Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DEL QUINTO DOMINGO DESPUÉS DE PASCUA

Sermones-Ceriani

QUINTO DOMINGO DESPUÉS DE PASCUA

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: en verdad, en verdad os digo, que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo concederá. Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado. Os he dicho todo esto en parábolas. Se acerca la hora en que ya no os hablaré en parábolas, sino que con toda claridad os anunciaré las cosas del Padre. En aquel día pediréis en mi nombre; y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os ama, porque me amáis a mí y creéis que salí de Dios. Salí del Padre y he venido al mundo. Otra vez dejo el mundo y voy al Padre. Le dicen sus discípulos: “Ahora sí que hablas claro, y no dices ninguna parábola. Sabemos ahora que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por esto creemos que has salido de Dios”.

Viendo a sus Apóstoles afligidos por el anuncio de su partida, Nuestro Señor los reconforta y consuela prometiéndoles que no los olvidará y que todo lo que pidieren al Padre celestial en su Nombre se los concederá: En verdad, en verdad os digo, que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo concederá. Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado.

¡Promesa espléndida y totalmente digna de Dios! Pone en manos de sus discípulos la llave de los tesoros del Cielo.

En este Quinto Domingo de Pascua, que antecede los tres días de Rogativas, debemos preguntarnos: ¿en qué se funda la eficacia de la oración?

Está basada en la bondad de Dios, en su omnipotencia y en sus promesas.

Dios es un Padre infinitamente bueno, que nos ama, que conoce nuestras necesidades y que quiere ayudarnos y colmarnos con toda clase de bienes.

Dios, no solamente quiere ayudarnos, sino que también lo puede, puesto que es omnipotente.

Tenemos, además, su palabra y sus promesas. Se comprometió formalmente a concedernos lo que le pidamos en Nombre de su Hijo Jesucristo.

¡Que espléndidos motivos de fe y de firme esperanza para excitarnos a recurrir a Dios y para rezar sin cesar!

Comprendamos la eficacia de la oración… Seamos más asiduos y más entusiastas para rogar y recurrir a Dios en todas nuestras necesidades, en todo tiempo…

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Llegados a este punto, ya vislumbro las objeciones que se plantean contra la eficacia de la oración: “Yo he pedido tal cosa, y no la he obtenido”; “Hace muchos años que pido tal otra, y todavía no alcanzo lo solicitado”; “Pedí por la salud de mi madre (o de mi hijo), y murió sin mejoría alguna”…

Y a esto se agrega el Evangelio de la Misa de Rogativas, de estos tres días siguientes; el cual dice así:

Dijo Jesús a sus discípulos: Quién de vosotros, teniendo un amigo, si va éste a buscarlo a medianoche y le dice: «Amigo, necesito tres panes, porque un amigo me ha llegado de viaje, y no tengo nada que ofrecerle», y si él mismo le responde de adentro: «No me incomodes, ahora mi puerta está cerrada y mis hijos están como yo en cama, no puedo levantarme para darte», os digo, que si no se levanta para darle por ser su amigo, al menos a causa de su pertinacia, se levantará para darle todo lo que le hace falta. Yo os digo: Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, golpead y se os abrirá. Porque todo el que pide obtiene, el que busca halla, al que golpea se le abre. ¿Qué padre, entre vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? Si pide pescado, ¿en lugar de pescado le dará una serpiente? ¿O si pide un huevo, le dará un escorpión? Si, pues, vosotros, aunque malos, sabéis dar buenas cosas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre dará desde el cielo el Espíritu Santo a quienes se lo pidan! (Lc. XI, 5-13)

En San Mateo leemos algo distinto, sobre lo cual volveremos más abajo. Dice así: Si, pues, vosotros, que sois malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¡cuánto más vuestro Padre celestial dará cosas buenas a los que le pidan! (Mt. VII, 7-11).

Y para completar el planteo del problema, tenemos la parábola sobre la necesidad de orar siempre, sin desalentarse, que propuso Nuestro Señor:

Había en una ciudad un juez que no temía a Dios y no hacia ningún caso de los hombres. Había también allí, en esta misma ciudad, una viuda, que iba a buscarlo y le decía: «Hazme justicia librándome de mi adversario.» Y por algún tiempo no quiso; mas después dijo para sí: «Aunque no temo a Dios, ni respeto al hombre, sin embargo, porque esta viuda me importuna, le haré justicia, no sea que al fin venga y me arañe la cara.» Y el Señor agregó: Habéis oído el lenguaje de aquel juez inicuo. ¿Y Dios no habrá de vengar a sus elegidos, que claman a Él día y noche, y se mostraría tardío con respecto a ellos? (Lc. XVIII, 1-7).

De ahora en más me baso en los comentarios del Padre Castellani.

La primera parábola indica la condición fundamental del orar cristiano, que es la plena confianza en Dios como en un Padre, mayor que los padres terrenos.

Es menester, por un lado, que aquel a quien rogamos, quiera favorecernos; y por otro, que pueda. Y la bondad y el poder no pueden fallar en Dios, que es el Padre Celeste, si ni siquiera fallan en la imperfecta paternidad humana.

Eso enseña aquí Cristo; y otra cosa más: Dios no nos va a dar a comer una piedra, aunque se la pedimos creyéndola un pan; ni una víbora, incluso si pensamos que es un pescado.

El pan y la piedra se parecen; y un miope, como somos todos, puede confundirse.

Además de la confianza, la oración exige la perseverancia.

Jesucristo dijo que orásemos constantemente, e incluso sin intermisión (en cuanto es posible); que orásemos insistentemente, como la Viuda Fastidiosa y el Amigo Porfiado.

La dificultad comienza cuando Nuestro Señor dice: «De verdad os digo que todo cuanto pidiereis a mi Padre en mi nombre, será hecho» y «Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid pues para que recibáis, y vuestro gozo sea cumplido».

Para nuestro gusto (o poca fe o confianza), estas promesas concretizan demasiado las otras, un tanto indeterminadas, a saber: «Pedid y recibiréis; buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo aquel que pide recibe (alguna cosa), el que busca halla (algo) y al que llama le abren» (a veces).

En esta generalidad está bien: no dudamos de que Dios, que hizo los oídos, tiene oídos; que no es malo; y que si le hablamos como a un padre, algo saldrá de eso, y eso no será inútil.

Pero que «todo lo que pida será hecho», a nuestro sentido demasiado humano y terreno, le parece fábula… El cual exclama: “Si habré pedido yo cosas que no salieron; y otras que salieron al revés”.

Pero la palabrita diferente que pone en la parábola San Lucas resuelve el tremendo enigma de la «oración eficaz».

Porque Cristo promete que la oración siempre será eficaz; y la experiencia parece contradecirlo en éso.

Recordemos que San Mateo dice así: Si, pues, vosotros, que sois malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¡cuánto más vuestro Padre celestial dará cosas buenas a los que le pidan!

Pero San Lucas, literalmente igual en lo otro, dice aquí: Si, pues, vosotros, aunque malos, sabéis dar buenas cosas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre dará desde el cielo el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!

Lo esencial, y lo que condiciona todo el resto, y por lo cual se ha de pedir el resto (todas las otras cosas buenas, que al fin no son más que cosas), es el Espíritu Santo, la gracia, la salvación.

El resto es el «pan cotidiano» del Padrenuestro, que también hay que pedir…, pero después, en la cuarta petición.

Si el Espíritu Santo mora en nosotros, entonces «Él rogará a Dios desde el fondo con gemidos inenarrables», y obtendremos todo lo que pidamos en Él… Lo que en realidad pida Él para nosotros; lo cual se hará infaliblemente: pues entonces Dios pide a Dios, y sabe lo que pide y lo que debe pedir.

Si Dios escuchase materialmente todos nuestros caprichos, ocurrencias, deseos, aun lícitos, e incluso santos, nos tendría que dar muchísimas veces una piedra en vez de un pan, y una serpiente, que nosotros creemos un pez, y un escorpión que pensamos ser un huevo.

«Aut dabit quod petis, aut quod noverit melius»: todo está en cifra en esta fórmula de San Agustín: «O te dará lo que pides, o lo que Él sabe mejor».

La verdad es que eso mejor que Dios da, a veces es terriblemente duro y oscuro…

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Aquí entramos en un terreno muy complejo y enrevesado, e incluso a veces abrupto…

Para ilustrarlo, el Padre Castellani pone este ejemplo:

Hubo un hombre que se pasó la vida pidiendo a Dios una cosa que era buena para él y para los demás. Y resulta que nunca obtenía lo que pedía y siempre le iba de mal en peor.

Hasta que un día pensó: conmigo Dios no ha cumplido sus promesas.

Se compadeció Dios de él; y esa noche le mandó un Ángel en sueños que le mostró todo el mapa de su larga vida pasada; y él vio con asombro que todo lo que había pedido en serio a Dios, se había realizado de una manera secreta, pero real.

Estaba allí mirando estupefacto una cosa después de otra; y le preguntó al Ángel: «¿Cómo es que no me he dado cuenta?»

El Ángel respondió: «Porque tú pedías como hombre, y Dios concedía como Dios».

Comprendamos que el saber fundamental del hombre lo da solamente la oración…; se trata del pedir como Dios…, del dejar que el Espíritu Santo pida por nosotros y en nosotros… Y Él pedirá cosas buenas…

Dice el Hermano Rafael:

El estar colgado de la mano de Dios es la gran felicidad de la tierra. Ahora me he dado cuenta de que mi enfermedad es mi tesoro en el mundo. ¡Qué grande es Dios! ¡Qué bien dispone las cosas, cómo va haciendo su obra! No hay más que dejarse llevar. Créeme, es muy fácil. Y cuando llegues a no tener más deseos que los deseos de Dios, entonces está todo hecho, no hay más que esperar.

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Hemos visto las parábolas de la Oración Eficaz y Persistente; y hemos resuelto la dificultad que suscitan; la dificultad insidiosa no es otra que su aparente contradicción con la experiencia.

Las dos parábolas del Amigo Insistente y de la Viuda Fastidiosa tratan de la Oración Pertinaz, o sea Constante; que Cristo equipara a la Pertinacia; como equipara el acceder a Dios, al cansancio; humanizando a Dios para uso nuestro.

Con exageración sublime Cristo indica y manda que el hombre debe incluso «cansar a Dios», si fuera posible, y no cansarse él mismo de orar.

Estas dos parábolas refuerzan la solución de la dificultad planteada: «a veces no se cumple la promesa de la Oración Eficaz».

A veces no se cumple porque no oramos con constancia.

Es obvio que no se tiene que cumplir cuando «pedimos mal»: cuando pedimos una piedra creyéndola un pan, o bien una serpiente creyéndola un pez.

Santiago el Menor dice en su Epístola (IV, 3) Pedís y no recibís, a causa de que pedís mal: quia male petatis.

Después del Padrenuestro, San Lucas pone la parábola del Amigo Insistente: os digo, que si no se levanta para darle por ser su amigo, al menos a causa de su pertinacia, se levantará para darle todo lo que le hace falta.

La otra parábola es típica de las costumbres orientales; la moraleja es la misma, aunque más amplia al final y más clara al principio; y Dios es tipificado, no ya en un amigo perezoso, sino ¡¡como un juez inicuo!!

«Y les decía esta parábola, porque se debe siempre orar y nunca cansarse», dice Lucas al principio.

Y al final, inesperadamente, dice Cristo: ¿Y Dios no habrá de vengar (no hará justicia) a sus elegidos, que claman a Él día y noche, y se mostraría tardío con respecto a ellos? Os aseguro que les hará pronto justicia. Empero, cuando el Hijo del Hombre vuelva, ¿creéis que hallará fe en la tierra?

Este último versículo, imprevisto y como ilógico, amplía de golpe la perspectiva, y lo proyecta a la situación más apretada y angustiada de la humanidad, a los tiempos de la Parusía.

Ningún intérprete católico deja de ver en este último versículo una referencia al fin de los tiempos… Y bien está, dado que entonces, en esos últimos tiempos, la oración, importunando a Dios, tendrá que ser agobiante, casi desesperada.

Habrá en la gran mayoría falta de fe y adulteración de la fe, herejía y apostasía…

Y habrá fe verdadera en pocos; los cuales orarán con insistencia al Juez, reclamando justicia y venganza…

La fe estará como desaparecida; pero los pocos escogidos que quedarán han de orar de tal modo que lo harán retornar a Jesucristo: ¿Y Dios no habrá de vengar a sus elegidos, que claman a Él día y noche, y se mostraría tardío con respecto a ellos?

Dice el Apocalipsis: Cuando abrió el quinto sello, vi debajo del altar las almas de los degollados a causa de la Palabra de Dios y del testimonio que mantuvieron. Se pusieron a gritar con fuerte voz: «¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia y sin tomar venganza por nuestra sangre de los habitantes de la tierra?» Entonces se le dio a cada uno un vestido blanco y se les dijo que esperasen todavía un poco, hasta que se completara el número de sus consiervos y hermanos que iban a ser muertos como ellos.

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Dios es, pues, como las mujeres, quiere ser importunado…

Dice San Agustín: Pulsa, dare vult. Et quod dare vult, differt, ut amplius desideres dilatum, ne vilescat cito datum. Plus vult Ille dare quam nos accipere.

Golpea, Él quiere dar. Y lo que quiere dar, lo dilata, para que desees más lo dilatado, y no se desprecie pronto dado. Más quiere Él dar que nosotros recibir.

De este modo, además del primer caso de oración no cumplida, porque se pide mal, está el segundo caso, en que se pide poco.

Jesucristo les dice a los Apóstoles la noche de la Pasión: Hasta ahora no me habéis pedido nada.

Y le habían pedido por lo menos tres cosas; pero no buenas:

— una tener los primeros asientos en su soñado reino temporal;

— otra, que hiciese llover fuego del cielo sobre los samaritanos;

— tercera, que huyese de su cáliz, de ir a Jerusalén a la muerte.

Hasta ahora no habéis pedido nada; pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido.

Pedir bien… Pedir cosas grandes, con alma grande, con magnanimidad…

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Hay un tercer caso de petición no cumplida, en que se pide cosas buenas y grandes, y se pide con constancia y se pide toda la vida, inútilmente al parecer; es caso extraordinario…

Es el caso de los puestos por Dios en la noche oscura de los místicos, que es una especie de Purgatorio en vida.

Hay dos noches oscuras en el camino místico, la noche oscura del sentido, y la del espíritu, que es mucho más dura, y no solamente se parece al Purgatorio, sino que puramente lo es; y lo que en ella sufre el alma, según Juan de la Cruz, es indecible; y algunos no salen nunca de ella.

¿Por qué? Dios lo sabe, yo no lo sé, dice San Juan de la Cruz.

También Santa Teresa destaca que a algunos Dios los introduce un paso en el camino místico pasivo, y no los lleva más allá.

De suyo Dios da esa especie de contemplación negra para que el alma purgada llegue a los grados supremos de la contemplación, que es como un anticipo leve del Cielo; así como la noche lo es del Purgatorio.

Naturalmente, los que están en esa oscuridad viva, piden a Dios salir de ella, piden la luz; y algunos mueren pidiéndola.

Mas no es vana su oración, pues cada paso que han de dar, lo ven; aunque no ven ni el sol, ni el horizonte, ni todo el camino: chispazos fugitivos los atraviesan.

La noche oscura es solamente el llamado a los estados místicos, a la contemplación infusa; y de ella se puede no usar, o no usar bastante, o usar mal, como de toda gracia; lo que no se puede hacer es salir sin que Dios lo haga, como tampoco entrar en ella.

Jesucristo oró toda la vida a su Padre que «apartase de Él ese cáliz», como lo hizo ostensible y tremendamente en el Huerto.

Se puede decir que el hacerse hombre fue su noche oscura. Eso se ve en varios rasgos de su vida, por ejemplo, cuando le dijo a los hijos de Zebedeo: ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?; o en el enojo contra Pedro cuando éste lo exhortaba a huir de su Cáliz.

Su naturaleza humana repugnaba al dolor como cualquiera de las nuestras; y el Padre no lo escuchó hasta la Resurrección.

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Si, iluminados por el Espíritu Santo, comprendemos la eficacia de la oración, para obtener todas las ventajas posibles de ella, debemos esforzarnos por rezar de una manera digna de la divina majestad a la cual nos dirigimos…

Ahora bien nuestra oración sólo será buena y agradable a Dios si reviste las siguientes calidades o condiciones: la atención, la humildad, el fervor, la confianza y la perseverancia…

Roguemos, pues, mucho y siempre, puesto que el rezo es el alimento de nuestra alma, nuestra arma defensiva y ofensiva contra el demonio y las tentaciones, la llave de los tesoros de Dios, nuestro gran medio de santificación y de salvación.

Pero tengamos cuidado de que nuestros rezos sean buenos, es decir que tengan las cualidades necesarias, para ser escuchados por Dios.

Como resumen, recordemos la anécdota que cuenta el Padre Castellani en la Parábola de La Providencia:

Sensiblemente, yo no tengo mucha experiencia de la Providencia; sensiblemente más bien me siento como el vasco que se desborregó al abismo, y se colgó de una rama.

— ¡Gracias a Dios —le dijeron— que te has salvado!

— ¿Gracias a Dios?, replicó el Vasquito. ¡Gracias a la rama! Que de Dios la intención, arrepoa iñaki, a la vista estaba.

Y sin embargo, de vez en cuando veo un hilito finito en mi vida, que es la Providencia; y es un hilito de oro. La mejor Providencia de Dios es en forma de hilo o rama.

Estar colgado de Dios es mejor que pisar fuerte la tierra del Mundo. El hilito de oro no se corta y Dios no lo suelta.

Cristo en la Escritura es llamado «Rama» o «Vástago de Dios».

¡Gracias a la rama! No blasfemó mucho el vasco.

Tenía razón el Hermano Rafael: El estar colgado de la mano de Dios es la gran felicidad de la tierra