DOMINGO INFRAOCTAVA DE LA ASCENSIÓN
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Cuando venga el Paráclito, el que Yo os enviaré del Padre; el Espíritu de verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de Mí: y vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo. Os he dicho esto, para que no os escandalicéis. Os echarán de las sinagogas y vendrá la hora en que, todo el que os matare, pensará hacer un servicio a Dios. Y harán esto con vosotros, porque no han conocido al Padre ni a Mí. Pero os he dicho esto para que, cuando llegue dicha hora, os acordéis de que yo os lo dije.
El Evangelio de este Domingo Infraoctava de la Ascensión expone la profecía de Nuestro Señor respecto de las persecuciones que debían sufrir sus Apóstoles y, representados por ellos, todos los fieles hasta el fin de los tiempos… y, especialmente durante esos tiempos terribles…
Os he dicho esto, para que no os escandalicéis. Os echarán de las sinagogas y vendrá la hora en que, todo el que os matare, pensará hacer un servicio a Dios … Os he dicho esto para que, cuando llegue dicha hora, os acordéis de que yo os lo dije.
Con estas palabras, el Señor, con su ejemplo, quiere infundir valor a sus discípulos, a quienes ya había dicho: Si me persiguieron a mí, también os perseguirán a vosotros…
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Pues bien, Nuestro Señor anunció una crisis final; del mismo modo los Apóstoles escribieron sobre la apostasía, sobre el Hijo de perdición y sobre el reino del Anticristo…
Está profetizado el gobierno mundial del Anticristo, sobre la base de una socialdemocracia, con el apoyo de una falsa religión, Pero también, después de su derrota, está anunciado el gobierno universal y sobrenatural de Jesucristo.
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Respecto del momento actual que vive la Santa Iglesia poseemos un dato preciso, pues la Santísima Virgen María dijo en La Salette que la Iglesia sería eclipsada.
Ninguna otra expresión resume mejor la situación actual; ninguna otra proposición nos proporciona la solución al problema que plantea la crisis actual.
Eclipse, del griego, “desaparición”, “abandono” o “falta”, indica que un astro deja de aparecer o abandona su lugar habitual. Es un fenómeno en el que la luz procedente de un cuerpo celeste es bloqueada por otro, normalmente llamado cuerpo eclipsante.
Tratemos de entender lo que la Virgen Santísima quiere que comprendamos:
a) Hay dos astros. Uno se eclipsa, el otro eclipsa. La Virgen María nos dice que el astro que es eclipsado es la Santa Iglesia. Por lo tanto, el astro que eclipsa no es la Santa Iglesia. Es otra institución; y, como tal, no puede emanar de la Santa Iglesia, que es una.
Por lo mismo, ese otro astro, esa institución, no puede gozar de las propiedades de unidad, de santidad, de apostolicidad y de catolicidad, que son notas de la verdadera Iglesia, que es la Católica.
La secta conciliar es la que eclipsa a la Santa Iglesia. La secta conciliar no es una, no es santa, no es apostólica, no es católica. Las notas o señales de visibilidad no se encuentran en la secta conciliar.
No hay en ella la unidad de la fe, ni la unidad de culto y de Sacramentos, ni la unidad de gobierno.
Ahora bien, es la fe la que es la base de toda visibilidad de la Iglesia.
Esta es la razón por la que no puede haber vinculación con la secta conciliar, con la iglesia oficial, con la Roma modernista y anticristo.
b) Es la luz de la Santa Iglesia la que es ocultada. Estamos en las tinieblas. Vemos el otro astro, que llena todo el espacio y se hace pasar por la Santa Iglesia.
Aparentemente no queda nada de la Santa Iglesia; y la Tradición está obligada a esconderse o a ser martirizada. Si intenta todavía ocupar el lugar que le corresponde…, tarde o temprano termina por ser asimilada por y con el astro eclipsante…
c) Durante un eclipse, sólo los que están en el cono de sombra son plenamente conscientes de este eclipse.
Es lo mismo para las tinieblas espirituales: sólo aquellos que tienen la verdadera fe y que son perseguidos a causa de ella pueden comprender el eclipse de la Iglesia. Los otros no ven nada y no entienden nada.
d) Nuestro tiempo es el de la hora de las tinieblas, la hora del poder de Satanás: esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas…, dijo Nuestro Señor a quienes lo apresaron en Getsemaní…
La secta conciliar es la iglesia de las tinieblas, la iglesia de Satán.
e) Para eclipsar al astro gigante que llegó a ser la Santa Iglesia, y para eclipsarla toda en la superficie de la tierra, fue necesario un astro aún más grande en extensión.
El eclipse comenzó en 1303, y sabemos que una serie de golpes revolucionarios fueron mermando la influencia de la Iglesia en la sociedad, hasta ingresar los enemigos en la misma Iglesia hacia fines del siglo XIX, tal como lo denunció San Pío X, y llegar a tomar los puestos de mando a partir del Concilio Vaticano II.
Esta es la razón por la cual la secta conciliar reúne a todos los enemigos de la Iglesia, y proyecta una luz horrible, deforme, monstruosa…
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Las consecuencias de este eclipse son muy graves.
Hay dos iglesias, una verdadera y otra falsa. Dos iglesias opuestas, adversarias, enemigas.
La iglesia conciliar no es la Iglesia Católica, no es la Iglesia fundada por Jesucristo.
Sólo podemos vivir en la Iglesia verdadera y de la Iglesia verdadera.
No podemos, bajo pena de apostasía, aceptar cualquier parte de la falsa, por pequeña que sea.
Nos guste o no, la iglesia conciliar es una estructura que se define formalmente por un culto bastardo, una enseñanza masónica y unas leyes que favorecen la herejía modernista.
Ahora bien, este sistema se presenta oficialmente como si fuese la Iglesia Católica.
Un católico no puede y no debe cooperar con esta impostura.
Por lo tanto, los fieles están obligados a organizarse fuera y en contra de esta «jerarquía» para mantener la fe y los sacramentos de la fe.
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Ante posibles objeciones, planteando la indefectibilidad de la Santa Iglesia, nos basta con saber que Ella, como debe ser semejante en todo a Nuestro Señor, en los últimos tiempos sufrirá una prueba suprema que será una verdadera Pasión.
De este modo, el fin de los tiempos no llegará sin que antes se revele un hombre espantosamente malvado e impío, que San Pablo califica llamándolo el hombre del pecado, el hijo de la perdición. Y éste, a su vez, no se manifestará sino después de una apostasía general, la que tendrá lugar después de la desaparición de un obstáculo providencial.
Respecto de la apostasía en los últimos tiempos, los exégetas y los teólogos plantean cuestiones y responden a las objeciones que se suscitan.
Por ejemplo, San Roberto Bellarmino decía que no hace falta que la nota de catolicidad esté siempre en todos los pueblos al mismo tiempo, sino que basta que sea sucesivamente; y que, aunque esté en una sola provincia, va a seguir siendo Católica de hecho. El Cardenal Billot responde que lo que dice San Roberto sólo puede darse en los últimos tiempos: “si esta opinión tiene algún fundamento, no sería otro sino aquél que se lee sobre los últimos tiempos y en la persecución del Anticristo”.
Según esto, las notas de la Iglesia (la catolicidad es una de las cuatro) son para los tiempos normales, y no para los últimos tiempos; en esos tiempos la Iglesia podría ser reducida a una sola provincia…
Esta apreciación queda respaldada por la autoridad de San Agustín, Doctor de la Iglesia que, al comentar las señales que precederán a la Segunda Venida de Nuestro Señor, escribe al Obispo Hesiquio:
“Cuando se obscurezca el sol, y la luna no dé su fulgor, y las estrellas caigan del cielo, y las fuerzas de los cielos se estremezcan, la Iglesia no aparecerá (Ecclesia non apparebit). La perseguirán los impíos, sobremanera crueles, los cuales, desechado todo temor, sonriéndoles la felicidad del mundo, dirán: paz y seguridad. Entonces caerán las estrellas del cielo y se estremecerán sus fuerzas, porque muchos que parecían resplandecer por la gracia, se rendirán a los perseguidores, y caerán, e incluso se estremecerán los más seguros en la fe”.
Ecclesia non apparebit… La Iglesia no aparecerá, no será visible, estará eclipsada…
San Agustín no dice que la Iglesia dejará de existir; simplemente dice que ella se oscurecerá, a punto tal de no ser visible, de la misma manera que el sol se oscurece durante un eclipse, y en su lugar aparece, se ve, otro astro.
Esta interpretación de las palabras proféticas de nuestro Señor por parte del gran Doctor de Hipona es muy consoladora para nosotros en estos tiempos difíciles y confusos, pues confirma que la Iglesia puede estareclipsada, pero, no por ello, dejar de existir…
Un siglo antes, San Victorino mártir, Obispo de Pettau, redactó un comentario sobre el capítulo XI del Apocalipsis. En él escribió, comentando el Día del Señor: “Esto sucederá en los últimos tiempos, cuando la Iglesia haya sido quitada de en medio”.
Por su parte, el Cardenal Manning nos asegura que “los Santos Padres, tanto de Oriente como de Occidente, tanto los griegos como los de la Iglesia latina, todos ellos por unanimidad, dicen que, durante el reinado del Anticristo, el Santo Sacrificio del Altar cesará; y que entonces la Iglesia se dispersará, será impulsada a ir al desierto, y será por un tiempo, como era en el principio, invisible, oculta en las catacumbas, las cuevas, las montañas, los escondrijos. Durante un tiempo será barrida, por así decirlo, de la faz de la tierra”.
Pues bien, Nuestro Señor Jesucristo vio declinar la fe en el mundo, contempló a las sociedades rechazar la fe como importuna, las vislumbró ponerse directamente bajo el poder del diablo y de sus satélites… y profetizó, mediante una acuciante e ineludible interpelación: Cuando viniere el Hijo del hombre, ¿os parece que hallará fe sobre la tierra?
El futuro gran Cardenal Pie, en noviembre de 1859, con ocasión de la solemnidad de la recepción de las reliquias de San Emiliano, se expresó de este modo:
“A medida que el mundo se aproxime de su término, los malvados y los seductores tendrán cada vez más la ventaja. No se encontrará casi ya la fe sobre la tierra, es decir, casi habrá desaparecido completamente de todas las instituciones terrestres. Los mismos creyentes apenas se atreverán a hacer una profesión pública y social de sus creencias. La escisión, la separación, el divorcio de las sociedades con Dios, dada por San Pablo como una señal precursora del final, irán consumándose de día en día. La Iglesia, sociedad ciertamente siempre visible, será llevada cada vez más a proporciones simplemente individuales y domésticas. Finalmente, habrá para la Iglesia de la tierra como una verdadera derrota: «se dará a la Bestia el poder de hacer la guerra a los santos y vencerlos». La insolencia del mal llegará a su cima”.
Recordemos el comentario de Monseñor Straubinger respecto del Libro del Apocalipsis: “Llama la atención de los expositores el hecho de que, no obstante la coincidencia de la escatología apocalíptica con la del Evangelio y de las Epístolas, y haber escrito San Juan 30 años más tarde, no haya referencias expresas al Nuevo Testamento ni a las instituciones eclesiásticas nacidas de él, ni a los presbíteros, obispos o diáconos de la Iglesia, cosa que confirma sin duda su carácter estrictamente escatológico”.
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San Pablo Apóstol habla de un obstáculo que se opone a la aparición del hombre de pecado: Sólo falta que el que lo detiene ahora, dice, desaparezca de en medio.
Por este obstáculo que detiene, los más antiguos Padres griegos y latinos entendieron casi unánimemente el Imperio Romano. Por consiguiente, explican a San Pablo del siguiente modo: Mientras subsista el Imperio Romano, el Anticristo no aparecerá.
Santo Tomás comenta de este modo: “Entiéndase la apostasía o separación del Imperio Romano, al que todo el mundo estaba sometido. Mas ¿cómo puede ser esto, siendo ya pasadas muchas centurias desde que los Gentiles se apartaron del Imperio Romano y, eso no obstante, no ha venido aún el Anticristo? Digamos que el Imperio Romano aún sigue en pie, mas mudada su condición de temporal en espiritual, como dice San León Papa en un sermón sobre los Apóstoles. Por consiguiente, la separación del Imperio Romano ha de entenderse, no sólo en el orden temporal, sino también en el espiritual, es a saber, de la fe católica de la Iglesia Romana. Y ésta es una señal muy a propósito, porque, así como Cristo vino cuando el Imperio Romano señoreaba sobre todas las naciones, así por el contrario la señal del Anticristo es la separación de él o apostasía”.
Para quienes Monseñor Lefebvre es un argumento de autoridad, sabemos que en octubre de 1987 él escribió: “Hemos llegado, yo pienso, al tiempo de las tinieblas. Debemos releer la segunda epístola de San Pablo a los tesalonicenses, que nos anuncia y nos describe, sin indicación de duración, la llegada de la apostasía y de una cierta destrucción. Es necesario que un obstáculo desparezca. Los Padres de la Iglesia han pensado que el obstáculo era el imperio romano. Ahora bien, el imperio romano ha sido disuelto y el Anticristo no ha venido. No se trata, pues, del poder temporal de Roma, sino del poder romano espiritual, el que ha sucedido al poder romano temporal. Para Santo Tomás de Aquino se trata del poder romano espiritual, que no es otro que el poder del Papa. Yo pienso que verdaderamente vivimos el tiempo de la preparación a la venida del Anticristo. Es la apostasía, es el desmoronamiento de Nuestro Señor Jesucristo, la nivelación de la Iglesia en igualdad con las falsas religiones”.
Y poco antes, en una de las Conferencias durante el Retiro Sacerdotal, el 4 de septiembre de 1987, expresó: “Roma ha perdido la fe, mis queridos amigos. Roma está en la apostasía. Estas no son simples palabras, no son palabras vacías las que digo. Es la verdad. Roma está en la apostasía. Ya no podemos tener confianza en ese mundo, salió de la Iglesia, salieron de la Iglesia, salen de la Iglesia. Es seguro, seguro, seguro”.
Explicando aquello de la abominación de la desolación en el lugar santo, San Jerónimo dice:
“La abominación de la desolación puede significar también toda doctrina perversa (Omne dogma perversum). Si, pues, vemos levantarse el error en el lugar santo, es decir, en la Iglesia, y presentarse como una doctrina divina, debemos huir de la Judea a las montañas, esto es, dejar “la letra que mata” y la perversidad judía, acercándonos a las colinas eternas, desde las cuales hace resplandecer Dios su luz admirable, y mantenernos sobre el techo y sobre la azotea, adonde no pueden llegar los dardos inflamados del demonio; no bajar a recoger nada de la casa de nuestra vida primera, ni ir a buscar lo que está detrás de nosotros; antes bien, sembrar en el campo de las Sagradas Escrituras a fin de recoger sus frutos”.
Este desprecio de la verdad tendrá como consecuencia la revelación del hombre de pecado. Y por él se producirá una seducción de iniquidad, una eficacia de error, como anuncia San Pablo, que castigará a los hombres por haber rechazado y odiado la Verdad: “por no haber aceptado el amor de la verdad a fin de salvarse, Dios les enviará una eficacia de error, con que crean a la mentira”.
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Comenzará entonces una crisis terrible para la Iglesia de Dios, pues el Anticristo, después de llegar a la cumbre del poder, hará la guerra a los santos y prevalecerá contra ellos.
Monseñor Lefebvre dijo en su Homilía del 29 de junio de 1987: “Roma está en las tinieblas del error. Nos es imposible negarlo. No es un combate humano. Estamos en la lucha con Satanás. Debemos ser conscientes de este combate dramático, apocalíptico en el cual vivimos y no minimizarlo. En la medida en que lo minimizamos, nuestro ardor para el combate disminuye. Nos volvemos más débiles y no nos atrevemos a declarar más la Verdad. La apostasía anunciada por la Escritura llega. La llegada del Anticristo se acerca. Es de una evidente claridad”.
Y en su Sermón del 19 de noviembre de 1989 insistió: “Sabemos muy bien que el objetivo de las sectas masónicas es la creación de un gobierno mundial con los ideales masónicos, es decir los derechos del hombre, la igualdad, la fraternidad y la libertad, comprendidas en un sentido anticristiano, contra Nuestro Señor. Esos ideales serían defendidos por un gobierno mundial que establecería una especie de socialismo para uso de todos los países y, a continuación, un congreso de las religiones, que las abarcaría a todas, incluida la católica, y que estaría al servicio del gobierno mundial, como los ortodoxos rusos están al servicio del gobierno de los Soviets. Habría dos congresos: el político universal, que dirigiría el mundo; y el congreso de las religiones, que iría en socorro de este gobierno mundial, y que estaría, evidentemente, a sueldo de este gobierno”.
Las Santas Escrituras, que entran en tantos detalles sobre el hombre del pecado, el Anticristo, nos dan a conocer a un agente misterioso de seducción, que le someterá la tierra. Este agente, a la vez uno y múltiple, es, según San Gregorio Magno, una especie de cuerpo docente que propagará por todas partes las doctrinas perversas de la Revolución.
A estos doctores impíos les damos, con San Gregorio Magno, el nombre de predicadores del Anticristo. Tendrán la apariencia del Cordero; simularán las máximas evangélicas de paz, de concordia, de libertad, de fraternidad humana; pero, bajo estas apariencias, propagarán el ateísmo más desvergonzado. Tendrán la apariencia del Cordero; se presentarán como agentes de persuasión, respetuosos hacia todas las conciencias; pero luego harán morir en los tormentos a quienes se nieguen a escucharlos.
Obligarán a todos los hombres, bajo pena de muerte, a adorar la imagen del Anticristo. Los obligarán a llevar, en la mano derecha o en la frente, el número de la Bestia. Y todo el que no tenga este número, no podrá ni comprar ni vender, se encontrará, por este solo hecho, fuera de la ley, fuera de la sociedad y merecedor de muerte.
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A pesar del espantoso escándalo de esos tiempos de perdición, no hay que pensar que los pequeños y los débiles necesariamente se perderán. El camino de salvación seguirá estando abierto, y la salvación será posible para todos. La Iglesia tendrá medios de preservación proporcionados a la magnitud del peligro.
Las Escrituras no nos dan ninguna indicación sobre esos medios de preservación; mas nosotros podemos formular sin temeridad algunas conjeturas.
La Iglesia se acordará del aviso dado por Nuestro Señor para los tiempos de la toma y destrucción de Jerusalén, y aplicable, según el parecer de los intérpretes, a la última persecución: “Cuando viereis, pues, la abominación de la desolación, anunciada por el profeta Daniel, estar en el lugar santo (¡el que lee, entienda!), entonces los que estén en la Judea huyan a los montes”.
Pensemos en lo sucedido en las luchas de los vandeanos, cristeros y católicos españoles…; no olvidemos los mártires de la iglesia del silencio durante el régimen diabólico bolchevique…
En conformidad con estas instrucciones del Salvador, la Iglesia salvará a los pequeños de su rebaño por medio de la fuga; Ella les preparará refugios inaccesibles, donde los colmillos de la Bestia no los alcanzarán.
Jamás se habrá visto al mal tan desencadenado; y al mismo tiempo más contenido en la mano de Dios. La Iglesia, como Nuestro Señor, será entregada sin defensa a los verdugos que la crucificarán en todos sus miembros; pero no se les permitirá romperle los huesos, que son los elegidos, como tampoco se les permitió romper los del Cordero Pascual extendido sobre la cruz.
Pues bien, en estos mismos tiempos resulta inútil pretender disimular que el Señor permite que su Iglesia sea sometida a una dura prueba. Son innumerables los hechos que hacen tocar con el dedo, sean las carencias de la autoridad jerárquica, sea el poder asombroso de las autoridades paralelas, sean los sacrilegios en el culto, sean las herejías y blasfemias en la ideológica enseñanza…
La falsa iglesia, que se presenta entre nosotros desde el curioso concilio Vaticano II como la iglesia oficial, se aparta sensiblemente, año tras año, de la Iglesia fundada por Jesucristo.
La falsa iglesia post-conciliar se opone cada vez más a la Santa Iglesia.
Por las innovaciones más extrañas, tanto en la constitución jerárquica como en la enseñanza, tanto en el culto como en las costumbres, la pseudo-iglesia-oficializada se opone cada vez más a la Iglesia verdadera, la Iglesia de Cristo, la Iglesia Católica.
Mientras tanto, recordemos lo dicho por Nuestro Señor: Os he dicho esto, para que no os escandalicéis. Os echarán de las sinagogas y vendrá la hora en que, todo el que os matare, pensará hacer un servicio a Dios … Os he dicho esto para que, cuando llegue dicha hora, os acordéis de que yo os lo dije…
¡Que estas palabras de consuelo nos sostengan en este formidable combate por la Fe!

