PARA SANTIFICAR EL DOMINGO- FIESTA DE LA INVENCIÓN DE LA SANTA CRUZ

PARA AQUELLOS QUE NO TIENEN LA POSIBILIDAD DE ASISTIR A LA SANTA MISA

Recordamos a nuestros queridos lectores la posibilidad santificar el día Domingo a través de Nuestro Blog.

En la parte superior del mismo se encuentra una pestaña o página donde están los diferentes medios para realizar la Santificación del Día Domingo o Fiestas de Precepto, además de contar con los Sermones de los Queridos Padres: Juan Carlos Ceriani y  Basilio Méramo.

A continuación, los propios del:

FIESTA DE LA INVENCIÓN DE LA SANTA CRUZ

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Introito

Debemos gloriarnos en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, en quien está nuestra salvación, vida y resurrección; y por el cual hemos sido salvados y liberados, aleluya, aleluya. Dios se apiade de nosotros y nos bendiga, haga que su rostro brille sobre nosotros y use la misericordia para con nosotros. Gloria al Padre…

Colecta

Oh Dios, que en el glorioso hallazgo de la Cruz, portadora de la salvación, renovaste los misterios de tu Pasión, concédenos que, por el precio del leño de la vida, alcancemos los sufragios de la vida eterna.

Conmemoración del III Domingo de Pascua

Oh Dios, que muestras a los que yerran, la luz de tu verdad, para que puedan retornar al camino de la justicia; da, a todos los que hacen profesión de cristianos, la gracia, de rechazar lo que se opone a ese nombre, y de seguir lo que concuerda con Él.

Epístola.

De la Carta de San Pablo a los filipenses, II: 5-11: Tened en vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús; el cual, siendo su naturaleza la de Dios, no miró como botín el ser igual a Dios, sino que se despojó a sí mismo, tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres. Y hallándose en la condición de hombre se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz. Por eso Dios le ensalzó y le dio el nombre que es sobre todo nombre, para que toda rodilla en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra se doble en el nombre de Jesús, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Aleluya:

Aleluya, Aleluya. Decid a todos los pueblos que el Señor reinó desde la Cruz. Aleluya. Dulces clavos, dulce leño, que llevan un peso tan suave. Oh Cruz, sólo Tú fuiste digna de sostener al Señor y Rey del cielo. Aleluya.

Evangelio

Del Evangelio según San Juan, 3: 1-15: Había un hombre de los fariseos, llamado Nicodemo, principal entre los judíos.  Vino de noche a encontrarle y le dijo: “Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro, porque nadie puede hacer los milagros que Tú haces, si Dios no está con él.” Jesús le respondió: “En verdad, en verdad te digo, si uno no nace de lo alto, no puede ver el reino de Dios.” Nicodemo le dijo: “¿Cómo puede nacer un hombre, siendo viejo? ¿Puede acaso entrar en el seno de su madre y nacer de nuevo?” Jesús le respondió: “En verdad, en verdad te digo, si uno no nace del agua y del espíritu, no puede entrar en el reino de los cielos. Lo nacido de la carne, es carne; y lo nacido del espíritu, es espíritu. No te admires de que te haya dicho: “Os es necesario nacer de lo alto.” El viento sopla donde quiere; ni oyes su sonido, pero no sabes de donde viene, ni adónde va. Así acontece con todo aquel que ha nacido del espíritu.” A lo cual Nicodemo le dijo: “¿Cómo puede hacerse esto?” Jesús le respondió; “¿Tú eres el doctor de Israel, y no entiendes esto? En verdad, en verdad te digo: nosotros hablamos lo que sabemos, y atestiguamos lo que hemos visto, y vosotros no recibís nuestro testimonio. Si cuando os digo las cosas de la tierra, no creéis, ¿cómo creeréis si os digo las cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo, sino Aquel que descendió del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés, en el desierto, levantó la serpiente, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado. Para que todo el que cree tenga en Él vida eterna.”

Homilía del Padre Juan Carlos Ceriani:

Celebra la Iglesia esta Fiesta en memoria de aquel descubrimiento que hizo en Jerusalén la Emperatriz Santa Elena, madre del Emperador Constantino, del sagrado trofeo de nuestra Redención el año de 326, poco tiempo después que el mismo Emperador había derrotado al tirano Majencio en virtud de la señal de la Cruz.

Iba Constantino a presentar la batalla a este tirano, que le esperaba con un ejército muy superior en número, y conociendo que necesitaba de auxilio superior para vencerle, dirigió su corazón y sus votos al Dios de los cristianos, cuyo poder no ignoraba, no cesando de invocarlo todo el tiempo que duró la marcha.

Era la mitad del día, que había amanecido muy despejado y sereno, cuando vio en medio del aire una resplandeciente Cruz, más brillante que el mismo sol, orlada da una inscripción en caracteres de luz, que decía así: In hoc signo vinces, es decir, vencerás en virtud de esta señal.

Aquella misma noche se apareció Jesucristo a Constantino con el mismo sagrado símbolo que se le había manifestado en el cielo, y le mandó que, haciendo copiarle, se sirviese de él en los combates. Obedeció el Emperador; y dando orden para que viniesen a su tienda los más hábiles lapidarios y plateros, les expuso la figura de la insignia que quería fabricasen, ordenándoles que la hiciesen de oro y la esmaltasen con las más preciosas piedras.

Era una Cruz de dos metros de altura, enriquecida de preciosísimas piedras, cuya parte superior terminaba en un monograma, que explicaba el Nombre de Jesucristo, acompañado de la primera y última letra del alfabeto griego, para significar que Cristo es principio y fin de todas las cosas.

Pendía de lo ancho de la Cruz un pequeño cuadrado de riquísima tela, color rojo de la púrpura más fina, bordado de oro y cargado de piedras inestimables.

A este nuevo estandarte se le dio el nombre de Lábaro, y le llevaban delante del mismo Emperador los oficiales más valientes y más piadosos de sus guardias.

Mandó Constantino que se hiciesen otros muchos semejantes, repartiendo uno a cada legión de sus tropas.

No sólo derrotó Constantino a Majencio, sino también a Licinio, Emperador del Oriente, quedando único y absoluto señor de los dos Imperios. Aplicó todos sus desvelos a que floreciese en ellos la Religión verdadera, y a desterrar, si pudiese, hasta las reliquias del Paganismo.

Habían hecho todo lo posible los gentiles para profanar los Santos Lugares de Jerusalén, y especialmente para que no quedase memoria de la triunfante Resurrección de Nuestro Salvador. Con este fin habían aplanado la gruta del Santo Sepulcro, y levantado en el mismo sitio un Templo en honor de la Diosa Venus.

Dio orden Constantino para que se demoliese aquel infame monumento de la impiedad, y para que allí se edificase un Templo magnífico.

En su ancianidad, Santa Elena fue a Jerusalén; subió al monte Gólgota con ardientísimos deseos de encontrar el Sagrado Madero donde se obró nuestra Redención, pues los gentiles habían hecho todo lo posible para borrar hasta el nombre del Santo Sepulcro.

Se descubrieron tres cruces del mismo tamaño y de la misma figura, sin que se pudiese distinguir cuál era la del Salvador, porque el título que Pilato había mandado poner sobre ella estaba separado, y en medio de las tres cruces.

Viéndose la Santa Emperatriz con este obstáculo, consultó con San Macario lo que se debía hacer; y el Santo Obispo aconsejó que se aplicasen las tres cruces a un enfermo, no dudando que Dios declararía con algún milagro cuál de ellas era la verdadera Cruz del Salvador.

Habiéndose aplicado las dos primeras a una Señora distinguida que estaba agonizando, no se vio efecto alguno; pero apenas se la aplicó la tercera quedó repentinamente sana, a vista de innumerable gentío, que fue testigo de esta maravilla.

Aún se hizo después otra prueba. Se tendieron sobre las tres cruces tres cadáveres; y solamente resucitó el que se tendió sobre aquella cuyo contacto había sanado a la enferma agonizante.

Con esta experiencia se comenzó desde luego a rendir al trofeo de nuestra Redención el culto que se le debe.

Mandó la piadosa Emperatriz que se edificase una suntuosa iglesia en el mismo sitio donde se había hallado la Santa Cruz; y dejando en ella la mitad del Sagrado Madero, engastado en preciosísimas piedras, llevó la otra mitad a su hijo Constantino, que le recibió con singular veneración.

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Siendo tan gloriosa a toda la Iglesia la Invención de este sagrado trofeo, se celebró siempre su fiesta con mucha solemnidad.

El fin de haber señalado el día tercero de mayo para dicha solemnidad fue para acercarla todo lo posible a la memoria de la Pasión del Salvador y a la adoración de la Cruz, que se hace en el Viernes Santo.

Es conveniente meditar sobre el valor del sufrimiento.

¿Qué ventaja se puede seguir al mismo Jesucristo de vernos padecer, amándonos tan tiernamente como nos ama? ¿Por qué razón querrá que las cruces y los trabajos sean nuestra legítima herencia?

Este es el misterio que no comprenden los mundanos, los hombres terrenos y los carnales; pero le entienden sin dificultad los espirituales, los verdaderos fieles.

Sabía muy bien Jesucristo que su muerte sería la victoria que aseguraría la conquista del mundo: Cuando fuere levantado de la tierra, todo lo atraeré a mí.

Cuando comenzó su Pasión, en el momento en que el traidor acaba de abandonar el Cenáculo, Jesús se alegró de que la hora de su triunfo hubiese llegado: Ved que ahora el Hijo del hombre será glorificado, y Dios será glorificado por él.

Estos sentimientos de su Corazón quisiera Jesús verlos en sus discípulos, esto es, el amor de la cruz, amor que llega hasta el gozo del padecer.

Así, a ejemplo de su Maestro, San Pablo recomienda a los fieles soportarlo todo, no sólo con paciencia, sino también con alegría; y Santiago escribe a los fieles: Hermanos, sea para vosotros un motivo de alegría el que os sobrevengan toda clase de tentaciones.

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¿Qué razones que tenemos para amar el padecer?

Puede haber dos clases de alegrías en el padecer, la razonada y la infusa.

El sufrimiento trae tanto bien que toda alma de fe debiera tenerse por feliz padeciendo.

Nada noble ni grande se hace sin el padecer; aun en las cosas del mundo, ningún éxito importante se consigue sin algún esfuerzo, que cuesta sacrificio; sin la perseverancia, que es una paciencia prolongada.

Así lo enseña la simple razón; y vemos hombres faltos de fe imponerse sin lamentos durísimos trabajos, soportar estoicamente grandes dolores y mostrarse alegres y de buen humor ante los infortunios y la muerte que les amenazan.

En cambio, ¿de qué son capaces los divertidos, los perezosos, los que abominan de todo lo molesto y trabajoso? ¡Cuán vacía y estéril es toda su vida!

Si consideramos las cosas referentes a Dios, vemos que el padecer es todavía más necesario, ¡pero cuánto más fecundo! Triunfa del pecado y de Satanás.

El demonio reina por el atractivo del placer y es vencido por la Cruz.

El pecado no es otra cosa que la huida de una fatiga que está mandada o el procurarse una satisfacción prohibida. El remedio del pecado no puede estar, pues, sino en las privaciones y padecimientos.

De este modo, la divina Providencia permite muchas veces muchos males para sacar de ellos grandes bienes.

San Cipriano, cuando estalló la persecución, de la cual iba a ser la más ilustre víctima, decía: Porque una larga paz ha debilitado la disciplina, sobrevienen los castigos del Cielo para despertar la fe somnolienta y casi dormida. Los sacerdotes no eran bastante fervorosos, ni las obras exteriores eran inspiradas por una fe muy viva, las costumbres no eran bastante puras.

San Eusebio atribuye a las mismas causas la persecución de Diocleciano, y desde entonces muchas otras contrariedades por que pasó la Iglesia fueron pruebas permitidas por Dios para remediar los mismos males.

Los padecimientos, las privaciones, vuelven al alma fuerte y viril, mientras que el bienestar, los éxitos fáciles, el reposo y las dulzuras de la vida la enflaquecen; el padecer purifica el alma. El sufrimiento fomenta y mantiene al amor; el que sufre poco ama poco.

Padecer por Dios, decía Santa Juana de Chantal, es el alimento del amor en la tierra, como gozar de Dios es el alimento del amor en el Cielo.

Es más fácil sufrir bien que obrar bien; en efecto, se mezcla menos el amor propio, menos la precipitación, menos lo humano en los sufrimientos que en las ocupaciones.

El sufrimiento prepara delicias inmensas y eternas.

Las alegrías mundanas, las alegrías culpables se convierten en amarga tristeza; al contrario, los dolores sufridos por Dios traen dulces consuelos, como Jesús lo declaró a sus discípulos: Vuestra tristeza se convertirá en gozo.

Aun en esta vida es satisfactorio haber sufrido, haber padecido mucho por Dios; ¿qué será, pues, en el Cielo dónde los más breves dolores de esta tierra se transformarán en deleites inefables?

Son, pues, muy necios los que no aprecian los padecimientos, los que se quejan de ellos y murmuran; se parecen a las personas que, si les llenasen los bolsillos de monedas de oro, lamentarían el peso que se les impusiese y se enojarían.

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Y con todo esto, según la experiencia, son pocas las personas que comprenden el valor del padecer, más raras todavía las que experimentan el gozo del sufrir…

Los motivos tan poderosos que la fe nos presenta de la utilidad de los trabajos, las consideraciones tan propias de que nos podemos valer, podrán estimularnos a estimarlas; pero no llegan a hacernos amarlas; y si producen este amor resulta muy corto; si causan cierta, alegría, este contento conseguido por las reflexiones no es ni muy dulce ni muy profundo.

La verdadera alegría de padecer es un don de Dios, que Él concede a las almas generosas. Es Dios quien da el amor de la Cruz.

Esas almas generosas se prepararon a ello dominando su naturaleza tan ávida de placeres y tan enemiga de toda pena; y desarrollando en ellas un amor ardiente por una vida de mortificación y de animosos sacrificios.

De este modo, quitando los obstáculos por una parte, y por otra ablandando su corazón y dirigiéndolo hacia Dios e impregnándolo de amor, se han preparado para recibir de Dios un amor más profundo y más puro, que es el que trae consigo el amor de la Cruz.

Entonces, como dice la Imitación de Cristo, el deseo de padecer para conformarse con Jesús crucificado inspira tanta fortaleza, que no quería verse libre de tribulaciones y dolores, porque comprende que es uno tanto más agradable a Dios cuanto más sufre por Él.

No son ya las meditaciones las que dan a entender estas verdades; el Espíritu Santo ha iluminado al alma; la nobleza del sufrimiento, su valor inestimable, se le manifiestan con una claridad superior y le impresionan vivamente.

El alma favorecida con este don divino no advierte siempre distintamente todos los motivos que tiene para amar el padecer, muchas veces los ve sólo en confuso y con una vista general; el Espíritu divino obra más en su voluntad, para hacerle amar la Cruz, que en su inteligencia, para mostrarle sus utilidades.

Y este atractivo sobrenatural que siente hacia lo que tanto repugna a su naturaleza le suaviza grandemente las amarguras de la vida, y le da la única verdadera dicha prometida por Jesús a los pobres, a los afligidos, a los perseguidos…

Dice la Imitación: Cuando hayáis llegado a encontrar el sufrimiento dulce y a amarlo por Jesucristo, entonces consideraos felices, porque habéis hallado el paraíso en la tierra.

Este paraíso no es el de la gloria, en el cual enjugará Dios todas las lágrimas. En la tierra, los mayores amigos de Dios las derraman todavía…

Pero no son lágrimas egoístas, como las personas inmortificadas y amigas de sí mismas, que sienten vivamente lo que apena a su amor propio.

Los amigos de Dios son superiores a estas miserias y su abnegación, su confianza plena les ahorran muchas melancolías o enfados que sienten las almas imperfectas.

Pero lloran como Jesús lloró, sea en la tumba de Lázaro viendo el dolor de Marta y María, sea por Jerusalén, con la idea de los males que cuarenta años más tarde habían de caer sobre la ciudad deicida.

Sus penas, pues, son penas de amor motivadas, o por el afecto a sus hermanos, o por la caridad para con Dios: pena de verse separadas de este Dios tan amable, con un destierro que se prolonga, pena de verle ofendido; penas nobles y santas, que vienen del amor y acrecientan el amor.

Con todo, son penas, no dejan de ser penas; y Dios, que las hará cesar en el Paraíso, permite que en esta vida traspasen y laceren el corazón de sus amigos.

¿Por qué un Dios tan bueno deja que el dolor agobie a sus hijos? Porque Dios es un Padre santísimo que, viendo siempre delante el pecado, se ve obligado a afligir a los que más ama, para remediar con sus dolores sus pecados propios o los ajenos.

Pero también es un Padre tiernísimo, que desea, con deseo infinito, hacer felices a sus hijos; los prueba bien a disgusto suyo, y templa las pruebas con las dulzuras, las aflicciones con las caricias, las señales de su amor con las operaciones de su santidad en el alma.

Dios es, dice San Pablo, Dios de toda consolación; y los consuelos que Dios da no son como las consolaciones naturales que no traen a nuestros duelos y aflicciones más que un alivio muy superficial y efímero…

Las consolaciones divinas penetran hasta el fondo del alma y no desaparecen.

Las almas a las que más ama, las que consiguieron su amistad, son las más probadas y también las más consoladas; tienen la mayor semejanza con Cristo, cuya alma conoció, por sobre todas las almas juntas, tanto las penas lacerantes como las dulzuras embriagantes.

Así como los padecimientos de Cristo abundan en nosotros, dice San Pablo, del mismo modo abunda por Cristo nuestra consolación.

El Santo Rey David experimentó también los mismos efectos de la ternura divina: Vuestros consuelos, Señor, regocijaron mi alma en proporción de la multitud de penas de mi corazón.

¡Cuán bondadoso es, pues, el Señor para los que le aman, y cómo premia divinamente a las almas generosas!

Él les hace amar la Cruz y Él les da a sentir siempre una paz grande, una dicha serena y sólida; con frecuencia alegrías profundas, donde los cristianos poco amantes no encuentran sino amargura y desolación.

Cuando estas almas tan entregadas a Dios son presa del sufrimiento, no querrían dejar de sufrir; ven que así aman más a Dios, y lo bendicen porque las prueba.

Las tribulaciones, pues, son para ellas, ya en esta vida, ocasión de dulces consuelos y al mismo tiempo de muy grandes méritos, semilla de felicidad, gaje de inefables y etenos deleites.

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El Viernes Santo tiene lugar la exposición, la ostentación y adoración de la Santa Cruz.

La Santa Iglesia no se limita a exponer en este momento a los ojos de sus hijos la Cruz que los salvó, sino que los invita a adorarla y a imprimir respetuosamente sus labios sobre el instrumento de la Redención.

Los cantos que acompañan la adoración de la Cruz son de gran belleza.

En primer lugar están los Improperios o reproches que el Mesías hace a los judíos.

A los Improperios sigue una antífona solemne, en la cual, a la memoria de la Cruz, se une el recuerdo de la Resurrección, para la gloria de Nuestro divino Redentor:

Adoramos, Señor, tu Cruz, y ensalzamos y glorificamos tu santa Resurrección, porque es a través de la Cruz que vino el gozo al universo mundo.

Se termina con el magnífico Pange lingua gloriosi (Canta la voz la corona del combate glorioso: cómo en la Cruz venció inmolado el Redentor del mundo) intercalando la antífona Crux fidelis:

¡Oh Cruz fiel!, el más noble entre todos los árboles. Ningún bosque produjo otro igual: ni en hoja, ni en flor ni en fruto. ¡Oh dulce leño, dulces clavos que sostuvieron tan dulce peso!

Renovemos, hoy, la adoración de la Santa Cruz, y pidamos la gracia de alcanzar la Sabiduría de la Cruz.

Credo

Ofertorio

La diestra del Señor ha manifestado su poder; la diestra del Señor me ha exaltado: no moriré, porque vivo para narrar las obras de Dios, aleluya.

Secreta.

Acepta aplacado, Señor, el sacrificio que te inmolamos, para que nos libre de todas las calamidades de las guerras y por el estandarte de la Santa Cruz de tu Hijo, nos fortalezca en la seguridad de tu protección para erradicar las insidias del poder del enemigo.

Conmemoración del III Domingo de Pascua

Haz, Señor, que nos sea dado en estos Misterios aquello con que, mitigando los deseos terrenos, aprendamos a amar los celestes.

Prefacio de la Pasión y la Santa Cruz

Latín:

Vere dignum et justum est, æquum et salutare, nos tibi semper, et ubique gratias agere: Domine sancte, Pater omnipotens, æteme Deus. Qui salutem humani generis in ligno Crucis cunstituisti: ut unde mors oriebatur, inde vita resurgeret: et qui in ligno vincebat, in ligno quoque vinceretur: per Christum Dominum nostrum. Per quem majestatem tuam laudant Angeli, adorant Dominationes, tremunt Potestates. Cæli, cælorumque Virtutes, ac beata Seraphim, socia exsultatione concelebrant. Cum quibus et nostras voces, ut admitti jubeas, deprecamur, supplici confessione dicentes:

Sanctus, Sanctus, Sanctus

Castellano:

En verdad es digno y justo, equitativo y saludable, que en todo tiempo y lugar te demos gracias, Señor santo, Padre todopoderoso, Dios eterno. Que pusiste la salvación del género humano en el árbol de la Cruz, para que de donde salió la muerte, de allí renaciese la vida, y para que, el que venció en un árbol, en un árbol fuese también vencido, por Cristo Nuestro Señor. Por Quien los Ángeles alaban a tu Majestad, las Dominaciones la adoran, tiemblan las Potestades; los Cielos y la Virtudes de los cielos, y los bienaventurados Serafines la celebran con recíproca alegría. Te rogamos que, con sus alabanzas, recibas también las nuestras, cuando te decimos con humilde confesión:

Santo, Santo, Santo

Comunión.

Por la señal de la santa Cruz, líbranos, Dios, de nuestros enemigos, aleluya.

Poscomunión.

Restaurados con el manjar celestial y fortalecidos con la bebida espiritual, te rogamos, Dios Todopoderoso, que nos defiendas del maligno enemigo, a los que hiciste triunfar por el madero de la Santa Cruz de tu Hijo, armadura de justicia para la salvación del mundo.

Conmemoración del Domingo III de Pascua

Te suplicamos, Señor, hagas que, los Sacramentos que hemos recibido, nos restauren con alimentos espirituales, y nos protejan con corporales auxilios.

Ultimo evangelio

(San Juan, XVI, 16-22)

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Un poco de tiempo y ya no me veréis: y de nuevo un poco, y me volveréis a ver, porque me voy al Padre. Entonces algunos de sus discípulos se dijeron unos a otros: ¿Qué es esto que nos dice: Un poco, y ya no me veréis; y de nuevo un poco, y me volveréis a ver y: Me voy al Padre? Y decían: ¿Qué es este poco de que habla? No sabemos lo que quiere decir. Mas Jesús conoció que tenían deseo de interrogarlo, y les dijo: Os preguntáis entre vosotros qué significa lo que acabo de decir: Un poco, y ya no me veréis, y de nuevo un poco, y me volveréis a ver. En verdad, en verdad os digo, vosotros vais a llorar y gemir, mientras que el mundo se va a regocijar. Estaréis contristados, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, en el momento de dar a luz, tiene tristeza, porque su hora ha llegado; pero cuando su hijo ha nacido, no se acuerda más de su dolor, por el gozo de que ha nacido un hombre al mundo. Así también vosotros tenéis ahora tristeza, pero Yo volveré a veros, y entonces vuestro corazón se alegrará y nadie os podrá quitar vuestro gozo.