PADRE JUAN CARLOS CERIANI: DÉCIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

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DÉCIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

En cuanto a los dones espirituales, no quiero, hermanos, que estéis en la ignorancia. Sabéis que cuando erais gentiles, os dejabais arrastrar ciegamente hacia los ídolos mudos. Por eso os hago saber que nadie, hablando con el Espíritu de Dios, puede decir: «¡Anatema sea Jesús!»; y nadie puede decir: «¡Jesús es Señor!» sino con el Espíritu Santo. Hay diversidad de gracias, pero el Espíritu es el mismo; hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; hay diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra todas las cosas en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad. Porque a uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe, en el mismo Espíritu; a otro, don de curaciones, en el único Espíritu; a otro, poder de milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversidad de lenguas; a otro, don de interpretarlas. Pero todas estas cosas las obra un mismo y único Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad.

Por la Epístola de este Domingo sabemos que en la iglesia de Corinto se suscitaban varios abusos en las reuniones o asambleas litúrgicas. San Pablo se ocupa de ellos con bastante detalle a lo largo de cuatro capítulos de su Primera Carta a dicha comunidad.

Primeramente, la costumbre de asistir las mujeres a las asambleas litúrgicas con la cabeza descubierta. Como sabemos, el Apóstol censura la costumbre introducida en Corinto porque ella rompe con la subordinación jerárquica establecida por Dios, pues la mujer deshonra a su cabeza, es decir, a su marido, pues se presenta cual si fuera su igual.

El segundo abuso en las asambleas litúrgicas de los corintios, más grave que el del velo de las mujeres, consistía en que no se contentaban con la simple celebración del Santo Sacrificio de la Misa, sino que añadían una comida en común, en la que no sólo se faltaba a la caridad con la formación de grupos entre sí separados, sino también a la moderación.

Tal proceder es duramente censurado por el Apóstol. Como razón fundamental de su absoluta disconformidad con ese proceder de los corintios, aduce el Apóstol la naturaleza misma del Santo Sacrificio tal como lo instituyó el Señor. Esta referencia a la institución de la Santa Misa que aquí hace el San Pablo es para nosotros un testimonio histórico de valor extraordinario.

El Apóstol saca las consecuencias para el caso concreto de los corintios, y les habla de la gran responsabilidad de quienes se acercan a participar de la Sagrada Eucaristía sin las disposiciones convenientes, no haciendo de hecho distinción entre el Cuerpo y la Sangre de Cristo y una comida ordinaria.

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El siguiente de los abusos que el Apóstol intenta corregir es el de los carismas; y de él se ocupa, en parte, la Epístola de este Domingo. En efecto, parece que en Corinto había mucha efervescencia y bastante desorientación en el asunto de los carismas.

El Apóstol San Pablo pone orden y concierto en lo relativo a estos dones espirituales. Es muy importante esta doctrina, pues hoy en día existe gran confusión y abuso, no sólo en lo estrictamente teórico, sino también, y especialmente, en la práctica.

Consecuencia de esto son todos esos grupos y movimientos llamados carismáticos, como también el pulular de sacerdotes sanadores, que imponen las manos, en cuyas reuniones prolifera el supuesto don de lenguas…, y un largo etcétera de engaños con que el demonio desvía a los pobres fieles del recto camino de la santificación y salvación.

Comienza San Pablo diciendo a los corintios que quiere que tengan sobre este punto ideas claras. Luego, después de aludir a su anterior estado en el paganismo, les advierte de la radical diferencia en que sobre ese particular se encuentran ahora, una vez hechos cristianos.

Alude el Apóstol, en primer término, a los fenómenos de excitación mántica y paroxismo de algunos cultos paganos. Se refiere a prácticas relacionados con cuestiones misteriosas como la magia, la alquimia, la astrología y materias semejantes. Las engloba bajo la expresión “ídolos mudos”, hacia los cuales en otro tiempo los corintios se dejaron arrastrar, sin que dispusieran de una norma para discernir el carácter verdadero o falso de esos fenómenos. Ahora, en el cristianismo, ya no es así, sino que tienen una norma clara para discernir las manifestaciones carismáticas, y esa norma es la confesión de la soberanía de Jesucristo.

Es muy de notar la importancia que da San Pablo a la confesión del señorío de Jesucristo, que considera como santo y seña de la ortodoxia. Proclamada esa regla de carácter general, prosigue el Apóstol ahondando en la naturaleza de los carismas.

Que todos los carismas tienen su origen en el Espíritu Santo es la verdad fundamental de toda esta cuestión, y a la que no estaban acostumbrados los paganos, para quienes cada divinidad concedía sus carismas especiales.

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Santo Tomás, en el maravilloso artículo que dedica a la exposición de las gracias gratis dadas según la clasificación de San Pablo, la ordena y explica con una maestría genial.

Dice así:

La gracia gratuitamente dada tiene por objeto hacer que quien la recibe ayude a otros a encaminarse a Dios. Esta ayuda no la puede prestar el hombre mediante mociones interiores en el prójimo, pues son exclusivas de Dios, sino sólo mediante la acción exterior de la enseñanza y de la persuasión. De aquí que, bajo el concepto de gracia gratis data, se comprende todo aquello que el hombre necesita para instruir a otros en las verdades divinas que sobrepasan la razón.

Ahora bien, tres son las condiciones que para esto necesita:

Primera, un conocimiento adecuado de las verdades divinas, que le permita enseñarlas a los demás. Segunda, la posibilidad de confirmar o probar lo que dice, sin lo cual su enseñanza sería ineficaz. Tercera, la capacidad de expresar apropiadamente su pensamiento a los oyentes.

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1ª) Para un conocimiento adecuado de estas verdades divinas, que le permita enseñarlas a los demás, se requieren, a su vez, tres cualidades, al igual que para el magisterio humano:

a) Porque quien ha de instruir a otro en una ciencia debe ante todo tener plena certeza de los principios de esa ciencia. Y para esto pone el Apóstol la «fe», o certeza de las verdades invisibles, que son los principios sobre los que descansa la doctrina católica.

b) Debe, en segundo lugar, inferir correctamente las principales conclusiones de su ciencia. Y a esto responde el «hablar con sabiduría», donde por sabiduría se entiende el conocimiento de las cosas divinas.

c) Necesita, finalmente, buen acopio de ejemplos y conocimiento de los efectos que sirven a veces para esclarecer las causas. Y a esto se ordena el «hablar con ciencia», es decir, con conocimiento de las cosas humanas, pues lo que es invisible en Dios se hace visible por las criaturas.

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2ª) Para confirmar lo que se enseña, si se trata de verdades racionales, se recurre a los argumentos; pero cuando se trata de verdades superiores a la razón y reveladas por Dios, hay que confirmarlas mediante manifestaciones del poder divino.

Lo cual puede ocurrir de dos maneras:

a) O haciendo lo que sólo Dios puede hacer, mediante obras milagrosas que se proponen, ya sea la reparación de los cuerpos, y a esto se ordena la «gracia de las curaciones»; ya sea la simple manifestación del poder divino, como cuando se detiene o se oscurece el sol o se dividen las aguas del mar, y para esto está el «poder de obrar milagros».

La gracia de las curaciones queda distinguida del poder general de hacer milagros, porque entraña una eficacia especial para conducir a la fe, ya que quien recibe el beneficio de la salud corporal en virtud de la fe se siente particularmente inclinado a abrazarla.

b) O bien, revelando lo que sólo Dios puede conocer, ya sean los futuros contingentes, y para esto se pone la «profecía»; ya sean los secretos de las conciencias, y para esto está el «discernimiento de espíritus».

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3ª) Finalmente, la facultad de expresarse requiere ante todo hablar un idioma que pueda ser entendido, y para esto está el «don de lenguas»; y exige además aclarar el sentido de lo que se dice, y a esto se ordena la «interpretación de lenguas».

Hablar diversas lenguas e interpretarlas revisten a este respecto una fuerza de persuasión particular, y ésta es la razón de que tengan un puesto especial entre las gracias gratis datas.

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Expliquemos brevemente cada una de estas gracias.

a) La Fe.

Es evidente que la fe, en cuanto gracia gratis dada, no es la virtud teologal por la cual nos adherimos a las verdades reveladas. Según Santo Tomás, se trata de una certeza sobreeminente de la fe que hace capaz a quien la tiene de proponer y persuadir a los demás las verdades que ella nos enseña, hace al hombre apto para instruir a los otros en las cosas pertenecientes a la fe.

En este sentido, la gracia de la fe se debe a una iluminación milagrosa del espíritu, secundada por una palabra lúcida, ardiente y fácil, que lleva la convicción a los demás. Esta gracia gratis dada consiste en un acto, en una moción actual y transitoria del Espíritu Santo, de la que resulta el don sobrenatural de la elocuencia.

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b) La Palabra de sabiduría.

La sabiduría se toma aquí por un conocimiento sabroso de las cosas eternas, lo mismo que en el don del Espíritu Santo del mismo nombre. Pero se distinguen en que el don de sabiduría es un gusto experimental de las cosas divinas percibido tan sólo por el alma que lo experimenta, mientras que la sabiduría gracia gratis dada es la aptitud para comunicar a los demás por la palabra de manera que les instruya, deleite y conmueva profundamente.

Este es el carisma propio y característico de los Apóstoles y el que resplandecía en ellos con preferencia a todos los demás de que estaban adornados.

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c) La Palabra de ciencia.

La ciencia es la gracia que propone y hace gustar al alma las verdades divinas por medio de razonamientos, que muestran su armonía y su belleza, y por medio de analogías y ejemplos tomados de la naturaleza, que ayudan a entenderlos.

Es la facultad de comunicar y demostrar las verdades de la religión cristiana de tal manera, que todos, aun los más rudos, puedan entenderlas y retenerlas.

Entre las gracias gratis datas se enumera expresamente el «hablar con sabiduría» y «con ciencia», porque, como dice San Agustín, una cosa es saber simplemente lo que se ha de creer para alcanzar la vida eterna, y otra saber servirse de estas mismas luces para ayudar a las almas piadosas y para defenderlas de los impíos.

Este carisma de palabra de ciencia solían tenerlo comúnmente los Doctores, que eran distribuidos en la primitiva Iglesia por las ciudades y aldeas; allí residían, y tenían la facultad de explicar de una manera apta y conveniente a los catecúmenos y neófitos las verdades de la fe cristiana.

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d) El Don de curaciones.

Esta gracia comprende e incluye los hechos milagrosos que tienen por objeto la salud corporal. Es la facultad de curar las enfermedades de un modo que supera las fuerzas naturales. Es una de las formas del don de milagros (operaciones de milagros); pero esta forma merece mención especial en atención a la preferencia que para el hombre tienen las cosas pertenecientes a su propio cuerpo con relación a la de las simples cosas exteriores.

Puede señalarse todavía otro nuevo matiz diferencial: el don de curaciones tiene por objeto conferirnos el beneficio de la salud corporal, mientras que el de operaciones de milagros se dirige, ante todo, a la manifestación de la gloria de Dios y a confirmarnos en la fe.

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e) El Don de milagros.

Esta gracia abarca todas las derogaciones de las leyes de la naturaleza, realizadas sobre el hombre o las otras cosas sensibles, ya sea para convencer de la realidad de la doctrina, ya para manifestar el poderío de la santidad.

Privilegio glorioso que posee tan sólo la Iglesia de Jesucristo como testimonio irrefragable de su celestial origen y de su misión divina.

El texto griego de la epístola de San Pablo pone en plural estas dos últimas gracias; con lo cual insinúa claramente que estos dos carismas deben ser considerados como dos géneros, que incluyen debajo de ellos varias especies diferentes. De tal manera que los que estaban adornados con estos carismas no sanaban todas las enfermedades ni producían toda clase de milagros, sino únicamente aquellos para los que el Espíritu Santo les daba virtud especial. De forma que para las diversas enfermedades y distintas especies de milagros se requerían diversos y distintos carismas.

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f) La Profecía.

Según Santo Tomás, la profecía es un fenómeno de conocimiento. Es un milagro intelectual que abarca un doble elemento: un conocimiento intelectual sobrenatural y la manifestación de ese conocimiento.

A este don le pertenece propiamente la revelación de los futuros contingentes. Como estos escapan en absoluto a toda previsión humana, es imposible que tenga una causa puramente natural, y sólo puede verificarse por divina revelación.

El demonio no puede ser la causa de una profecía propiamente dicha, porque el conocimiento de los futuros contingentes trasciende y rebasa las fuerzas del entendimiento angélico, siendo propio y exclusivo de Dios. Sin embargo, los falsos profetas, inspirados por el demonio, dicen a veces alguna verdad. Ya porque es imposible un conocimiento totalmente falso sin mezcla alguna de verdad, ya por especial disposición del Espíritu Santo.

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g) La Discreción de espíritus.

Es la facultad de distinguir los verdaderos profetas de los falsos; el espíritu bueno, del malo; las inspiraciones de Dios, de los engaños del demonio; las mociones de la gracia, de los simples movimientos de la naturaleza.

En la primitiva Iglesia este don se confería ordinariamente junto con el don de profecía; de tal forma, que la exhortación de un profeta era juzgada por los demás profetas en virtud de su don de discernimiento. La discreción de espíritus debe considerarse, pues, como un complemento de la profecía para precaver sus peligros.

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h) El Don de lenguas.

Es la glosolalia, que se presenta bajo diversas formas. Consiste ordinariamente en un conocimiento infuso de idiomas extranjeros sin ningún trabajo previo de estudio o ejercicio.

El prodigio se verifica en el que habla o en los que escuchan, según que se hable o que se entienda una lengua hasta entonces desconocida.

Pero, a veces el milagro toma un carácter todavía más maravilloso: mientras el orador se expresa en un idioma extranjero, los oyentes le escuchan en el suyo propio, completamente diferente. También, lo que es todavía más prodigioso: hombres de diversas naciones escuchan, cada uno en su propio idioma, lo que el orador va diciendo en uno solo completamente distinto.

Esta glosolalia alcanzó su máximo exponente en la mañana de Pentecostés cuando los apóstoles empezaron a publicar en diversas lenguas las grandezas de Dios.

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i) La interpretación de lenguas.

Este don fue en la primitiva Iglesia un complemento del anterior. Ocurría con frecuencia que las palabras proferidas mediante el don de lenguas no eran entendidas por los oyentes, por realizarse el fenómeno sólo en el que hablaba. De donde se hacía necesario otro don para interpretar aquellas palabras extrañas.

Consistía, pues, este don en la facultad de exponer en lengua conocida las cosas proferidas en lenguas extrañas mediante el don de lenguas.

Esta facultad acompañaba a veces al mismo glosólalo; otras veces la recibía alguno de los presentes súbitamente inspirado por el Espíritu Santo.

Los que poseían este carisma solían llamarse intérpretes, y su oficio era interpretar a los glosólalos.

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Más adelante, vuelve San Pablo al tema de los carismas, para tratar particularmente de dos de ellos, la profecía y el don de lenguas o glosolalia. Es precisamente este pasaje el que más datos positivos ofrece para conocer la naturaleza de estos dos carismas, que ya habían sido mencionados en las listas anteriores.

Comienza el Apóstol comparando entre sí los dos carismas. Como se deduce de todo el conjunto, la diferencia esencial consiste en que la profecía es útil en el plano comunitario, mientras que la glosolalia es útil al glosólalo, pero no a los demás, a no ser que vaya acompañada del carisma de interpretación, sea por el mismo glosólalo, sea por otro cualquiera de los presentes.

Por lo tanto, recomienda de preferencia el don de profecía, que sirve para edificación de la Iglesia.

Por eso San Pablo añade: de poco valdría que yo fuera a vosotros hablando en lenguas, si no os hablase con revelación o con ciencia o con profecía o con doctrina, es decir, de una manera inteligible.

A fin de hacer ver mejor la inutilidad del don de lenguas en orden al bien de la comunidad, propone el Apóstol dos comparaciones: una sacada de la música y otra del uso ordinario de las lenguas. Dice así:

“Aun las cosas inanimadas que producen sonido, como la flauta o la cítara, si no dan voces distinguibles, ¿cómo se sabrá qué es lo que se toca con la flauta y qué con la cítara? Así también, si la trompeta diera un sonido confuso, ¿quién se prepararía para la batalla? De la misma manera vosotros, si con la lengua no proferís palabras inteligibles, ¿cómo se conocerá lo que decís? Pues estáis hablando al aire.

Hay en el mundo no sé cuántas variedades de lenguas, y nada hay sin lenguaje. Mas si yo desconozco el valor del lenguaje seré un bárbaro para el que me habla; y el que me habla, un bárbaro para mí.

Así pues, ya que aspiráis a los dones espirituales, procurad abundar en ellos para la edificación de la asamblea. Por tanto, el que habla en lengua, pida el don de interpretar. Porque si oro en lengua, mi espíritu ora, pero mi mente queda sin fruto”.

De todo esto saca el Apóstol la siguiente conclusión: quien tenga don de lenguas ore para que se le conceda también el de interpretar, pues únicamente así podrá comunicar a los demás las inspiraciones recibidas del Espíritu Santo y ser útil a la comunidad.

Como recomendación general, el Apóstol dice a los corintios, demasiado entusiasmados por la glosolalia, que no sean niños que se dejan guiar únicamente por las apariencias externas; que sean niños en la sencillez, pero hombres maduros en el juicio.

Y valiéndose de un texto de Isaías, les vuelve a insistir en que la glosolalia debe ser pospuesta a la profecía, pues, en los planes de Dios, más que a los creyentes, se dirige a los incrédulos, al contrario que la profecía.

Y San Pablo da todavía un paso más, afirmando que, incluso respecto de los infieles, el don de profecía es más útil que el de glosolalia; pues si entrasen infieles en nuestras asambleas y vieran a muchos hablando en lenguas, más bien los tendrán por locos, mientras que, si se trata de profetas y ven que penetran en los secretos de su corazón, no podrán menos de confesar que Dios está realmente entre los cristianos.

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Tales son las maravillosas manifestaciones gratuitas del Espíritu Santo tal como las concebía el Apóstol. Sólo Nuestro Señor Jesucristo las poseyó todas por modo eminente y en forma de hábitos permanentes que podía usar a su arbitrio. En los Santos no se encuentran sino con reservas y alternativas; nunca o rarísima vez en forma habitual.

Retengamos clara y firmemente la exhortación de San Pablo: En cuanto a los dones espirituales, no quiero, hermanos, que estéis en la ignorancia. Sabéis que cuando erais gentiles, os dejabais arrastrar ciegamente hacia los ídolos mudos… No regresemos, pues, a la idolatría pagana…