50 AÑOS DEL NOVUS ORDO MISSÆ

Conservando los restos

LA SUPRESIÓN DEL SANTO SACRIFICIO

Estamos a cincuenta años del Novus Ordo Missæ… Estamos a cincuenta años de la segunda reforma protestante… Con esa reforma no católica comienza la operación de supresión del santo sacrificio…

Luego de haber estudiado la historia de la Santa Misa desde San Pedro hasta San Pío V, y de haber analizado las diversas partes de la Santa Misa del Rito Romano y sus correspondientes oraciones, comenzamos hoy a considerar los antecedentes de la misa nueva.

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ESCUCHAR ESPECIAL DE CRISTIANDAD

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HISTORIA DE LA MISA TRADICIONAL
ANTECEDENTES DE LA NUEVA MISA

De San Pío V a San Pío X

Cumpliendo con el encargo del Concilio de Trento, San Pío V restauró la Liturgia Romana y promulgó el Misal Romano conforme a la prístina norma, instrumento de unidad litúrgica y garante de la fe católica.

Pero medio siglo después, la bella unidad se fisura, pues las semillas del protestantismo producen el jansenismo y el galicanismo, que mezclan con teorías heterodoxas una visión demasiado nacional del cristianismo.

Jansenismo

El Jansenismo es la herejía de Cornelio Jansenio, obispo holandés del siglo XVII, qua exageraba la influencia de la gracia divina para obrar el bien, comprometiendo y menguando la libertad humana.

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Más adelante tomó la forma de un partido político de oposición, parlamentario y filosófico-religioso, que abarcaba un conjunto de errores neo protestantes.

La historia del jansenismo abarca dos etapas: la primera se extiende desde la publicación del Augustinus, de Jansenio (1640), hasta la paz clementina (1668), o sea hasta que los cuatro obispos rebeldes se sometieron a las decisiones de Roma; la segunda, desde la aparición de Quesnel (1701) hasta que se sometió el arzobispo Noailles de París (1728), aceptando la Bula Unigenitus.

La más interesante y larga es la primera etapa, y en ella podemos distinguir dos aspectos: el dogmático y el moral; el primero está sintetizado en el libro Augustinus, de Jansenio, y en los escritos de controversia a que dio ocasión; el segundo puede centrarse en el libro De la frecuente comunión, de Antonio Arnauld, y en las Provinciales, de Pascal.

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Alma de todo el movimiento hasta 1643 fue la enigmática figura de Saint-Cyran, como en el segundo período lo fue el oratoriano Quesnel.

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El lector que desee profundizar este tema, puede consultar lo que hemos publicado en el blog:

Aquí, Aquí, Aquí, Aquí, Aquí, Aquí y Aquí

Galicanismo

El Galicanismo episcopal es una doctrina que data del siglo XVII y que tiende a disminuir la jurisdicción pontificia, tanto en el terreno político como en al dogmático = la suprema autoridad dogmática correspondería al Concilio general, no al Papa.

Las ideas del Galicanismo están resumidas en la famosa Declaración del Clero de Francia de 1682, donde, por primera vez, esas ideas son organizadas en un sistema y reciben su fórmula oficial y definitiva.

La doctrina de la Declaración se reduce a cuatro artículos:

1º) San Pedro y los Papas sus sucesores y la misma Iglesia han recibido la potestad de Dios solamente sobre las cosas espirituales y las que conciernen a la salvación, y no sobre las cosas temporales y civiles.

De ahí que reyes y soberanos no están sometidos a ningún dominio eclesiástico en las cosas temporales; no pueden ser depuestos, directa o indirectamente por la autoridad de los gobernantes de la iglesia, sus súbditos no pueden ser dispensados de la sumisión y obediencia que deben o absueltos del juramente de fidelidad.

2º) La plenitud de la autoridad en las cosas espirituales, que pertenece a la Santa Sede y al sucesor del Pedro, de ninguna manera afecta a la permanencia y fuerza inamovible de los decretos del Concilio de Constanza, contenidos en las sesiones cuarta y quinta del mismo, aprobados por la Santa Sede, confirmados por la práctica de toda la Iglesia y el Romano Pontífice y observado en todos los tiempos por la Iglesia Galicana. Esta iglesia no mantiene la opinión de quienes lanzan insultos sobre esos decretos o quienes disminuyen su fuerza diciendo que su autoridad no está bien establecida que no están aprobados o que sólo se aplican en período de cisma.

3º) El ejercicio de esta autoridad Apostólica también debe ser regulada de acuerdo con los cánones hechos por el Espíritu de Dios y consagrados por el respeto de todo el mundo.

Las reglas, costumbres y constituciones recibidas dentro del reino y la iglesia Galicana deben tener su fuerza y su efecto y el uso de nuestros padres permanece inviolable puesto que la dignidad de la Sede Apostólica misma exige que las leyes y costumbres establecidas por consentimiento de esa augusta Sede y de las iglesias deben ser constantemente mantenidas.

4º) Aunque el Papa tiene la parte principal en las cuestiones de fe, y sus decretos se aplican a todas las iglesias y a cada iglesia en particular, sin embargo su juicio no es irreformable, al menos está pendiente del consentimiento de la Iglesia.

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De acuerdo con la teoría galicana, la primacía papal está limitada, primero, por el poder temporal de los príncipes, que por voluntad divina es inviolable; en segundo lugar por la autoridad del concilio general y la de los obispos quienes solos podrían, con su asentimiento, dar a sus decretos la autoridad infalible de que carecen por sí mismos; y por fin los cánones y costumbres de las iglesias particulares que el Papa estaba obligado a tomar en cuenta cuando ejercita su autoridad.

Pero el Galicanismo era más que una especulación pura. Reaccionaba desde el dominio de la teoría al de los hechos. Los obispos y los magistrados de Francia lo usaban, los primeros para asegurarse mayor dominio en sus diócesis y los últimos para extender su jurisdicción a los asuntos eclesiásticos.

Más aún, había aun galicanismo episcopal y político y un galicanismo parlamentario y judicial. El primero rebajaba la autoridad del Papa a favor de los obispos, al punto de la Declaración de 1682; el último afectando las relaciones entre el poder temporal y el espiritual, tendiendo a aumentar los poderes del Estado más y más, en perjuicio de los de la Iglesia, sobre la base de las que llamaban las Libertades de la Iglesia Galicana.

Aparte de otras consideraciones, las consecuencias prácticas a las que llevó el galicanismo y la manera en la que el Estado lo utilizó, debería bastar para hacerlo desaparecer de entre los católicos para siempre.

Fue el galicanismo el que permitió a los jansenistas condenados por los Papas eludir sus sentencias con la disculpa de que no habían recibido el consentimiento de todo el episcopado.

En nombre del galicanismo, los reyes de Francia impidieron la publicación de las instrucciones papales y prohibieron a los obispos celebrar concilios provinciales o escribir contra el Jansenismo, o, de cualquier manera, publicar los cargos si no estaban endorsados por el canciller.

Reclamando las Libertades de la Iglesia Galicana, los Parlamentos franceses admitían el lema appels comme d’abus contra obispos que sólo eran culpables de condenar el Jansenismo o de admitir en sus Breviarios el oficio de San Gregorio, sancionado por Roma.

Y por ese mismo principio general hacían que se quemasen las cartas pastorales, o condenaban a prisión o al exilio a sacerdotes cuyo único crimen consistía en negar los sacramentos y el entierro cristiano a los Jansenistas que se oponían a los más solemnes pronunciamientos de la Santa sede.

Los defensores del jansenismo y del galicanismo no se atrevieron a tocar el Ordinario de la Santa Misa, pero mutilaron el Propio del Misal y del Breviario para servir a sus errores.

Estos descendientes del protestantismo tuvieron reflejos protestantes. Ahora bien, sabemos que el protestantismo, por su triple negación del Sacerdocio, de la Eucaristía y del Sacrificio de la Misa es, en cierto sentido, la esencia misma de la lucha anti-litúrgica.

Para profundizar el tema del Galicanismo, ver Aquí

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El Sínodo de Pistoya

No hay duda de que el antecedente más inmediato del Novus Ordo fue el famoso sínodo de Pistoya.

Dicho sínodo diocesano es como una síntesis de los errores jansenistas y galicanos. Se trata, desde el punto de vista litúrgico, de una tendencia a la desacralización y a la profanación, a la disgregación y anarquía.

Estos principios habían ganado gran parte de la Europa católica (Francia, Alemania e Italia), aun antes de la formulación expresa en Pistoya.

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El sínodo de Pistoya fue convocado por Scipione de Ricci, obispo de Pistoya y Prato, en Toscana.

El ideólogo fue el teólogo Pietro Tamburini, profesor de la Universidad de Pavía.

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El lugar de reunión fue la Iglesia de San Benedetto, que más tarde fue llamada de San Leopoldo por el obispo de Ricci.

Se llevaron a cabo siete sesiones, que tuvieron lugar del 19 al 28 de septiembre de 1786.

Protector del sínodo fue el Gran Duque de Toscana, Pietro Leopoldo, futuro emperador Leopoldo II del Sacro Imperio Romano Germánico.

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Pedro Leopoldo, al ser nombrado Gran Duque de la Toscana en 1763, quiso seguir el ejemplo de su hermano, el emperador José II, en asumir el control de los asuntos religiosos en sus dominios. Imbuido con ideas de regalismo y jansenismo extendió su equivocado celo a los más pequeños detalles de la disciplina y del culto.

En dos instrucciones, del 2 de agosto de 1785 y 26 de enero de 1786, envió a cada uno de los obispos de Toscana una serie de 57 “puntos de vista de su Alteza Real” sobre asuntos disciplinarios, doctrinales y litúrgicos, imponiendo que se celebraran sínodos diocesanos cada dos años para aplicar la reforma de la Iglesia y para “restaurar para los obispos sus derechos naturales usurpados abusivamente por la Corte Romana”.

De los 18 obispos toscanos, sólo tres convocaron el sínodo; y de ellos únicamente en Scipione de Ricci encontró un espíritu similar.

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Había nacido éste en 1714 de una familia eminente, y desde el principio dio señales de su valor y eminencia. Obispo de Pistoya y Prato, la diócesis más poblada de Toscana, el 19 de junio de 1780, emprendió y aplicó con energía y con el apoyo de Pío VI, una reforma necesaria, aunque influenciado por su tiempo, su celo estuvo marcado por una audacia excesiva.

Condenó la devoción al Sagrado Corazón y se opuso al uso de las imágenes y reliquias, fundando además una prensa para la propaganda jansenista.

El 31 de julio de 1786 convocó un sínodo, invocando la autoridad de Pío VI, que había recomendado previamente el sínodo como medio normal de reforma diocesana.

Con su característica energía y previsión, preparó el concilio invitando a teólogos y canonistas notorios de fuera de su diócesis, de tendencias galicanas y jansenistas y emitió a su clero comunicaciones que reflejaban los errores dominantes de su tiempo.

El 18 de septiembre se inauguró el sínodo en la iglesia de San Leopoldo de Pistoya, celebrando 7 sesiones hasta el 28 de septiembre.

De Ricci presidía, y a su derecha estaba el Comisionado real y profesor de la Universidad de Pisa, Guiseppe Paribeni, de ideas regalistas.

El promotor era Pietro Tamburini, profesor en la universidad de Pavía, conocido por su saber y por sus simpatías hacia los jansenistas.

De los 246 miembros, 180 eran Obispos, 13 Canónigos, 12 Capellanes, 28 simples sacerdotes del clero secular y 13 regulares.

Muchos, incluido el promotor, eran extra-diocesanos introducidos por de Ricci por simpatizar con sus planes.

Muchos sacerdotes de Pistoya no fueron invitados, mientras que el clero de Prato, donde había un fuerte sentimiento contra el Obispo, fue simplemente ignorado.

Decretos del Sínodo

Los decretos emitidos por el sínodo se pueden dividir en cinco grandes temas:

La fe.

La Iglesia.

La gracia y la predestinación.

Los sacramentos.

La oración y el culto público.

Los puntos propuestos por el gran duque y las innovaciones del obispo se discutieron con calor y no poca acritud. Los Regalistas presionaron su audacia hasta extremos heréticos y levantaron protestas de los seguidores del Papa. Aunque estas objeciones llevaron a que se hicieran algunas modificaciones, las proposiciones de Leopoldo fueron aceptadas en su sustancia, se adoptaron los cuatro artículos galicanos de la Asamblea del Clero Francés de 1682 y el programa de reformas propuestas por de Ricci aprobado en su integridad.

Las opiniones teológicas eran fuertemente jansenistas. Entre lo que se propuso tenemos: el derecho de la autoridad civil a crear impedimentos matrimoniales, la reducción de las órdenes religiosas a un solo cuerpo con hábito común y sin votos perpetuos, una liturgia vernacular con un solo altar en la iglesia etc.

Para el sínodo, la Iglesia tiene la tarea de conservar el depósito de la fe y de la moral, cuya verdad hunde sus raíces en la antigüedad, por lo tanto las adiciones posteriores son falsas. Para los padres sinodales, la verdadera Iglesia es la comunidad de pastores de Cristo de los que el Papa es solo la cabeza ministerial.

En lo que toca a la doctrina de la gracia y la predestinación, los obispos de Pistoya, dicen que en los últimos siglos se ha oscurecido la verdad y plantean necesario retornar a la antigüedad, en particular a la doctrina de San Agustín de Hipona.

Como en el Concilio de Trento, Pistoya reconoce el número de siete sacramentos, y para cada uno de ellos establece una doctrina.

Bautismo: debe ser obligatorio dentro las veinticuatro horas del nacimiento de un niño, incluso sin el permiso de sus padres.

Eucaristía: Se deben evitar las discusiones con la intención de explicar la presencia real de Cristo en las formas consagradas; no se habla de la Transustanciación; se elimina la Comunión eucarística fuera de la Misa; y se introducen la lengua vulgar y la lectura a alta voz de las oraciones de la Misa.

Penitencia: Se debe realizar una sola vez en la vida.

Unción de los enfermos: la unción se puede recibir en varias ocasiones, por lo tanto la doctrina de recibirla sólo en peligro de muerte es un abuso de la Iglesia.

Orden: El sínodo hace un énfasis en la formación del clero y en la autoridad de éste en sus respectivas jurisdicciones.

Sobre la oración, el sínodo pone en guardia de las falsas devociones, como el Sagrado Corazón y el Viacrucis; regula especialmente las devociones marianas; condena la falsa veneración de las imágenes milagrosas; obliga a quitar de las iglesias las estatuas o pinturas que no hagan referencia al misterio de Cristo; y se suprimen los altares laterales.

Sobre el culto público se debe rendir honores al soberano; el oficio de difuntos se ha de celebrar cada domingo en las parroquias; hay que reformar el Breviario; reducción de las novenas, de las procesiones, de las fiestas y traslado de las fiestas al domingo.

Aceptación del Sínodo

Para Scipione de Ricci, este sínodo debía ser el primer paso para el nacimiento de una iglesia nacional, independiente de Roma.

El sínodo duró solo diez días y el trabajo consistió prácticamente en la aprobación de decretos ya preparados precedentemente.

El espíritu general del sínodo, antirromano y anticurial, se manifiesta en algunos artículos: confirma los artículos galicanos de 1682, aprueba las tesis de jansenistas contra la devoción del Sagrado Corazón, contra los ejercicios espirituales y las misiones populares; fusiona a los religiosos en una sola orden y suprime los votos de pobreza y obediencia.

En febrero de 1787 apareció la primera edición de las Actas y Decretos con el imprimatur real (3500 copias).

De Ricci quería que la Santa Sede creyera que había sido aprobado por su clero al que llamó a un retiro pastoral en abril para obtener sus firmas aceptando el sínodo. Sólo asistieron 27, y 20 se negaron a firmar.

De Ricci se apresuró a que las decisiones de Pistoya se convirtieran en un patrimonio común con el Estado.

Mientras tanto, Leopoldo llamó a todos los obispos de Toscana a una reunión en Florencia, el 22 de abril de 1787, para prepararlos para la aceptación de los decretos de Pistoya en un concilio provincial, pero los obispos reunidos se opusieron vigorosamente a su proyecto; y, después de 19 tormentosas sesiones, suspendió la asamblea y abandonó la esperanza del concilio.

También hubo un ataque popular a la sede episcopal de la ciudad, porque De Ricci había desacreditado el Santo Cíngulo de la Virgen, la reliquia más preciada de la región.

De Ricci quedó desacreditado y, después de la ascensión de Leopoldo al trono imperial, en 1790, fue obligado a abandonar su sede.

En 1790 Pietro Leopoldo dejó la Toscana para tomar posesión del trono del Sacro Imperio. Así, el obispo de Pistoya perdía a uno de sus más fuertes aliados y tuvo que resignarse a la dimisión, acaecida en 1791.

Pío VI comisionó a cuatro Obispos, asistidos por teólogos del clero secular, para examinar las actas de Pistoya y nombró una Congregación de Cardenales y Obispos para hacer un juicio sobre ellas.

Condena

El 28 de agosto de 1794, con la Bula Auctorem Fidei, el Papa Pío VI condenó 85 tesis aprobadas por el sínodo de Pistoya, declarando 7 de ellas como heréticas, y las otras como cismáticas, erróneas, subversivas, falsas, temerarias, caprichosas, injuriosas, ofensivas, que llevan al desorden, en fin, que se oponían a la fe, las costumbres, la autoridad y los concilios ecuménicos, especialmente el de Trento.

Scipione de Ricci, tuvo que huir para no ser condenado, sólo en 1805, en un encuentro con el Papa Pío VII en Florencia, abjuró de sus tesis y renunció a toda doctrina contraria a la Iglesia Católica, especialmente al jansenismo.

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Señalemos, siguiendo la Bula condenatoria de Pío VI los principales errores litúrgicos, de una semejanza asombrosa con los de la reforma actual.

Pío VI condena explícitamente las siguientes proposiciones:

28: La proposición del Sínodo por la que, después de establecer que la participación en la víctima es parte esencial al sacrificio, añade que no condena, sin embargo, como ilícitas aquellas misas en que los asistentes no comulgan sacramentalmente, por razón de que éstos participan, aunque menos perfectamente, de la misma víctima, recibiéndola en espíritu, en cuanto insinúa que falta algo a la esencia del sacrificio que se realiza sin asistente alguno, o con asistentes que ni sacramental ni espiritualmente participen de la víctima, y como si hubieran de ser condenadas como ilícitas aquellas misas en que comulgando solo el sacerdote, no asista nadie que comulgue sacramental o espiritualmente, es falsa, errónea, sospechosa de herejía y sabe a ella.

29: La doctrina del Sínodo, por la parte en que proponiéndose enseñar la doctrina de la fe sobre el rito de la consagración, apartadas las cuestiones escolásticas acerca del modo como Cristo está en la Eucaristía, de las que exhorta se abstengan los párrocos al ejercer su cargo de enseñar, y propongan estos dos puntos solos: 1) que Cristo después de la consagración está verdadera, real y sustancialmente bajo las especies; 2) que cesa entonces toda la sustancia del pan y del vino, quedando sólo las especies, omite enteramente hacer mención alguna de la transustanciación, es decir, de la conversión de toda la sustancia del pan en el cuerpo y de toda la sustancia del vino en la sangre, que el Concilio Tridentino definió como artículo de fe y está contenida en la solemne profesión de fe; en cuanto por semejante imprudente y sospechosa omisión se sustrae el conocimiento tanto de un artículo que pertenece a la fe, como de una voz consagrada por la Iglesia para defender su profesión contra las herejías, y tiende así a introducir el olvido de ella, como si se tratara de una cuestión meramente escolástica, es perniciosa, derogativa de la exposición de la verdad católica acerca del dogma de la transustanciación y favorecedora de los herejes.

30: La doctrina del Sínodo por la que, mientras profesa creer que la oblación del sacrificio se extiende a todos, de tal manera, sin embargo, que pueda en la liturgia hacerse especial conmemoración de algunos, tanto vivos como difuntos, rogando a Dios particularmente por ellos, luego seguidamente añade: no es, sin embargo, que creamos que está en el arbitrio del sacerdote aplicar a quien quiera los frutos del sacrificio; más bien condenamos este error como en gran manera ofensivo a los derechos de Dios, que es quien solo distribuye los frutos del sacrificio a quien quiere y según la medida que a Él le place —por donde consiguientemente acusa de falsa la opinión introducida en el pueblo de que aquellos que suministran limosna al sacerdote bajo condición de que celebre una misa, perciben fruto particular de ella—, entendida de modo que, aparte la peculiar conmemoración y oración, la misma oblación especial o aplicación del sacrificio que se hace por parte del sacerdote, no aprovecha ceteris paribus más a aquellos por quienes se aplica que a otros cualesquiera, como si ningún fruto especial proviniera de la aplicación especial, que la Iglesia recomienda y manda que se haga por determinadas personas u órdenes de personas, especialmente de parte de los pastores por sus ovejas, cosa que claramente fue expresada por el sagrado Concilio Tridentino como proveniente de precepto divino (ses. XXIII, c. 1; Bened. XIV, Constit. Cum Semper oblatas § 2); es falsa, temeraria, perniciosa, injuriosa a la Iglesia e inductiva al error ya condenado en Wicleff.

31: La proposición del Sínodo que enuncia ser conveniente para el orden de los divinos oficios y por la antigua costumbre, que en cada templo no haya sino un solo altar y que le place en gran manera restituir aquella costumbre: es temeraria e injuriosa a una costumbre antiquísima, piadosa y de muchos siglos acá vigente y aprobada en la Iglesia, particularmente en la latina.

32: Igualmente, la prescripción que veda se pongan sobre los altares relicarios o flores, es temeraria e injuriosa a la piadosa y aprobada costumbre de la Iglesia.

33: La proposición del Sínodo por la que manifiesta desear que se quiten las causas por las que en parte se ha introducido el olvido de los principios que tocan al orden de la liturgia, volviéndola a mayor sencillez de los ritos, exponiéndola en lengua vulgar y pronunciándola en voz alta —como si el orden vigente de la liturgia, recibido y aprobado por la Iglesia, procediera en parte del olvido de los principios por que debe aquélla regirse—, es temeraria, ofensiva de los piadosos oídos, injuriosa contra la Iglesia y favorecedora de las injurias de los herejes contra ella.

66: La proposición que afirma que sería contra la práctica apostólica y los consejos de Dios, si no se le procuraran al pueblo modos más fáciles de unir su voz con la voz de toda la Iglesia —entendida de la introducción de la lengua vulgar en las preces litúrgicas— es falsa, temeraria, perturbadora del orden prescrito para la celebración de los misterios y fácilmente causante de mayores males.

69: La proposición que, de modo general e indistintamente, señala entre las imágenes que han de ser quitadas de la Iglesia, como que dan ocasión de error a los rudos, las imágenes de la Trinidad incomprensible, es, por su generalidad, temeraria y contraria a la piadosa costumbre frecuentada en la Iglesia, como si no hubiera imágenes de la santísima Trinidad comúnmente aprobadas y que pueden con seguridad ser permitidas (del Breve Sollicitudini nostræ de Benedicto XIV, del año 1745).

70: Igualmente la doctrina y prescripción que reprueba de modo general todo culto especial que los fieles suelen especialmente tributar a alguna imagen y acudir a ella más bien que a otra, es temeraria, perniciosa e injuriosa no sólo a la costumbre frecuentada en la Iglesia, sino también a aquel orden de la providencia por el que Dios quiso que fuese así, y no que en todas las capillas de los Santos se cumplieran estas cosas, pues divide sus propios dones a cada uno como quiere (de San Agust., Epist. 78 al Clero, ancianos y a todo el pueblo, de la Iglesia de Hipona).

71: Igualmente la que veda que las imágenes, particularmente las de la bienaventurada Virgen, se distingan por otros títulos que las denominaciones análogas con los misterios de que se hace mención expresa en la Sagrada Escritura; como si no pudieran adscribirse a las imágenes otras piadosas denominaciones, que la Iglesia aprueba y recomienda en las mismas preces públicas: es temeraria, ofensiva a los oídos piadosos e injuriosa a la veneración debida especialmente a la bienaventurada Virgen.

72: Igualmente, la que quiere extirpar como un abuso la costumbre de guardar veladas algunas imágenes, es temeraria y contraria al uso frecuentado en la Iglesia e introducido para fomentar la piedad de los fieles.

73: La proposición que enuncia que la institución de nuevas fiestas ha tenido su origen del descuido en observar las antiguas y de las falsas nociones sobre la naturaleza y fin de las mismas solemnidades, es falsa, temeraria, escandalosa, injuriosa a la Iglesia y favorecedora de las injurias de los herejes contra los días festivos celebrados en la Iglesia.

74: La deliberación del Sínodo sobre transferir al domingo las fiestas instituidas durante el año —y eso por el derecho que dice estar persuadido competirle al obispo sobre la disciplina eclesiástica en orden a las cosas meramente espirituales— y, por ende, sobre la derogación del precepto de oír Misa en los días en que (por antigua ley de la Iglesia) vige aún ese precepto; además, en lo que añade sobre transferir al Adviento, por autoridad episcopal, los ayunos que durante el año han de guardarse por precepto de la Iglesia —en cuanto sienta que es lícito al obispo, por propio derecho, transferir los días prescritos por la Iglesia para celebrar las fiestas y ayunos o derogar el precepto promulgado (v. 1.: introducido) de oír Misa— es proposición falsa, lesiva del derecho de los Concilios universales y de los Sumos Pontífices, escandalosa y favorecedora del cisma.

La simple enumeración nos dispensa de mayores comentarios.

La semejanza con las ideas y reformas litúrgicas en boga es sorprendente. Tristemente sorprendente, si consideramos que en la Bula Auctorem fidei fueron calificadas de falsas, erróneas, sospechosas y favorecedoras de la herejía, injuriosas a la Iglesia, etc.

Las herejías anti-litúrgicas descritas por Dom Guéranger

Dom Guéranger, en su obra Las Instituciones Litúrgicas, analiza lo que él llama las herejías anti-litúrgicas: práctica constante de todos los herejes a lo largo de los siglos, y cuyo compendio se encuentra en el protestantismo.

En la terminología de Dom Guéranger, la expresión “herejía antilitúrgica” designa aquella hostilidad que uno descubre en todas las herejías propiamente dichas respecto de la liturgia católica.

Estos términos no definen una herejía particular sino una tendencia constante que empuja fatalmente, de siglo en siglo, a todas las escuelas heterodoxas a transformar primero la Liturgia de la verdadera Iglesia, y después querer destruirla, tratando de infiltrar en ella el genio de la destrucción.

Se trata, pues, de un resumen de la doctrina y práctica de la secta antilitúrgica respecto a la «depuración» del culto por ellos proclamada.

Dichas observaciones abarcan especialmente el periodo que va del siglo XVI al XIX. Lo sorprendente es la correspondencia de muchos de estos principios con los contenidos, implícita o explícitamente, en la Constitución litúrgica Sacrosanctum concilium, del conciliábulo vaticano II, en la nueva misa y en las reformas precedentes que condujeron a ellas.

Leamos, meditemos y retengamos la enseñanza de Dom Guéranger:

El componente antilitúrgico del Protestantismo

Con la llegada de Lutero, que nada dijo que no hubiera sido dicho con anterioridad, se pretendió liberar al hombre por una parte “de la esclavitud del pensamiento” respecto a la potestad de enseñar de la Iglesia, y por otra, de la “esclavitud del cuerpo” respecto al poder litúrgico.

Nos parece necesario resumir el camino seguido por los pretendidos reformadores protestantes en los últimos tres siglos (ya cinco) y presentar el conjunto de sus actos y de su doctrina sobre “la depuración del culto divino”.

Lo hace en doce puntos, que constituyen las principales características de la herejía antilitúrgica:

1º. La primera característica de la herejía anti-litúrgica es el odio a la Tradición en las fórmulas del culto divino.

Cualquier sectario que desee introducir una nueva doctrina se enfrenta inexorablemente con la Liturgia, que es la forma más alta y sublime de la Tradición; y no puede descansar hasta que haya silenciado esta voz, hasta que haya desgarrado las páginas que salvaguardan y transmiten la fe de los siglos pasados.

¿Cómo se establecieron y se mantuvieron el luteranismo, el calvinismo y el anglicanismo en la Misa? Todo lo que se necesitaba era la sustitución de los libros y fórmulas antiguas por nuevos libros y nuevas fórmulas, donde los Santos Padres y Doctores de la Iglesia no molestasen. De este modo nada obstaculizó a los nuevos doctores; podían predicar a sus anchas, pues la fe de la gente estaba indefensa.

2º. El segundo principio de la secta anti-litúrgica consiste en reemplazar las fórmulas de estilo eclesiástico por lecturas de la Sagrada Escritura.

Encuentran en él dos ventajas: primero, silenciar la voz de la Tradición, siempre temible; luego, un medio de propagar y apoyar sus “dogmas” por vía de negación o de afirmación.

Por vía de negación, silenciando, mediante una hábil elección, los textos que exponen la doctrina opuesta a los errores que desean resaltar.

Por vía de afirmación, al poner en luz pasajes truncados que muestran sólo un lado de la verdad, ocultando el otro ante los ojos de los fieles.

Esa preferencia dada por todos los herejes a las Sagradas Escrituras sobre las definiciones eclesiásticas no tiene otra razón que la facilidad que tienen para hacer decir a la Palabra de Dios todo lo que quieren, poniéndola en evidencia u ocultándola según el caso.

3º. Al ver que las Escrituras no siempre se inclinan como desean a todos sus propósitos, su tercer principio es fabricar e introducir fórmulas diversas (nuevas), llenas de perfidia, por las cuales los fieles son más sólidamente encadenados al error, y todo el edificio de la impía reforma se consolidará durante siglos.

4º. No debemos sorprendernos ante la contradicción que la herejía presenta en sus obras, cuando conocemos el cuarto principio o la cuarta necesidad impuesta a los sectarios por la naturaleza misma de su estado de rebelión: es una contradicción habitual en sus propios principios.

Así, todos los sectarios, sin excepción, comienzan reclamando los derechos de la antigüedad; desean liberar al cristianismo de todo lo que el error y las pasiones de los hombres han mezclado de falso e indigno de Dios.

Sólo quieren lo primitivo y pretenden recuperar la institución cristiana de los orígenes. Con este fin, podan, borran, cortan, todo cae bajo sus golpes. Y cuando esperamos ver de nuevo en su pureza el culto divino, nos encontramos abarrotados de nuevas fórmulas que datan sólo del día anterior y que son, sin duda, humanas.

Toda secta vive de esa necesidad: se encuentra entre los monofisitas, entre los nestorianos y en todas las ramas protestantes…

Destaquemos una cosa característica en el cambio de la Liturgia llevado a cabo por los herejes: en su rabia de innovación, no se contentan con hacer desaparecer las fórmulas de estilo eclesiástico, sino que corrigen y sustituyen incluso las lecturas y oraciones que la Iglesia ha tomado de la Sagrada Escritura, temiendo cualquier rastro de ortodoxia que ha presidido la elección de esos pasajes.

5º. Como la reforma de la Liturgia tiene el mismo objetivo que la reforma del dogma, de la que es consecuencia, se sigue que, así como los protestantes se han separado de la unidad doctrinal que han recortado, también han eliminado todas las fórmulas que expresan alguno de los misterios de la fe católica.

Han calificado de superstición todo lo que no les parece puramente racional, restringiendo así las expresiones de fe, obstruyendo, mediante la duda e incluso la negación, todas las vías que se abren al mundo sobrenatural.

De este modo, ya no hay sacramentos, salvo el bautismo, esperando el socinianismo que librará de él a sus adeptos; ya no hay sacramentales, bendiciones, imágenes, reliquias de santos, procesiones, peregrinaciones, etc.

Ya no hay Altar, sino simplemente una mesa; no más sacrificio, como en toda religión, sino sólo una cena; no más iglesias, sino sólo un templo como en los griegos y los romanos.

6º. La supresión de las cosas misteriosas en la liturgia protestante estaba destinada a provocar infaliblemente la extinción de todo espíritu de oración, que se llama unción en la liturgia católica.

Un corazón rebelde no tiene amor, y un corazón sin amor lo único que puede producir son expresiones pasables de respeto o temor, con la frialdad espléndida propia del fariseo, pero jamás un corazón ardiente de amor y de unción: así es el culto protestante.

7º. Al tratar noblemente con Dios, la liturgia protestante no necesita de intermediarios creados. Ella creería carecer de respeto por el Ser soberano invocando la intercesión de la Santísima Virgen y la protección de los Santos.

De allí viene que el protestantismo excluye toda esa “idolatría papista” que pide a la criatura lo que hay que pedir únicamente al Creador.

Por lo tanto, se impone un calendario litúrgico sin Santos.

8º. Como la reforma litúrgica tiene como uno de sus propósitos principales la abolición de actos y fórmulas místicas, se deduce necesariamente que sus autores deben reclamar el uso de la lengua vernácula en el servicio divino.

Este es uno de los puntos más importantes para los sectarios. El culto no es algo secreto, dicen. Las personas deben entender lo que están cantando.

El odio de la lengua latina está en el corazón de todos los enemigos de Roma. Ven en ella el bien de los católicos en todo el mundo, el arsenal de la ortodoxia contra todas las sutilezas del espíritu sectario.

9º. Al despojar a la liturgia del misterio que rebaja la razón, el protestantismo tuvo cuidado de no olvidar la consecuencia práctica, a saber, la liberación de la fatiga y la molestia impuestas al cuerpo por las prácticas de la “liturgia papista”.

No más ayuno, no más abstinencia, no más genuflexiones en la oración; no más obligaciones diarias en la recitación de las horas canónicas para el clero, en nombre de la Iglesia.

Esta es una de las formas principales de la gran emancipación protestante: disminuir el número de oraciones públicas y particulares.

10º. Como el protestantismo necesitaba una regla para discernir, entre las instituciones papistas, aquellas que son más hostiles a sus principios, era obligatorio buscar en los fundamentos del edificio católico y encontrar la piedra fundamental que sostiene todo.

Su instinto le hizo descubrir ante todo el dogma inconciliable con toda innovación: el poder papal.

Cuando Lutero escribió en su estandarte: “Odio a Roma y a sus Leyes”, no hizo más que promulgar, una vez más, el gran principio de todas las ramas de la secta antilitúrgica.

Por eso fueron abolidas en masa el culto y las ceremonias, como constituyendo la idolatría de Roma; la lengua latina, el oficio divino, el calendario con sus fiestas, el breviario, en una palabra: “todas las abominaciones de la gran ramera de Babilonia”.

11º. La herejía antilitúrgica, para establecer sólidamente su régimen tenía necesidad de destruir, por los hechos y como principio, el sacerdocio en el cristianismo. Porque ella presentía que donde haya un pontífice, hay un altar; y que donde hay un altar, hay un sacrificio; y que donde hay un sacrificio, hay un ceremonial misterioso.

Por lo tanto, después de atentar contra el Soberano Pontífice, era necesario atentar contra el carácter del obispo, del cual emana la mística imposición de manos que perpetua a la jerarquía sagrada.

De ahí un vasto “presbiterianismo”, que no es otra cosa que la consecuencia de la supresión del Soberano Pontífice.

A partir de ahí, no hay más sacerdote propiamente dicho: en efecto, ¿cómo la simple elección por la comunidad, sin consagración, constituirá un hombre sagrado?

Por ello, no hay más que laicos en el protestantismo. Y así debía ser, porque ha desaparecido la Liturgia.

12º. Finalmente, desaparecido el sacerdocio y la jerarquía, el príncipe es el único principio de autoridad entre los laicos, y se proclama jefe religioso.

Así, veremos que los reformadores, después de haber librado a la Religión del yugo espiritual de Roma, reconocen al soberano temporal como pontífice supremo, y le conceden poder sobre la Liturgia entre otras atribuciones del “derecho mayestático”.

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¡Ay, Bugnini!

Los jansenistas y los galicanos no llevan estos principios tan lejos como los protestantes, pero, sin embargo, tratan de incluirlos en el Misal y, sobre todo, en el Breviario.

Todos estos principios se encuentran en la práctica actual de la iglesia conciliar. Evidentemente, no en el mismo grado y con la misma claridad…; pero están allí, dirigiendo toda la reforma.

Que los nueve primeros se encuentran, basta leerlos para darse cuenta:

el odio a la Tradición en las fórmulas del culto divino.

reemplazar las fórmulas de estilo eclesiástico por lecturas de la Sagrada Escritura.

fabricar e introducir fórmulas diversas (nuevas).

la contradicción habitual en sus propios principios.

la eliminación de todas las fórmulas que expresan los misterios de la fe católica.

la extinción de todo espíritu de oración, de la unción en la liturgia.

la exclusión de los intermediarios creados.

reclamar el uso de la lengua vernácula en el servicio divino.

la liberación de la fatiga y la molestia impuestas al cuerpo por las prácticas de la liturgia.

Que se encuentran los tres últimos (el odio a Roma y a sus Leyes, la destrucción del sacerdocio, el reconocer al soberano temporal como pontífice supremo), un simple razonamiento lo demuestra…

Dom Guéranger desarrolla las tres últimas herejías antilitúrgicas, que llevan a negar la autoridad del Papa, de los Obispos y, lógicamente, cualquier forma de Sacerdocio.

Los reformadores actuales odian al Papado. La colegialidad, el gobierno democrático, especialmente a través de las conferencias episcopales, han debilitado totalmente el poder papal.

La supresión del sacerdocio se opera, no por un decreto, sino gradualmente, pues los sacerdotes se secularizan (total o parcialmente) hasta confundirse con los laicos; o, lo que lleva al mismo término por la vía contraria, los laicos se «sacerdotalizan».

Finalmente, el «ecumenismo político” y la «ostpolitik» del Vaticano se ocupan de someter la religión y el culto a los poderes temporales, sean liberales, sean comunistas.

La revolución litúrgica estaba virtualmente acabada, los principios constitutivos de la liturgia habían sido heridos, la nueva liturgia, salida de estos principios, sería necesariamente didáctica, evolutiva, democrática, libre y ecuménica.

Consideremos tres cuestiones importantes de esta herejía:

Recitación del Canon en voz alta

En un campo tan sensible como la Liturgia, las reformas no pueden hacerse brutalmente. Para hacer aceptar el uso de la lengua vernácula en la liturgia, los jansenistas hicieron recitar el Canon en voz alta.

Pero un Canon leído en voz alta en una lengua sagrada no tiene interés en sí mismo si no es, precisamente, el de incitar a reclamar el lenguaje vulgar o vernáculo.

Este método ya había sido usado exitosamente por Lutero y Calvino, y fue por eso que el Concilio de Trento había promulgado: Si alguno dijere, que se debe condenar el rito de la Iglesia Romana, según el cual se profieren en voz baja una parte del Canon, y las palabras de la consagración; o que la Misa debe celebrarse sólo en lengua vulgar …, sea excomulgado.

La introducción del Canon en voz alta es intentada por F. Ledieu, canónigo de Meaux, en 1709.

A las fórmulas de la consagración y de la comunión, agregó Amén, precedido de una R roja que significa Respuesta, y agregó esas R antes de todos los Amén del Canon. Por lo tanto, el celebrante debe leer en voz alta para que los asistentes respondan. Este misal fue prohibido por el Obispo.

Sólo las Escrituras

Los jansenistas atacan el Breviario, reemplazando las fórmulas eclesiásticas con citas de la Sagrada Escritura que refuerzan sus errores.

No son los únicos en obrar de esta manera: en 1680, Harclay, arzobispo de París, emprendió una reforma del Breviario. Mientras profesaba una oposición formal a las teorías jansenistas (incluso agregó lecciones que se oponían a las proposiciones de Jansenio), adoptó el método para apoyar el galicanismo.

El oficio de la Santísima Trinidad fue convulsionado, el propio del tiempo y el común de los Santos sufrieron modificaciones. Lo que manifiesta demasiado la autoridad del Papa se eliminó rápidamente.

La disminución del culto de la Santísima Virgen

El jansenismo continúa los ataques protestantes contra la mediación de los Santos. En 1720 aparece en París la obra de un ex párroco de Calais, M. Foinard. Quería un breviario compuesto especialmente de la Sagrada Escritura, sin repetición, muy breve. Él creó una nueva clase de fiesta, reservada para Jesucristo, donde no son admitidas las fiestas de los Santos ni la fiesta de Corpus Christi. Invocando la santidad del domingo, incluso impide celebrar en ese día las fiestas de Nuestra Señora. La Asunción y Todos los Santos ya no prevalecen sobre el domingo.

El calendario se reduce drásticamente. Los himnos Ave maris Stella y Virgo Dei Genitrix se modifican en el sentido jansenista, así como las fiestas de la Asunción, la Anunciación y la Natividad de María.

Las mismas tendencias anti litúrgicas se manifiestan en el resto de Europa: en Alemania, Febronius, auxiliar de Treves, difunde esas ideas. En Italia, es obra de Ricci, obispo de Pistoya, condenado como hemos visto, junto con su conciliábulo, por Pío VI en la Bula Auctorem Fidei, del 28 de agosto de 1794.

DOM GUÉRANGER: EL RESTAURADOR

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Dom Guéranger, defensor y restaurador de la Liturgia Romana

Como consecuencia de los ataques jansenistas y galicanos, la mayor confusión reina en Francia en materia litúrgica a fines del Siglo XVIII.

Después de la Revolución, el Concordato de 1801 redujo el número de diócesis y operó reagrupamiento de parroquias con diferentes liturgias.

La Restauración vio aparecer una multitud de breviarios y rituales, en desacuerdo entre sí.

Con estos cambios, la Liturgia, principio de unidad, que debe ser inmutable, universal y promulgada por una autoridad infalible, perdió mucho.

En un momento en que todo parecía perdido en este terreno en la iglesia de Francia, se presenta un monje, un erudito y un hombre de acción, quien, más por la exposición de la verdad que por las obras externas, será el motor impulsor de la restauración litúrgica en Francia.

Nada podemos comprender acerca de esta restauración ni sobre el Movimiento Litúrgico sin conocer y entender la personalidad y la obra de Dom Prosper Guéranger.

Y no lograremos ensamblar nada de la complicada concatenación de eventos de los que él fue protagonista, sin perfilar unos trazos de su carismática figura.

Nació en 1805 en Sablé-sur-Sarthe, en la región de la Loira, a escasos 2 km. de la destruida Abadía de Solesmes, cuyas ruinas tantas veces contempló de niño.

Hizo sus estudios primarios y secundarios en Angers y entró a los 17 años en el Seminario de Le Mans, en noviembre de 1822.

En 1826 recibió el subdiaconado y fue nombrado secretario particular del obispo de Le Mans, Monseñor De la Myre-Mory, a quien admiraba profundamente. A lo largo de su vida, únicamente la admiración que sentía por otro gran prelado, el Arzobispo de Burdeos entre 1802 y 1826, Monseñor Charles François d´Aviau du Bois de Sanzy, que mantuvo con tanto celo la liturgia romana en su diócesis, superará a la que sentirá por el prelado de Le Mans.

Ordenado sacerdote en Tours el 7 de octubre de 1827, pedirá permiso a Monseñor De la Myre-Mory para rezar y celebrar la Santa Misa según las fórmulas de la liturgia romana; y así comenzó a hacerlo el 27 de enero de 1828, fiesta de San Julián. Este mismo oficio sería el último que habría de rezar en la tierra 47 años más tarde.

El joven sacerdote Guéranger sigue a su Obispo en sus retiros parisinos a partir de 1827. Toda su vida se forjará en estos años de estancias en París: el gusto por la vida intelectual y por los estudios teológicos e históricos y, cómo no, el contacto con la Liturgia romana, que inició en Le Mans junto a las Damas del Sacré-Coeur.

En París conocerá a Lamennais, con quien tuvo cierta amistad, y los ambientes mennaisianos, con quienes comparte las tendencias antigalicanas, y que suscitará en él numerosos trabajos.

En 1829, con apenas 24 años, el joven Guéranger publica en el órgano de la escuela mennasiana, el diario “Mémorial Catholique”, cuatro artículos con el título “Consideraciones sobre la Liturgia”.

El gran Guéranger ya aparece en esas páginas en perfecta posesión de su vocación: todas las ideas que más tarde expuso con mayor amplitud se encuentran en esos artículos.

Con acento retador, que a esa edad podría parecer temeraria presunción, ataca las nuevas liturgias galicanas (Mémorial Catholique, 28 febrero 1830).

Esos son los primeros pasos hacia la restauración de la Liturgia romana. Un año más tarde, en 1831, publica un trabajo acerca “De la Elección y el nombramiento de los obispos”, en el que aposenta sus profundas convicciones romanas.

En París, Monseñor De Quelen le confía la administración de la iglesia de las Misiones Extranjeras, donde es Rector el Padre Desgenettes. Este encargará a su joven vicario predicar sobre el papel del Romano Pontífice en la Iglesia.

El encuentro con Gerbet, en noviembre 1831, y el mismo Lamennais será decisivo para el joven sacerdote: sostenido por el nuevo obispo de Angers Monseñor Carron, se lanza a la restauración de la vida benedictina.

El Padre Guéranger siente la llamada del claustro y funda, el 11 de julio de 1833, cerca de Sablé, en la diócesis de Mans, el Priorato de Solesmes, restaurando así la orden benedictina en Francia.

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Con tres compañeros funda, pues, dicho Priorato, bajo el patrocinio de San Benito, por medio de un reglamento precedentemente aprobado por Monseñor Carron, el 19 de diciembre de 1832.

Para muchos, Solesmes constituía la concreción de una manera ortodoxa del gran diseño mennasiano de una orden religiosa en vistas a un despertar de las ciencias eclesiásticas.

Eso chocaba profundamente con la mentalidad de aquellos con una idea asentada de la vida monástica que fuese esencialmente oración y penitencia, ascesis y mística, con total ausencia de vida intelectual.

No es de extrañar, pues, que para los enemigos de la Iglesia de aquel momento, con una gran intuición sobre lo que iba a representar Solesmes (como por ejemplo para los anticlericales del diario “Le Courrier Français”) la erección del Priorato de Solesmes, elevado en Abadía por el Papa Gregorio XVI el 1º septiembre de 1837, les sonase a un regreso a Francia de las órdenes eminentemente intelectuales.

Para Dom Guéranger la restauración de la vida monástica en Solesmes constituyó la primera realidad en el camino de la Restauración Litúrgica. La Liturgia le llevó al monacato; y Solesmes y todas sus fundaciones pusieron la Liturgia como el principio fundamental de toda su espiritualidad.

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Claustro de Solesmes

Además de la obra viva, el restaurador de Solesmes dejó dos obras escritas que no pudo completar: las “Instituciones Litúrgicas” y “El año litúrgico”.

Por la publicación y la defensa de las Instituciones Litúrgicas, que exponen la historia de la Liturgia sin ocultar las desafortunadas innovaciones de los siglos anteriores, restauró la unidad litúrgica en Francia.

Cuando apareció el primer volumen de las Instituciones Litúrgicas, en 1841, en el que se trazaba la historia de la Liturgia hasta el Concilio de Trento, los aplausos y las felicitaciones fueron unánimes.

Pero esta unanimidad se rompió al aparecer el volumen segundo, en el que el autor puso de relieve las desviaciones aparecidas en Francia en los siglos XVII y XVIII y cómo estas habían conducido a la desaparición en ella del Rito Romano.

Su trabajo de 1844 fue muy atacado, en particular por los obispos que caían todavía en las herejías anti-litúrgicas de los siglos precedentes.

La repercusión fue clamorosa, las adhesiones más sinceras se mezclaron con las injurias y amenazas.

Dom Guéranger respondió, no con insultos, sino con con moderación y respeto, pero con gran seguridad y firmeza, con argumentos históricos y doctrinales.

Poco a poco su ciencia y su ejemplo triunfan sobre el galicanismo y la ignorancia de los prelados.

Sin maniobras tras bambalinas, sin camarillas, casi sin premeditación, por la única exposición clara y vigorosa, vivió y discutió el verdadero espíritu litúrgico.

El resultado fue más halagüeño que el que él mismo había esperado: pronto una diócesis tras otra fueron adoptando la Liturgia Romana.

Dom Guéranger, en cincuenta años hizo triunfar en Francia la Liturgia Romana en toda su unidad y su esplendor, y despertó un nuevo entusiasmo por las oraciones de la Iglesia.

El Movimiento Litúrgico iniciado por Dom Guéranger se puede definir como la «renovación del fervor del clero y de los fieles por la liturgia».

Dom Guéranger se proponía dos objetivos:

1°) devolver al clero el conocimiento y el amor de la Liturgia Romana;

2°) intensificar la unión de los fieles a la Liturgia.

Para él, la Liturgia es, ante todo, confesión, oración y alabanza, y sólo en segundo lugar es enseñanza.

De este modo, guarda perfectamente la jerarquía de los fines de la Liturgia.

Este Movimiento Litúrgico será extendido a toda la Iglesia por San Pío X, enraizando en el alma de los fieles el espíritu litúrgico.

Este Movimiento Litúrgico, lanzado por Dom Guéranger y alentado por San Pío X, debía dar aún grandes frutos a la Iglesia. Sin embargo, en 1947, Pío XII lo acusó de llevar «ramas enfermas», y algunos de sus responsables defendían las teorías radicalmente opuestas a las tesis de Dom Guéranger…

La historia subsecuente del Movimiento Litúrgico es, pues, la de una desviación…

Es lo que estudiaremos, Dios mediante, en los próximos dos Especiales.