PADRE JUAN CARLOS CERIANI: TERCER DOMINGO DESPUÉS DE PASCUA

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TERCER DOMINGO DESPUÉS DE PASCUA

En aquel tiempo: Dijo Jesús a sus discípulos: Dentro de poco ya no me veréis; mas poco después me volveréis a ver, porque me voy al Padre. Al oír esto, algunos de los discípulos, se decían unos a otros: ¿Qué nos querrá decir con esto: Dentro de poco no me veréis; mas poco después me volveréis a ver, porque voy al Padre? Decían pues: ¿qué poco de tiempo es este de que habla? No entendemos lo que quiere decirnos. Conoció Jesús que deseaban preguntarle, y les dijo: Vosotros estáis tratando y preguntándoos unos a otros, por qué os he dicho: Dentro de poco ya no me veréis; mas poco después me volveréis a ver. En verdad, en verdad os digo, que vosotros lloraréis y plañiréis, mientras el mundo se regocijará; os contristaréis, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, en los dolores del parto, está poseída de tristeza porque le vino su hora; mas una vez que ha dado a luz al infante, ya no se acuerda de su angustia, por el gozo que tiene de haber dado un hombre al mundo. Así vosotros al presente, a la verdad, padecéis tristeza; pero yo volveré a visitaros, y vuestro corazón se bañará en gozo, y nadie os quitará vuestro gozo.

En este Domingo, 3 de mayo, se festeja la Invención de la Santa Cruz, Fiesta que prima sobre el Tercer Domingo de Pascua, del cual se hace conmemoración y se toma el texto de San Juan, XVI, 16-22, para el Último Evangelio.

En el artículo Para Santificar el Domingo pueden encontrar, además de los textos de la Misa de la Fiesta de la Invención de la Santa Cruz, un sermón correspondiente; pero he preferido predicar este Domingo sobre el Evangelio del Tercer Domingo después de Pascua.

Pues bien, dicho Evangelio nos presenta la última parábola de Jesucristo: La mujer cuando va a dar a luz.

Antes de esta pequeña parábola, Nuestro Señor había dicho a los Apóstoles el proverbio hebreo que ellos no comprendieron bien: Aún un poco de tiempo, y ya no me veréis; y aún un poco de tiempo, y me volveréis a ver, porque voy a mi Padre.

¿Cuáles fueron las reflexiones de los Apóstoles? No comprendieron la misteriosa palabra del Maestro y se decían el uno al otro: ¿Qué es lo que nos dice: “Aún un poco de tiempo, y ya no me veréis; y aún un poco de tiempo, y me volveréis a ver”? Decían pues: ¿qué poco de tiempo es este de que habla? No entendemos lo que quiere decirnos.

Jesús, que sabe todo, conoció que querían preguntarle; y como un buen padre lleno de ternura para sus hijos, previene su pedido y explica su pensamiento: En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo.

Nuestro Señor no define la duración de este “poco tiempo”, repetido dos veces, y que intrigaba tanto a los Apóstoles; pero especifica claramente los dos períodos designados.

Les anuncia que una gran tristeza llenará su corazón, pero que será seguida de una alegría más viva y profunda.

Así pues, al mismo tiempo que los prepara para el dolor, les ofrece por adelantado la consolación que seguirá.

Quiere hacerles entender que su vida aquí bajo será un tiempo de pruebas y de tribulaciones, mientras que los mundanos sólo soñarán placeres. Pero pronto los roles se intercambiarán y ellos estarán en la alegría y la felicidad.

¿Qué significan, pues, estas palabras del Salvador: Aún un poco de tiempo, y ya no me veréis; y aún un poco de tiempo, y me volveréis a ver, porque voy a mi Padre?

Estas palabras misteriosas son susceptibles de dos significados:

— uno más limitado y literal, relativo solamente a los Apóstoles;

— otro más amplio y moral, aplicándose a todo el conjunto de los fieles de todas las épocas, y más concretamente a los fieles de los últimos tiempos.

En el primer sentido, el sentido literal, las palabras del Maestro se refieren a su Pasión, a su Sepultura y a su Resurrección. Esta expresión, “aún un poco de tiempo”, designa un reducido número de días: es decir, aún algunas horas, y seré crucificado, muerto y sepultado, y dejaréis de verme; y aún un poco de tiempo, y me veréis, es decir, al tercer día resucitaré, y me volveréis a ver con una alegría sin par.

En el otro significado, el sentido moral, estas mismas palabras pueden aplicarse a todos los fieles, y nos recuerdan que la duración de esta vida, por muy larga que pueda ser, es muy poca cosa en comparación con la eternidad.

“Aún un poco de tiempo” es el de la vida presente, donde no podemos ver sino a través de los velos misteriosos de la Fe; es el tiempo de las persecuciones, de las aflicciones, de los sufrimientos… Y “Aún un poco de tiempo, y me volveréis a ver” será el tiempo de la eternidad, donde veremos a Dios, donde no habrá ya ni llantos, ni tristeza, sino una alegría inefable, que nadie podrá quitarnos.

Estas palabras, por lo tanto, significan al mismo tiempo la Pasión y la Resurrección de Cristo, y también la ausencia de Jesús del mundo y su Segunda Venida.

Aplicando Él mismo esta comparación a los Apóstoles, el Salvador añade con amor: Es así como estáis ahora en la tristeza, como si estuvieseis en los trabajos del parto, porque ha llegado el tiempo de mi Pasión; pero a continuación os volveré a ver, y entonces vuestro corazón se alegrará, y nadie os quitará vuestra alegría.

Obviamente, pronto tuvieron que sufrir persecuciones, tormentos y la muerte en testimonio de su divino Maestro; pero, sostenidos por la esperanza de resucitar con Él y volverlo a ver en el Cielo, se alegraban, considerando como una gloria y una felicidad sufrir por su amor.

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Ahora bien, si fuese solamente una palabra de consuelo para la tristeza actual de los Once, hay dos o tres incisos que no cuadran. Y para mayor certidumbre y confirmar lo que decimos, tengamos en cuenta que Jesucristo aduce la metáfora de la Mujer Parturienta, que en otro lugar emplea para designar su Parusía.

Es decir, la Parusía será un dolor para bien y no para mal; será un dolor seguido de un gozo definitivo.

Jesucristo habló, pues, para los Apóstoles y para nosotros; habló para la Iglesia; para la Iglesia que estaba allí representada por los Apóstoles.

Esta parábola del Salvador se aplica a todos los fieles, porque es necesario ir hacia las alegrías eternas a través de las lágrimas y de las aflicciones de este tiempo presente.

La condición de los verdaderos cristianos es sufrir en este lugar de exilio; llevar su cruz en este valle de lágrimas tras el divino Maestro; de gemir y llorar sobre sus propias miserias y sobre las del prójimo.

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¿Qué significa, por lo tanto, la comparación de Nuestro Señor: La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo?

Esta comparación, tomada de la vida doméstica, nos representa muy bien la rápida transformación de la tristeza de los Apóstoles en la alegría más viva.

La mujer está condenada a alumbrar en el dolor; pero, cuando ve en sus brazos al niño que acaba de poner en el mundo, saborea una alegría inefable; es feliz y está orgullosa; y su felicidad presente, su noble título de madre, le hace lanzar el velo del olvido sobre sus últimos sufrimientos, por los cuales ha debido conquistar su dignidad presente.

Esta mujer es la figura de la Iglesia y de los hombres apostólicos, que dan a luz a los fieles en medio de los sufrimientos y a través de dolores y penas; y que se alegran cuando así han dado nuevos hijos a Dios; especialmente cuando ven salvarse estas almas, engendradas y santificadas con tanto dolor.

Es así para todos los justos: lo que los sostiene y los anima en medio de las pruebas y de las persecuciones que tienen que sufrir es el pensamiento del Cielo, donde Dios los recibirá por la eternidad, donde sus lágrimas se enjugarán, y donde no conocerán ya ni la muerte, ni el luto, ni los gemidos, ni los dolores.

La parábola de la Mujer que da a luz, Nuestro Señor la emplea en otro lugar para designar su Parusía. Es decir, que la Parusía será un dolor relacionado con una alegría definitiva.

Ciertamente esta imagen elocuente se refiere a la opresión que sufrirán los Apóstoles; pero también a la de toda la Iglesia hasta su Segunda Venida.

La Iglesia es, eminentemente, la Mujer que da a luz; y Jesucristo es el Hombre que nace en el mundo y para el mundo.

Nuestro Señor no sólo dice que la mujer no se acuerda más, sino que se alegra; y no dice que se alegra porque ahora tiene un hijo, sino porque un hombre ha venido a la luz de este mundo.

En la vida corriente, la mujer no se goza porque ha venido al mundo un hombre, sino porque a ella le ha nacido un hijo. Y es claro, puesto que, si ella se alegrase por lo primero, entonces nada impediría que incluso las que no dan a luz se gozasen que otras parieran.

¿Por qué habló así Jesús? Porque tomó el ejemplo únicamente para aclarar que el dolor es temporal, pero el gozo es perpetuo; y que la muerte es un traslado a la vida; y que, de esos dolores, como de parto, se sigue un fruto grande.

Y no dijo: Porque ha nacido un niño para ella; sino: Porque ha nacido un hombre en el mundo. Con lo cual da a entender su propia resurrección; y que al dar así a luz no engendraría para la muerte, sino para el Reino.

Jesucristo es el Hijo del Hombre encarnado para el mundo, y que debe nacer de nuevo para el mundo; nacer la Cabeza con todos los que son sus miembros. Y esto sucederá en su Segunda manifestación, gloriosa y definitiva.

El encuentro de los miembros con la Cabeza es la Recapitulación.

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Todas las criaturas gimen con dolores de parto, hasta esta restauración suprema, porque ahora están cautivas de la mortalidad. Pero un día todas las cosas serán sometidas a los hijos de Dios, y los hombres serán sometidos a Cristo, y Cristo entregará todas las cosas al Padre. Y todo esto, hoy completamente dividido, rasgado, será realmente un conjunto, un universo: un Cosmos en vez de un Caos.

Jesucristo hace alusión, no a una alegría particular, sino a una alegría cósmica.

En esta coyuntura, Jesucristo anuncia a los Apóstoles una derrota y una victoria: vosotros lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo

Jesucristo comparó la vida espiritual con un parto. La mujer que está por dar a luz se entristece, porque le llegó su hora; pero después del nacimiento, no se acuerda más de su tristeza, y tiene alegría, porque un hombre ha venido a este mundo.

Esta parábola es un signo del optimismo fundamental del cristianismo (que parece tan duro y sombrío a la impiedad contemporánea); signo de optimismo porque Cristo afirma, simplemente, que la llegada de un hombre al mundo es un bien, perfectamente consciente de los dolores de la madre y de los dolores que ese hombre deberá sufrir; pero dolores que deberán pasar.

Estas dos cosas, dolor y gozo, no son separables para el cristiano; porque para él el Momento presente se inserta continuamente en la Eternidad.

¿Qué es esta alegría que nadie puede quitar? ¿Qué es esta mezcla de dolores y gozo, de derrota y victoria, de ver y no ver? Eso es la Esperanza.

La Esperanza es triste porque lo que se espera no se posee aún; y la Esperanza es gozosa, porque aquel que espera no desespera.

La vida espiritual es un camino que no carece de altos y bajos, de zarzas y espinas, de sombras y accidentes; pero el sentimiento de estar en el buen camino compensa y domina todo eso; con la ventaja, en ese caso, que el término de camino, que es el amor de Dios, ya se gusta en cada una de sus partes.

Si no hubiese una cosa invisible y misteriosa que equilibre todo este peso, los cristianos no hubiesen podido resistir hasta ahora. Esta cosa es la Caridad, fruto de la Fe y de la Esperanza.

Los frutos del amor de Dios son:

— la voluntad de no ceder a las tentaciones,

— la confianza en la Providencia

— y la alegría en el Espíritu Santo.

Porque el fruto del amor es el dolor y el gozo… y el Amor es más poderoso que la muerte…

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Una Mujer en el trabajo y los dolores del parto aparece nuevamente en el Apocalipsis; y San Juan la declara Gran Señal, Signum Magnum…: Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, revestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; está encinta, y grita con los dolores del parto y con las ansiedades de dar a luz.

El hijo que Ella debe alumbrar designa, indudablemente, a Cristo… Esta Gran Señal significa los dos nacimientos de Cristo, como tipo y antitipo; y principalmente su Segundo Nacimiento, místico integral, con todo su Cuerpo en el fin del siglo, que es la Parusía.

Es la Iglesia de los últimos tiempos, sometida a la persecución del Anticristo. La Mujer queda a salvo de ella, aislada en el desierto, mas “el resto de sus hijos” soporta el ataque del Dragón.

San Agustín dice: “La Iglesia está gestando a Cristo continuamente, aunque el Dragón pelea contra ella”.

La mujer al dar a luz se acongoja. Con frecuencia usaron los profetas de esta parábola, comparando la tristeza con los dolores de parto.

El Señor quiere decir: Os invadirán dolores como de parto, pero los dolores de parto son causa de alegría.

Reafirma así la verdad de la futura resurrección, y declara que el partir de este mundo es equivalente a salir del vientre a la espléndida luz. Como si dijera: No os admiréis de que por medio de los dolores os conduzca Yo a la gloria, pues también las mujeres, mediante esos dolores, llegan a ser madres.

Pero, además, indica aquí un misterio, es decir, que Él ha destruido el dolor de la muerte y ha cuidado de engendrar al hombre nuevo.

No dijo únicamente que la tristeza sería pasajera, sino que ni siquiera la menciona: tan grande es el gozo que ha de venir.

Cuando la Iglesia haya dado a luz, esto es, cuando victoriosa de los trabajos de la pelea alcance la palma del triunfo, ya no se acordará de los apuros pasados por el gozo de la recompensa recibida.

Así como la mujer se alegra de haber dado un hombre al mundo, así la Iglesia se llenará de gozo cuando nazca para el Cielo el pueblo fiel.

No debe asombrar el que se dé el nombre de nacido al que deja el peregrinar terreno, porque, así como se acostumbra a llamar nacido al que, saliendo del seno materno, entra en la luz de este mundo, así también puede llamarse nacido al que, libre de los lazos de la carne, se eleva a la luz eterna; por esta razón las solemnidades de los santos no se llaman muerte, sino nacimiento.

En consecuencia, de este modo encontramos el único fin que puede satisfacernos, porque será eterno, ya que ningún fin puede llenarnos plenamente sino el que se refiere a Aquel que no tiene fin.

Por esta razón lo único que nos satisface es lo que afirma Nuestro Señor: “Nadie os quitará vuestro gozo.”

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En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo.

Vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar.

Por esto la Sagrada Escritura concluye con esta frase:

Dice el que da testimonio de todo esto: “Sí, vengo pronto” ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!