MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI
EL SILABARIO DE LA MORAL CRISTIANA
Capítulo Tercero
LA LEY DEL AMOR
Continuación…
III
EL AMOR A NOSOTROS MISMOS
Es famosa en la historia de la Iglesia la polémica desarrollada entre Bossuet y Fénelon.
El obispo de Cambrai, en su Livre des maximes de Saints, sostenía que el temor del Infierno o la esperanza del Paraíso corrompían la pureza del amor y que no existía amor verdadero cuando el alma no amaba a Dios exclusivamente por sí mismo, sin pensar en sí.
«Hay un estado habitual de amor a Dios —decía Fénelon— que es una caridad pura, sin mezcla alguna de motivos interesados. Ni el temor de los castigos, ni el deseo del premio tienen participación en este amor». Más aún: un alma puede estar persuadida con una convicción invencible y refleja de que es reprobada por Dios, y al mismo tiempo amar a Dios y ofrecerle el sacrificio absoluto de la propia felicidad eterna. La recompensa es el motivo específico y el objeto formal de otra virtud: la esperanza».
En cambio, el obispo de Meaux —y su Traité sur les états d’oraison desarrolla su idea— apoyándose en todos los Santos Padres, y de un modo especial en sus dos preferidos, San Bernardo y San Agustín, razonaba así:
«Si amamos a Dios, debemos querer todo lo que Él quiere y amar todo lo que Él ama; ahora bien, Dios nos ama y quiere nuestra felicidad eterna; por lo tanto el Verdadero y puro amor a Dios encierra el amor a nosotros mismos, la aspiración a nuestra beatitud y el temor de perderla. Es por lo tanto evidente que este deseo y la súplica de la felicidad futura, según el sentir de todos los santos comenzando por los Apóstoles, pertenecen a la caridad y a la caridad perfecta, a pesar de los refinamientos de los nuevos místicos».
Por lo demás, Jesús en el Evangelio nos excita continuamente a pensar en la salvación de nuestra alma, a obrar bien para conquistar la vida eterna y a evitar el mal para no caer en el infierno.
Sabemos que la Iglesia intervino en la polémica y dio la razón a Bossuet, mientras Fénelon se inclinaba con humildad y acataba el juicio de la Santa Sede. Pero sabemos también que este episodio es símbolo de un conflicto, que de siglos perdura en el terreno de la moral, entre la felicidad y la virtud, entre lo útil y el bien.
Estos dos conceptos han proporcionado muchísima materia de discusión a moralistas y, alrededor de este problema, ha girado la filosofía desde Sócrates, Platón, Aristóteles hasta Hobbes y el utilitarismo inglés, desde Descartes y Leibnitz hasta Rousseau, Kant y Hegel y se ha suscitado ardiente discusión entre los mismos profanos a los debates filosóficos.
Por una parte, es innegable que existe en nosotros una tendencia irresistible a la felicidad. Los filósofos —advierte Cathrein— están de acuerdo en este punto, aunque en lo demás disientan.
Elijamos algunos testimonios entre las más diferentes tendencias filosóficas.
ARISTÓTELES, que en todas sus investigaciones parte de hechos experimentales seguros, en el primer capítulo de su Ética a Nicómaco, tomó por punto de partida de toda su teoría la tendencia natural a la felicidad. Afirmó ser evidente que todos aspiran a la felicidad perfecta.
Al mismo hecho aludió frecuentísimamente PLATÓN en sus Diálogos, especialmente en el Banquete, en el Gorgias y en el Político.
CICERÓN en el Hortensia partía de la máxima absolutamente constante de la que nadie puede dudar; es decir, del deseo ardiente de ser feliz común a todos los hombres.
Los mismos ESTOICOS, por lo demás contrarios a toda satisfacción, calificaban a la felicidad como el fin ético del hombre.
A éstos siguió el estoico de la edad moderna. «Ser feliz —pensaba KANT— es necesariamente el deseo de toda creatura racional, perfecta; consiguientemente es un motivo inevitable de su apetito».
Es inútil recordar que ha seguido la misma opinión toda la turba de los modernos eudemonistas, los que presentaban a la felicidad posible e imaginable como la suprema norma moral.
También el padre del pesimismo moderno, SCHOPENHAUER, fue de la misma opinión: «El hombre quiere incondicionalmente conservar su existencia, quiere estar absolutamente libre de dolores; quiere la mayor cantidad posible de bienestar y de todo placer de que es capaz».
El mismo FÉNELON reconocía que «la inclinación natural e indeliberada a la beatitud es invencible como el amor a la vida»; y sólo añadía que en los actos deliberados puede no ser seguida, de la misma manera que no obstante la inclinación espontánea a la vida, se puede resolver deliberadamente morir.
Todos, pues, quieren ser felices; y lo útil es deseado por todos, aun por los filósofos que tratan de desacreditarlo para favorecer al bien. Sin embargo no se puede negar, por otra parte, que la conciencia moral omite las distinciones necesarias, se rehúsa a hablar de acto virtuoso, cuando uno aspira a la propia utilidad y tiende a su enriquecimiento personal.
Más aun, muchos quedan perplejos y desconcertados en presencia de algunos muy desinteresados pensadores y escritores de nuestros días, que acusan a Cristo de haber enseñado una moral interesada, basada en el Paraíso y en el Infierno, y dicen: «Se condena a los usureros cuando prestan al cincuenta por ciento, pero ¿qué se debe decir del cristiano que, obrando por una felicidad eterna, hace préstamos a Dios al infinito por uno? El motivo utilitario del Cielo o del fuego eterno altera el carácter moral de una acción y nos empuja hacia los brazos del egoísmo Es inmoral obrar por el Infierno o por el Paraíso. Hay una ética más elevada, más noble, más desinteresada que repudia la avaricia de cálculos, la vulgaridad de recompensas, las tinieblas de temores, y que vive en las serenas regiones del desinterés».
Como se ve, el argumento no puede ser más interesante.
***
a) La utilidad y el bien
Para no jugar con palabras y no caer en equivocaciones, es conveniente anteponer una observación.
Lo útil puede ser considerado de dos maneras: en abstracto o en concreto.
I. En abstracto, el concepto de utilidad nada dice en favor o en contra de la moral. Es ridículo confundir la utilidad con el egoísmo, pues en verdad se puede buscar la propia utilidad sin ser egoístas.
Por ejemplo, los obreros de una gran Sociedad Anónima moderna van al taller, trabajan y sudan, no porque languidezcan de amor hacia los accionistas a quienes ni siquiera conocen, sino para tener su salario diario o semanal, o sea para su utilidad; ¿hay, por ventura, algún puritano que quiera arrojar piedras contra estos trabajadores, acusándolos de egoísmo?
La aspiración a nuestra felicidad ha sido puesta por Dios en nuestros corazones y es fuente de mil consecuencias benéficas: despierta, excita, suscita energías; estimula, sugiere, alienta iniciativas; y cuando es regulada por la moral, o sea, está subordinada a ésta, es una de las fuerzas humanas más providenciales. Y ¿qué? ¿Deberemos tal vez obrar para ser infelices? Esto no sería la negación del egoísmo; sería genuino cretinismo.
II. En concreto, podemos tender a nuestra utilidad de dos maneras: o haciendo de nosotros el centro de la realidad (concepción antropocéntrica); o poniendo por centro del universo a Dios (visión teocéntrica).
En el primer caso, sí, tenemos un útil egoístico y que por esto contrasta con la moral. El egoísmo consiste en erigir al propio yo en Absoluto, en dios y en sacrificar a los demás por nosotros.
Me es útil tener un automóvil: lo robo. Me es útil violar un tratado: lo defino un pedazo de papel.
En este caso se descubre la miseria intelectual y moral de la ética utilitarista. Sea que se trate de algo útil individualmente, o también de algo útil nacional o colectivamente, jamás es reducible el concepto de moralidad al de utilidad y cuando se intenta semejante operación, se niega la moralidad.
Me es útil tener un millón; pero, ¿puedo apropiármelo indebidamente, aun escapando de las redes del código penal? Me es útil oprimir a otra nación libre e independiente; pero ¿por ventura, esto es moral?
Entre otras cosas la moral debe decirme si una acción es buena o mala antes de que yo la realice. Si tuviesen razón los utilitaristas, yo no podría saber si un acto es bueno o malo, sino después de haberlo realizado, porque sólo entonces es posible juzgar de su utilidad.
Por ejemplo, Alemania en 1914 invadió Bélgica para pasar a Francia: ¿era lícito este procedimiento? Según los utilitaristas, el gobierno alemán habría sido moralísimo al ordenar la invasión de Bélgica, si el éxito hubiese coronado dicha operación, pero como la invasión de Bélgica comenzó a desbaratar todo el plan preestablecido por los invasores, necesariamente deberíamos deducir hoy que aquel gobierno obró inmoralmente.
En el segundo caso, cuando colocamos a Dios como centro de la realidad no sólo teórica sino también prácticamente, buscar la propia utilidad, o sea, la propia felicidad, no sólo no está reñido con la moral, sino por el contrario no puede existir un acto moral que no sea útil y no nos oriente hacia la felicidad.
¿Se puede concebir a un Dios, Razón perfecta y perfecto Amor, formando un universo, en el que quien obra moralmente deba afrontar aquí abajo mil sacrificios y batallas y después en recompensa deba ir al encuentro de su propia infelicidad? ¿Puede un Dios-Amor crearnos para hacernos infelices por su voluntad y no por nuestra culpa?
Esencialmente diferentes son la utilidad egoística y esta felicidad subsecuente a nuestro amor a Dios.
La primera hace del propio yo el Absoluto; la segunda considera a Dios como fin último y a la propia felicidad como fin subordinado.
La primera es la aspiración a la utilidad inmediata (aunque carente de honestidad) que pasa y se desvanece; la segunda es la utilidad identificada con la honestidad y juzgada con relación a Dios, y es la confianza de que el acto moral conduce a la alegría, a pesar de las angustias, los sacrificios y los dolores del presente.
Aquélla pone la felicidad en las pequeñas cosas transitorias, ésta la pone (como veremos al hablar de la sanción de la moral) en Dios, o sea, en la visión intuitiva de Dios y en el amor a Él, que constituirán la máxima perfección sobrenatural de nuestro espíritu y de nuestra personalidad.
***
b) Amor perfecto y amor imperfecto a Dios
Pero ¿cuáles son los principios de la moral cristiana respecto de las acciones realizadas con la aspiración a la felicidad?
Se pueden reducir a dos. Los expondremos con toda sencillez.
1.
No realizaría un acto naturalmente honesto, ni un acto cristianamente bueno, quien hiciese el bien o evitase el mal únicamente por amor a sí mismo, excluyendo el amor a Dios.
Por lo cual, cuando Hipólito Taine ha definido a la virtud: «un egoísmo dotado de un anteojo de larga vista», sencillamente ha incurrido en una graciosa equivocación.
2.
Para que un acto sea cristianamente bueno, debe intervenir el amor perfecto o imperfecto a Dios.
Supongamos que una persona nos ayude, nos socorra desinteresadamente, nos demuestre verdadero amor. En nuestro corazón distinguimos dos sentimientos que se entrelazan, más aun, se confunden en una sola cosa, de tal manera que sólo se distinguen entre sí en un minucioso análisis.
Es decir, nosotros estamos satisfechos por los beneficios recibidos de esa persona (y esto se refiere a nosotros) y sentimos gratitud hacia el benefactor (y esto se refiere a la otra persona, no a nosotros).
Esta gratitud es amor no confundible con el provecho obtenido, que perdura aunque no tengamos ya necesidad de ayuda y nos hace amar a aquella persona en cuanto es buena en sí y buena con nosotros.
Hemos conocido su bondad a través de nuestra utilidad y fue ésta la que ha despertado en nosotros el amor; pero el amor que tenemos después a esta persona no está en proporción a la cantidad de bien que nos ha hecho, sino a su bondad íntima. La amamos, por lo tanto, porque es digna en sí de ser amada y, porque nos ha beneficiado.
Llamamos imperfecto a este amor, porque, a pesar de no ser reducible al egoísmo, ni ser inspirado por el sórdido utilitarismo, tiene sin embargo por motivo también la propia utilidad.
En cambio, si de este primer peldaño del amor subiésemos más alto y amásemos a aquella persona, prescindiendo de los beneficios recibidos y sólo por sí misma, por ser digna de ser amada, tendríamos un amor perfecto y de amistad.
Amar a Dios por los beneficios recibidos, por el rocío de gracias naturales y sobrenaturales que ha derramado sobre nosotros, y por el paraíso que nos prepara; amarlo para agradecerle su muerte en la Cruz por nosotros y la Redención; no ofenderlo porque le estamos reconocidos y también porque no queremos perder nuestra verdadera felicidad, esperando más bien recibirla de Él; amarlo así no es un mal; por el contrario es cosa buena, óptima; pero en este caso amamos imperfectamente a Dios: la acción inmoral pisotea todos estos motivos nobilísimos que el Antiguo y el Nuevo Testamento nos inculcan, nos recomiendan y nos imponen.
Nuestro amor llega a ser perfecto, cuando —de este trampolín del reconocimiento, del santo temor de Dios (inconfundible con el temor servil), de la esperanza, en una palabra, del amor a Dios que implica, aunque subordinadamente, el amor justo y racional a nosotros mismos— saltamos a Dios amado únicamente por sí, por sus perfecciones infinitas.
Son dos categorías de amor en las cuales el amor perfecto incluye al imperfecto y lo supera.
Yo los compararía al sol y a su rayo de luz. Con el amor imperfecto contemplamos a Dios en sus beneficios, o sea, en los rayos de su Amor; con el amor perfecto nos sumergimos en el Sol, del cual salen, es verdad, los rayos, pero que es infinitamente más hermoso en sí mismo y es la plenitud del Amor.
Nuestra felicidad (utilidad) y nuestro amor no son términos opuestos entre sí considerados con relación a Dios, ni con relación a nosotros, ni con relación al acto moral.
Dios, por ser amor, debe querer nuestra felicidad y la quiere; y nosotros, queriendo y amando a Dios, queremos nuestra felicidad que consiste en Él y en Él se completa.
Si amamos a Dios, es decir si vivimos moral y cristianamente bien, somos felices; tenemos, aun en las dificultades, la tranquila dignidad de nuestra conciencia y la certeza del provecho derivado a nuestro prójimo, del deber cumplido y del amor fraterno practicado; y en la otra vida tendremos la recompensa suprema por los esfuerzos realizados, o sea, el Paraíso, en el que la felicidad consiste en la visión y en la posesión de Dios y en el Amor. Allá, en el Paraíso, lo útil y el bien coinciden.
En sí mismo, el acto moral es siempre útil, como la verdadera felicidad (no la efímera, ni la pasajera) es siempre moral, pues la utilidad y el bien proceden del mismo Dios, que siendo Amor nos quiere felices y buenos y que, cuanto más olvidamos nuestro pequeño yo y no nos preocupamos de nosotros mismos por su amor, nos hace y nos hará tanto más felices y nos sentimos y sentiremos tanto más satisfechos.
¿Quién es más feliz que el verdadero y perfecto cristiano? Quien ama a Dios sólo por Dios, santifica al dolor que lo aflige y lo trueca en un acto de amor; y en cada alegría experimentada asciende al Sol sin detenerse en su rayo y bendice a Dios y lo ama en sí mismo, encontrando en esto su máxima alegría.
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c) Conclusión
En los laboratorios de biología frecuentemente se hacen experimentos con animales a los que se mata y despedaza. No le es difícil a un sabio matar a un perro, un gato o un conejo; pero lo que ningún laboratorio alcanza a realizar es la operación inversa: recoger las diversas partes separadas en un todo y vivificarlas nuevamente.
Es más o menos, si no me equivoco, lo que ocurre en moral.
Los filósofos toman el acto moral vivo, uno y único, lo matan, lo desmenuzan, lo examinan trozo por trozo y frecuentemente conservan un solo trozo, arrojando los demás. Y entonces pululan los sistemas, cada uno de los cuales tiene en sus manos una parte del acto moral y se ilusiona de poseer el todo ya arruinado con anterioridad.
Y unos se detienen en la materia del acto moral, otros en la forma; éstos hablan de la utilidad del acto bueno, aquéllos discurren acerca de lo que constituye la moralidad de la acción; los de aquí consideran el provecho social del acto moral, los de allá contemplan la perfección íntima causada por él en la personalidad humana.
Y de división en división, van multiplicándose los aspectos, los métodos de investigación, las construcciones sistemáticas. Estas últimas, sin embargo, no pueden abrazar la acción ética en su conjunto y con su movimiento vital: la síntesis es imposible cuando se ha perdido el alma vivificante en el proceso analítico.
Según mi opinión, el Cristianismo es más profundo, más comprensivo. No descuida ningún aspecto.
La materia y la forma del acto moral, la utilidad y el bien, la naturaleza y lo sobrenatural forman un mismo todo, en el cual Dios, el amor al prójimo y nuestro bien son tres aspectos orgánicamente ligados.
No se puede amar a Dios, sin amarnos a nosotros mismos y amar a los demás; no es posible alcanzar la felicidad, sino con el amor a Dios y al prójimo; no es posible apreciar a los otros, prescindiendo de Dios y de nosotros.
Las verdades parciales de los demás sistemas están aquí reunidas: y no en simple resumen sino en síntesis viviente.
Éste es uno de los motivos por qué los sistemas de moral, aun los más elevados, han tenido escasísima eficacia en la formación de las conciencias; mientras Cristo es el gran educador de la humanidad desde hace veinte siglos.
***
RECAPITULACIÓN
El mismo Jesús ha sintetizado su moral en el precepto del amor: debemos amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.
Por esto es necesario analizar esta ley suprema de la ética cristiana estudiando el amor a Dios, el amor al prójimo y el amor a nosotros mismos.
I. El amor a Dios. El verdadero amor a Dios, en el cual consiste la moral de Cristo, no es el simple amor de la creatura por el Creador, sino el amor sobrenatural cuyo principio nos es infundido por el Espíritu Santo, con el cual amamos a Dios como Padre. Este amor presupone aquí abajo la fe e implica la esperanza.
Por lo tanto el amor a Dios querido por Cristo:
a) no es el amor sensible, o sea, no puede ser confundido con el sentimentalismo;
b) no es un amor de meras palabras.
Por el contrario exige:
a) que se ame a Dios con todo el corazón;
b) con toda la mente;
c) con todas las fuerzas, o sea con la voluntad y con nuestras acciones.
Y se distingue:
a) en un amor mandado, que se refiere al deber y a los preceptos;
b) en un amor aconsejado, que se refiere a los consejos.
El amor a Dios implica que se haga su voluntad. De aquí derivan el verdadero concepto de la resignación cristiana y de la santa indiferencia ignaciana, y también la apreciación exacta de la vida activa y de la vida contemplativa.
II. El amor al prójimo. Es un mandamiento «nuevo», traído por Cristo, porque no consiste sólo en un amor humano basado en la mera humanidad, sino en un amor humano divinizado.
Estando todos los cristianos unidos a Jesús y formando con Cristo un mismo organismo, nosotros:
a) somos todos hermanos en Cristo;
b) amamos con Cristo, y nuestro amor humano al prójimo es sublimado con su gracia sobrenatural;
c) amamos a Cristo en nuestros hermanos, y no podemos decir que amamos a Jesús, si no amamos también a nuestro prójimo.
III. El amor a nosotros mismos. Hace siglos, los filósofos discuten las relaciones existentes, entre la utilidad y el bien, entre la felicidad y la virtud, es decir, entre el amor a nosotros mismos y el amor a Dios y a los demás.
La moral cristiana resuelve esta cuestión observando que podemos tender a nuestra felicidad de dos maneras: o amándonos sobre todas las cosas, haciendo de nuestro yo el centro del universo y subordinando todo a nosotros (y en este caso somos egoístas, no cristianos); o bien amando a Dios sobre todas las cosas.
Es evidente que amar a Dios significa querer lo que Él quiere; y como Él quiere y no puede no querer nuestra felicidad, nosotros, también debemos tender a esta última, como a fin subordinado.
Por lo tanto:
a) quien practicase el bien y evitase el mal únicamente por amor a sí mismo, excluyendo el amor a Dios, no realizaría un acto moral, cristianamente bueno;
b) quien practica el bien o evita el mal por amor a Dios y por amor a sí mismo, obra moralmente, pero con amor imperfecto;
c) quien practica el bien o evita el mal sólo por amor a Dios, obra moralmente, con amor perfecto.
