MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI
EL SILABARIO DE LA MORAL CRISTIANA
Capítulo Quinto
EN EL CAMPO DE BATALLA
La ley cristiana del Amor, la que se actúa en la virtud practicada en la vida, es un ideal que no basta soñarlo o saludarlo con tiernas lagrimitas invocadoras, sino que, como lo hemos dicho, debe ser realizado entre dificultades, entre luchas, y, por desgracia, alguna vez entre derrotas.
«El mundo, el demonio, la carne» —el ambiente que nos rodea, los espíritus rebeldes, nuestro yo— todo nos arrastra lejos del Sol del Amor. Las «tentaciones» se renuevan constantemente. Para trocar en realidad el ideal divino, es necesaria una lucha continua.
La ocasión está siempre dispuesta a sorprendernos. Reflexionando en el pasado, vemos con cuanta frecuencia nuestro desarrollo y nuestros progresos han dependido de circunstancias mínimas, de ocasiones que hemos tomado como pelota al vuelo. Un momento de esfuerzo en un conflicto, os da un héroe; un instante de debilidad, un traidor.
Y los combates no terminan jamás; se suceden, se turnan, se cambian, continúan incesantemente. La batalla de la vida —recuerda Lacordaire— hacía exclamar a Séneca con frecuencia: «He aquí un espectáculo digno de Dios» —Ecce par Deo spectaculum— y a San Pablo: «Hemos sido hechos espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres».
No podemos tener la vana pretensión de describir todos los combates que se desarrollan en la intimidad de las conciencias; sólo queremos dirigir una mirada al campo de batalla cotidiano, para convencernos de que todo conflicto se reduce, en último análisis, a un conflicto entre el amor a Dios y el amor a lo que no es Dios.
***
I
EL CRISTIANISMO
Y EL EGOÍSMO DEL ESPÍRITU
El primer combate importante, que cada hombre debe sostener, es atinadamente llamado por Gratry: «el del egoísmo del espíritu».
Nuestra alma debería ser un santuario consagrado al Señor; en cambio, en el altar del corazón, nosotros colocamos un ídolo: nuestro pequeño yo.
Entonces dos normas están frente a frente y a cada momento chocan entre sí: la moral cristiana ordena amar a Dios sobre todas las cosas y a todo por Dios; el egoísmo del espíritu responde: ama tu yo sobre todas las cosas y a todo lo demás ámalo sólo por tu yo.
De aquí la soberbia, el primero de los pecados capitales; de aquí la vanagloria, el amor propio —como dice la ascética con una palabra maravillosa, expresión de la antítesis indicada—. Y como consecuencia de este enemigo, surge un mundo de defectos y de culpas, que son sus fatales secuelas.
***
a) El pequeño yo y Dios
«Vivimos en el egoísmo —exclama Gratry en su obra La connaissance de l’âme— ¿quién puede fingir ignorarlo?… ¿Acaso puedo no ver que me prefiero a los demás, al orden, a la justicia y a la verdad, por lo tanto a Dios, y que no sólo me prefiero a mis semejantes, sino que permito un gran sufrimiento de otro por un poco de felicidad propia? Más aún, ¿puedo negar la historia cuando me dice que algunas almas gustaban de intensificar su alegría con el dolor de los demás; cuando comprueba el hecho tan general de la sangre humana mezclada con las grandes orgías y cuando me señala no sólo a procónsules que hacían asesinar a los esclavos durante sus banquetes para placer suyo y de sus cortesanas, sino también a pueblos enteros, ebrios de alegría y de placer con el espectáculo de gladiadores que se degollaban entre sí? ¿Acaso esto no es egoísmo?
Descienda cada uno a su propio corazón.
¿Quién no ha tenido en su vida, alguna hora de feroz pasión, en la que se habría aceptado la destrucción del género humano, para vivir a ese precio en la satisfacción de la propia concupiscencia? Todos los hombres han podido sentirse, en alguna ocasión, hermanos de Nerón, que incendió a Roma para su placer, o de Calígula, el cual deseaba que la humanidad tuviese una sola cabeza para poder cercenársela. En casi todos los corazones hay un Nerón, si no desarrollado, al menos en germen…
Nacemos injustos, dice Pascal, porque cada uno tiende a sí mismo. Esto es contra todo orden… La inclinación hacia sí es el principio de todo desorden, en la guerra, en la política, en la economía. Muy ciego es quien no odia en sí este amor propio y este instinto, que lo lleva a colocarse sobre todo.
Pascal, como Platón, como Malebranche y como todos los verdaderos filósofos, ha observado que nacemos y vivimos en un estado de egoísmo absurdo y monstruoso, que consiste en querer hacer de nosotros en todo el centro, el principio y el todo. Por esta ilusión extraña, pero potente, «casi todos los espíritus que piensan, viven aislados, Cada uno, en el centro de su esfera, no ve sino a sí mismo; los demás, a lo lejos, se le aparecen cual astros de la noche que se entrevén sin comprenderlos; y cuando en los saltos del pensamiento actual nuestro propio sol se levanta y se percibe directamente y sin nubes, en nuestro cielo se eclipsan también los débiles indicios de los soles más cercanos. Sí: nosotros somos el sol; los demás espíritus son estrellas eclipsadas por el día».
La punta de nuestra nariz es así el centro del universo. Al amor a Dios que implica el amor al prójimo y que desearía hacer de todos un único cuerpo viviente, se sustituye el egoísmo y por esto la disgregación, la dispersión, la oposición, el odio, con los diversos frutos envenenados que de él derivan.
De ahí las autoincensaciones, con las que uno se asemeja a los antiguos globos inflados con peligro de estallar.
De ahí las ambicioncillas del que desprecia la recomendación de San Francisco de Sales:
«No imites a la araña que es la imagen de los orgullosos, imita a la abeja, símbolo de la vida humilde. La araña teje su tela a vista de todos, jamás en secreto; la hila en los jardines, de un árbol a otro, y en las casas en las ventanas, en los techos, en una palabra, a los ojos de todos; parécese en esto a los vanidosos y a los hipócritas, que todo lo hacen para ser vistos y admirados por los hombres… Las abejas son más sabias y prudentes: fabrican su miel dentro de la colmena, donde nadie puede verlas; además allí construyen muchas celditas, en las que hacen adelantar su trabajo secretamente; lo que nos representa acabadamente al alma humilde, encerrada siempre dentro de sí, no deseosa de gloria o de alabanza por sus acciones, sino cuidadosa de ocultar sus proyectos, satisfecha con que Dios vea y sepa lo que ella realiza».
Por lo demás, el procedimiento es lógico: si no se obra por amor a Dios, se procura «ser vistos por los hombres», no obstante la reprobación de Jesús en el Evangelio.
Y la adoración del propio yo, centro del mundo, tomará formas variadísimas. Será el culto exagerado de la propia belleza o de la propia fuerza. Sera la jactancia de poder llevar dijes y alhajas, no recordando lo que observaba también el dulce espíritu de Sales: «¿Acaso el mulo deja de ser una pobre bestia, porque esté cargado de adornos preciosos?»
Serán los excesos de la moda ridícula y obscena. Serán las ansias exasperadas de gloria, honores, éxitos. Serán celos y envidias, más o menos hábilmente cubiertos con velos benignos.
El Mercure de France publicaba, pocos años hace, una sabrosísima anécdota. Sarah Bernhardt, aunque consagrada ya artista insuperable que había alcanzado la más alta celebridad, sentía profunda envidia hacia todos los que podían disputarle el primado por ella retenido. Los laureles que Eleonora Duse recogía en todo el mundo turbaban los sueños de la gran trágica francesa, quien voluntariamente habría deseado practicar la opinión de Medea: «Yo sola y basta».
Esta envidia de oficio era tan profunda en Sarah Bernhardt que muchas veces no lograba disimularla, como sucedió en 1897, al presentarse Eleonora Duse por primera vez en París, en una velada de gala pro-monumento a Alejandro Dumas hijo, en el teatro de la Renaissance.
En aquella velada —dice el Mercure de France— la Duse estuvo admirable. Sarah estaba entre bastidores, espiando a través de un rasgón de la tela los movimientos del público y la vivacidad de la Duse. A cada momento estallaban entusiastas los aplausos de la sala y Sarah Bernhardt se mostraba visiblemente alterada, como si una descarga de fusilería enemiga fuera dirigida contra su persona. Rodeábala un grupo de familiares, los cuales por complacerla afectaban sacudir los hombros y sonreír cada vez que la Duse era aplaudida. Uno de éstos, apartándose en cierto momento del grupo, se puso a pasear tras los telones, imitando con ridícula caricatura los gestos de la gran actriz italiana, las contracciones de su rostro, su paso algo defectuoso. Y Sarah, al verlo, lo aprobó con una sonrisa, sin sospechar, la infeliz, que después ella misma cojearía más aun, porque le cortarían una pierna.
Sin embargo, al salir la Duse de la escena, Sarah la recibió entre sus brazos. Pero era por el público. Gran cantidad de personas había subido al escenario a felicitar a la italiana: debía, pues, disimular su rencor, al menos por orgullo. Con la exageración característica de la gente de teatro, Sarah Bernhardt colmaba de besos a la Duse y le decía con efusión: —¡Divina!… ¡Ah! querida, has estado divina…
Y Sarah estrechaba contra sí a la Duse con tanta vehemencia, que los presentes recordaban el famoso verso: «J’embrasse mon rival, mais c’est pour l’étouffer…»
Nada ridiculiza tanto a los grandes hombres y a los pequeños, como este egocentrismo. Piénsese, por ejemplo, en Cola di Rienzo, lloroso porque ya no vivían los grandes de otros tiempos y su sublime justicia, desesperado porque no había nacido catorce siglos antes, convencido de ser el restaurador de Roma y de Italia, el campeón de la libertad y el redentor de la humanidad, mientras databa sus cartas en el Capitolio en el año primero de la nueva república y se ceñía la frente con seis coronas: con hojas de encina, de hiedra, de mirto, de olivo, de laurel y de plata dorada.
Piénsese en nuestro gran Petrarca, gloria de nuestra literatura. Hasta el cantor de Laura se hizo compadecer, al pretender no ser deudor de nada a sus contemporáneos, ni querer ser comparado a ninguno de éstos, rehusando a otros la gloria de su tiempo. No gustaba —así al menos se dijo— que se le hablase de Dante y de la Divina Comedia; estando en Milán, al comenzar la peste, estoicamente declaró al médico que no se debía huir de la muerte y luego se refugió en Padua y en Venecia; se irritaba contra sus críticos, diciendo: «se han atribuido el derecho de juzgarme; en verdad, no sé quién les ha dado ese derecho». Eran muecas del orgullo.
Y, ¡paciencia, si se tratase sólo de esto! El egoísmo del espíritu no sólo nos cubre de ridículo, como puede demostrarlo con ejemplos risueños quien siempre ha vivido encerrado en su aldea, sino que nos conduce también a mil disparates, más o menos graves y groseros, según las tareas confiadas a nuestra persona.
Individuos semejantes a Ícaro, que pretenden volar con alas de cera; familias arruinadas con pretensiones extravagantes sugeridas por el amor propio; conciencias perdidas, que, con tal de satisfacer el propio egoísmo soberbio, han recurrido a todos los medios, aun a los más indecorosos e ilícitos; rebeliones contra la autoridad de los progenitores y desprecio de toda autoridad, cualquiera sea ésta: estas culpas y estos delitos son exigencias del ídolo imperioso y exigente, cual es nuestro yo.
Detengámonos en un caso concreto y frecuentísimo, ilustrado por Gratry: el caso del joven estudiante.
Frecuenta éste el Liceo, o las Escuelas Normales, o, si se quiere, la Universidad; o sea, comienza a acercar, sus labios a la copa de la cultura. Pronto se embriaga.
Resuelve todos los problemas. Para él no existen enigmas en el universo; no hay grandes hombres, sino de nombre. Os discute la grandeza de Dante, de Aristóteles, hasta de Cristo: os dice seriamente que ya no cree. Escudriñad su estado de alma: está verdaderamente convencido de tener mayores luces, mayor conocimiento del hombre y de Dios, que San Agustín, Santo Tomás, Dante, Bossuet, Pascal, Manzoni.
«Todo esto le parece oscura noche: allí nada ve; y por el testimonio de sus ojos, que no alcanzando hasta allá, en realidad nada ven, juzga que todo el pasado es sólo noche… Quienquiera haya tratado con jóvenes y haya recibido sus confidencias íntimas y sinceras, sabe estas cosas.
El niño se manifiesta: para él maestros, progenitores, Iglesia y tradición, grandes hombres, grandes autores y grandes siglos, todas estas autoridades nada son, no han existido; todo esto para él es sólo mentira, necedad, hipocresía, superstición, tinieblas: sólo él sabe a qué atenerse y de hecho se atiene. A ce compte et en ce sens —prosigue Gratry y lo citamos en francés para no ofender a nadie— que d’hommes demeurent écoliers toute leur vie !»
Éste es el hecho. Podemos reír, pero debemos reconocer que, cuando cursábamos el liceo, no nos arredraba la tarea de resolver las diversas cuestiones filosóficas o religiosas, artísticas o literarias; para cada problema teníamos en el bolsillo una solución neta, precisa, concluyente, infalible, más aun, tan infalible que también debíamos modificarla o cambiarla cada vez que cambiábamos pañuelo; aún no dudábamos jamás de nuestro señor yo. Dudar de todos, sí: era justo, intuitivo; era el deber del hombre moderno después de Descartes y su duda metódica; lo único de que estábamos seguros, de que no sospechábamos absolutamente, era de este bendito yo, soberbio e ignorante, no obstante las cuatro palabras griegas o los cuatro rudimentos que nuestros infelices profesores con dificultad pegaban en nuestra memoria, como un manifiesto en los muros de una ciudad. ¡Y pensar que nos explicaban el problema del conocimiento!… Se apasionaban haciéndonos comprender cómo Manuel Kant había renovado la revolución copernicana: ya no era el sujeto quien gira alrededor del objeto, era el objeto lo que gira alrededor de nosotros; y nos sumergíamos en nuestro yo en busca de las categorías a priori y… lo único que desconocíamos era realmente este… pésimo sujeto que es nuestro ánimo con su soberbia.
No quiero considerar las desastrosas consecuencias del egoísmo de espíritu y de la sustitución del amor de Dios con el amor propio. Satanás —la figura típica del orgullo— cayó precipitado en el infierno; nosotros también por el mismo pecado con frecuencia nos precipitamos en el abismo de los desengaños, de las amarguras, de las inquietudes, de las necesidades. El egocentrismo nos hace creer con mayor fuerza de las que en realidad tenemos y despreciar las dificultades que por desgracia existen.
Por esto mientras celebra sus triunfos en el reino de la imaginación fantástica, todo marcha admirablemente; pero en cambio cuando desciende al terreno práctico, ¡entonces son los dolores y los desastres!
Y hasta en la más risueña de las hipótesis, aunque se llegue al triunfo del propio yo y a conseguir la veneración de los demás, no se alcanza la paz del alma y la alegría. Aun los pocos que han alcanzado las altas cumbres del monte de la gloria, repiten con Cordelia: «Aquellas rocas, que parecen de diamante y que brillan a los rayos del sol, están formadas con lágrimas; sus entrañas no son sino corazones desgarrados y ensangrentados». No es el caso de recordar la confesión de un Bismarck quien en Friedrichsruhe en 1895 decía a sus admiradores dispuestos a festejarlo:
«Señores, debo deciros que durante mi vida no he sido verdaderamente feliz ni siquiera veinticuatro horas. Mi mayor alegría la tuve al matar la primera liebre».
No es el caso de evocar la lamentación de Goethe, poco antes de morir, en sus Gespräche mit Eckermann:
Mi vida, en realidad, ha sido sólo pena y trabajo; puedo afirmar con seguridad que en setenta y cinco años de vida no he tenido cuatro semanas de verdadera alegría. Ha sido como el eterno rodar de una piedra, que siempre debía ser levantada».
Por último, llega la muerte y ante ella el egocentrismo se diluye, se desvanece. Lo ha advertido hasta Fierre Loti, en uno de sus libros de viaje, al oír desde su camarote los cañonazos anunciadores de la muerte de la reina Victoria de Inglaterra, el 17 de enero de 1901, mientras el Redoutable se acercaba a Nagasaki.
El cañón había tronado durante todo el día.
«Al anochecer, cuando el verdadero crepúsculo se añade a la penumbra de las nubes y de la lluvia, el cañón poco a poco se calma. Con largos intervalos algún cañonazo rumorea aún, prolongado por el eco. Después con la noche que llega, un silencio infinito cae sobre esta muerte: se ha doblado la página de la historia; la anciana dama orgullosa comienza su eterno descenso, tal vez a la paz, ciertamente a la ceniza y al olvido…»
Y las inscripciones sepulcrales, no sólo para los grandes, sino también para los pequeños y los microcéfalos y sobre todo para éstos, podrían ser así:
«Aquí yace el… o la… que creía ser el centro del universo…»
***
b) Una objeción
¡No!, nos parece oír. ¡Mil veces no! |No es necesario destruir este nuestro pequeño yo! ¡Es éste lo más necesario y lo más vital! Si no existiese el resorte de lo que la moral cristiana llama «orgullo» o «amor propio», la historia se movería en una atmósfera gris de estúpida tranquilidad y de indolencia espiritual. Son las agitaciones de la ambición, de la envidia, de la soberbia las que sacuden al mundo. Son las orgullosas afirmaciones del propio yo, la que crean energías, despiertan entusiasmos, dan fuerzas para afrontar sacrificios, para realizar obras inmortales. Una muchedumbre de humildes sería un rebaño de bobos.
Y me parece ver a Zaratustra avanzando «fuerte y radiante como un sol matutino», y dirigiéndose no a la grey de miserables esclavos, sino a los elegidos en cuyas venas circula sangre divina, a las almas orgullosas alrededor de las cuales revolotea el perfume de los mares, a las naturalezas fuertes y titánicas que pueden soportar el aire de las alturas y que, dotadas de valor, no conocen pusilánimes vilezas. Busca compañeros, no cadáveres, y ni siquiera rebaños o creyentes. Busca creadores como él, hombres que inscriban nuevos valores sobre nuevas tablas. Sólo a éstos dice Zaratustra: «Os enseñaré el Superhombre… Os conjuro por mi amor y por mi esperanza: no arrojéis al héroe que está en vuestra alma; ¡creed en la santidad de la más alta esperanza!»; y entona un himno a la vida y a la hermosura, a la exaltación de la propia individualidad, al sobrepujamiento del hombre; a una vida exuberante, lujuriante, tropical, que sea continuo desarrollo, ilimitado progreso, perpetuas tendencias a nuevas afirmaciones, a ascensiones más elevadas, a conquistas más dulces; a una vida potente, hermosa, artísticamente hermosa; a la acción, a la actividad heroica, a la energía, a la Wille zur Macht, al deseo de dominio, a la fuerza, en una palabra al propio yo. ¡Ay de quien lo toque!
***
c) La humildad y el amor
El Superhombre no debe atemorizarnos. Sobre su frente lleva la señal de la lepra.
¡Oh! Reconocer que Dios, y no nuestro yo, es el centro de la realidad, ¿equivale por ventura a condenarnos a una vida de pereza espiritual y de vileza, a aniquilar las fuerzas individuales, a extinguir el deseo de conquista y de desarrollo?
No, ciertamente. Nosotros también queremos la actividad y la vida. Y es el mismo Dios blasfemado —escribía yo en otro lugar—, es «el doloroso Dios que no ama al sol», que nos ha señalado un Sol infinito de perfección y nos ha dicho: —¡Imitad! Sed perfectos como el Padre que nos sonríe desde el azul del cielo. Es nuestro Dios quien nos inculca «hacer la vida propia, como se hace una obra de arte», pues la vida humana es como un poema, del cual cada año escribimos un canto, cada día componemos un verso; poema que debe ser magnífico y hermoso, inspirado en el soplo del amor divino. Es nuestro Dios quien suscita el heroísmo, pues «en la moral común, según se ha observado con acierto, hay cuanto se requiere para ser héroes»; hay cuanto se requiere para dar la propia vida por la patria y por el ideal, para realizar en tiempos de miseria y de peste, como en Milán, los prodigios de Carlos Borromeo (santo que en su escudo y en su vida tuvo como palabra de orden: humilitas) o para zarpar con Cristóbal Colón en busca del descubrimiento de nuevos mundos…
¿Cuál es, pues, la diferencia entre el soberbio y el cristiano?
El soberbio dice: el verdadero Dios soy yo: todo depende de mí.
El cristiano responde: no, no soy yo quien ha creado el mundo, me he dado la existencia y las dotes que poseo, la inteligencia, la voluntad, la actividad que me devora y me alienta. En todo esto saludo el amor de Dios por mí. Sería una humildad falsa y pueril la de no ver y no reconocer en nosotros lo que Dios nos ha dado; sería una injuria al amor de Dios; Él nos ha hecho un don que no podemos despreciar, ni descuidar. Humildad es verdad; pero, al mismo tiempo, sería necedad pretender que lo que tengo, es creación mía. «¿Qué tienes —exclama el Apóstol Pablo— que no hayas recibido? Y si es así, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?»
El soberbio dice: yo soy grande; si no tuviese fe en mis fuerzas, nada haría.
El cristiano responde: yo soy un conjunto de fuerza y de debilidad, de buenas inclinaciones y de malos instintos. Si me miro a mí mismo, debo escribir mis Confesiones con Agustín y exclamar con una santa, que había pedido a Dios la gracia de conocer su alma y había sido escuchada: «Basta, Señor, basta, porque de lo contrario me acobardo». Es insensatez no formarse conciencia de las propias deficiencias y al mismo tiempo es muy peligroso. Es verdad que tengo una voluntad preciosa de la que depende mi resolución y es también don del Amor de Dios; pero es verdad asimismo que las dificultades son múltiples y graves. Sin embargo, éstas no deben aterrarme. Deposito mi confianza no en mi yo humano, sino en mi yo divinizado por la gracia, fortificado por Dios, y entonces puedo exclamar con San Pablo: «Todo lo puedo en Aquél que me conforta».
El soberbio dice: los demás existen para mí.
El cristiano responde: no; los otros existen para Dios y yo los debo amar como a hermanos. ¡Cuántas deudas de gratitud tengo con mi prójimo! Soy deudor a los demás de la vida, de la civilización, de la cultura, de mil y mil cosas más.
El soberbio dice: puedo aplastar a los demás con pie inexorable y servirme de ellos como de escabel, puedo sacrificar por mí a los demás.
El cristiano responde: no; no tengo derecho a sacrificar a nadie; antes debo sacrificarme yo mismo por mi prójimo. Sólo así haré algo grande para mí, para mi familia, para la patria, para la Iglesia.
Una vez más: la diferencia entre el soberbio y el cristiano no reside en la voluntad de vivir, en la audacia de la acción, en la extensión de los programas, en la solidez de los propósitos, en la generosidad de los esfuerzos.
Nadie debe ser más audaz que quien vive unido a Dios y se siente poderoso con su poder. Nadie contempla horizontes más serenos y más extensos que quien abre la ventana de su alma y no está encerrado en su egoísmo.
La diferencia reside en el objeto del amor: el soberbio se ama a sí mismo; el cristiano ama a Dios y a sí mismo y al prójimo en Dios.
Obrando así el cristiano no va a su aniquilamiento, antes bien va a su grandeza; no se acobarda ante ninguna empresa con tal de que Dios lo llame a ella; concede un valor eterno a su vida, pues ésta es una contribución positiva a una obra, ante la cual, con más razón que el artista antiguo ante la suya, puede exclamar: laboro æternitati.
En una palabra: la humildad es grandeza de amor y de caridad; el orgullo es egoísmo del alma.
***
d) La moral autónoma
Sin embargo, los sacerdotes de aquel terrible ídolo, el egoísmo del alma, no se dan por vencidos. Y especialmente en nuestros días, recurren a la afirmación tantas veces repetida —desde Kant hasta los idealistas contemporáneos— de nuestra autonomía, como conditio sine qua non de la ética.
Sin hacer aquí una discusión filosófica y una crítica de los diversos sistemas, podemos afirmar que el pensamiento fundamental, común a todos, se puede expresar en los siguientes términos.
¿Cuál es el secreto que explica la influencia fascinadora de Manuel Kant? ¿Por qué, durante su vida, muchos iban en peregrinación a Koenigsberg para verlo y consultarlo? ¿Por qué aun hoy la corriente idealista lo saluda como padre y muchos se conmueven sobre su tumba, repitiendo las célebres palabras: «Dos cosas llenan el alma de admiración y veneración siempre nueva y creciente, cuanto más frecuente y más detenidamente la reflexión se fija en ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí»?
¿Por qué el idealismo, desde el comienzo del siglo XIX hasta nuestros días, ha podido penetrar con frecuencia en las almas y ha podido pretender sintetizar toda la cultura moderna?
Lo que constituye el secreto de estos aparentes triunfos es la grandeza y la dignidad del hombre. El espíritu humano es algo grande y es artífice de su valor en sí mismo. Un sentimiento innato de la propia soberanía canta en nosotros: cada uno debe conquistarse por sí mismo la verdad que es digno de poseer y todo el mérito de las buenas acciones que es capaz de realizar. Debemos esperarlo todo de nosotros mismos y sólo de nosotros mismos: nuestra dignidad y nuestra grandeza espiritual dependen del desarrollo ininterrumpido de nuestras energías fecundas, de nuestra libre investigación intelectual, de nuestras sucesivas conquistas morales: del hombre y no de Dios. Depende de nosotros —insistirá Kant y su palabra aún hoy día es repetida— «el valor que la humanidad puede y debe procurarse mediante la moralidad»; y por esto «la autonomía de la voluntad es el único principio de todas las leyes morales y de los deberes correspondientes».
No es Dios quien me obliga a observar la ley moral; soy yo que me impongo esa obligación. De otro modo yo me sentirla aplastado por un peso inmenso, me sentiría envilecido por una orden tiránica, me sentiría completamente anulado por Dios y sus imposiciones. Dios, muy lejos de ser la base de la moral, sería su negación absoluta, si yo debiese obrar conforme al deber, sí, pero por Él, y no sencillamente por el deber. ¡Sólo cuando obro por puro respeto a la ley moral, me siento grande, me siento hombre y no esclavo!
De este principio surge calurosa y conmovida la invocación al deber del filósofo de Koenigsberg:
«¡Deber! Nombre excelso y sublime, que no encierras en ti nada de lo que agrada y lisonjea, pero exiges la obediencia; que para mover la voluntad no tienes en ti ninguna amenaza que despierte aversión natural y aterre, pero sólo impones una ley, la que por sí encuentra entrada en el alma y conquista por sí, a pesar nuestro, la veneración (si no siempre la obediencia), y ante la que callan las pasiones, aun cuando continúen en secreto la lucha contra ella; ¿cuál es el origen digno de ti y dónde se encuentra la raíz de tus nobles principios, que orgullosamente rechaza todo parentesco con las pasiones y es la única fuente de aquel único y verdadero valor que los hombres pueden darse por sí mismos?»
Y el idealismo, con Kant, contesta esta pregunta indicando nuestra personalidad humana y meramente humana.
El amor de sí mismo, en la forma más austera y más seductora, es de esta manera opuesto al amor a Dios. Y el hombre, colocado en este camino, ha llegado a proclamarse Dios.
Lo trascendental y lo sobrenatural han sido negados. En la historia de la cultura jamás se ha realizado una negación más completa y decisiva del Cristianismo.
***
e) El Cristianismo y nuestra autonomía
El cristiano no escucha las voces encantadoras de las sirenas idealistas, porque se dice a sí mismo:
No te ilusiones. No fantasees. No desatines. El hombre no es, ni tú tampoco eres, el centro del universo.
En verdad tienes un pensamiento; tienes una voluntad libre; puedes desarrollar tu inteligencia y tus energías; más aún, ¡debes hacerlo! ¡Ay de ti si dejas ociosas las fuerzas que posees! Fracasarías en la vida.
Pero tu misma inteligencia ¿viene de ti? Tu voluntad ¿te la has dado tú mismo? ¿Son por ventura un efecto tuyo, una creación tuya? ¿En verdad puedes afirmar seriamente la autonomía de tu ser?…
Si Dios no te hubiese creado, si tus padres —instrumentos suyos— no te hubiesen puesto en el mundo, tu persona sería una nada y quedaría en la nada.
Y mañana, no obstante todas las declamaciones de autonomía que hagas, bastará una enfermedad para mostrarte que no eres el dueño de tu existencia. Un poco más de tiempo y entonces tu cadáver en plena putrefacción enseñará a todos el inefable valor de tus soberbias afirmaciones.
¡La autonomía de tu pensamiento!… No. Tu pensamiento no produce la realidad; el acto de tu pensamiento no crea los Apeninos, ¡ni siquiera una minúscula hormiga! Tú no puedes pensar lo que quieres. En nombre de una pretendida autonomía no puedes pensar que dos y dos suman diez y que las estrellas no brillan. Tú no creas la verdad; sólo la conquistas y reconoces.
¡La autonomía de tu voluntad!… ¿Acaso te ilusionas en darte a ti mismo tu ley? Cada hombre no es un creador de la norma ética. Nosotros no creamos la ley moral; la reconocemos y la debemos aplicar y seguir libremente. Nuestra verdadera dignidad, nuestra verdadera grandeza, no consiste en crear nosotros mismos las normas éticas, sino en aplicarlas. Yo no puedo darme a mí mismo imperativos categóricos de este género: «tú debes robar; debes matar a cualquiera que no te agrade». Y si no lo puedo, ¿dónde está mi autonomía? No me contestes que la ley intrínseca de tu alma te impone no ser ladrón, ni asesino; porque es ciertísimo que las leyes intrínsecas, al ser conocidas por la conciencia, nos trazan la línea de nuestra conducta; pero, una vez más, ¿acaso las ha constituido tú a estas leyes intrínsecas de la realidad? ¿No es acaso Dios su autor sapientísimo y amorosísimo? ¡Ay!, si Dios no existiese, yo podría burlar estas leyes; éstas me ordenan: «tú debes»; y yo contestaría «yo puedo hacer lo que quiero», más aun, haría lo que quisiera, aunque más no fuera, por afirmar que nada me ata y me encadena.
Indudablemente es necesario cumplir el propio deber. Y tal vez no era necesario esperar que un profesor de filosofía lo enseñara; la humanidad ya lo sabía hace muchos siglos. Y sabía también que se debe obrar conforme al deber, pero también por el deber. Porque ¿qué es el deber? ¿No es acaso la voluntad de Dios y no nuestra voluntad?
No basta decir que la ley del deber nos impone: «Obra de manera que la norma de tu voluntad siempre pueda valer como principio de una legislación universal»; yo me pregunto: ¿por qué mi norma puede convertirse en ley universal? Y respondo: no ya por tener en mí un principio sintético a priori, en una «facultad misteriosa» que «la razón humana no podrá comprender jamás» y que se llama conciencia; sino porque el centro de la realidad es Dios: de Él dependen los seres y sus relaciones; cada individuo o la humanidad entera deben inclinarse ante estas leyes intrínsecas de la realidad, las que observadas conducen a nuestro desarrollo y a nuestra perfección; violadas conducen a la catástrofe.
Cuando la moral cristiana ordena practicar el deber no por egoísmo, sino por Dios, ¿acaso no enseña a cumplir el deber por el deber? Es cierto: no es un deber determinado por mí, sino sólo reconocido por mí; es un deber proclamado por la voz de Dios y no sólo por la voz de mi yo: es además un deber, una ley que abarca sólo una parte de la actividad moral.
No debemos ilusionarnos en este último punto.
La invocación al deber, nombre excelso y sublime, no nos lleva a la cumbre más elevada de la moral.
Sobre la moral del deber está la moral del amor, aunque Kant y sus secuaces no lo hayan observado.
Tomemos un sencillo ejemplo. Los misioneros que desde Europa van a lejanas tierras a atender leprosos y se encierran en aquellos lazaretos, donde después de pocos años mueren víctimas de la caridad; y todo el inmenso ejército de Hermanas que sacrifican su juventud y su vida entera en las crujías de los hospitales, ¿no son acaso personas, que nos hablan de moral no con palabras, sino con hechos? Y sin embargo, según Kant y los idealistas, son personas… ¡inmorales!… No os riáis: es la realidad. Para Kant es acción moral sólo aquélla que se cumple por el deber. Ahora bien, ¿qué deber de dirigirse a unas leproserías tienen aquellos misioneros? Y ¿quién de vosotros podría decir a una niña en la flor de sus años: «tienes el deber de renunciar a tus riquezas, a tus comodidades, a tu hogar, a tu porvenir, a las alegrías de tu familia; tienes el deber de consagrarte enteramente a los enfermos; tienes el deber de pasar toda tu vida allá, en un hospital»? Los héroes de la caridad no son impulsados por el imperativo categórico del deber. Hay un nombre más excelso y sublime que el deber mismo: es el amor, en su sentido más elevado y divino, aunque sus consejos no pueden convertirse en «principio de una legislación universal». Y más aun, es el amor, como hemos visto, que hace que el deber sea cumplido, no por simple amor o puro respeto a la «ley», sino por amor al legislador.
Pero —se objetará— ¡entonces mi personalidad humana es pisoteada! ¡Entonces la dignidad del hombre queda destruida! ¡Entonces debemos sufrir una ley caprichosa, tiránica, de un Ser que no es mi ser y me manda, como el negrero manda a sus víctimas! ¡Entonces tenemos la «heteronomía»…!
No es verdad.
Ante todo no juguemos con frases. A algunos, al pronunciar esta palabra «heteronomía», les parece haber expresado quién sabe qué idea admirablemente profunda, ¡como si el problema de la vida pudiera resolverse con una palabra griega italianizada o germanizada!
Según la concepción cristiana, la ley moral jamás ha sido una imposición caprichosa de un Dios tirano, enemigo de la dignidad y de la grandeza del hombre.
Hemos visto cómo esa ley brota de la realidad misma y es el dictamen de la razón: por esto nada tiene de extravagante o de arbitrario. Ésta no proviene de un tirano, sino del Amor y cumpliéndola, no somos esclavos, sino libres. No es una ley que acarrea la esclavitud, es una ley libertadora; no nos encadena, sino rompe las cadenas de las pasiones y de los instintos irracionales; no aplasta, sino vivifica y ennoblece.
Acabemos de representarnos a Dios materialmente como algo externo a nosotros. San Agustín, repitiendo a San Pablo y al Evangelio, advertía: «Dios es más íntimo a nosotros que lo más íntimo de nosotros». Y también lo sobrenatural, o sea nuestra divinización, no es algo extrínseco que pesa sobre nosotros y que no llega a las intimidades profundas de nuestra alma. El idealismo se divierte con imágenes espaciales, donde no se trata del espacio, tal vez para darnos una compensación a las negaciones del espacio, donde el espacio existe.
Lo que interesa observar es que la existencia, la naturaleza humana y el estado sobrenatural los conseguimos del amor de Dios y no de nuestro yo. Si por heteronomía se entiende que no nos hemos creado a nosotros mismos y que para nuestro desenvolvimiento espiritual tenemos necesidad de los demás, de los progenitores, de los maestros, de la sociedad y sobre todo de Dios, entonces somos sus defensores y creemos que todo hombre racional lo será con nosotros. Si, por el contrario, por heteronomía se entiende la opresión de nuestra dignidad, de nuestra libertad, de nuestra grandeza espiritual, nada hay de heterónomo en el Cristianismo y en la moral cristiana.
Esta última no deja de considerar a Dios y a los demás, pero considera también nuestro yo. Nosotros no podemos hacer un acto moral, sino mediante nuestra libre actividad, nuestro libre consentimiento, nuestro libre acto de amor. Y ¿no está acaso aquí el mérito y la cooperación humana?
Somos hombres: y esta dignidad de hombre, esta naturaleza y el ser humano no son mérito nuestro.
Somos hijos de Dios; y esta dignidad de hombres divinizados, este orden sobrenatural, no es mérito nuestro.
Todo esto lo debemos al amor de Dios por nosotros.
Pero con mérito nuestro respondemos al amor de Dios por nosotros con nuestro amor por Él. Cooperamos a nuestra formación desarrollando nuestras energías espirituales y nuestra personalidad moral. Esta contribución personal es esencial al acto moral, tanto que no tenemos moralidad, sino cuando alcanzamos el uso de la razón y obramos conscientes y libres.
Dios y su gracia, en otros términos el amor de Dios por nosotros, no anulan, sino vivifican nuestro espíritu; no inutilizan nuestra actividad, sino la excitan, la ayudan y la impulsan al más alto grado de intensidad; no son la negación del sujeto, sino tienden a su más potente afirmación. ¿Por ventura no se han formado en el Cristianismo las más poderosas personalidades morales, las almas más nobles?
***
f) Conclusión
Enrique Ibaen compuso en su juventud un poema épico titulado significativamente: En las alturas.
Describía a un cazador, que, abandonados el valle, la madre, la prometida y el campanario de su iglesia, había subido a la montaña. Allá arriba, en la cima, había encontrado a un extranjero llegado de lejos, quien lo sugestionó, lo conquistó, lo dominó con sus fríos y profundos ojos. Cada vez que el cazador tenía deseos de volver al valle, el extranjero lo arrancaba a sus recuerdos y lo retenía en lo alto.
La campana de la iglesia elevaba desde el valle a las alturas su persuasiva voz que parecía una dulce invitación al retorno; pero el extranjero decía: «¡Déjala tocar! ¡El canto de la cascada tiene sonidos más armoniosos!». El joven, dejándose convencer, todo lo olvidó para conquistar una sola cosa: su libertad.
A nosotros también, en el monte del orgullo, se nos aparece una visión seductora. Nos parece estar en lo alto, poder vivir la vida desenfrenada y hermosa en las alturas libres, y darnos la ley a nosotros mismos sin recibirla de nadie.
Pero no podemos olvidar otros montes, el monte de las Bienaventuranzas y el monte del amor, el Calvario.
Y uno —tal vez para alguno de mis lectores todavía «extranjero»— nos mira en los ojos en aquellas alturas y desde aquella Cruz. Es un Dios que se ha humillado a sí mismo, y que, sacrificándose, nos salva, nos diviniza, salva y diviniza al mundo.
Ningún canto de cascada tiene sonido más armonioso que el llamamiento que brota de aquellos labios, mejor aún, de aquel costado abierto, del Corazón de aquel Crucificado.
Continuará…
