SAN AGUSTÍN: COMENTARIO A SAN JUAN

Conservando los restos

TRATADO 45

Comentario a San Juan X, 1-10

(predicado en Hipona un sábado de septiembre u octubre de 414)

“En verdad, en verdad os digo, quien no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que sube por otra parte, ése es un ladrón y un salteador. Mas el que entra por la puerta, es el pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas oyen su voz, y él llama por su nombre a las ovejas propias, y las saca fuera. Cuando ha hecho salir todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen porque conocen su voz. Mas al extraño no le seguirán, antes huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.” Tal es la parábola, que les dijo Jesús, pero ellos no comprendieron de qué les hablaba. Entonces Jesús prosiguió: “En verdad, en verdad os digo, Yo soy la puerta de las ovejas. Todos cuantos han venido antes que Yo son ladrones y salteadores, mas las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta, si alguno entra por Mí, será salvo; podrá ir y venir y hallará pastos. El ladrón no viene sino para robar, para degollar, para destruir. Yo he venido para que tengan vida y vida sobreabundante”.

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En verdad, en verdad os digo: quien no entra por la puerta al redil de las ovejas, sino que trepa por otro lado, ése es ladrón y asesino. Algunos de los fariseos dijeron, que ellos no eran ciegos; podrían empero ver entonces, si fuesen ovejas de Cristo.

¿En virtud de qué se usurpaban la luz quienes se enfurecían contra el Día? Por la vana, orgullosa e insanable arrogancia de ellos, pues, el Señor Jesús ha entrelazado esas cosas mediante las que, si prestamos atención, nos ha avisado salubremente.

Hay, en efecto, muchos a quienes según cierta costumbre de esta vida se califica de hombres buenos —varones buenos, mujeres buenas—, inocentes y que observan, por así decirlo, lo que en la Ley está preceptuado, que otorgan honor a sus padres, no fornican, no perpetran homicidio, no cometen hurto, no presentan falso testimonio contra nadie y observan, digamos, lo demás que la Ley manda. No son cristianos, mas generalmente se jactan como ésos: ¿Acaso también nosotros somos ciegos?

Pero, porque todo eso que hacen, mas desconocen a qué fin referirlo, lo hacen inanemente. En la lectura hodierna ha propuesto el Señor la comparación acerca de su rebaño y de la puerta por la que se entra al redil.

Digan, pues, los paganos: «Vivimos bien». Si no entran por la puerta, ¿qué les aprovecha eso de que se glorían?

En efecto, vivir bien debe aprovechar a cada uno para esto, para que le sea dado vivir siempre, porque a quien no le es dado vivir siempre, ¿qué le aprovecha vivir bien?

¡Que tampoco ha de decirse que viven bien quienes por ceguera desconocen la finalidad de vivir bien, o por engreimiento la desprecian!

Pues bien, nadie tiene esperanza verdadera y cierta de vivir siempre, si no reconoce la Vida, cosa que es Cristo, y si por la entrada no entra al redil.

Tales hombres, pues, buscan generalmente persuadir a los hombres a vivir bien y a que no sean cristianos. Quieren trepar por otra parte; robar y asesinar, no guardar y salvar como el pastor.

Hubo, pues, ciertos filósofos que sobre virtudes y vicios han tratado, matizado, definido muchas sutilezas, concluido raciocinios agudísimos, llenado libros, blandido con bocas crepitantes su sabiduría, los cuales osaron incluso decir a los hombres: «Seguidnos, adheríos a nuestra escuela, si queréis vivir felizmente». Pero no habían entrado por la puerta: querían destruir, aniquilar y asesinar.

¿Qué diré de ésos? He ahí que los fariseos mismos leían y en lo que leían dejaban que se oyera a Cristo, esperaban que iba a venir, mas no le reconocían presente; aun ellos mismos se jactaban entre quienes ven, esto es, entre los sabios, mas negaban a Cristo y no entraban por la puerta.

También ellos mismos, pues, si quizá seducían a algunos, los seducirían para aniquilarlos y asesinarlos, no para liberarlos.

Dejemos también a éstos; miremos a los que se glorían del nombre de Cristo mismo, a ver si esos mismos entran quizá por la puerta.

Innumerables son, en efecto, quienes no sólo se jactan de ver, sino que quieren que se los vea iluminados por Cristo; son, en cambio, herejes.

¿Quizá esos mismos habrán entrado por la entrada? ¡Ni pensarlo!

Sabelio dice: «El que es el Hijo, ese mismo es el Padre». Pero, si es el Hijo, no es el Padre. No entra por la puerta quien llama Padre al Hijo.

Arrio dice: «Una cosa es el Padre; otra es el Hijo». Hablaría correctamente si dijera «otro individuo», no «otra cosa». En efecto, cuando dice «otra cosa», contradice a ese al que oye decir: Yo y el Padre somos una única cosa. Tampoco él, pues, entra por la puerta, ya que predica a Cristo cual se lo imagina, no cual dice la Verdad. Tienes el nombre, no tienes la realidad. Cristo es nombre de alguna realidad: mantén esa realidad misma, si quieres que el nombre te aproveche.

Otro, no sé de dónde, afirma como Fotino: «Cristo es hombre; no es Dios». Tampoco él entra por la puerta, porque Cristo es hombre y Dios.

Mas ¿por qué es necesario pasar revista a muchas cosas y enumerar las muchas vaciedades de las herejías? Mantened esto: que el redil de Cristo es la Iglesia católica. Cualquiera que quiere entrar al redil, entre por la puerta, predique al Cristo auténtico.

No sólo predique al Cristo auténtico, sino busque la gloria de Cristo, no la suya, porque muchos, buscando su gloria, dispersaron más bien que congregaron las ovejas de Cristo.

Baja, en efecto, es la Entrada, Cristo el Señor; es preciso que quien entra por esta entrada se abaje para poder entrar con la cabeza sana.

Quien, en cambio, no se abaja, sino que se empina, quiere trepar por la tapia; ahora bien, quien por la tapia trepa, se empina para caer.