SEPULTURA DEL SEÑOR Y SOLEDAD DE MARIA- SAN ALFONSO MARIA SE LIGORIO

Sábado Santo - Horarios de Misa

San Alfonso María de Ligorio, en Las Glorias de María,  Afirma que los dolores de María en el Sábado Santo fueron una forma de «martirio del corazón» que superó en intensidad los sufrimientos físicos de muchos mártires. María no solo llora como madre: adora como criatura el cuerpo inerte de su Dios. Reconoce en las llagas de Jesús el precio infinito de nuestra salvación.

No hay duda de que las madres sienten en su corazón todas las penas de sus hijos, si los ven sufrir o morir; pero una de las mayores es cuando llega la hora de la despedida y separación para ser enterrados. Esta pena y agudísima espada de nuestra Señora nos queda todavía que contemplar.

Para ello volvamos de nuevo con la consideración al monte Calvario, en que la dejamos abrazada con el cuerpo muerto de su querido Hijo, a quien diría con gran sentimiento: Hijo de mi corazón, ¡cuán diferente de lo que fuiste te ven ahora mis ojos y te estrechan mis brazos! Aquellas tus graciosas miradas, y dulces palabras, y muestras apacibles de tierno amor, y los favores singulares que de ti recibía, se me han trocado en otras tantas saetas de dolor, y cuanto más encendían tantas gracias el cariño de mi pecho maternal, con más fuerza me dan a sentir ahora la pena de haberte perdido, pues perdiéndote a ti, lo he perdido todo, porque Tú eras mi hijo, mi padre, mi esposo, mi vida y mi alma.

Así con él estrechamente unida se estaba deshaciendo de aflicción y amargura, por lo cual, temerosos los discípulos que se le acabase allí la vida, determinaron de quitárselo pronto de los brazos y darle sepultura. Se acercan, pues, y con piadosa y reverente violencia se lo apartan del regazo materno, y embalsamándole con especies aromáticas, le envuelven en una sábana dispuesta para el caso, donde tuvo a bien el Señor dejar estampadas las señales de su sagrado cuerpo. De esta manera le toman en hombros y empiezan a caminar, acompañados de las jerarquías celestiales, seguidos de las piadosas mujeres, y en medio la dolorosísima Virgen.

Cuando llegaron y ya se disponían para dar al santo cuerpo sepultura ¡De cuán buena gana se hubiera la Madre quedado sepultada con él! Pero como no era esta la voluntad divina, dicen que a lo menos quiso entrar y ver el hueco en que le habían de poner, donde también dejaron los clavos y las espinas. Al ir a levantar la gran losa que le había de cubrir, dirían los discípulos: Señora, miradle por la postrera vez y dadle el último adiós. —¡Ay, querido mío! —exclamó—. Recibe de tu angustiada Madre la última despedida, junta con estas lágrimas, y quede aquí mi corazón encerrado contigo.

Finalmente, ponen la piedra, y dejan sepultado aquel cuerpo divino, que es el mayor tesoro del cielo y de la tierra.

Hagamos aquí una reflexión antes de pasar adelante.

Si dejó esta Señora su corazón donde tenía su tesoro, no pongamos el nuestro nosotros en el lodo de las criaturas, sino entreguémoslo enteramente al amabilísimo Jesús, que, aunque después de haber vivido en la tierra con los hombres, se volvió a los cielos, se quedó también glorioso en el Santísimo Sacramento, para estar de continuo en nuestra compañía y poseer como dueño nuestros corazones.

La Virgen sacrosanta, antes de retirarse del sepulcro, bendijo la sagrada losa, diciendo así: Piedra afortunada, que ahora encierras al que yo tuve dentro de mis entrañas, te bendigo mil veces, y te encargo que le guardes cuidadosamente. Después, alzando al cielo la voz y los afectos del alma, dijo así: Padre celestial, en vuestras manos queda este divino tesoro, Hijo de vuestras complacencias e Hijo de mi corazón. Mira de nuevo el sepulcro, se despide otra vez del Hijo querido, y se vuelve con aquel triste acompañamiento, tan llorosa y tan desolada, que movió a lágrimas a muchos de los que la vieron pasar, y los mismos discípulos y personas del séquito lloraban ya más de la pena y quebranto de la Madre, que de la muerte del Señor.

Las piadosas mujeres le echaron encima un manto negro, y al pasar por delante de la cruz, bañada todavía con la preciosa sangre, se postró en tierra, y fue la primera criatura que adoró aquel santo madero, diciendo de este modo: ¡Santísima cruz! Yo te adoro y beso devotamente, pues ya no eres leño infame, sino trono de amor y altar de misericordia, consagrado con la sangre del Cordero que quita los pecados del mundo, sacrificado en ti por la salud del género humano.

Luego que llegó a su pobre morada, volvió a todos lados la vista, y no viendo a su dulcísimo Hijo, se le representaron vivamente los hechos y ejemplos de vida tan santa, la dulce memoria de aquella noche gloriosa de su sagrado nacimiento, los regalados abrazos que le dio en su seno maternal, las conversaciones íntimas y suaves por tantos años en la casa de Nazaret, el tierno amor con que mutuamente se correspondían, las miradas amorosas y las palabras de vida eterna que salían de su boca divina.

Pero después se le volvió a renovar con mayor sentimiento y viveza la dolorosa tragedia de aquel triste día: los clavos, espinas y llagas profundas, las carnes despedazadas, los huesos descarnados, la boca sedienta y los ojos oscurecidos y muertos. ¡Qué noche tan amarga!

Preguntaba al amado discípulo: Juan, ¿dónde está tu divino Señor y Maestro? Preguntaba a la Magdalena: Hija, ¿dónde está tu amado? ¿Quién nos ha quitado nuestro único bien? ¿Quién nos ha puesto en tan amarga soledad? Lloran sus ojos virginales, lloran todos con ella.

Y tú, alma, ¿qué haces? Dile por fin: Señora, yo soy quien debo llorar, y no vos; yo soy el reo, y vos inocente. Permitidme que, si quiera, os acompañe en vuestro llanto y soledad. Fac ut tecum lugeam. Vuestras lágrimas nacen de amor. Broten las mías de la fuerza del dolor y arrepentimiento de mis pecados. Estos y otros afectos semejantes le has de decir con los labios y el corazón Haciéndolo así, puedes esperar la suerte dichosa que oiremos referida en el ejemplo que sigue.

EJEMPLO.

Cuenta el P. Engelgrave de un religioso tan atormentado de escrúpulos, que le ponían a veces en las puertas de la desesperación; pero se valía del favor de la Virgen de los Dolores, de quien era muy devoto, y con la contemplación de las penas de la soberana Señora, sentía que las suyas se le aliviaban.

Así pasó la vida, y llegó a la hora de la muerte, en la cual le apretaba el demonio con más violencia y encono que nunca; pero cuando más sufría el buen religioso, y más en peligro estaba de desesperarse, he aquí que se le aparece María Santísima diciéndole estas dulces palabras:

Hijo mío, ¿por qué te consumes de angustia y dolor, tú que tantas veces me consolaste a mí? Ea, alégrate, pues me envía mi divino Hijo a que ahora yo te consuele. Llegó para ti la hora dichosa. Vente conmigo al cielo.

Con cuyas suavísimas palabras, disipada en un punto toda la borrasca y lleno de júbilo, entregó el alma en manos de su querida Madre para ser feliz eternamente.

ORACIÓN

Madre dolorosa, tenga yo la dicha de acompañaros en vuestras penas juntando con vuestras lágrimas las mías, con memoria continua y tierna devoción de la pasión de Jesús y la vuestra, para que en llorar vuestros dolores y los suyos ocupe y consagre todo el tiempo que me reste de vida, esperando confiadamente que en la hora de mi agonía ellos me darán fuerza y aliento para no desesperar de mi salvacion a vista de los muchos pecados con que tengo a Dios ofendido. Por los dolores de uno y otro confío en alcanzar perdón, perseverancia y gloria. donde con vos, Madre amorosa, cantaré para siempre las misericordias de Dios. Así sea