P. CERIANI: SERMÓN DE LA FIESTA DE LA ASCENSIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

FIESTA DE LA ASCENSIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

En aquel tiempo se apareció Jesús a los once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado. Y les dijo: Id por el mundo entero, y predicad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, será salvado: el que se resista a creer, será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: Echarán en mi nombre demonios, hablarán en lenguas extrañas, cogerán serpientes en sus manos, y si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos. El Señor Jesús, después de hablarles, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos salieron y lo proclamaron por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la Palabra con los signos que los acompañaban.

Nos encontramos en la Fiesta de la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo. El Evangelio de la Vigilia presenta el profundo texto que dice así:

Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: Padre, viene la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Como le has dado poder sobre toda carne, para que todo lo que le diste a Él, les dé a ellos vida eterna. Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti solo Dios verdadero, y a Jesucristo a quien enviaste. Yo te he glorificado sobre la tierra, y he acabado la obra que me diste a hacer. Ahora, pues, Padre, glorifícame tú en ti mismo, con aquella gloria que tuve en ti antes que fuese el mundo.

Llegado, pues, el momento de la Pasión, Nuestro Señor dijo: Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo… Si se dice que fue glorificado por la Pasión, ¡cuánto más por la Resurrección! Porque en su Pasión lo que resplandece es su humillación, más que su gloria. Por lo tanto, para que Cristo Jesús fuera glorificado mediante la Resurrección, primero fue humillado por la Pasión. Es la humillación la que merece la gloria, y la gloria la que recompensa la humillación.

Para que tu Hijo te glorifique. Es apropiado investigar cómo el Hijo glorificó al Padre, ya que la gloria eterna del Padre no disminuyó por la condición humana del Verbo encarnado y no puede aumentar en su perfección divina.

Si el Hijo hubiera muerto sin resucitar, no habría sido glorificado por el Padre, ni habría glorificado al Padre; mientras que, glorificado por el Padre en la Resurrección, glorifica al Padre mediante la predicación de su Resurrección.

Después descubrimos, cada vez más, cómo el Hijo glorifica al Padre: …Ya que le has dado autoridad sobre toda carne, para que a todos los que le has confiado, les dé vida eterna. Ahora bien, la vida eterna consiste en conocerte a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.

Dios es glorificado aquí abajo, cuando la predicación lo da a conocer a los hombres y es proclamado por la fe de los creyentes. Por eso dice: Yo Te he glorificado en la tierra, he terminado la obra que me diste para hacer.

Luego dice: Y ahora, Padre, glorifícame tú en ti mismo, con aquella gloria que tuve en ti antes que fuese el mundo.

Anteriormente había dicho: Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a Ti; indicando por el orden de las palabras que el Hijo primero debía ser glorificado por el Padre, para que el Hijo pudiera glorificar al Padre.

Aquí, por el contrario, dice: Yo Te he glorificado en la tierra, he terminado la obra que me diste para hacer; ahora glorifícame Tú a mí, como, si después de haber glorificado Él mismo primero al Padre, estuviera pidiendo ser glorificado por el Padre.

Le pide al Padre que haga aquello por lo cual el Hijo haría esta obra, es decir, que el Padre glorifique al Hijo, para que, por esta glorificación del Hijo, el Hijo también glorifique al Padre.

Al decir que su Padre sería glorificado por Él en la tierra, y que Él sería glorificado por el Padre junto con el Padre, indica la manera de estas dos glorificaciones.

Él mismo glorificó al Padre en la tierra, predicándolo a las naciones; y el Padre lo glorificó junto a Él, poniéndolo a su diestra.

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Llegado el día que Cristo nuestro Señor había determinado ascender a los Cielos, como había amado a los suyos, que estaban en este mundo, al fin les dio mayores señales de amor; y para esto aquel día se apareció a los discípulos en el Cenáculo estando comiendo, y comió con ellos amigablemente, con grandes muestras de amor, y luego les dijo cómo aquel día había de partir para su Padre; y para consolarlos de la tristeza que esta nueva les causó, renovó alguna de las razones que les dijo en el Sermón de la Última Cena.

Primero, les diría: Voy a aparejar lugar para vosotros, y otra vez vendré y os llevaré conmigo, para que donde Yo estoy, estéis vosotros.

Como quien dice: Yo subo al Cielo para abrir sus puertas y dar entrada a los justos que le han merecido, para que gocen de las moradas que están aparejadas en la casa de mi Padre; alegraos, que Yo volveré por vosotros en la hora de vuestra muerte, y os llevaré conmigo, poniéndoos en el lugar que mi Padre os tiene señalado.

Luego les diría la otra razón: Si me amáis, habéis de alegraros porque voy a mi Padre, porque mi Padre es mayor que Yo, y me ha de honrar y glorificar poniéndome a su mano derecha, en donde gozaré con quietud del reino eterno, que con mi Pasión he conquistado.

Añadiría también: A vosotros importa que Yo me vaya, porque si no me fuere, no vendrá el Consolador; pero si me fuese, Yo os lo enviaré.

Como quien dice: está decretado que Yo suba primero y desde allá os lo envíe, porque vosotros no estáis bien aparejados para recibirle, porque estáis apegados con un modo de amor carnal a mi presencia corporal, y es menester que os descarnéis de ella para recibir don tan soberano.

Habiendo Cristo Nuestro Señor consolado a sus discípulos, les dijo: Quedaos en la ciudad hasta que seáis revestidos con la virtud de lo alto. En las cuales palabras les prometió la venida del Espíritu Santo, pero con un modo muy misterioso; esto es, de la fortaleza del Espíritu Santo; en lo cual les da a entender que de su cosecha están desnudos y desarmados, son flacos, pusilánimes y vacíos del espíritu que es necesario para salir por el mundo a predicar el Evangelio; y así el Espíritu Santo los revestirá con su gracia, y los armará con sus dones, y los fortificará con sus virtudes celestiales, dándoles fortaleza para esta empresa.

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Dicho esto, los sacó fuera de la ciudad, al monte que se llama de los Olivos.

Se ha de ponderar que Nuestro Señor escogió para subir al Cielo el monte Olivete,en donde oró a su Padre con agonía y sudor de sangre, y donde fue desamparado de sus Apóstoles, entregado por Judas a sus enemigos, preso de los judíos, atado con sogas y hollado con sus pies; y de donde salió a padecer las ignominias de la cruz, quiere subir a gozar las grandezas de su gloria; para que se entendiese que por estos trabajos ganó el Cielo que iba a poseer.

Estando todos los discípulos y la Virgen Santísima en el Monte de los Olivos, Nuestro Señor levantó las manos en alto, para significar que la bendición que pretendía impartirles no era en bienes de la tierra, sino en bienes del Cielo, y que había sido ganada por su Pasión y Muerte, levantando las manos en la Cruz; y para expresar la largueza de su bendición, ofreciéndonos a manos llenas los bienes de gracia y gloria.

Habiendo bendecido a sus Discípulos, el señor se separó poco a poco de ellos elevándose hacia el Cielo.

No leemos que Nuestro Redentor fuera llevado al Cielo en un carro o por medio de Ángeles: pues habiendo creado todas las cosas, podía por su propia fuerza elevarse por encima de todas las criaturas.

En efecto, regresaba a un lugar donde estaba, y retornaba de un lugar donde permanecía, ya que, al ascender al Cielo en su humanidad, contenía al mismo tiempo tanto la tierra como el Cielo mediante su divinidad.

El Señor tuvo precursores y garantes de su Ascensión, uno antes de la Ley, Enoc, y el otro bajo la Ley, Elías, para que un día pudiera venir en persona, teniendo verdaderamente el poder de entrar en los Cielos por virtud propia.

De este modo, podemos distinguir un orden de progresión; porque leemos que Enoc fue simplemente trasladado, mientras Elías fue llevado al cielo en un carro, para que un día viniera Aquel que, sin ser trasladado ni llevado en un carro, entrase por su propio poder en el cielo etéreo.

Nuestro Señor se elevaba acompañado de todas las almas de los Justos, que había retirado del Limbo, y de un gran número de Espíritus Celestiales, que habían venido para hacerle de escoltas y que avanzaban delante de Él.

Los Discípulos, siguiendo con los ojos del cuerpo a su Maestro, sentían en sus corazones participar de tres sentimientos:

El primero era de admiración, que se debía a la novedad de ver a un hombre elevarse por sí mismo en los aires, sin dificultad y sin esfuerzo, con todas las marcas ilustres de la omnipotencia y de la grandeza.

El segundo, un sentimiento de alegría. Ellos se alegraban de ver que su Maestro entraba en la gloria, haciendo resplandecer su divinidad. Estaban contentos de ver a su Señor subir con tanta Gloria y Majestad. De esta misma manera le veremos regresar el día de su Parusía.

El tercer sentimiento fue de un deseo extremo de seguir a Aquel a quien amaban. Sus corazones no consentían en separarse de Él. En ese momento se cumplía a la letra la profecía del rey David: Millares y millares forman la carroza de Dios; en medio de ellos viene el Señor del Sinaí al Santuario. Subiste a lo alto llevando cautivos; recibiste hombres en don.

San Pablo toma la cita del Salmo para aplicarla a la Ascensión del Señor, y dice: Eso de subir, ¿qué significa, sino que antes bajó a lo que está debajo de la tierra? El que bajó es el mismo que también subió por encima de todos los cielos, para complementarlo todo.

Antes había bajado a los lugares más bajos de la tierra, es decir, a los infiernos, al Limbo de los Padres, donde libró a los cautivos.

Entonces, unos, es decir las Almas que había retirado del Limbo, le seguían verdaderamente y en persona; otros, como su Madre Santísima y sus Discípulos, le seguían con los afectos de sus corazones, que el amor había unido inseparablemente al suyo.

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Y una nube lo recibió, quitándolo de sus ojos. Y como ellos fijaron sus miradas en el cielo, he aquí que dos varones, vestidos de blanco, se les presentaron y les dijeron: Varones de Galilea, ¿por qué quedáis aquí mirando al cielo? Este Jesús que de en medio de vosotros ha sido recogido en el cielo, vendrá de la misma manera que lo habéis visto ir al cielo.

Los Apóstoles habían perdido de vista a su divino Maestro; sin embargo, admirados y fuera de sí mismos, no dejaban de mirar hacia el cielo…; y así hubiesen permanecido mucho tiempo en su admiración, si Dios no hubiese recurrido a un medio sobrenatural para retirarlos de ese estado; y les envió entonces dos Ángeles bajo la figura de hombres revestidos de blanco.

Y los Ángeles dieron a los Discípulos, y en su persona a todos los hombres, un aviso de una extrema importancia: los fieles seguidores de Jesucristo no deben separar el recuerdo de la Ascensión del Señor del pensamiento de su Segunda Venida, la Parusía.

El misterio que se estaba llevando a cabo delante de sus ojos los confirmará en la fe en el misterio que debe cumplirse al fin de los tiempos.

Estas son dos verdades transcendentales, que los Apóstoles y sus sucesores enseñarán en su predicación.

Y esto es debido a que, si se encuentran hombres que se relajan en la práctica de la virtud, bajo pretextos de que el Señor ha subido a los Cielos y que está muy lejos de nosotros, ellos se sentirán animados a comportarse mejor con el pensamiento de que vendrá una segunda vez para juzgarlos.

Pensando en el regreso del Señor, debemos seguirlo en nuestros corazones donde creemos que ha ascendido en cuerpo.

Huyamos de los deseos terrenales; que nada de lo que hay en la tierra pueda satisfacernos, puesto que tenemos un Mediador en los Cielos.

Pero debemos considerar con gran cuidado que Aquel que vino lleno de mansedumbre volverá terrible, para exigir una rigurosa rendición de cuentas de todo lo que nos prescribió con indulgencia.

Por lo tanto, que nadie desprecie el tiempo que se nos concede para la penitencia; que nadie descuide su salvación mientras pueda, pues Nuestro Redentor vendrá a juzgarnos con mayor rigor cuanto más paciente se haya mostrado antes del juicio.

Quizás nuestra alma aún esté turbada por la confusión de este mundo; sin embargo, de ahora en adelante, echemos el ancla de nuestra esperanza en la Patria Eterna, mantengamos nuestros pensamientos firmemente en la contemplación de la verdadera luz.

Hemos aprendido que el Señor ha ascendido al Cielo; meditemos diligentemente en lo que creemos, y, si aún nos vemos retenidos aquí por la debilidad de nuestro cuerpo, al menos sigámoslo con los pasos de nuestro amor. Y nuestro deseo no será engañado, antes bien confirmado por Jesucristo Nuestro Señor, quien lo inspiró.

Pero, ¿cuándo regresará Él? Los Ángeles callan respecto de este punto; ellos afirman solamente que el Señor regresará a fin de que nosotros estemos siempre en la espera de su regreso y en la previsión de la cuenta que deberemos darle el día que regrese.

¿Y cómo regresará? De la misma manera que subió, en cuanto a la grandeza y a la majestad que resplandecieron en su Ascensión.

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Debemos examinar qué significan estas palabras de San Marcos: Está sentado a la diestra de Dios, mientras que San Esteban dice: Veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre de pie a la diestra de Dios.

¿Cómo puede San Marcos afirmar que está sentado, cuando San Esteban testifica que lo vio de pie?

Sentarse es propio de un juez, y estar de pie de quien lucha o lo asiste.

Puesto que Nuestro Redentor, habiendo ascendido al Cielo, ahora juzga todas las cosas y volverá al final de los tiempos para juzgarnos a todos, San Marcos dice que desde su Ascensión está sentado, porque lo veremos como juez al fin de los tiempos.

San Esteban, por el contrario, en el fragor de la batalla, vio de pie a Aquel que lo asistía, pues su gracia luchaba por él desde el Cielo, para que en la tierra pudiera triunfar sobre sus perseguidores infieles.

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Después de adorar al Señor, los discípulos regresaron a Jerusalén llenos de alegría; este gozo provenía de tres causas:

– de una fe firme, que les impedía vacilar después de haber visto la gloria de Nuestro Señor como recompensa de sus propias promesas sobre la verdad de las cosas que todavía debían cumplirse.

– de una esperanza certísima de que el Hijo de Dios les enviaría pronto el Espíritu Santo, y que entrarían en un día en el Cielo de la misma manera que lo habían visto entrar a Él.

– finalmente, de una caridad ardiente, que los transportaba al Cielo y los hacía gozar de la gloria de su Maestro.

Estos tres sentimientos, también tienen que causar un gran contento en nuestra alma, y tender a aumentar las tres virtudes de fe, de esperanza y de caridad.

Por su parte, Jesucristo glorificado comienza a ejercer inmediatamente dos empleos desde el Cielo:

En primer lugar, el oficio de Remunerador. Es Él quien asigna los tronos a las almas santas que son introducidas en la bienaventuranza eterna conforme a sus méritos.

Podemos imaginar el lugar que asignó a su Madre Santísima, a los Patriarcas, a los Profetas, al glorioso San José y al gran San Juan Bautista; así como a aquellos que habían subido en cuerpo y alma con Él al Cielo.

El otro empleo que el Salvador se apresuró a ejercer desde que está sentado a la diestra del Padre es el de Abogado de los hombres que ha dejado sobre la tierra.

Cumple este segundo oficio mostrando al Padre las llagas que recibió para obtener, según sus órdenes, la salvación de los hombres.

Ahora bien, esto que Jesucristo comenzó a ejercer desde su entrada en la gloria, continúa y continuará haciéndolo hasta el fin de los tiempos; verdad que debe inspirarnos los más legítimos sentimientos de fe, esperanza y caridad.

Debemos recordar la recomendación del Apóstol San Pablo a los hebreos: teniendo por sumo sacerdote a Jesús, Hijo de Dios, permanezcamos firmes en la fe que profesamos, esforcémonos por obtener lo que confesamos, lo que esperamos y lo que amamos.

Como la Redención, de la cual Él es el autor, es abundante, tenemos la certeza de que no cesará de interceder por nosotros y que nos obtendrá y aplicará los méritos de su Sangre, nos abrirá las puertas del Cielo y nos concederá la gracia de participar eternamente de su Reino, para la gloria de su Padre que con Él vive y reina junto al Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.