PADRE JUAN CARLOS CERIANI: SÉPTIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

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SÉPTIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Guardaos de los falsos profetas que vienen a vosotros disfrazados con pieles de ovejas, mas por dentro son lobos voraces: por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de las zarzas? Así es que todo árbol bueno produce buenos frutos, y todo árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede dar frutos malos, ni un árbol malo darlos buenos. Todo árbol que no dé buen fruto será cortado y echado al fuego. Por sus frutos pues lo podéis reconocer. No todo aquel que me dice: ¡Señor, Señor! entrará por eso en el reino de los cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre celestial, ése es el que entrará en el reino de los cielos.

El pasaje del Evangelio de este Séptimo Domingo de Pentecostés está tomado del hermoso Sermón de la Montaña, que contiene el resumen de la enseñanza de Nuestro Señor.

El Divino Maestro acababa de decir que es muy estrecha la vía que conduce al Cielo y cuán pocos son los que la encuentran.

Nuestro Señor nos recomienda, por lo tanto, ocuparnos especialmente de evitar a aquellos que buscan llevarnos por el camino equivocado. Nos pone en guardia contra los doctores de mentiras: Guardaos de los falsos profetas

Esta palabra profeta significaba entre los judíos todos aquellos que habían recibido o se arrogaban la misión de instruir a otros y de hacer conocer la divina voluntad.

De donde se distingue dos tipos de profetas: los verdaderos, los buenos, los realmente enviados por Dios; y los falsos, los malos, los que no tienen ninguna misión divina.

Los profetas de mentiras siempre han sido más escuchados que los verdaderos profetas. Es, por desgracia, la historia de la humanidad: Adán prefirió escuchar al padre de las mentiras, antes que creer al Dios de toda verdad, a pesar de sus terribles amenazas.

Los hombres siempre escuchan preferentemente a aquellos que alagan sus pasiones y toleran sus defectos.

Nuestro Señor, en su infinita presciencia, prevé que siempre será así, incluso en su Iglesia. Por eso, como un Buen Pastor, quiere proteger a su rebaño y dice a sus ovejas: Guardaos de los falsos profetas

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Pero, ¿cuáles son estos falsos doctores que tenía en vista Nuestro Señor?

Existen varios tipos, y pertenecen a todos los siglos:

1º) En primer lugar están los herejes, que han devastado el rebaño de Cristo y provocaron la ruina de muchas almas.

2º) A continuación, muchos autores de libros impíos y de pestilentes escritos, inspirados por Satanás, que hacen perder la fe y la inocencia de los lectores imprudentes, y que siembran en la sociedad la incredulidad, el espíritu de rebelión, la perversión o corrupción de la moral…

3º) Les siguen los ministros de Jesucristo, a los que más bien deberíamos llamar ministros de Satanás, quienes, por su cobardía o su malicia y perversidad, engañan a las almas y las pierden…

En la cátedra, disminuyen las verdades, buscan los elogios o aplausos; o bien por miedo callan cual perros mudos; como negligentes centinelas se duermen o no gritan a la vista del enemigo…

En el Santo Tribunal de la confesión, rechazan a las pobres almas por su dureza y su severidad; asimismo, los médicos tramposos acomodan el Evangelio a las pasiones de los hombres, dejándolos en el vicio, permitiéndoles vivir en la ocasión próxima de pecado…

En su vida privada, estos ministros infieles, encargados de enseñar a otros los preceptos del Señor, ellos mismos no los observan…

Guardaos de los falsos profetas… Ved como son numerosos, en todas partes y en todo momento…

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Por las palabras que siguen, vienen a vosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces; por sus frutos los conoceréis, Nuestro Señor nos da los signos de estos perversos doctores, a fin de que podamos fácilmente discernirlos y rechazarlos.

El primer signo de los herejes y sembradores de impiedad, es que ellos vienen en nombre propio sin misión ni aprobación legítima.

Aparentan exteriormente ser genuinos pastores, pero su voz no es el eco de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia, sino el aullido de los lobos rapaces.

El segundo signo, común a la mayoría de los que hemos enumerado, es hipocresía.

El demonio sabe transformarse en Ángel de la luz, y como fue capaz de seducir a Eva, así también en todos los tiempos induce e inducirá al error a los elegidos, incluso hasta perderlos, si fuese posible.

Sus secuaces, según las circunstancias, asumen actitudes de piedad, de virtud, de celo, para engañar más fácilmente a las almas…

El tercer signo, común a todos, son los frutos malos.

Tienen buen aspecto exterior, educados, mansos, piadosos, caritativos… Pero esa engañosa presentación no dura mucho, y sus acciones los traicionan.

Sus frutos son el orgullo, la avaricia, la lujuria…

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Para hacer una aplicación práctica a la actualidad, consecuencia del proceso revolucionario que se inició en 1303, retomemos el magnífico ensayo del Padre Castellani Decadencia de las sociedades, que hace poco hemos publicado e incluso resumido, y el cual exhorto vivamente a leer, meditar, y a su luz reflexionar sobre el plan que han tramado los enemigos de Nuestro Señor.

Allí analiza el nutrido ensayo del Profesor Jaime María De Mahieu sobre el proceso de la decadencia de las sociedades.

Pues bien, la razón, la inteligencia humana, puede discernir muchas cosas particulares y también las peripecias de un proceso fatal. Esto abre la posibilidad, sea de poder actuar sobre ellas en sentido salvífico; sea, por lo menos, de tomar la actitud del médico ante un caso desesperado.

Hay acontecimientos en que el filósofo tiene que limitarse a constatar un proceso de “círculo infernal“, como dice De Mahieu, limitándose a poner obstáculos que lo retarden; y dejando abierta la eventualidad remota del milagro.

Por poner un ejemplo claro y práctico, no es ni puede ser el mismo el examen de un San Pío V en 1570, que el de un Pío VI en 1790, que, menos aún, el de un San Pío X 1903… Y vamos ahora por 117 años de acción deletérea de modernismo, sumándose 60 años de influencia exterminadora de iglesia conciliar…

Como complemento, el Padre Castellani aporta la intuición fundamental de Giovan Battista Vico de que las naciones decaen —enfoque opuesto al mito del Progreso Indefinido—; de que en su decaer se cumplen ciertas etapas, siempre las mismas; y de que lo religioso es el lazo unificante de los regímenes estables y aun la posibilidad de la resurrección.

Lo religioso es el lazo unificante de los regímenes estables y aun la posibilidad de la resurrección… Imaginemos qué pasa cuando lo religioso está en poder de los falsos profetas…; no sólo no habrá posibilidad de restauración, sino que lo religioso mismo, convertido en fermento farisaico, saduceo o herodiano, será la causa misma de la decadencia…

¡Ayúdenme a pensar!

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Entrando en el análisis mismo de la decadencia, De Mahieu señala la falta de causa final, la ausencia de la directriz tradicional; o sea, la pérdida, o la falta de conciencia o la indiferencia respecto del ideal nacional.

Una nación es como una empresa; y una empresa cesa de ser cuando no sabe dónde va. Una nación no puede menos de decaer cuando no sabe lo que tiene que hacer en este mundo…

Imaginemos qué pasa cuando los falsos profetas proponen lo diametralmente contrario a esa misión…, o cuando orientan hacia lo que destruye a esa misma sociedad… Hubo uno de ellos que llegó a enunciar “la autodestrucción de la Iglesia”…

La causa eficiente del proceso de decadencia son los factores externos, que lo aguijonean; entre los cuales los dos capitales son las naciones vecinas y los egoísmos individuales, sustraídos a la síntesis armonizante.

En el caso de la Iglesia, la judería masónica y las sectas, por un lado; y la acción corrosiva de los infiltrados y enmarañados en los puestos de mando, por el otro…

Pero estos factores externos no tendrían éxito sino fallase el factor formal o intrínseco de la unidad colectiva, que De Mahieu llama la síntesis estructural, que es la causa formal del progreso de las naciones. La quiebra de esa síntesis estructural trae la decadencia.

De Mahieu ha puesto el dedo exactamente sobre la causa formal, la principal, la intrínseca y especificante, de la decadencia: “el desorden estructural”.

La “confusión de las personas”, la llama el Dante en la Divina Comedia: Siempre la confusión de las personas principio fue del mal de la ciudad”.

La sociedad en definitiva se compone de personas; y su descoyuntamiento, por lo tanto, se produce cuando las personas son arrojadas de su propio lugar social, y puestas donde no debían estar; lo que decimos vulgarmente patasarriba.

El sociólogo Vacher de Lapouge, citado por José María de Mahieu, trasladando a lo sociológico la pirámide del poder, de Giovanni Mosca y Ernesto Palacio, dice que hay cuatro estratificaciones sociales que configuran una especie de pera; y que, si están en buen orden y figura, estructuran una sociedad asentada y próspera; mas lo contrario en caso inverso. Estas estratificaciones son:

— 1.- Los creadores.

— 2.- Los realizadores.

— 3.- Los asimiladores.

— 4.- Los brutos.

La primera capa, los creadores, está constituida por los varones de invención, originalidad y conquista; casi siempre personalidades aisladas y difíciles —al juicio de los “brutos”.

Cuando esta capa no existe, la sociedad se atrasa; pero mucho peor es cuando la pera está invertida, y su cúspide está oprimida por la masa amorfa —cuyo ínfimo límite son los tarados y los amorales—; y entonces sobrevienen la confusión, la anarquía o la tiranía.

Si se suprime a los creadores en una sociedad, ella no puede ir adelante, tiene que caer; y para suprimirlos el remedio es sencillo, basta ponerlos en el último lugar, abajo de todos.

Eso se llama en la Sagrada Escritura “matar a los profetas”; y la muerte del profeta trae como contragolpe inmediato la aparición de los “pseudoprofetas”.

Si los creadores y realizadores se definen los que hacen; los asimiladores los que reciben y los brutos los que estorban, evidentemente los simuladores, mistificadores y sofisticados, es decir los intelectualoides, los inteligentones y los inteligentuales se van al rango de los brutos.

Lamentablemente esto es aparente, puesto que no parecen brutos, sino todo lo contrario, brillan con todos los fulgores de la mistificación y de la “propaganda”. Son impuestos al público indefenso como maestros y guías de las naciones, y en países dejados de la mano de Dios gobiernan la educación de la niñez y juventud.

En realidad, ese tipo social, tan abundante hoy día, los inteligentones, intelectualoides e inteligentuales, son corrupciones de los dos primeros tipos (los creadores y realizadores), son “luciferinos”, originan “la confusión de las personas”, causa formal de la decadencia y caída de las sociedades.

El luciferino es, simplemente, el pseudoprofeta de la Sagrada Escritura; el que grita: “llegó la paz, llegó la paz; y no había paz”.

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Ahora bien, la cima de la actividad intelectual es la profecía. El profeta es a la vez profundo como el metafísico, y concreto como el político.

El profetismo puede ser sobrenatural y natural.

Profecía sobrenatural es predicción de lo futuro contingente, en nombre de una autoridad sobrenatural y en relación con el asunto de la salvación o perdición del hombre; o sea el núcleo más hondo y decisivo de la Historia de la Humanidad, que comprende también el destino de las naciones, desde ese supremo punto de vista.

Y así vemos que los profetas hebreos —los más altos que han existido— son al mismo tiempo que previdentes, moralistas, teólogos y legisladores; y aun conductores, como Moisés.

Existe la profecía natural, que parece ser la disposición psicológica preparatoria para recibir la gracia de la profecía sobrenatural. De esta disposición natural se puede usar bien o usar mal.

Psicológicamente parece consistir en una inmersión tan honda de la vida del profeta en lo presente que lo habilita a proyectar las líneas directrices actuales a lo futuro.

La Sagrada Escritura está llena de la amenaza divina de quitar a su pueblo, por causa de los pecados, la luz profética, y abandonarlo a las malas artes de los pseudoprofetas, los que prometen venturas temporales, consuelan, halagan y adulan; y, en vez de exigir el arrepentimiento, prometen a los pueblos viciosos el éxito, la riqueza, el triunfo y el Progreso Indefinido; mientras, por otro lado, aumentan la desesperación.

Esta amenaza divina culmina en la predicación de Jesucristo, quien profetizó: Mataréis al Profeta, y surgirán bandadas de pseudoprofetas, que llevarán a la Ciudad Santa a la última desolación. Y así fue.

El asesinato del profeta es el signo fatal del hundimiento nacional.

Antes de matarlo físicamente se lo puede asesinar como profeta —cosa en que se especializa nuestra época— quitándole todos los medios de hacerse oír. Se lo mata al final cuando se ve que eso es muy difícil y casi imposible; porque el profeta habla también con su propia vida.

El Padre Castellani compuso un Improperio sobre Jerusalén, que dice así:

“Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas...” Un pueblo que mata a sus maestros naturales está perdido, y no hay más que llorar sobre él. Un pueblo que mata a sus maestros naturales se saca los ojos. No es necesario que los mate físicamente, basta que los mate como maestros. Basta que al escritor que sabe, por ejemplo, no le deje editar sus Libros; basta que al escritor que construye, no le deje difundir sus escritos; al escritor que tiene la palabra de la salud, le haga el vacío delante y entorno. Ese pueblo se vuelve voluntariamente ciego. Y entonces se hace guiar por otros ciegos, pues no puede ver que son ciegos. Y se precipita al abismo.

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Giovan Battista Vico vio que la decadencia de las naciones se producía de acuerdo a leyes fijas, y con estadios característicos, típicos:

el tiempo de los dioses o estado teocrático;

el tiempo de los héroes, o estado feudal;

— y el tiempo de los hombres, o estado republicano.

Ya vimos que Vico puso a la religión como condición necesaria del mantenimiento o estabilidad de cualquiera de ellos: lo religioso es el lazo unificante de los regímenes estables y aun la posibilidad de la resurrección.

Pero él pone a la Iglesia fuera de su esquema natural de evolución, porque tiene simplemente al catolicismo por la religión verdadera, sobrenatural y providencial. De modo que para él la decadencia natural de las naciones cristianas sería detenida o contrarrestada por un recontacto con el cristianismo, que las creó.

Hilaire Belloc, en su libro Europa y la Fe, postula una “conversión de Europa” como condición única del salvamento de la civilización occidental en la actual crisis del mundo: “Europa debe volver a la fe, o ella perecerá”.

El Padre Castellani decía que la teoría de Vico es seria; y que del cristianismo no se puede esperar sino deformaciones (que es lo que fueron la Reforma y todas las demás innúmeras herejías) o bien renovaciones.

Por lo tanto, veía claramente que la probabilidad del mantenimiento de nuestra civilización dependía de la posibilidad de un revival del catolicismo.

Pero sostenía que esa posibilidad de un recontacto de las naciones europeas con su fuente religiosa vital (o sea “la conversión de Europa”) parecía, más que improbable, imposible a los ojos modernos.

¿Por qué? Porque realmente la corrupción (“el desplazamiento de la mística en política”) había ido muy lejos y había subido muy alto; quizá más que en ninguna otra época de la historia.

Esto se debió a la proliferación de los falsos profetas y la ocupación que ellos hicieron de los puestos de mando en la Iglesia.

Y concluía: yo creo que un día vendrá el fin del mundo —del ciclo adánico—, precedido de una corrupción religiosa irremediable; pero no lo he profetizado para ahora sino en forma conjetural y condicional (ver mi libro Su Majestad Dulcinea).

En suma, la relación sociedad-religión, proclamada desde Platón por tantos grandes pensadores, se puede expresar sociológicamente diciendo que la nación que pierde el sentido de lo sacro está perdida.

La pérdida del sentido de lo sacro es uno de los signos más ciertos de decadencia…

¿Cómo detectarlo? Cuando todo se profana; y cuando el culto, el sacramento, el juramento y hasta las palabras religiosas pierden su temerosidad o majestad, y se preñan de “política”.

Dicho fenómeno es muy visto en nuestros días… No hay ya religiosidad real, no sólo en los que hacen este estupro, sino en los que lo apoyan, sostienen o consienten…

Por lo tanto, hoy, más que nunca, al acercarnos al fin del misterio de iniquidad, al reinado del Anticristo: Guardaos de los falsos profetas que vienen a vosotros disfrazados con pieles de ovejas, mas por dentro son lobos voraces: por sus frutos los conoceréis…