PARA DESINFORMADOS, DESMEMORIADOS, DESINTERESADOS, DESPISTADOS Y OTROS AFINES

Conservando los restos

MIENTRAS EL OBISPO CONCILIAR CONCILIA…

NOSOTROS RECORDAMOS

MARTINEZ 1

El domingo 3 de mayo diez personas fueron detenidas por asistir a Misa en la ciudad de San Luis.

El obispo conciliar puntano, Pedro Martínez, expresó respecto a lo sucedido:

“Me llama mucho la atención porque en la carta pastoral yo les pedí que llevaran a cabo las misas sin los fieles. No me explico cómo es que pudo suceder este hecho fuera de lo previsto por la Diócesis”.

La prensa local se hizo eco de lo sucedido y, según su manera acostumbrada, publicó las palabras del prelado conciliar:

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En diciembre de 2014, Radio Cristiandad hizo referencia a la escandalosa actitud de Pedro Martínez sirviendo a los judíos. Ver aquí

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Recordemos lo que el Padre Lacunza escribió a propósito del Falso Profeta:

Nuestro sacerdocio, que, como buen pastor y no mercenario, debía defender el rebaño de Cristo, y poner por él su propia vida, será en aquellos tiempos su mayor escándalo, y su mayor y más próximo peligro.

Pensad, amigo, con formalidad, cuál podrá ser la verdadera razón de una diferencia tan grande, y difícilmente hallareis otra, que la bestia nueva de dos cuernos que ahora consideramos, o lo que es lo mismo, el sacerdocio cristiano, ayudando a los perseguidores de la Iglesia y de acuerdo con ellos, por la abundancia de su iniquidad.

En las primeras persecuciones hallaban los fieles en su sacerdocio o en sus pastores, no solamente buenos consejos, instrucciones justas y santas, exhortaciones fervorosas, etc., sino también la práctica de su doctrina. Los veían ir delante con el ejemplo; los veían ser los primeros en la batalla; los veían no estimar ni descanso, ni hacienda, ni vida, por la honra de su Señor, y por la defensa de su grey.

Si leéis el Martirologio romano, apenas hallareis algún día del año que no esté ennoblecido y consagrado con el sacrificio de estos santos pastores; mas en la persecución anticristiana, en que el sacerdocio estará ya por la mayor y máxima parte enemigo de la cruz de Cristo (Ad Philip. III, 18) , en que estará mundano, sensual, y por eso provocando a vómito, como lo anuncia claramente San Juan, en que estará resfriado enteramente en la caridad por la abundancia de la iniquidad; será ya imposible que los fieles hallen en él lo que no tiene, esto es, espíritu, valor, desinterés, desprecio del mundo, y celo de la honra de Dios; y será necesario que hallen lo que sólo tiene, esto es, vanidad, sensualidad, avaricia, cobardía, y todo lo que de aquí resulta en perjuicio del mísero rebaño, esto es, seducción, tropiezo, escándalo y peligro.

No por esto se dice, que no habrá en aquellos tiempos algunos pastores buenos, que no sean mercenarios. Sí, los habrá; ni se puede creer menos de la bondad y providencia del sumo pastor; mas estos pastores buenos serán tan pocos, y tan poco atendidos, respecto de los otros, como lo fue Elías respecto de los profetas de su tiempo, que unos y otros resistieron obstinadamente y persiguieron a los profetas de Dios; unos y otros hicieron inútil su celo, e infructuosa su predicación; unos y otros fueron la causa inmediata, así de la corrupción de Israel, como de la ruina de Jerusalén.

Saquen nuestros lectores sus propias conclusiones.

Ver el texto completo del Padre Lacunza Aquí

Recordemos también nuestra toma de posición ante la situación que nos toca vivir, actitud que se resume en la fórmula: Resistir en la Inhóspita Trinchera.

Al respecto, transcribimos la parte final de los Especiales sobre el Padre Castellani, un profeta de los últimos tiempos:

Dos combates… Dos tácticas

Como síntesis de la reflexión sobre todos estos textos sólo nos queda decir que es cada vez más evidente que la lucha contrarrevolucionaria abarca dos combates que han de desarrollarse en dos tiempos distintos: un combate de resistencia, conservador, y un combate para restablecer el Reino de Cristo Rey.

En primer lugar, debemos combatir para conservar las últimas posiciones que nos quedan. Es necesario, con toda necesidad, conservar nuestros Seminarios, nuestros Noviciados, nuestros Monasterios, nuestros Prioratos, nuestras Capillas, nuestros Centros de Misa, nuestros Retiros y Casas para Retiros, nuestras Familias Católicas, nuestras Escuelas, nuestras Asociaciones, nuestras Publicaciones…

Por sobre estos innumerables compromisos conservadores se entablará el combate por el restablecimiento del Reino de Nuestro Señor Jesucristo.

Estas dos contiendas tienen sus tiempos y tendrán, en un momento, los mismos combatientes. Es importantísimo no confundir ambos combates, es necesario distinguirlos, porque ellos tienen objetivos diferentes y, por lo mismo, también poseen tácticas distintas.

Muchas veces, el comportamiento erróneo de los jefes y de los soldados tradicionalistas se debe a que existe una incomprensión respecto a estos dos combates y a sus objetivos. Es decir, muchas veces se piensa que existe un solo combate y se confunden los objetivos de la batalla de conservación con los fines de la lucha posterior, se mezcla la parte que les corresponde a los hombres con la acción que deben llevar a cabo Cristo Rey y su Madre Santísima.

Por lo tanto, es de la mayor importancia considerar las tácticas de estas dos confrontaciones superpuestas.

¿Cómo combatir la batalla defensiva, de mantenimiento? Ante todo, hay que hacer dos advertencias previas: esta batalla apunta solamente a objetivos secundarios y no le es proporcionada ninguna asistencia divina extraordinaria.

Además, ella posee particularidades que dependen de sus raíces históricas e imponen tres límites a los combatientes, que deben ser respetados:

1º) La misión de las fuerzas contrarrevolucionarias no es de ruptura, sino de resistencia, para conservar los restos.

La tendencia espontánea de nuestras filas es hacia la restauración. Pero, la batalla que debemos librar no es una refriega de ruptura, de arremetida. Los medios con los que contamos no son proporcionados para intentar romper el asedio.

Nuestra misión es vigilar, conservando los restos que van a perecer. Si intentásemos la ruptura, equivocaríamos la táctica.

2º) Las fuerzas contrarrevolucionarias son, humanamente, impotentes.

La batalla de mantenimiento es llevada a cabo por una minoría, vigorosa y valiente ciertamente, pero humanamente impotente. El dispositivo revolucionario es inexpugnable. El enemigo ha tejido un asedio cerrado que, si bien es artificial, se impone de una manera absoluta. Las fuerzas contrarrevolucionarias son incesantemente neutralizadas, mutiladas y aniquiladas.

3º) Las fuerzas contrarrevolucionarias están constreñidas por los medios de la «legalidad» revolucionaria.

Los contrarrevolucionarios tienen consciencia de defender los derechos de Dios contra el poder de la Bestia. Es de esa fuente que extraen su ardor y su confianza. Pero se imaginan demasiado fácilmente que esta posición de principio les da sobre el Estado laico una preeminencia jurídica.

Es demasiado tarde para exigir del Estado laico el reconocimiento de los derechos de la Iglesia, para pretender del Estado apóstata el reconocimiento de los derechos de Jesucristo, para esperar del Estado sin Dios el reconocimiento de los derechos de Dios.

En el combate que llevamos a cabo, somos constreñidos a los medios de la «legalidad» revolucionaria, que, por añadidura, será cada día más rigurosa, reducien­do cada vez más nuestros medios de defensa.

La batalla ulterior, la que tendrá por objetivo arrancar el poder a la Bestia y restituírselo a Cristo Rey, es obra personal de Dios. Sin embargo, el Divino Maestro espera que el pequeño número intervenga por la oración y la penitencia para remover el obstáculo que se opone a la acción divina, e incluso, en una cierta medida, para desencadenarla.