuya sustancia es concebido y nace el hijo. Luego, Jesucristo es hijo de la Santísima Virgen, ya que de Ella fue concebido y nació, dándole, como las demás madres, la sustancia de su propia carne.

Pero esto no basta, pues también se debe confesar y proclamar que la Santísima Virgen, Madre de Jesucristo, es y debe llamarse verdaderamente Madre de Dios.

La Santísima Virgen es verdadera y propiamente Madre de Jesucristo. Ahora bien, Jesucristo es propia y verdaderamente Dios. Luego, María Santísima es Madre de Dios.

Se dice que una mujer es madre de alguno cuando ha sido por ella concebido y engendrado. La Santísima Virgen concibió y engendró a Dios. Luego, es ciertamente su Madre.

En efecto:

a) Cristo, por razón de la unión hipostática, es una Persona divina subsistente en dos naturalezas, la divina y la humana.

Si, pues, a esta Persona pueden atribuírsele con verdad todas las cosas que le convienen según ambas naturalezas, es claro que a la Persona divina puede atribuirse todo lo que a Jesucristo le conviene según la naturaleza humana.

Ahora bien, a Cristo le conviene, según la naturaleza humana, ser concebido y ser nacido de la Bienaventurada Virgen María.

Luego, a la Persona divina del Verbo puede atribuirse ser concebido y ser nacido de la Bienaventurada Virgen María.

Luego, Ella es Madre de Dios.

Y así enseña Santo Tomás: “Ser concebido y nacer se atribuye a la persona, según aquella naturaleza en la cual es concebida y nacida; y como en el mismo principio de la concepción la naturaleza humana fue asumida por la Persona divina, puede decirse verdaderamente que Dios fue concebido y nacido de la Virgen”.

b) La persona es el sujeto a quien compete la generación y la natividad; nunca se dice que la naturaleza humana es engendrada o nacida, sino el hombre; ni jamás se dice que la mujer es madre de alguna naturaleza, sino de tal o cual persona.

La persona engendrada y nacida de María Virgen es el Verbo de Dios en la naturaleza humana.

c) La Bienaventurada Virgen fue verdaderamente madre del término resultante de la concepción, que es la Persona del Hijo de Dios subsistente en la naturaleza humana y, por tanto, Dios.

d) Sólo podría negarse que la Bienaventurada Virgen María es Madre de Dios, o porque el Verbo divino no hubiera asumido la humanidad en unidad de persona; o porque la hubiese asumido después de la concepción, ya sea antes ya sea después de su nacimiento. Pero nada de esto sucedió.

e) A la función de la madre, aun en la generación natural, sólo pertenece suministrar la sustancia de su cuerpo al hijo de ella engendrado. Esto lo prestó la Bienaventurada Virgen respecto al Hijo de Dios en Ella encarnado, como cualquiera madre lo presta respecto a su hijo natural. Para ser verdaderamente madre no es preciso que el hijo tome de ella todos los elementos constitutivos de su ser. A este propósito dice Santo Tomás:

“Así como a una mujer se la llama madre de un hombre porque de ella toma el cuerpo, así también a la Bienaventurada Virgen debe llamársela Madre de Dios porque de ella fue asumido el cuerpo de Dios. Y hay que decir que es cuerpo de Dios porque fue asumido en la unidad de Persona del Hijo de Dios, que es verdadero Dios. Confesando, pues, que la naturaleza humana fue asumida por el Hijo de Dios en unidad de persona, es necesario decir que la Bienaventurada Virgen es Madre de Dios”.

Y precisa el Santo Doctor: “La Bienaventurada Virgen María se ha de llamar Madre de Dios, no porque sea madre de la Divinidad, sino porque es madre, según la humanidad, de una Persona que tiene divinidad y humanidad”.

Por esto, no se ha de decir que la Bienaventurada Virgen es madre de la Deidad; porque esta enunciación es falsa en sentido formal, porque la maternidad y la filiación solamente se refieren al supuesto; y éste debe expresarse con nombre concreto y no abstracto.

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¿En qué momento la Bienaventurada Virgen fue constituida Madre de Dios?

En el mismo instante en que Ella respondió al Arcángel San Gabriel, que le anunció el misterio de la Encarnación: He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra.

Supliendo el Espíritu Santo de modo sobrenatural la cooperación de varón, fue fecundado el seno purísimo de Nuestra Señora; quedó consumada la concepción de Jesucristo, y la Bienaventurada Virgen fue establecida de hecho Madre de Dios.

A esto siguió luego el parto virginal, por el que salió a luz el Hijo de Dios hecho carne.

Por lo tanto, la razón de maternidad conviene más perfectamente a la Bienaventurada Virgen respecto de Jesucristo que a cualquiera otra madre respecto del hijo que engendra, porque Nuestro Señor fue engendrado de la sola sustancia de la Virgen Madre, pues sola Ella suministró íntegra la materia de la cual había de formarse el cuerpo de Cristo.

Importa mucho advertir que, aunque Cristo fue concebido del Espíritu Santo, no puede, sin embargo, llamarse Hijo del Espíritu Santo; pues lo que se afirma de alguna cosa según su perfecta razón de ser, no puede atribuírsele según una razón imperfecta.

Ahora bien, Jesucristo es Hijo natural de Dios, según la razón perfecta de filiación, por la generación eterna; pero no fue concebido y nacido del Espíritu Santo en la semejanza de especie y naturaleza que se requiere para la perfecta filiación.

Luego, aunque fuera formado y santificado por el Espíritu Santo en su naturaleza humana, no puede decirse, sin embargo, que sea Hijo del Espíritu Santo, o de toda la Trinidad.

Entonces, además de su eterna natividad del Padre, debe atribuirse a Cristo una natividad temporal de su Madre.

Aunque la natividad se atribuye propiamente a la persona, como al sujeto que nace, sin embargo, el término de la misma es la naturaleza, que se transfunde por generación y por la cual el sujeto es lo que es. Por lo tanto, el sujeto en que puedan darse dos naturalezas recibidas por generación ha de tener dos natividades. Ahora bien, en Cristo hay dos naturalezas recibidas por generación: la divina, eterna, del Padre, y la humana, temporal, de la Madre.

Finalmente, en la Santísima Virgen hay relación real de maternidad respecto a su Hijo; pues en la generación y parto de Cristo tuvo el mismo influjo que cualquiera madre en la generación natural de su hijo; de cuyo influjo surge la relación de maternidad; la cual, en la Bienaventurada Virgen es de la misma especie que las relaciones de las otras madres.

Por tanto, María Santísima puede llamarse Madre como las demás, porque, aunque la concepción de Cristo por parte del principio activo fuera sobrenatural, sin embargo, fue natural por parte de la Madre.

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Tanta es la dignidad de la Maternidad divina que, después de Dios y de la Encarnación del Verbo, nada puede imaginarse más grande.

Los Santos Padres y Doctores celebran con sumas alabanzas la excelencia de la Divina Maternidad, y declaran que su conocimiento completo está reservado sólo a Dios, que dio al mundo tal criatura y conoció las excelsas dotes que la decoran.

La grandísima excelencia de la Maternidad de la Bienaventurada Virgen María, considerada en sí misma, está contenida en las siguientes afirmaciones:

1ª) María Santísima, como Madre de Jesucristo, tuvo y tiene relación real de maternidad respecto al Hijo unigénito de Dios.

La relación existente entre María y su Hijo excede en mucho a la común relación entre madre e hijo; pues:

a) Otras madres comunican a sus hijos una parte de la sustancia de su carne y de su sangre; la otra parte es suministrada por el padre; la Bienaventurada Virgen, Ella sola, con exclusión de todo padre humano, comunicó toda la sustancia a su Hijo.

b) Entre los hombres, ni la madre puede elegir al hijo, ni el hijo puede elegir madre. Una y otra elección existe en la Divina Maternidad, puesto que el Hijo desde toda la eternidad preeligió a su Madre y determinó adornarla con la más rica abundancia de toda clase de dones para que se hiciera digna Madre suya; y María, a su vez, eligió a su Hijo, prestando su libre consentimiento en la concepción virginal, cuyo fruto había de ser el Hijo de Dios.

c) Las madres comunes, mientras conciben y llevan en su seno al hijo, no conocen la índole y vida futura del mismo; la prole concebida, aun en sus facultades intelectivas, se desarrolla poco a poco y no llega al uso de la razón sino después de algunos años; por consiguiente, en todo ese tiempo ninguna comunicación personal y humana puede haber entre madre e hijo; y es más tarde cuando nacen el mutuo amor, la providencia, el cuidado, la obediencia, la piedad.

Al contrario, en la concepción de Cristo, y aun antes, la Bienaventurada Virgen conocía perfectamente qué Hijo era el que concebía, puesto que Ella había dado su consentimiento a la concepción de su Hijo y Redentor; y el Hijo de Dios desde su concepción humana tuvo pleno uso de razón y estaba lleno de gracia y de verdad.

Por lo cual inmediatamente de la concepción de Cristo pudo establecerse, y así fue, esa comunicación admirable y personal humano-divina entre la Madre y el Hijo, y que perdurará por toda la eternidad.

2ª) La Maternidad Divina pertenece, de algún modo, al mismo orden de la unión hipostática.

La Madre no está fuera del orden del Hijo, ya que los términos relativos son simultáneos en su naturaleza y en su conocimiento; lo cual expresó equivalentemente Cayetano con estas palabras: “Sólo la Virgen llegó con su propia operación natural hasta los confines de la Deidad, por cuanto concibió, dio a luz y alimentó con su propia leche a Dios”.

3ª) La dignidad de la Divina Maternidad es, en cierto modo, infinita.

Santo Tomás dice: “La humanidad de Cristo, por estar unida a Dios, y la Bienaventurada Virgen, por ser Madre de Dios, tienen cierta dignidad infinita, proveniente del bien infinito, que es Dios; y por esto, nada puede hacerse mejor que ellas, como nada puede ser mejor que Dios”.

Igualmente, San Pedro Canisio enseña: “Si cuanto más alto es el hijo ha de juzgarse tanto más digna la Madre, ¿quién podrá dudar con derecho de que la autoridad y dignidad del Hijo infinito redunde en la misma Madre, y reporte un honor inmenso a la única que con el Padre puede decir al Eterno Hijo: Mi Hijo eres tú, yo te he engendrado hoy?”

4ª) La Bienaventurada Virgen María está unida con peculiares relaciones tanto a toda la Trinidad como a cada una de las tres augustísimas Personas.

Por esta razón, verdadera y singularmente, antes que las demás criaturas, es alabada por el Ángel con estas palabras: El Señor es contigo; pues, como dice San Buenaventura: “Este singular Señor de María obró así singularmente con Ella cuando fue singularmente hecha Hija del Señor, Madre del Señor y Esposa del Señor. María fue singularmente Hija del Señor, singularmente generosa Madre del Señor y singularmente gloriosa Esposa del Señor. Por lo cual, este Señor que tan singularmente está con María es el mismo Señor Padre, de quien María es Hija nobilísima; es el mismo Señor Hijo, de quien María es Madre dignísima; es el mismo Señor Espíritu Santo, de quien María es santísima Esposa”.

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Se ha de afirmar que la Divina Maternidad es la raíz y la suma razón de todas las gracias y prerrogativas concedidas a la Bienaventurada Virgen María.

Enseña Santo Tomás:

“Cuanto algo se acerca más a su principio, en cualquier género que sea, tanto más participa del influjo de aquel principio. Ahora bien, la Santísima Virgen, por razón de su Divina Maternidad, está lo más cerca posible de Dios, fuente de todas las gracias”.

“A cada uno se le da la gracia según para lo que ha sido elegido”.

Por eso, la Maternidad Divina, en cuanto que no hay oficio más excelente ni más grande entre las puras criaturas, exigía aquellos dones y privilegios que, después de su Hijo, ennoblecieran a la Virgen incomparablemente más que a ninguna otra criatura.

La Maternidad Divina es respecto a las demás prerrogativas de la Bienaventurada Virgen de modo proporcional lo que la unión hipostática en Cristo respecto a las gracias y dones con que su humanidad fue adornada. Luego, así como la unión hipostática es el principio del cual la humanidad de Cristo cosechó innumerables dones de gracia y de gloria, así la Divina Maternidad es el principio de donde se deriva el conjunto de todos los dones de gracia y de gloria y de los demás privilegios con que la Bienaventurada Virgen fue exaltada y deificada sobre todas criaturas.

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A la Santísima Virgen María deben atribuirse todos aquellos privilegios que convienen a la Madre de Dios y a la Cooperadora de la Redención.

Dice San Anselmo: “Era conveniente que la Virgen brillara con aquella pureza que, después de Dios, no puede imaginarse mayor, y a quien el Padre dispuso darle a su mismo Hijo, de tal modo que naturalmente fuera uno y el mismo común Hijo de Dios Padre y de la Virgen”.

Y San Lorenzo Justiniano: “Era digno que tal fuera la Madre del Unigénito de Dios, Hacedor de todas las cosas. Todo lo que hay de honor, de dignidad, de mérito, de gracia, de gloria, todo se halla en María”.

Consta por todo lo dicho que la Maternidad Divina de la Santísima Virgen es el principio y la razón suma de todos los dones y privilegios que le fueron concedidos.

De este único principio arrancan, como de su centro, infinitas líneas de perfecciones y prerrogativas, por las cuales la Santísima Virgen es superior a todos los Ángeles, Santos y criaturas todas.

Y esta Santísima Madre de Dios es también Nuestra Madre…

¡Qué alegría y qué consuelo!

Saludémosla con las mismas palabras de la Sagrada Liturgia:

Tu Maternidad, oh Virgen Madre de Dios, anunció la alegría al mundo entero, porque de Ti nació el sol de justicia, Cristo, Nuestro Señor.

Bendita tú eres entre todas las mujeres; y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.

Y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. Amén