PADRE JUAN CARLOS CERIANI: NOVENO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

sermones-ceriani

NOVENO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Y cuando estuvo cerca, viendo la ciudad, lloró sobre ella. Y dijo: “¡Ah si en este día conocieras también tú lo que sería para la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, y tus enemigos te circunvalarán con un vallado, y te cercarán en derredor y te estrecharán de todas partes; derribarán por tierra a ti, y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no conociste el tiempo en que has sido visitada”. Entró en el Templo y se puso a echar a los vendedores, y les dijo: “Está escrito: «Mi casa será una casa de oración», y vosotros la habéis hecho una cueva de ladrones”. Y día tras día enseñaba en el Templo.

Luego de la conversión de Zaqueo, Nuestro Señor agregó la parábola de las minas, porque se hallaba próximo a Jerusalén, y los fariseos pensaban que el reino de Dios iba a ser manifestado en seguida. La parábola concluye: En cuanto a mis enemigos, los que no han querido que yo reinase sobre ellos, traedlos aquí y degolladlos en mi presencia.

Después de haber dicho esto, marchó al frente subiendo a Jerusalén.

Llegamos de este modo al Domingo de Ramos y a la Aclamación del Mesías Rey en Jerusalén.

Los cuatro Evangelistas relatan, aunque con variantes, el ingreso mesiánico de Cristo en Jerusalén, en el viaje hacia su muerte.

Es manifiesto que el intento literario de los Evangelistas es presentar esta entrada de Cristo en Jerusalén como mesiánica. Es el Mesías que va, consciente de su dignidad y misión, a la consumación de su mesianismo espiritual.

El que rechazó tantas veces honores porque aún no era su hora, consciente de que ésta había llegado, va triunfalmente a la cruz y a la resurrección.

San Lucas da una serie de detalles de este cortejo. La gran aclamación comenzó al acercarse a la bajada del monte de los Olivos. Era el momento en que se divisaba bien Jerusalén; y el entusiasmo se desbordó…

Las diversas aclamaciones que le dirigieron, y que nos han transmitido los cuatro Evangelistas, son todas mesiánicas:

¡Hosanna!

¡Hosanna en las alturas!

¡Hosanna en lo más alto!

¡Hosanna al Hijo de David!

¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

¡Bendito sea el que viene en nombre del Señor y el rey de Israel!

¡Bendito sea el advenimiento del reino de nuestro padre David!

¡Bendito el que viene, el Rey en nombre del Señor. En el cielo paz, y gloria en las alturas!

Hosanna, esta expresión, perdiendo su sentido etimológico primitivo (Yahvé salva), vino a ser una exclamación de júbilo susceptible de diversos matices. En esta escena de Cristo, el sentido natural del hosanna es nuestro equivalente: ¡Viva!

La expresión ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! está tomada del salmo 118: 26. El salmo es un canto triunfal a Dios, que da beneficios a Israel.

Esta fórmula, que lleva aneja en aposición el Rey de Israel, hace ver el valor, ciertamente mesiánico, con que se la utiliza aquí. Ninguna exclamación podía surgir más espontánea en los labios de aquellas turbas que ésta, pues era el Mesías que llegaba…

Las demás expresiones son la confesión inequívoca e indiscutible del mesianismo de Jesús:

El Hijo de David era la fórmula mesiánica más usual.

El Rey de Israel era el Mesías.

+++

Mezclados insidiosamente entre las turbas de este cortejo se habían entrometido algunos fariseos.

Estos leguleyos, envidiosos e irritados en su falso celo, impelen a Jesucristo a que corte aquellas aclamaciones.

Malévolamente, acaso más que para deslucir o apagar el prestigio del Maestro, para comprometer a éste si no hacía lo que iban a proponerle, lo que era tentarle una vez más, le dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos.

Nótese el odio y la perfidia farisaica. Estos, que le llamaron endemoniado y que le ven hoy triunfante, no vacilan en llamarle ahora Maestro, con tal de conseguir que Él no triunfe.

Pensaban que la humildad de Jesús haría cesar la inmensa aclamación de toda Jerusalén, como había hecho tantas otras veces al prohibir que se hablara de sus milagros.

Pero, más allá de que ellos lo decían por envidia, era ya llegada la hora del mesianismo, la hora de Dios.

Por eso, la respuesta de Cristo en aquella hora sublime, que era la hora del Padre, los desconcertó y los censuró.

Ignoraban que ese triunfo, aunque tan breve, del Rey de Israel, anunciado por los profetas, estaba en el plan de Dios para dejar constancia de su público reconocimiento por aquellos que habían de rechazarlo luego, a instancia de la Sinagoga.

El manso y humilde Jesús responde esta vez lleno de majestad, aprovechando aquella manifestación y el sentido de la misma: Si éstos callan, gritarán las piedras.

Con esta hipérbole oriental quería decirles Jesús que aquélla era la hora del Mesías, que así estaba determinado por Dios, y que nadie, en consecuencia, podría evitarlo.

+++

Era el tiempo por antonomasia, el momento fijado para la inauguración del Reino mesiánico; e Israel pudo y debió reconocerlo por la profecía de las Setenta Semanas de Daniel.

La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén está llena de alusiones al Salmo CXVII:

– La piedra que rechazaron los constructores ha venido a ser la piedra angular.

– Este es el día que hizo Yahvé; alegrémonos por él y celebrémoslo.

– Bendito el que viene en el nombre de Yahvé.

Si Israel hubiera reconocido al Mesías el Domingo de Ramos, entonces hubiera tenido comienzo de facto el Reino de Jesucristo.

Ese fue, pues, el día en que se cumplió la profecía del Profeta Daniel, señalando la grande y única solemnidad en que fue públicamente recibido el Cristo príncipe. Es este el punto culminante de la profecía.

Estaba anunciado que, pasadas las siete semanas empleadas en la reedificación de Jerusalén y las subsiguientes sesenta y dos semanas, sería muerto el Ungido. Su propio pueblo lo abandonaría y renegaría de Él, y vendría un pueblo extranjero con su caudillo que destruiría la ciudad y el santuario, tal como sucedió en el año 70 d. C.

Muchos exégetas ven en este vaticinio una profecía directamente mesiánica. Para ellos, el Príncipe y Ungido no puede ser otro que Jesucristo en persona.

+++

Aquí comienza el Evangelio de este Noveno Domingo de Pentecostés:

Y cuando estuvo cerca, viendo la ciudad, lloró sobre ella. Y dijo: “¡Ah si en este día conocieras también tú lo que sería para la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, y tus enemigos te circunvalarán con un vallado, y te cercarán en derredor y te estrecharán de todas partes; derribarán por tierra a ti, y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no conociste el tiempo en que has sido visitada”. Entró en el Templo y se puso a echar a los vendedores, y les dijo: “Está escrito: «Mi casa será una casa de oración», y vosotros la habéis hecho una cueva de ladrones”. Y día tras día enseñaba en el Templo.

En un momento de esta marcha gloriosa de Jesús, cuando, acercándose al descenso del monte de los Olivos, vio la ciudad, entonces lloró sobre ella y le predijo la catástrofe de su destrucción, que se avecinaba, por no haber conocido, culpablemente, el tiempo de tu visitación.

El Señor no tuvo reparo en llorar por el amor que tenía a la Ciudad Santa, y porque veía en espíritu la terrible suerte que vendría sobre ella por obra de sus conductores.

Jesús veía lo que le aguardaba a Él y a ella. ¡Qué distinto hubiese sido si Jerusalén hubiese reconocido, en ese día, como extrema tabla de salvación, toda la misión de paz mesiánica que Él le traía…!

Pero eran muchas las pasiones que estaban en juego contra Él.

Lo que el Señor veía, y por lo que derramó sus lágrimas, era toda la historia de un pueblo que esperaba al Mesías para su gloria y su paz, y, cuando Este llega, lo va a crucificar…

Junto con sus lágrimas, como garantía de su verdad, profiere la profecía de su castigo, la catástrofe de Jerusalén en el año 70.

La descripción de esta calamidad por Flavio Josefo y la misma arqueología han probado la verdad del mensaje profético del Señor.

Todo ello por no haber conocido el tiempo de su visitación. La visita de Dios es frase frecuente en el Antiguo Testamento para indicar castigos o premios.

El tiempo de su visitación es todo el período mesiánico de Cristo, fase de enseñanza y milagros mesiánicos, en Galilea y Judea, con sus repercusiones en Jerusalén, que significa visión de paz.

Y cuando el cortejo entró en la ciudad, ésta sintió como una fuerte sacudida, pues Jerusalén se conmovió.

El término de esta entrada mesiánica fue el Templo. Una vez concluida, salió de la ciudad hacia Betania, donde pasó la noche.

+++

San Lucas narra en otro lugar las terribles palabras de Nuestro Señor: Jerusalén, Jerusalén, tú que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados, ¡cuántas veces quise Yo reunir a tus hijos, como la gallina reúne su pollada debajo de sus alas, y vosotros no lo habéis querido! Ved que vuestra casa os va a quedar desierta. Yo os lo digo, no me volveréis a ver, hasta que llegue el tiempo en que digáis: «¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».

En San Mateo, el Señor pronuncia este mismo vaticinio del Salmo CXVII, 26, al terminar su último gran discurso en el Templo, el Martes Santo.

Estas palabras aluden a la vuelta de Cristo como juez y a la conversión de los judíos. Reconociendo en Él a su Redentor, lo saludarán entonces con la misma aclamación mesiánica del Domingo de Ramos: Bendito que viene en nombre del Señor

Tenemos, pues, aquí el primer anuncio de la Parusía, y que no es otra que la Venida gloriosa del Hijo del Hombre al fin de los tiempos.

+++

El Lunes y Martes Santos tuvieron lugar en el Templo la parábola de los viñadores homicidas, la cuestión de pagar o no el tributo al César, la discusión con los saduceos acerca de la resurrección, la demostración de su divinidad por medio de los Salmos, la advertencia sobre los escribas y, finalmente, el llamado de atención de la ofrenda de la viuda. A esto siguió el vaticinio de la ruina del Templo:

Como algunos, hablando del Templo, dijesen que estaba adornado de hermosas piedras y dones votivos, dijo: “Vendrán días en los cuales, de esto que veis, no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida”.

Este anuncio motivó la pregunta de algunos discípulos sobre el tiempo y las señales de la destrucción: Maestro, ¿cuándo ocurrirán estas cosas, y cuál será la señal para conocer que están a punto de suceder?

En su respuesta, Nuestro Señor indica primero los sucesos anteriores a la destrucción de Jerusalén:

“Mirad que no os engañen; porque vendrán muchos en mi nombre y dirán: «Yo soy; ya llegó el tiempo.» No les sigáis. Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no os turbéis; esto ha de suceder primero, pero no es en seguida el fin.” Entonces les dijo: “Pueblo se levantará contra pueblo, reino contra reino. Habrá grandes terremotos y, en diversos lugares, hambres y pestes; habrá también prodigios aterradores y grandes señales en el cielo. Pero antes de todo esto, os prenderán; os perseguirán, os entregarán a las sinagogas y a las cárceles, os llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi nombre. Esto os servirá para testimonio. Tened, pues, resuelto, en vuestros corazones no pensar antes cómo habéis de hablar en vuestra defensa, porque Yo os daré boca y sabiduría a la cual ninguno de vuestros adversarios podrá resistir o contradecir. Seréis entregados aun por padres y hermanos, y parientes y amigos; y harán morir a algunos de entre vosotros, y seréis odiados de todos a causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza se perderá. En vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”.

Finalmente les dio el signo propiamente tal de la destrucción: el sitio a Jerusalén por los ejércitos romanos, seguido de las calamidades que le han de acaecer a los judíos, las cuales Nuestro Señor extiende hasta el cumplimiento del “tiempo de los gentiles”:

Más cuando veáis a Jerusalén cercada por ejércitos, sabed que su desolación está próxima. Entonces, los que estén en Judea, huyan a las montañas; los que estén en medio de ella salgan fuera; y los que estén en los campos, no vuelvan a entrar, porque días de venganza son estos, de cumplimiento de todo lo que está escrito. ¡Ay de las que estén encintas y de las que críen en aquellos días! Porque habrá gran apretura sobre la tierra, y gran cólera contra este pueblo. Y caerán a filo de espada, y serán deportados a todas las naciones, y Jerusalén será pisoteada por los gentiles hasta que el tiempo de los gentiles sea cumplido.

Teniendo presente esta profecía, los cristianos de Jerusalén dejaron la ciudad Santa antes de su ruina, retirándose a Pella, al otro lado del Jordán.

El tiempo de los gentiles va a terminar con la conversión de Israel y el advenimiento del supremo Juez.

+++

En la Epístola de este Domingo, tomada de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios, el Apóstol los exhorta a que tengan presente el caso de los israelitas en su salida de Egipto, pues de seiscientos mil combatientes que pasaron el Mar Rojo, sólo dos lograron entrar en la Tierra Prometida.

San Pablo comienza haciendo notar las gracias extraordinarias con que Dios favoreció a los israelitas.

El adjetivo todos se repite cinco veces para acentuar que, aunque todo Israel recibió aquellas bendiciones, sólo un pequeño número entró en la tierra prometida.

¡Gran contraste entre todos y la mayor parte de ellos no agradó a Dios…! Fueron muchos los favores concedidos a los israelitas, pero la mayor parte de ellos pereció en el desierto, víctima de la cólera divina…

San Pablo saca la conclusión: Todo esto les sucedió a ellos en figura, y fue escrito para amonestación de nosotros, para quienes ha venido el fin de las edades.

El fin de las edades se inicia con la venida del Mesías, y en ella cobra realidad todo cuanto anteriormente Dios había preanunciado en figuras.

Que no se confiasen demasiado los corintios; lo que sucedió a los israelitas, cayendo en la idolatría y fornicación, fácilmente podía sucederles a ellos, si no eran cautos en la cuestión de lo inmolado a los ídolos.

¡¿Qué decir de nosotros, que asistimos al fin del fin de las edades…?!

Para reflexionar un poco más sobre hechos concretos actuales, ver los dos textos que publicaremos el día lunes en separata…

Que Jesucristo no tenga que llorar por nuestra alma y decir: ¡Ah si en este día conocieras también tú lo que sería para la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos.