RAFAEL GAMBRA CIUDAD: INTERIORIDAD RELIGIOSA

… Y EN LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD …

Es un hombre que camina solo, por uno de esos parajes entre lunares y volcánicos que fueron tierra de nadie en un frente de combate. Un hombre cansado, en cuyo rostro, surcado por una gran cicatriz, se descubre una mirada ausente, que parece incapaz de fijeza y atención.

Es de noche y llueve despiadamente. Y entre esos árboles fantasmales, que parecen una burla de la vida, avanza lentamente nuestro hombre indiferente al agua que cala sus ropas, harapos que sugieren, como origen, un uniforme, militar. 

Nada más se divisa. Aquel hombre espectral parece a solas con el mundo, un mundo frío, inhospitalario.

Un mundo que parece, ahora, en su crueldad, dar razón a los pensamientos, de aquel hombre.

Porque a aquel hombre le dijeron hace tiempo que el mundo en sí carece de sentido. Que la finalidad y el sentido son categorías exclusivas de la razón.

Todavía el viento que bate los muñones de aquellas ramas parece arrastrar remotos ecos del filósofo Koenigsberg.

Claro que en aquellos lejanos tiempos la crítica kantiana había sonado en los oídos de nuestro hombre lleno de optimismo y de esperanza: La Razón podría iluminar ese caos del mundo objetivo, erigirse en rectora de la vida y alumbrar el mundo fenoménico de la Ciencia… Aún el viejo Kant, al final de su vida, escribió aquel tratado, lleno de confianza, a la Paz Perpetua.

Pero todo aquello resultó falso. Aquel mismo hombre —que lo creyó—, había rendido culto a la Ciencia moderna sobre el ideal del Progreso. Pero pronto se dio cuenta de que el conjunto flotaba sobre una ignorancia abismal de los conceptos fundamentales. Y sintió la angustia que —ya lo había observado Kierkegaard— surge cuando al querer el espíritu poner la síntesis de todo, la libertad fija la vista en el abismo de su propia posibilidad y echa mano de la finitud para sostenerse…

Es cierto que, en algún momento, aquellas hipótesis científicas, sirvieron, y se convirtieron en técnica. Pero el conjunto fracasó, y la primera guerra mundial, con su cúmulo de horrores, se rio de las ilusiones constitucionales del viejo Kant.

Aquel mismo hombre había luchado y sufrido mucho ya en aquélla primera lucha; pero aún salvó de su universal naufragio un rayo de esperanza. No la razón humana en general, que opera sobre abstracciones, sino el Nombre concreto de la Existenzsphilosophie —tal vez el hombre alemán solo— lograría organizar y dar sentido a ese mundo oscuro y caótico de la realidad objetiva.

Pero también aquello había fracasado: otra guerra mil veces más espantosa había asolado segunda vez la Tierra. Y ahora era preferible la noche para no verlo todo reducido a esqueletos de ruinas.

A aquel hombre le habían pedido sacrificarse hasta el límite, y lo había hecho, pero todo resultó estéril; ahora se encontraba a solas con el mundo y con su noche.

Ya no quedaba nada en su alma; y, sin embargo, aquel mundo sordo y cruel persistía en la existencia, y ahora le golpeaba el rostro con la lluvia y el viento, y le ponía terror en el alma con sus sombras.

El mismo, que por dos veces había fracasado, como por una ironía del destino, también seguía alentando y de pie ante el problema.

Y ya faltaban las fuerzas porque no sabía a dónde iba ni para qué. Avanzó aún, sin embargo, de un modo vacilante, como en un estado de sonambulismo.

De pronto se detiene. Han sonado a lo lejos las campanas de una iglesia. Seguramente de un pueblo rural no del todo destruido. Su sonido sólo arranca a nuestro hombre una sonrisa amarga: ¡Felices ellos que, con su fe religiosa, no se han asomado al problema ni han sufrido la tragedia! Pero aquello ya no es para él. Desgraciadamente ni a la infancia, ni a la inocencia, ni a la ignorancia primera se puede volver…

Y, como animado por una rabia sorda, avanza nuestro hombre más resueltamente. Y anduvo mucho, hasta entrar en las primeras casas de aquel pueblo que le atraía inconscientemente como un último aliento de la vida.

Mas ahora le vemos detenerse de nuevo, pero en una actitud de interés, de la que se hubiese dicho que era ya incapaz.

Está ante una casa, mirando por su ventanal una escena familiar que se ofrece a su vista: en torno a un Nacimiento los miembros de una familia —padres y niños— encienden velas y le cantan alegremente. Una gran paz se retrata en el rostro de todos.

La atención se concentra sobre el portal y el Misterio… Allí el Niño-Dios sonríe y abre amorosamente los brazos.

Aquello, sin duda, no es creación de esos hombres porque lo adoran sinceramente, como a algo superior.

Nuestro hombre se fija en el Niño-Dios y cree ver que le sonría a él precisamente y que a él abre sus brazos en señal de paz y bendición.

Las campanas, que tañen de nuevo, no le suenan ya tan lejos. Ha notado como si algo le viniese de lo alto como el rocío sobre los campos secos. Algo objetivo y trascendente, pero con sentido y calor de vida.

Quizá esté comprendiendo el misterio de la interioridad religiosa: la relación directa y personal de nuestra persona y la de Dios allá en la intimidad de nuestro corazón.

Su alma por vez primera ha dejado de girar sobre sí misma, burlando la entraña ley que pretendía condicionar mutuamente su mundo y su Yo. Se ha detenido mirando a lo alto y ha visto la mirada intensa y los brazos amorosos de un Dios-hombre que convergen precisamente en él, como persona…