SANTA CLARA

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

EPSON MFP image

Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a:

SANTA CLARA VIRGEN.

FUNDADORA DE LAS CLARISAS (1194-1253)

unnamed

 

En una graciosa colina del hermoso valle de Espoleto, álzase la ciudad de Asís, ilustre por sus artistas, pero no menos célebre y más honrada por haber sido cuna de aquellas dos estrellas fulgentísimas en el cielo de la santidad que se llaman Francisco y Clara.

Tocaba a su fin el siglo XII. El mundo parecía hundirse en la más completa ruina espiritual debido a la piqueta demoledora del lujo, de las pasiones desenfrenadas y de la más descarada impiedad. Entonces envió el cielo para inyectarle vida, para vigorizarlo y sanarlo, a esos dos ángeles, a esas dos almas fuertes que le trajeron el remedio de la pobreza absoluta, de la mortificación y humildad extremadas y de la piedad y caridad seráficas.

Ya había concedido el Señor dos hijos a la noble dama Ortolana Fiumi, esposa del conde Favorino dei Scifi, cuando hizo la peregrinación a los Santos Lugares, visitó el célebre santuario de San Miguel en el monte Gárgano y se arrodilló ante la tumba de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo. De vuelta a su casa de Asís, vio que iba a ser madre por tercera vez. Hallándose en oración en una iglesia, parecióle oír una voz misteriosa que le decía: «No temas, dichosa mujer, porque de ti nacerá una brillantísima luz que disipará muchas tinieblas». Ese fue el motivo de bautizar con el nombre de Clara a la niña que vio la luz el 16 de julio de 1194.

Aquella niña predestinada, aurora de divinos resplandores, apareció sonriente y dulce como presagio de la suave e infantil alegría que nunca le había de permitir mostrar ensombrecido el semblante ni humedecidos los ojos por lágrimas de tristeza. Los ríos de sus lágrimas que tenían su manantial en un corazón lacerado por los tormentos del celestial esposo, guardólos siempre para verterlos sin tasa a los pies del Señor crucificado. Veía la piadosa Ortolana que en el alma de aquella hija de bendición había depositado el cielo gérmenes preciosos de virtud, y puso esmeradísimo cuidado en educarla, y en cultivar y desarrollar con sus lecciones y aun más con sus ejemplos, tan felices y santas disposiciones. No es de extrañar, pues, que desde sus más tiernos años sintiese Clara los atractivos de la vida retirada, de la oración fervorosa y del amor a los pobres; que despreciase al mundo y sus vanidades, y que las ansias de sufrir por su Amado la forzasen a llevar, bajo las joyantes sedas del vestido que su categoría social le imponía, el mortificante y áspero cilicio de los penitentes.

VOCACIÓN DE SANTA CLARA

Consecuencia natural de tales disposiciones era que la corriente de aquella alma desembocase en la vida religiosa, y esos deseos ardientes de Clara, que ya había cumplido los dieciséis años, no debían tardar en verse satisfechos muy a gusto de su alma.

La fama de santidad del hijo de Bernardón, el rico mercader de Asís, transformado por la gracia divina en el pobrecito Francisco el «Heraldo del gran Rey», llegó a los oídos de Clara, que, sin duda movida por divina inspiración, fue a someterle el asunto de su vocación. El alma de Francisco sintió que aquella otra alma vibraba al unísono con la suya, que aquella joven era una joya de subido valor, digna del esposo divino; y encendido en ansias de presentársela, le habló con aquellos acentos abrasados tan propios de su inflamado pecho. Las palabras del Santo prendieron en alma tan bien dispuesta, la desasieron totalmente de todo lo terreno y la determinaron irrevocablemente a encerrarse en el claustro.

Entregada por completo a la dirección de Francisco, preparóse Clara con el mayor secreto para la solemne despedida que quería dar al mundo, y siguiendo las instrucciones del Santo, ante la admiración de sus padres, conocedores de su modestia, el Domingo de Ramos de 1212, ataviada con sus mejores galas, se encaminó a la catedral para asistir a los oficios. En la noche de aquel mismo día y a la hora convenida, salió Clara decidida de su casa y encaminó sus pasos a la iglesia de Santa María de los Ángeles, donde ya la esperaba San Francisco con sus religiosos. En presencia de ellos cortóle Francisco sus hermosas trenzas y la revistió con el grosero y áspero sayal franciscano. Quedaba así fundada la segunda orden franciscana, llamada de las Damas Pobres, u Orden de Santa Clara Sin esperar a que despuntase el día, condujo Francisco a Clara a un monasterio de benedictinas, situado en el lugar que entonces se llamaba ínsula Romana, y que hoy se conoce con el nombre de Badía.

RUDO COMBATE CON SU FAMILIA

Al notar la huida de Clara, sobresaltáronse sus padres creyendo comprometido el honor de la familia, y cuando supieron el lugar de su refugio acudieron al monasterio de San Pablo para reclamarla.

Emplearon para persuadirla amenazas y promesas halagadoras, ternuras extremas y arrebatos de cólera, sin que nada lograse quebrantar la firmeza de Clara. Mostróles ésta, como argumento decisivo, su cabeza rapada, prueba de inquebrantable resolución, y logró que, vencidos y llorosos, la dejaran seguir la vocación a que Dios la llamaba.

Algunos días después trasladó Francisco a Clara a otro monasterio de la misma observancia, situado en la pendiente occidental del monte Subasio llamado Sant’Angelo di Panso. Apenas habían transcurrido dos semanas desde que Clara se había encerrado en el claustro, cuando su hermana Inés, que la quería entrañablemente, fue a visitarla y a comunicarle su firme resolución de seguir su ejemplo consagrándose también al servicio del Señor. Estremecióse Clara de alegría al oír tan grata nueva, elevó al cielo acciones de gracias por la singular merced de enviarle como primera compañera a su misma hermana.

Ya estaban resignados los padres de Clara por la pérdida de su hija mayor, pero cuando vieron que no volvía la segunda, que apenas contaba quince años, no quisieron consentirlo en modo alguno; y jurando salirse con su empeño, acudieron al monasterio para arrancar de él a su hija Inés.

Como nada consiguieron con blandas palabras, arrojáronse sobre ella y agarrándola por los cabellos la sacaron por fuerza del convento. Pero de repente el cuerpo de aquella niña se hizo tan pesado que no les fue posible dar con ella ni un paso más. Clara, que había estado rezando por su hermana, llegó en aquel preciso momento adonde estaba su familia; acabó de apaciguarla con blandas y cariñosas palabras, y tomando consigo a Inés la introdujo en el monasterio, contentísima ésta con haberse preparado por el sufrimiento a la unión que anhelaba consumar con Jesús, el dulce y regalado esposo de su alma.

Francisco se apresuró a consagrarla al Señor para evitar que intentasen cualquier otro atropello contra ella. También el obispo se puso abiertamente de parte de las hijas de Ortolana y cedió a Francisco la ermita de San Damián para que fuese la cuna de la Orden de las Damas Pobres. No tardaron en unirse a las dos hermanas otras jóvenes deseosas también de consagrarse al servicio de Dios.

SUPERIOR A DE LA NUEVA COMUNIDAD

Necesitaba la nueva comunidad un gobierno regular y, por lo tanto una superiora legítimamente nombrada. Francisco, que conocía la virtud y las cualidades que adornaban a Clara, juzgó que aquella primera piedra de su segunda Orden era también la que Dios destinaba para fundamento de la misma, y, con aplauso de todas las religiosas, nombróla superiora, cargo que sólo aceptó por respeto a la obediencia.

Conocedora de los caminos del cielo y de la perfección religiosa, a pesar de su juventud, dirigió Clara a sus religiosas con prudencia admirable. Ilustraba las inteligencias en todo lo concerniente a las graves obligaciones de la vida monástica, mantenía la paz en el interior y precavía a sus hijas contra los enemigos de la perfección religiosa, defendíalas del mundo por la rigurosa clausura, del demonio con la oración fervorosa y continuada, y de la carne por la recepción frecuente de los santos sacramentos. Guardaban, además, estricto silencio y acendrada caridad.

Con sus exhortaciones inflamaba los corazones en amor al sufrimiento, enarbolando en alto el madero sagrado de la cruz. Sus ejemplos, más poderosos y elocuentes que sus palabras, inclinaban las voluntades con suave violencia a obrar siempre del modo más perfecto. Procuraba a sus monjas, cuantas veces le era posible, la dicha de oír la palabra de Dios de boca de San Francisco o de otros fervorosos religiosos, y ella, por su parte, ponía tal avidez y fervor en oírla, que el mismo Niño Jesús aparecía a veces a su vera para sonreírle y acariciarla con infinito amor.

Clara iba progresando incesantemente en el camino de la perfección: su fe era firme, ilimitada su esperanza, y su caridad no conocía barreras. El corazón de aquella virgen era un horno abrasador que a veces se declaraba ya en forma de ardiente globo que planeaba sobre la cabeza, ya como aureola luminosa que nimbaba su frente, o ya también a manera de alas de fuego que le cubrían la cabeza y reflejaban en su rostro el brillo deslumbrador de sus rayos, dándole el aspecto de algo extraordinario y sobrenatural.

El ansia del sufrimiento le hacía inventar y multiplicar los modos de mortificar su inocente cuerpo, y así, fabricóse con la piel de un animal una túnica erizada de púas que laceraban sus carnes, empleaba un cilicio hecho con crines de caballos trenzadas, e hizo habitual el uso de una disciplina de finas cuerdas guarnecidas de nudos reciamente trabados. Se alimentaba de hierbas sazonadas con ceniza, y durante la cuaresma, tomaba pan y agua, y eso, sólo tres veces por semana.

El duro y desnudo suelo fue, durante mucho tiempo, su lecho ordinario; un madero sin desbastar le servía de cabezal, las fiebres, que la consumieron durante veintiocho años, forzáronla a usar una cama que acondicionó con sarmientos.

A los ruegos de sus hermanas para que mitigase semejantes austeridades, solía contestar con muy alegre oportunidad: —Dejadme, hijas mías, que soy deudora a Dios de vuestras almas: la superiora debe amontonar un tesoro de méritos para borrar sus culpas y las de sus hijas. Si la cabeza afloja, ¿qué harán los miembros?

Los sufrimientos morales vinieron a completar el holocausto de quien tan reciamente torturaba su cuerpo, acometiéronla las sequedades, tentaciones y arideces, aunque sin lograr impacientarla, ni alterar su serenidad que, en tan difíciles trances, era un consuelo para los corazones afligidos, una fuerza para los débiles y un remedio eficaz para cualquier dolencia. Ella, la superiora, considerábase como la última del convento y prácticamente lo demostraba, ella despertaba a las religiosas para el Oficio, las llamaba a Maitines, encendía las lámparas, y barría el monasterio con tanto esmero que la hermana encargada de ese menester estaba quejosa porque no le dejaba nada por hacer. «Mira, hermana —le decía la superiora—, esta clase de trabajos requiere un gusto especial, y yo te aseguro que he nacido para tales ocupaciones y menesteres».

Cuando las hermanas torneras regresaban de la ciudad, lavábales los pies y luego se los besaba con inmenso cariño. La obediencia de Clara corría parejas con su humildad. Al ser nombrada superiora, le resultaba tan embarazoso el uso de su voluntad que prometió obediencia a San Francisco, al cardenal Protector y al obispo de Asís. Pero la perla más preciosa de joya tan rica, era, sin género de duda, la virtud que da carácter y nombre a entrambas Órdenes franciscanas, la «santa pobreza». Clara la exigía de manera absoluta, vivir al día, sin fondos de reserva, sin pensiones y en perpetua clausura; y el cielo tuvo especial complacencia en recompensar con milagros aquel heroísmo de la pobreza.

Ya es el pan que se multiplica en las manos de Clara para satisfacer la necesidad de sus hijas carentes de todo alimento, o la alcuza que se vuelve a llenar de rico aceite al acabar de lavarla ella misma.

SANTA CLARA Y LA EUCARISTÍA

El Sagrario, la Eucaristía, Jesús Hostia era el encanto y las delicias de Clara. La blanca paloma pasábase horas y días arrullando ante el nido de sus amores; y cuando la enfermedad la postraba, dedicábase a confeccionar con arte primoroso corporales que distribuía a las iglesias pobres.

Es caso histórico muy conocido el modo milagroso cómo libró a su monasterio de las hordas mahometanas que, al servicio del impío emperador de Alemania, Federico II, devastaban los Estados Pontificios. Desparramados por todo el valle de Espoleto, los sarracenos llegaron ante el recinto del monasterio y se aprestaron a franquearlo. Aunque estaba enferma, acudió Clara a postrarse ante el Señor Sacramentado. «No entregues, Señor —imploró—, no entregues a tus enemigos las almas de quienes en Ti pusieron su confianza». «Os guardo y os guardaré siempre», le respondió desde el sagrario una voz infantil que la colmó de alegría». Sin embargo, los bárbaros habían traspuesto ya los muros del monasterio y habían acudido con ánimo de violentar la entrada. —Abrid las puertas de par en par —ordena la abadesa— y veamos de frente a los que se proclaman enemigos de nuestro Dios. Y en la ventana del dormitorio que da a la puerta de entrada, aparece ella portadora de la custodia santa, trono del Dios de la Majestad, ante quien doblan la rodilla el cielo, la tierra y los infiernos. No pudieron los sarracenos resistir aquella vista y huyeron despavoridos, mientras los que todavía escalaban los muros caían aturdidos y cegados por los resplandores que de la Hostia Santa emanaban. En pocas horas quedaron el monasterio y la ciudad libres de tan terrible y peligrosísimo azote.

SANTA CLARA Y JESÚS CRUCIFICADO

El crucifijo era el objeto de las predilecciones de Clara. El Amor crucificado había ganado el suyo de tal manera que todo su anhelo era acompañarle en sus humillaciones, compartir sus dolores, «subir al árbol triunfante de su cruz y saborear el regalado fruto entre las amarguras de su muerte».

Los sufrimientos de su amado Jesús ocupaban noche y día su pensamiento, traspasaban su corazón y transportaban su alma.

Hallábase un Jueves Santo meditando con el mayor fervor las angustias mortales que inundaron el alma de Cristo en el huerto de Getsemaní, cuando cayó repentinamente en éxtasis que se prolongó por espacio de dos días, hasta la tarde del Sábado Santo, en que la hermana que le servía su pobre y mezquina comida se atrevió a decirle: «Querida madre, nuestro director le ha ordenado que tome todos los días algún alimento, ¿dónde está, pues, su obediencia?». A la palabra obediencia, se despertó Clara como de un dulce sueño y volvió a sus ocupaciones ordinarias.

Con la señal de la cruz, la santa abadesa ahuyentaba los demonios y curaba multitud de males. Soportó con heroica paciencia varias largas y dolorosas enfermedades y considerábase muy feliz en sufrir por Cristo.

TRANQUILO ATARDECER

Aquella virgen predilecta del cielo y modelo de tantas y tan heróicas virtudes, aquella luz de tan vividos resplandores no podía menos de revelarse extramuros del convento. El Papa, los cardenales y dignatarios de la corte pontificia le profesaban grandísima veneración y consideraban sus palabras como oráculos del cielo. Por eso iba creciendo también su audacia santa, y el arroyuelo que nació en Asís, convertido en río majestuoso, llevaba sus ondas por la Europa entera y bañaba muchas ciudades de la cristiandad.

Ilustres princesas como Inés de Bohemia, Salomé de Polonia e Isabel de Francia, hermanas de San Luis, trocaban los esplendores de la corte por el claustro y el sayal de las Damas Pobres. Cuarenta y dos años estuvo Santa Clara en aquel convento, rigiéndole con santidad admirable; una excelente prueba de su gran virtud fue la paciencia y alegría con que soportó, durante veintiocho años, su enfermedad, en los cuales, estando algunas veces muy apretada, nunca se vio en su rostro la tristeza, ni se oyó palabra de queja y sentimiento; el Señor, que como a esposa suya la probaba, también la esforzaba y regalaba abundantemente en las mismas penas que por su amor padecía.

En 1252 no le fue ya posible abandonar el lecho; y creció tanto la enfermedad y su flaqueza, que entendió ser llegada la hora que ella tanto deseaba de ser desatada de esta cárcel para poder gozar de su dulcísimo Esposo.

En sus últimos diecisiete días fue su único alimento y sostén la sagrada Comunión. El papa Inocencio IV acudió por dos veces a visitarla y le concedió la indulgencia plenaria, que ella había solicitado. Ante sus hijas reunidas en torno a su lecho, dictó su testamento espiritual, ponderando las excelencias de la vida religiosa y recomendando vivamente la perfecta observancia de la regla y de las virtudes de humildad y pobreza. Después, con el rostro transfigurado por el amor, dijo: —Yo, Clara, sierva inútil de Jesucristo, mezquina planta del bienaventurado San Francisco trasplantada a los deliciosos jardines de la religión; yo, aunque indigna hermana y madre vuestra, en nombre de la santísima y adorable Trinidad, os bendigo con todo amor. Y mientras sus hijas derramaban fuentes de lágrimas, ella serena y sonriente, entretenía y abrasaba su alma con el pensamiento de la pasión de Jesucristo.

Pero he aquí que la celda se transforma en paraíso, una procesión de vírgenes con coronas de oro en las frentes entran en aquel pobre aposento, presididas por la Reina de los cielos, radiante de belleza, incomparable de dulzura y majestad, coronada con diadema de bellísimos resplandores y ataviada con un traje de sin igual hermosura. La Santísima Virgen invitaba a Clara con celestial sonrisa a irse con ella, al mismo tiempo que las otras vírgenes desplegaban, ante su ojos extáticos, el rico manto que su divino esposo le mandaba para el momento de los desposorios. Una fragancia de suavísimos aromas inundó la celda, y la visión desapareció. Clara acababa de celebrar las bodas eternales.

Al amanecer del 11 de agosto de 1253, día en que la ciudad de Asís, vestida de fiesta, debía celebrar con músicas y alegrías la de su patrono el glorioso mártir San Rufino, toda la ciudad de Asís se agolpaba en la iglesia para los funerales de Clara.

El papa Inocencio IV que se hallaba presente en la ceremonia quería que se cantase la misa de las vírgenes y no el oficio de difuntos, pero a ruegos del obispo de Ostia accedió a que no se variase la costumbre.

La virgen de Asís, la predilecta hija del pobrecito Francisco y fundadora de las Damas Pobres, fue solemnemente canonizada por el papa Alejandro IV el 26 de septiembre de 1255, dos años después de su muerte. El 3 de octubre de 1260 el monasterio de San Damián se veía privado de aquel tesoro que había santificado sus muros, de aquel cuerpo de Clara que iba a enriquecer con sus milagros el nuevo monasterio erigido dentro de la ciudad de Asís, donde actualmente se venera.

 

VIDAS DE SANTOS

EDELWEIS

 

Leer el Santo Evangelio del día y catena aurea