P. CERIANI: SERMÓN DE LA VIGILIA PASCUAL

VIGILIA PASCUAL

Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. De pronto se produjo un gran terremoto, pues el Ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose, hizo rodar la piedra y se sentó encima de ella. Su aspecto era como el relámpago y su vestido blanco como la nieve. Los guardias, atemorizados ante él, se pusieron a temblar y se quedaron como muertos. El Ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: “Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado; no está aquí, ha resucitado, como lo había dicho. Venid, ved el lugar donde estaba. Y ahora id enseguida a decir a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. Ya os lo he dicho”.

Hemos llegado felizmente a la Vigilia Pascual y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

Ante todo, les deseo una santa y feliz Pascua de Resurrección.

Sabemos que, en el mismo momento que Cristo Nuestro Señor expiró en la Cruz, quedándose allí el Cuerpo unido con la Divinidad, su Alma santísima, unida también con la misma Divinidad, descendió al Limbo.

En esta Morada de Ultratumba se alojaban las almas de todos los Justos, por muy santos que hubiesen sido, porque ninguno podía entrar en el Cielo, por causa del pecado de Adán, hasta que Cristo muriese por todos, resucitase y ascendiese triunfante para abrir las puertas que estaban cerradas.

En el Limbo estaban Adán y Eva, Abel su hijo, Noé, Abraham con sus hijos y los santos Patriarcas, Moisés y David con los Profetas, el gran Bautista y San José, con todos los demás justos que murieron antes de la Pasión.

Su continua ocupación era suspirar por la venida del Mesías, para que les librase y comunicase la vista clara de Dios.

Aunque la entrada fue en un momento, sin resistencia alguna, podemos considerar el modo y majestad con que la hizo, imaginando que aquella Alma santísima bajaría acompañada de muchos Ángeles, como de criados y ministros suyos.

Entrando el Alma santísima de Cristo Nuestro Señor en el Limbo, alumbró con una celestial luz todas aquellas tinieblas. Luego dio a todas aquellas Almas que le estaban esperando una lumbre de gloria con la cual vieron la divina esencia y la majestad del que los había librado, y todas quedaron glorificadas.

¡Qué satisfechas estuvieron!, dándose por bien premiadas de todos los trabajos pasados.

¡Qué agradecidas estarían a Quien tanto bien les había hecho! Todas le adorarían y alabarían.

Podemos imaginar que venían a coros a reconocerle, como a la entrada de un rey en su reino.

El primero sería el coro de los Patriarcas, con todos los hijos que fueron herederos de su fe y santidad hasta el glorioso San José, los cuales le adoraron y reconocieron como a su supremo Patriarca y Padre del Siglo Futuro, confesando que eran sus vasallos, alabándole por la herencia celestial que les había dado.

Luego, el segundo coro, de los Profetas le reconoció por supremo Profeta, y le agradeció el haber cumplido perfectísimamente todas sus profecías y las promesas que por ellos había hecho.

Tras éste vino el tercer coro, de los sumos Sacerdotes, Sacerdotes y Levitas, adorándole como a Sumo Sacerdote sobre todos y dándole gracias por el sacrificio que ofreció en la Cruz por los pecados de todos para librarles de ellos.

A éste se siguió el cuarto coro, de los santos Capitanes, Jueces y Reyes, con la muchedumbre escogida del pueblo de Dios, adorándole como a supremo Rey de Cielos y tierra, y dándole felicitaciones por la victoria que había alcanzado contra los príncipes de las tinieblas, quebrantando el orgullo del que se llama rey de los hijos de la soberbia.

El quinto coro fue de los Mártires que allí estaban, desde Abel hasta, los Niños Inocentes, que murieron por mandato de Herodes, los cuales le confesaron por Rey glorioso de los Mártires, dándole las gracias por el ilustre martirio que sufrió en la Cruz.

Siguió, finalmente, el coro de las Santas Mujeres, Vírgenes, Mártires, Matronas y Viudas, ensalzando al Hijo de María Santísima.

Todos estos seis coros, a una voz, con divina armonía, cantaban aquel celestial Cántico del Apocalipsis: Digno es el Cordero que ha sido muerto de recibir la virtud, y la divinidad, la sabiduría y fortaleza, la honra y gloria y bendición … Digno eres, Señor, de abrir estas puertas eternales; porque fuiste muerto por nosotros y nos redimiste con tu sangre, escogiéndonos de todas las tribus y lenguas y de todos los pueblos y naciones del mundo, y nos hiciste reino de Dios y, sacerdotes para que reinemos contigo sobre la tierra.

Y luego tomarían las coronas de gloria que tenían, y confesando que no eran suyas, sino de este divino Cordero, las depositarían a sus pies, diciéndole: Digno eres, Señor Dios nuestro, de recibir la honra, gloria y alabanza, porque Tú creaste todas las cosas. Tú nos has redimido y ganado estas coronas, y pues tuyas son, a Ti sea la gloria por todos los siglos. Amén.

Es de creer que en el trascurso de estas horas que estuvo allí, Nuestro Señor despojó también el Purgatorio, sacando todas o gran número de Almas que allí estaban, apresurando la paga de la deuda que debían, usando de alguna indulgencia en virtud de su Sangre recién derramada en su Pasión.

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Estuvo el Cuerpo de Cristo Nuestro Señor en el sepulcro tres días y tres noches, tomando parte por el todo, que vienen a hacer dos noches y un día entero; para significar que por la muerte y sepultura de Cristo Nuestro Señor somos libres de dos muertes: de alma y de cuerpo, de la culpa y de la pena eterna, significadas por las dos noches; las cuales se repararán con una vida, significada por un día, que es la vida de la gracia y caridad.

Y en todo este tiempo el Cuerpo de Cristo Nuestro Salvador se conservó entero e incorrupto, sin que ninguna parte suya se resolviese en polvo ni en otra cosa, como estaba profetizado por David, cuando dijo: No permitirás que tu Santo vea la corrupción, porque, aunque quiso sujetarse voluntariamente a las miserias del hombre y a la pena de muerte en que incurrió por la culpa, no quiso sujetarse a la pena de la corrupción y conversión en polvo.

Demos gracias a Nuestro Redentor por habernos librado de las dos muertes, de culpa y pena eterna, ganando con su muerte la vida de la gracia, que es principio de la vida eterna.

Pidámosle que nos aplique el fruto de su Pasión, librándonos de estas dos muertes y concediéndonos estas dos vidas, que en Él son una.

Alegrémonos de que su Cuerpo siempre haya perseverado incorrupto, y que la unión de su divina Persona con éste nunca haya faltado; y supliquémosle nos libre de la corrupción del pecado y nos junte con Él en unión de perfecta caridad, en la cual perseveremos hasta la vida eterna.

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Llegado el tercer día después de la Pasión, que era el domingo al amanecer, el Alma de Cristo Nuestro Señor salió del Limbo con aquellos coros de almas justas que tenía consigo, y fue directamente al sepulcro donde estaba su Cuerpo.

¿Cuál fue la causa de haber Nuestro Señor apresurado su Resurrección? Habiendo dicho que estaría en el corazón de la tierra tres días y tres noches, como estuvo Jonás otro tanto en el vientre de la ballena, ¿por qué abrevió este tiempo, salvando la verdad de su palabra, contentándose con tomar de los tres días una parte, y ésta bien pequeña, que fue la parte del viernes y la mañana del domingo?

A lo cual se responde que le movió su inmensa caridad por acudir al consuelo de su afligida Madre y de todos sus amigos, por socorrer con presteza a los discípulos que estaban en las tinieblas de la infidelidad, y por alumbrar y alegrar al mundo con la gloria de su Cuerpo, como había alumbrado y alegrado al Limbo con la de su Alma.

Llegando Nuestro Señor al sepulcro, con su omnipotencia entró aquella beatísima Alma en su Cuerpo; y con su entrada le transfiguró mucho más excelentemente que en el monte Tabor; le comunicó para siempre las cuatro dotes de gloria: inmortalidad (e impasibilidad), claridad, ligereza y sutileza, quedando el Cuerpo mil veces más hermoso y resplandeciente que el sol; antes bien, cada parte era como un sol de inmensa claridad y belleza; especialmente las cinco llagas que dejó en él, que arrojaban rayos de admirable resplandor, que hermoseaban sus pies, manos y costado, así como las llagas que habían hecho las espinas hacían una forma de corona gloriosísima que adornaban su sagrada cabeza.

Usando del dote de sutilidad, salió del sepulcro, penetrando aquella grande piedra que le cerraba, sin que pudiese estorbarle la salida.

¡Qué alegre quedó aquel Cuerpo benditísimo cuando se vio adornado con aquellas dotes de gloria en premio de los dolores e ignominias que había padecido!

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Después que Nuestro Señor resucitó, quiso manifestar al mundo su resurrección para que muchos gozasen los frutos de ella.

Esta manifestación la hizo por tres vías:

Una fue por medio de los Santos que resucitaron con Él, los cuales, como dice San Mateo, vinieron a la ciudad de Jerusalén y aparecieron a muchos; predicándoles, sin duda, que el crucificado es verdadero Mesías y Rey de Israel, Salvador del mundo, y era ya resucitado como lo había anunciado.

Para esto, también envió Ángeles; los cuales manifestaron su resurrección a las devotas mujeres que iban a ungirle, dándoles noticias de ella y mostrándoles el sepulcro.

Pero, no contento con esto, el mismo el Salvador quiso por Sí mismo manifestarse a sus amigos, para descubrir más la grandeza de su caridad. Por lo cual, aunque resucitando había de subir al Cielo, el lugar debido a los cuerpos glorificados, quiso quedarse en el mundo cuarenta días, consolando a sus discípulos y enseñándoles muchas cosas del Reino del Cielo, y manifestándoseles a Sí mismo ya glorificado, para que, como testigos de vista, pudiesen predicar su Resurrección.

La primera visita y aparición que quiso hacer el Señor fue a su Madre Santísima, la cual estaba grandemente afligida por su Pasión, aunque con viva fe y esperanza de su resurrección.

La cual, viendo que entraba ya el tercer día, puesta en una alta contemplación, con grandes ansias pediría a su Hijo que apresurase su venida.

Estando la Virgen con estos deseos, entró su divino Hijo, acompañado de aquellos tres lucidísimos ejércitos que tenía consigo: uno de Ángeles, otro de Almas y otro de Cuerpos glorificados; y se le manifestó con toda la gloria y claridad que tenía, así del Alma como del Cuerpo, para que pudiese verle y gozarle.

¡Qué contenta habrá quedado la Virgen con tan gloriosa vista!

¡Qué tiernos y dulces abrazos se darían el Hijo y la Madre!

¡Qué sublimes coloquios tendrían entre sí!

Besaría la Virgen aquellas preciosísimas llagas del Hijo, sacando de estas fuentes copiosísimos consuelos, así como antes había sacado de ellas desconsuelo; porque suele Dios dar a la medida de los dolores las consolaciones.

Y aquella ilustrísima compañía comenzó a felicitarla y a reconocerla por Madre del Redentor y Libertador, dándole gracias por el trabajo que había puesto en la obra de su Redención.

¡Qué nueva alegría tendría la Virgen, viendo el fruto de la Pasión del Hijo, y tantas almas rescatadas con ella!

Y los Ángeles solemnizarían esta fiesta con música celestial, a gloria del Hijo y de la Madre, cantando:

Regina cӕli, lӕtare, alleluia.
Quia quem meruisti portare, alleluia.

Resurrexit, sicut dixit, alleluia.
Ora pro nobis Deum, alleluia.

Gaude et lӕtare Virgo María, alleluia.
Quia surrexit Dominus vere, alleluia.

Reina del cielo, alégrate, aleluya
Porque el Señor, a quien has llevado en tu vientre, aleluya.

Ha resucitado, según su palabra, aleluya.
Ruega al Señor por nosotros, aleluya.

Goza y alégrate Virgen María, aleluya.
Porque en verdad ha resucitado el Señor, aleluya.

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Finalmente, después que Cristo Nuestro Señor estuvo gran rato con su Madre, descubriéndole grandes secretos del Cielo, y diciéndole cómo estaría en el mundo algunos días y la visitaría otras muchas veces, se despidió de Ella, quedando la Virgen consoladísima por esta visita.

Pero la guardó para sí con gran silencio, así como mantuvo en secreto el misterio de la Encarnación, sin quererle descubrir a su Esposo San José, hasta que un Ángel se lo reveló.

También ahora calló la visita de Cristo resucitado, sin decirlo a los Apóstoles ni a las mujeres hasta que los Ángeles o el mismo Cristo se lo manifestasen.

¡Oh Virgen soberana, sea para tu gloria y honor el Hijo resucitado!

Goza y alégrate Virgen María, aleluya. Porque en verdad ha resucitado el Señor, aleluya…