AL DEJAR EL CUERPO EN TIERRA…

“Oh muerte, yo no sé quién puede temerte,

 ya que por ti, la vida se abre para nosotros”

Padre Pío

jules_eugene_lenepveu_the_martyrs_in_the_catacombs.jpg

Muchas veces nos encontramos ante situaciones de la vida donde tenemos que enfrentarnos con la muerte.

Nada más aleccionador que la muerte. Hermana muerte, le llamaba San Francisco.

Pero cuando estamos allí, frente al cadáver de alguien, vemos cómo, inevitablemente, su alma se ha ido; vemos su rostro desencajado, su piel de color amarillo, sus cabellos deslucidos y, simplemente, vemos un cuerpo que ha perdido su brillo, su luz, su anima…

Es allí donde nos damos cuenta de lo poco que somos y de lo corta que es la vida. Vemos con tristeza que esa vida se ha extinguido; y, quizás, nos preguntamos: ¿qué será de su destino eterno?

Pero también nos preguntemos: ¿por qué tan joven?, ¿por qué si tenía tantos proyectos?, ¿por qué?, ¿por qué? Cuando la razón se ve afectada en la no existencia de esa persona en este plano terrestre, entramos en conflicto, porque no hemos sido creados para morir, la muerte sólo ha sido consecuencia del pecado.

Hoy me toco asistir y acompañar a una conocida en ese momento del desapegarse de un ser querido, desprenderse de eso que ha conocido durante años, que es la compañía de su hermana; y allí, frente al ataúd y frente al cuerpo, mis pensamientos volaron más allá de las preguntas y comentarios de allí alrededor, comentarios como “ya descansa en paz”, “dejo de sufrir” y esas otras cosas que tanto escuchamos en esos momentos.

Mi mente se dispara con una velocidad inmensa y me voy a donde está esa alma que ya tiene un destino eterno inalterable, me detengo en la eternidad… ¡Qué difícil es entender el concepto de eternidad, desde lo humano, en donde nos movemos con el tiempo!

Es hasta abrumador pensar en algo para siempre, para siempre. ¡Qué determinante, qué inexplicable! Pero estoy allí, frente a ese cuerpo que ha quedado sin lo más valioso que ha tenido desde su creación, su alma.

Su vida, tal como ha sido, con sus actos, la ha tenido que presentar hoy irremediablemente frente al divino Juez. Y es ahí donde quedo inmersa en una sensación de temor y, a la vez, de esperanza.

Me llegará a mí también ese día, y tendré que presentarme yo también a juicio. Y ¿qué habrá en mis manos para ofrecer?, ¿con qué me enfrentaré ante a mi Creador? Tiemblo de pensar en ese momento.

¡Cuántas veces me he preocupado por este cuerpo como si fuese eterno! ¡Cuántas veces le he dado más importancia a él, anteponiéndolo al cuidado de mi alma! ¡Qué necia!

La vida pasará, cada día se va esfumando y perdiéndose como arena entre mis manos; los años pasan, la juventud, la belleza y la salud se van escapando más rápido de lo que puedo darme cuenta. Y mi alma, ¿qué pasa con ella?, ¿aprecio realmente las oportunidades que tengo de salvarla con cada respiración, con cada latido que el Señor me otorga?

Ingrata he sido, Señor; hoy puedo decir que he sido una hija descuidada, que he creído erróneamente que todavía tengo tiempo. Mi Señor, perdona lo que he sido, lo que soy; y ayúdame a ser fiel, a mirar la muerte como el salto que necesito para acercarme a Ti. Porque sólo dejando este cuerpo en tierra mi alma podrá elevarse y llegar ante tus plantas. Quiero vivir pensando que cada día es un día menos para que llegar a Ti, deseo llorar mis traiciones en esta vida y sufrir en mi cuerpo lo que merezco para poder purificar mi alma y así estar preparada para poner lo que soy frente a Ti, mi justo y dulce Juez…

Sé que, si me entrego completamente, nada debo temer, porque Tú no abandonas a los que Te son fieles; quiero ser tu más fiel servidora, quiero que esta vida sea para mí el camino para darte gloria eternamente. Por eso, Señor, haz conmigo lo que sea necesario para que no me pierda entre los engaños del mundo.