PADRE CERIANI: ENTRE SEPTENARIOS Y OCTAVA

En el combate de resistencia

SEMANA Y SEPTENARIOS BÍBLICOS

En el Libro del Génesis, I, 5, tenemos la siguiente cita “Llamó Dios a la luz día, y a las tinieblas las llamó noche. Y hubo tarde y hubo mañana: primer día”, en la cual “Tarde” y “Mañana” designan el comienzo y el fin del día. Para los hebreos comenzaba el día con la puesta del sol.

Los días de la creación no han de entenderse necesariamente como intervalos de 24 horas, sino que pueden tomarse, como dice la Pontificia Comisión Bíblica, en sentido lato de período (ver Denzinger 2128: En la denominación y distinción de los seis días de que se habla en el capítulo I del Génesis se puede tomar la voz Yôm (día) ora en sentido propio, como un día natural, ora en sentido impropio, como un espacio indeterminado de tiempo).

San Juan Crisóstomo, San Basilio y San Ambrosio, entre otros Padres, prefieren entender esa palabra en su sentido propio. San Agustín, como veremos, la toma como períodos o espacios indeterminados de tiempo.

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 Desde el principio vemos establecido el ritmo semanal o de siete días, es decir, seis días de trabajo y un día de descanso total:

Acuérdate del día de sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás todo tu trabajo, pero el día séptimo es día de descanso, consagrado a Yahvé, tu Dios. No hagas ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el extranjero que habita dentro de tus puertas. Pues en seis días hizo Yahvé el cielo la tierra, el mar y todo cuanto ellos contienen, y el séptimo descansó; por eso bendijo Yahvé el día de sábado y lo santificó (Éxodo 20, 8-11).

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Luego vemos que la cifra siete aparece frecuentemente en el calendario israelita; de manera que, del orden de siete días se pasa a los septenarios, sea de una semana, sea de varias semanas, sea semana de años, sea de siete veces siete años, sea setenta semanas de años.

Veamos por separado cada septenario.

 De una semana, como las fiestas de los Ázimos y la de las Tiendas, que duran siete días:

Guardarás la fiesta de los Ácimos. Durante siete días comerás panes sin levadura, como te he mandado, al tiempo señalado, en el mes de Abib; pues en él saliste de Egipto. Nadie se presentará delante de Mí con las manos vacías (Éxodo, XXIII, 15).

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 De varias semanas, como en la Fiesta de Pentecostés o de las Semanas, llamada así porque se celebraba una semana de semanas (49 días + 1) después de Pascua:

Celebrarás la fiesta de las Semanas: la de los primeros frutos de la cosecha del trigo, y también la fiesta de la recolección al fin del año (Éxodo XXIV, 22).

Las fiestas de Pascua (Ácimos), Pentecostés (fiesta de la Siega), y de los Tabernáculos (fiesta de la Recolección de los frutos tardíos) revestían para Israel también un carácter histórico. La Pascua era la conmemoración de la salida de Egipto; la fiesta de los Tabernáculos recordaba la estancia en el desierto, y la de Pentecostés la promulgación de la Ley del Sinaí.

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 De semana de años, con el año sabático, cada siete años:

Seis años sembrarás tu tierra y recogerás su producto; al séptimo la abandonarás y la dejarás sin cultivo para que coman los pobres de tu pueblo; y lo que quede, lo comerán las bestias del campo; lo mismo harás con tu viña y tu olivar (Éxodo, XXIII, 10-11).

El significado social del año sabático es tan grande como su significado religioso. Al día de descanso corresponde el año de reposo, cuyo fin es reservar todos los frutos del año séptimo para los pobres. Aparte de esto, el año sabático estimulaba a los israelitas a poner su confianza en la providencia de Dios y no apegar el corazón a los bienes terrenales. Ningún pueblo gozaba de una institución tan social y humana.

Tan santo era el sábado que hasta la tierra tenía que celebrarlo y santificarlo. La santificación del séptimo día se trasladó al séptimo año, celebrándose éste como tiempo sagrado, en que hombres, animales y campos podían descansar.

Más aun, cada siete semanas de años, es decir, después de cada período de 49 años celebraba la tierra, además del año sabático, un año jubilar, de modo que descansaba dos años seguidos.

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 De siete veces siete años, para el año jubilar o jubileo, (Levítico XXV, 8-13):

Contarás siete semanas de años, siete veces siete años; de modo que el tiempo de las siete semanas de años vendrá a sumar cuarenta y nueve años. Entonces, en el mes séptimo, el diez del mes, harás resonar la trompeta sonora; en el día de la Expiación harás resonar la trompeta por toda vuestra tierra. Santificaréis el año quincuagésimo, y proclamaréis en el país libertad para todos sus habitantes. Será para vosotros un jubileo; cada uno recobrará su propiedad, y cada cual regresará a su familia. Un jubileo os será el año quincuagésimo; no sembraréis, ni segaréis lo que de suyo naciere de ella, ni vendimiaréis la viña, que ha quedado sin podar; porque es el jubileo, que os será santo. Comeréis el producto espontáneo del campo. En este año jubilar volveréis cada cual a vuestra propiedad.

Los frutos que durante estos años crecían, eran bien común y pertenecían, ante todo, a los pobres y extranjeros; además se perdonaban las deudas.

Para el sustento del pueblo, el Señor prometió tan abundante bendición en el año anterior, que alcanzaría para tres años. Así Dios da a su pueblo el ritmo de su trabajo y de su reposo.

Véanse también Éxodo XXIII, 11; Deuteronomio XV, 2; XXXI, 10; Nehemías X, 31; I Macabeos VI, 49.

La semana tiene, pues, una función importante en las costumbres y en las prácticas religiosas del Antiguo Testamento.

Además de las fiestas, después del exilio, sacerdotes y levitas se repartían por turno las semanas en el templo para desempeñar en él el servicio cultual.

Al lado del calendario que se hizo oficial y fue conservado por los cristianos, otro calendario sacerdotal arcaico armonizaba el año solar de 364 días con un ciclo completo de 52 semanas.

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 Mención aparte merece la famosa profecía de las setenta semanas del Profeta Daniel, IX, 22-27:

Daniel, he venido ahora para darte inteligencia. Cuando te pusiste a orar salió una orden, y he venido a anunciarla; porque eres muy amado. Fija, pues, tu atención sobre la palabra y entiende la visión. Setenta semanas están decretadas para tu pueblo y para tu ciudad santa, a fin de acabar con la prevaricación, sellar los pecados y expiar la iniquidad, y para traer la justicia eterna, poner sello sobre la visión y la profecía y ungir al Santo de los santos. Sábete, pues, y entiende: Desde la salida de la orden de restaurar y edificar a Jerusalén, hasta un Ungido, un Príncipe, habrá siete semanas y sesenta y dos semanas; y en tiempos de angustias será ella reedificada con plaza y circunvalación. Al cabo de las sesenta y dos semanas será muerto el Ungido y no será más. Y el pueblo de un príncipe que ha de venir, destruirá la ciudad y el Santuario; mas su fin será en una inundación; y hasta el fin habrá guerra y las devastaciones decretadas. Él confirmará el pacto con muchos durante una semana, y a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la oblación; y sobre el Santuario vendrá una abominación desoladora, hasta que la consumación decretada se derrame sobre el devastador.

La profecía de las setenta semanas, que anuncia la liberación final de Israel, está fundada en la base convencional de diez períodos jubilares (490 años), mientras que el texto del Profeta Jeremías, que constituye su punto de partida, sitúa la salvación al final de diez períodos sabáticos (Jer., XXV, 11: Será reducida toda esta tierra a pura desolación, y servirán estas gentes al rey de Babilonia setenta años).

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Desde el punto de vista teológico, la semana —que pone un ritmo en la actividad del hombre—, tiene por prototipo sagrado la actividad creadora de Dios mismo: Los hijos de Israel observarán el sábado como pacto perpetuo celebrándolo de generación en generación. Será entre Mí y los hijos de Israel una señal perpetua; pues en seis días hizo Yahvé el cielo y la tierra, y el día séptimo descansó y reposó (Éxodo XXXI, 17).

Así, la ley hebdomadaria se considera como una institución divina de valor universal.

En el Nuevo Testamento, con la Resurrección del Señor el primer día, el domingo, la semana adquiere un nuevo valor religioso, pues ahora el domingo, Día del Señor, es la celebración hebdomadaria de su victoria; y ella tiende hacia un día octavo que, más allá del ciclo de las semanas, introducirá al pueblo de Dios en el gran reposo divino:

Temamos, pues, no sea que, subsistiendo aún la promesa de entrar en el reposo, alguno de vosotros parezca quedar rezagado. Porque igual que a ellos también a nosotros fue dado este mensaje; pero a ellos no les aprovechó la palabra anunciada, por no ir acompañada de fe por parte de los que la oyeron. Entramos, pues, en el reposo los que hemos creído, según dijo: “Como juré en mi ira: no entrarán en mi reposo”; aunque estaban acabadas las obras desde la fundación del mundo. Porque en cierto lugar habla así del día séptimo: “Y descansó Dios en el día séptimo de todas sus obras”. Y allí dice otra vez: “No entrarán en mi reposo”. Resta, pues, que algunos han de entrar en él; mas como aquellos a quienes primero fue dada la promesa no entraron a causa de su incredulidad; señala Él otra vez un día, un “hoy”, diciendo por boca de David, tanto tiempo después, lo que queda dicho arriba: “Hoy, si oyereis su voz, no endurezcáis vuestros corazones”. Pues si Josué les hubiera dado el reposo, no hablaría Dios, después de esto, de otro día. Por tanto, aún queda un descanso sabático para el pueblo de Dios. Porque el que “entra en su reposo”, descansa él también de sus obras, como Dios de las suyas. Esforcémonos, pues, por entrar en aquel descanso, a fin de que ninguno caiga en aquel ejemplo de incredulidad.

San Pablo prueba que la promesa de que los israelitas entrarían en el reposo, no se cumplió en aquel pueblo obstinado.

Las palabras tienen, pues, un sentido mesiánico y se cumplirán tan sólo en el Nuevo Testamento, siendo la fe la condición para entrar en el Reino de Dios.

La exhortación del Apóstol tiene como fundamento el Salmo XCV, invitando a no imitar a los israelitas del desierto, que, por su incredulidad, fueron excluidos de la entrada en el “descanso” de la tierra prometida.

A esa cita del Salmo XCV se añade ahora otra nueva, la de Génesis II, 2, donde se habla del “descanso” de Dios, al terminar la obra de la creación.

San Pablo ve en ese “descanso” de que hablan los textos de la Escritura, no simplemente el de la entrada en la tierra prometida, sino un “descanso” más elevado y noble, al que Dios invita a todos los hombres, incluso a los israelitas que desde tiempos ya de Josué habían entrado en el descanso de la tierra prometida (v. 1-10).

Se refiere a las promesas que aún quedan por cumplirse a favor del pueblo de Dios.

Evidentemente el “descanso” aludido, que debemos cuidar mucho de no perder, es el descanso eterno de la gloria, incoado ya acá en la tierra mediante la unión con Dios por la gracia.

Para San Pablo, pues, ese peregrinar de los israelitas hacia el descanso de la tierra prometida fue, en la intención de Dios, figura de otro descanso más noble y elevado ofrecido a todos los seres humanos, aquel del que Él mismo goza desde la creación del mundo y que ciertamente conseguiremos si permanecemos firmes en la fe en Jesucristo.

El reposo del Domingo anuncia, ya, la venida del Día del Señor

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Como podemos apreciar, el Reino Milenario no consiste en una Septuagésima Semana, sino en un Séptimo Día, el descanso futuro de los Santos en esta tierra.

El Octavo Día, u Octava, simboliza la vida nueva que seguirá al fin del mundo.

San Agustín nos enseña esta doctrina en un sermón, para la Dominica de la Octava de Pascua (Sermón 259, P.L. Migne, XXXVIII, 1197). Leamos:

Símbolo profundo y sagrado de la bienaventuranza eterna es para nosotros este día octavo. Pasará este día, pero no pasará igualmente la vida simbolizada en él.

Por tanto, hermanos, en el nombre de Jesucristo nuestro Señor, que ha perdonado nuestros pecados, que quiso que su sangre fuese el precio pagado por nuestros pecados, que se dignó hacernos hermanos, indignos como éramos hasta de ser sus siervos, os exhorto y suplico que toda vuestra mirada —por eso sois cristianos y lleváis su nombre en la frente y en el corazón— vaya dirigida a aquella vida que hemos de tener en común con los Ángeles.

Allí el descanso será eterno, eterna la alegría, inagotable la felicidad; allí no habrá subversión, ni tristeza, ni muerte. Tal vida no pueden conocerla más que quienes la experimentan; pero no pueden experimentarla más que quienes creen.

Si me exigís que os muestre lo que os ha prometido Dios, no me es posible. Sin embargo, habéis oído cómo acaba el evangelio de Juan: Dichosos los que creen sin haber visto.

Queréis ver, también yo. Creamos juntos y lo veremos a la vez. No seamos duros frente a la palabra de Dios.

¿Acaso estaría bien que Cristo descendiera ahora del cielo para mostrarnos sus cicatrices? Si se dignó mostrarlas a aquel incrédulo fue para reprender a los que dudaban e instruir a los futuros creyentes.

Este octavo día simboliza, pues, la vida nueva que seguirá al fin del mundo, y el séptimo, el descanso futuro de los santos en esta tierra.

Como dice la Escritura, Dios reinará con sus santos en la tierra, y tendrá aquí una Iglesia de la que no formará parte malvado alguno, aislada y purificada de todo contagio de maldad; Iglesia simbolizada en aquellos ciento cincuenta y tres peces que ya he comentado en alguna ocasión, según recuerdo.

La Iglesia aparecerá aquí por primera vez envuelta en gran gloria y perfección. No será posible allí el engaño, ni la mentira, ni el que un lobo se oculte bajo la piel de oveja.

Pues, como está escrito, vendrá el Señor e iluminará lo que ocultan las tinieblas y manifestará los pensamientos del corazón, y entonces cada uno recibirá la alabanza de parte de Dios.

Allí no estarán los malvados, que serán separados antes. Entonces, como en una era, aparecerá el muelo limpio, la muchedumbre de los santos, y así será llevado al granero celeste de la inmortalidad. Como al trigo, se lo limpia en el mismo lugar en que ha sido trillado, y el lugar en que los granos sufrieron la trilla para ser separados de la paja se embellece con la hermosura del muelo ya limpio.

En efecto, después de la limpia veremos en la era por un lado la parva de paja y por otro el muelo de trigo. Conocemos el fin a que se destina la paja y cómo el trigo es lo que produce satisfacción al labrador. En la era el trigo aparece ya separado de la paja y, después de tantas fatigas, causa satisfacción ver aquel montón escondido antes bajo la paja e invisible mientras duraba la trilla; después se le lleva al granero donde se conserva oculto.

Lo mismo sucede en este mundo: veis cómo en esta era está teniendo lugar una trilla; pero la paja está tan unida al trigo que es difícil distinguirla, porque aún no se ha aventado. De la misma manera, después de la aventación del día del juicio, aparecerá el muelo de santos, resplandeciente por su dignidad, poderoso en méritos, poniendo por delante la misericordia de quien lo ha librado.

Entonces comenzará el séptimo día.

El día primero, por así decir, de todo este mundo es el período que va desde Adán hasta Noé.

El segundo, desde Noé hasta Abrahán.

El tercero —como ya lo establece el evangelista Mateo— desde Abrahán hasta David.

El cuarto, desde David hasta la transmigración a Babilonia.

El quinto, desde la transmigración hasta la llegada de Nuestro Señor Jesucristo.

Desde la llegada del Señor, por tanto, está en curso el día sexto; en él vivimos. Por eso, como, según el Génesis, el hombre fue creado en el sexto día a imagen de Dios, así también en este período, cual sexto día de la totalidad del tiempo, somos renovados en el bautismo para recibir la imagen de nuestro Creador.

Mas, una vez que haya pasado este sexto día, después de la aventación vendrá el descanso, y disfrutarán del reposo sabático los santos y justos de Dios.

Después del séptimo, cuando aparezca en la era el resplandor de la mies, el fulgor y el mérito de los santos, iremos a aquella vida y a aquel descanso del que se dijo: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni subió al corazón humano lo que Dios ha preparado para los que lo aman.

Entonces, digámoslo así, se vuelve al comienzo. En efecto, a la manera que, transcurridos los siete días de la semana, el octavo es otra vez el primero de una semana nueva, así cuando se hayan cumplido estos siete días, el día octavo será de nuevo el primero; después de concluidas y transcurridas las siete edades del tiempo presente, volveremos a la inmortalidad y felicidad de la que cayó el hombre.

He aquí por qué en la octava de Pascua llegan a su término los misterios relativos a los recién bautizados.

El mismo número siete, multiplicado por sí mismo, da cuarenta y nueve; y, si se le añade uno volviendo en cierto modo al comienzo, se obtiene el cincuenta.

El número cincuenta lo celebramos hasta Pentecostés con valor de símbolo.

El número resulta también de otra operación: al cuarenta se le añade el número diez, el denario de la recompensa. Ambos métodos conducen al cincuenta, que, multiplicado por tres en atención al misterio de la Trinidad, da ciento cincuenta. Si se le añade el número tres, como testigo e indicador de la Trinidad y de la anterior triplicación, advertimos que la Iglesia está simbolizada en aquellos ciento cincuenta y tres peces.

Pero, mientras llegamos a aquel descanso, ahora, en este tiempo de fatigas, mientras nos hallamos en la noche, mientras no vemos lo que esperamos y caminamos por el desierto hasta que lleguemos a la Jerusalén celestial, cual tierra de promisión que mana leche y miel; ahora, pues, mientras persisten incesantes las tentaciones, obremos el bien. Esté siempre a mano la medicina para aplicarla a las heridas prácticamente cotidianas, medicina que consiste en las buenas obras de misericordia. En efecto, si quieres conseguir la misericordia de Dios, sé tú misericordioso. Si tú que eres hombre niegas a otro hombre el trato humano, también Dios te negará el don divino, es decir, la incorrupción de la inmortalidad por la que nos convierte en dioses.

El sermón del Santo Doctor sigue mucho más.

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Según nuestros cálculos e interpretación, en la Sagrada Escritura tenemos, por lo tanto, un septenario de una semana de siete días; otro de una semana de semanas (49 días); un tercero de una semana de años (7 años); un cuarto de siete veces siete años (49 años); y, finalmente un septenario de setenta semanas de años (490 años).

En ningún texto de la Sagrada Escritura advertimos, pues, una semana de mil años.

San Agustín entendía el Reino Milenario como el día séptimo, el del “reposo sabático los santos y justos de Dios”.

Dios quiera que todos los integrantes de la Inhóspita Trinchera lleguemos al Octavo Día…, de modo que, “después de concluidas y transcurridas las siete edades del tiempo presente, volvamos a la inmortalidad y felicidad de la que cayó el hombre”.

Padre Juan Carlos Ceriani