ESPECIALES DE CRISTIANDAD CON EL P. CERIANI – DIC 2012 – ANEXO 2: SOBRE LAS DOS RESURRECCIONES

GEDSC DIGITAL CAMERAANEXO 2: SOBRE LAS DOS RESURRECCIONES

TEXTOS

Apocalipsis 20: 1-6 = Y vi a un Ángel que bajaba del cielo y tenía en su mano la llave del Abismo y una gran cadena. Y se apoderó del dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y satanás, y lo encadenó por mil años, y lo arrojó al Abismo que cerró y sobre el cual puso sello para que no seduzca más a las naciones hasta que se hayan cumplido los mil años, después de lo cual ha de ser soltado por poco tiempo. Luego vi unos tronos, y se sentaron en ellos, y se les dio el poder de juzgar; vi también las almas de los que fueron degollados a causa del testimonio de Jesús y a causa de la Palabra de Dios, y a todos los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, ni habían aceptado la marca en sus frentes o en sus manos; y resucitaron y reinaron con Cristo mil años. Los restantes de los muertos no tornaron a vivir hasta cumplidos los mil años. Esta es la primera resurrección. ¡Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección! Sobre éstos no tiene poder la segunda muerte, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, con el cual reinarán mil años.

I Corintios 15: 20-28 = Mas ahora, Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicia de los que durmieron. Puesto que por un hombre vino la muerte, por un hombre viene también la resurrección de los muertos. Porque como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno por su orden [unusquisque autem in suo ordine]: como primicia Cristo; luego los de Cristo en su Parusía [deinde ii, qui sunt Christi, qui in adventu ejus crediderunt]; después el fin, cuando Él entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya derribado todo principado y toda potestad y todo poder. Porque es necesario que Él reine hasta que ponga a todos los enemigos bajo sus pies. El último enemigo destruido será la muerte. Porque todas las cosas las sometió bajo sus pies. Mas cuando dice que todas las cosas están sometidas, claro es que queda exceptuado Aquél que se las sometió todas a Él. Y cuando le hayan sido sometidas todas las cosas, entonces el mismo Hijo también se someterá al que le sometió todas las cosas, para que Dios sea todo en todo.

I Corintios 15: 50-53 = Lo que digo, hermanos, es, pues, esto: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción puede poseer la incorruptibilidad. He aquí que os digo un misterio: no todos moriremos, pero todos seremos transformados [omnes quidem resurgemus, sed non omnes immutabimur] en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la trompeta final; porque sonará la trompeta y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados [et mortui resurgent incorrupti, et nos immutabimur]. Pues es necesario que esto corruptible se vista de incorruptibilidad, y esto mortal se vista de inmortalidad.

I Tesalonicenses 4: 13-18 = No queremos, hermanos, que estéis en ignorancia acerca de los que duermen, para que no os contristéis como los demás, que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también creemos que Dios llevará con Jesús a los que durmieron en Él. Pues esto os decimos con palabras del Señor [in verbo Domini]: que nosotros, los vivientes que quedemos hasta la Parusía del Señor, no nos adelantaremos a los que durmieron. Porque el mismo Señor, dará la señal, descenderá del cielo, a la voz del arcángel y al son de la trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán primero. Después, nosotros los vivientes que quedemos, seremos arrebatados juntamente con ellos en nubes hacia el aire al encuentro del Señor; y así estaremos siempre con el Señor. Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras.

COMENTARIOS

Apocalipsis 20: 1-6 = Y vi a un Ángel que bajaba del cielo y tenía en su mano la llave del Abismo y una gran cadena. Y se apoderó del dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y satanás, y lo encadenó por mil años, y lo arrojó al Abismo que cerró y sobre el cual puso sello para que no seduzca más a las naciones hasta que se hayan cumplido los mil años, después de lo cual ha de ser soltado por poco tiempo. Luego vi unos tronos, y se sentaron en ellos, y se les dio el poder de juzgar; vi también las almas de los que fueron degollados a causa del testimonio de Jesús y a causa de la Palabra de Dios, y a todos los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, ni habían aceptado la marca en sus frentes o en sus manos; y resucitaron y reinaron con Cristo mil años. Los restantes de los muertos no tornaron a vivir hasta cumplidos los mil años. Esta es la primera resurrección. ¡Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección! Sobre éstos no tiene poder la segunda muerte, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, con el cual reinarán mil años.

Monseñor Juan Straubinger:

“La primera resurrección”: He aquí uno de los pasajes más diversamente comentados de la Sagrada Escritura. En general se toma esta expresión en sentido alegórico: la vida en estado de gracia, la resurrección espiritual del alma en el Bautismo, la gracia de la conversión, la entrada del alma en la gloria eterna, la renovación del espíritu cristiano por grandes santos y fundadores de Órdenes religiosas (S. Francisco de Asís, Santo Domingo, etc.), o algo semejante.

Bail, autor de la voluminosa Summa Conciliorum, lleva a tal punto su libertad de alegorizar las Escrituras, que opta por llamar primera resurrección la de los réprobos, porque éstos, dice, no tendrán más resurrección que la corporal, ya que no resucitarían para la gloria. Según esto, el v. 6 alabaría a los réprobos, pues llama bienaventurado y santo al que alcanza la primera resurrección.

La Pontificia Comisión Bíblica ha condenado en su decreto del 20-VIII-1941 los abusos del alegorismo, recordando una vez más la llamada “regla de oro”, según la cual de la interpretación alegórica no se pueden sacar argumentos.

Sin embargo, hay que reconocer aquí el estilo apocalíptico. En I Cor. 15, 23, donde S. Pablo trata del orden en la resurrección, hemos visto que algunos Padres interpretan literalmente este texto como de una verdadera resurrección primera, fuera de aquella a que se refiere San Mateo en 27, 52 s. (resurrección de santos en la muerte de Jesús), y que también un exegeta tan cauteloso como Cornelio Alapide la sostiene.

Cf. I Tes. 4, 16: I Cor. 6, 2-3; II Tim. 2, 16 y ss. y Filip. 3, 11, donde San Pablo usa la palabra “exanástasis” y añade “ten ek nekróon” o sea literalmente, la ex-resurrección, la que es de entre los muertos.

Parece, pues, probable que San Juan piense aquí en un privilegio otorgado a los Santos —sin perjuicio de la resurrección general—, y no en una alegoría, ya que San Ireneo, fundándose en los testimonios de los presbíteros discípulos de San Juan, señala como primera resurrección la de los justos (cf. Luc. 14, 14 y 20, 35).

La nueva versión de Nácar-Colunga ve en esta primera resurrección un privilegio de los santos mártires, “a quienes corresponde la palma de la victoria. Como quienes sobre todo sostuvieron el peso de la lucha con su Capitán, recibirán un premio que no corresponde a los demás muertos, y éste es juzgar, que en el sentido bíblico vale tanto como regir y gobernar al mundo, junto con su Capitán, a quien por haberse humillado hasta la muerte le fue dado reinar sobre todo el universo” (Filip. 2, 8 y ss.).

I Corintios 15: 20-28 = Mas ahora, Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicia de los que durmieron. Puesto que por un hombre vino la muerte, por un hombre viene también la resurrección de los muertos. Porque como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno por su orden [unusquisque autem in suo ordine]: como primicia Cristo; luego los de Cristo en su Parusía [deinde ii, qui sunt Christi, qui in adventu ejus crediderunt]; después el fin, cuando Él entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya derribado todo principado y toda potestad y todo poder. Porque es necesario que Él reine hasta que ponga a todos los enemigos bajo sus pies. El último enemigo destruido será la muerte. Porque todas las cosas las sometió bajo sus pies. Mas cuando dice que todas las cosas están sometidas, claro es que queda exceptuado Aquél que se las sometió todas a Él. Y cuando le hayan sido sometidas todas las cosas, entonces el mismo Hijo también se someterá al que le sometió todas las cosas, para que Dios sea todo en todo.

Monseñor Juan Straubinger:

23: San Pablo toca el gran misterio de la Parusía o Segunda Venida del Señor, objeto de nuestra esperanza. Buzy traduce: “los que serán de Cristo en el momento de su venida”. El Apóstol revela aquí un nuevo rasgo de la Escatología que se refiere a la resurrección. Muchos expositores antiguos y también muchos modernos niegan el sentido cronológico de las palabras “primicia”, “luego” y “después”. Según ellos no se trataría de una sucesión sino de una diferencia en la dignidad: los de Cristo alcanzarían más felicidad que los otros. Por su parte San Juan Crisóstomo, Teofilacto y otros Padres interpretan que los justos resucitarán en el gran “día del Señor” antes que los réprobos en cuyo juicio participarán con Cristo. Cornelio a Lapide sostiene también el sentido literal y temporal: Cristo el primero, según el tiempo como según la dignidad; después los justos, y finalmente la consumación del siglo. Como expresa Crampon en la nota al v. 51, también San Jerónimo admite que este capítulo se refiere exclusivamente a la resurrección de los justos. La Didajé o Doctrina de los Apóstoles se expresa en igual sentido, citando a Judas 14 (Enchiridion Patristicum Nº 10)».

Judas: 14-15 = «De ellos profetizó ya Enoc, el séptimo desde Adán, diciendo: “He aquí que ha venido el Señor con las miríadas de sus santos, a hacer juicio contra todos y redargüir a todos los impíos de todas las obras inicuas que consintió su impiedad y de todo lo duro que ellos, impíos pecadores, profirieron contra Él”».

“Con las miridíadas de sus santos”. Al citar estas palabras la Didajé, documento del siglo I, formula anuncios escatológicos muy semejantes a los que hemos visto en los escritos apostólicos, y dice: “En los últimos días se multiplicarán los falsos profetas y corruptores, y las ovejas se convertirán en lobos y la caridad se convertirá en odio; tomando pues incremento la iniquidad, los hombres se tendrán odio mutuamente y se perseguirán y se traicionarán, y entonces aparecerá el engañador del orbe diciéndose hijo de Dios y hará señales y prodigios; la tierra será entregada en sus manos, y hará iniquidades tales como nunca se hicieron en los siglos. Entonces lo que crearon los hombres será probado por el fuego, y muchos se escandalizarán y perecerán; mas los que perseveraren en su fe se salvarán de aquel maldito y entonces aparecerán las señales de la verdad: primero la señal del cielo abierto, luego la señal de las trompetas, y tercero la resurrección de los muertos; mas no de todos sino, según está dicho, vendrá el Señor y todos los santos con Él. Entonces verá el mundo al Señor viniendo sobre las nubes del cielo” (Enchiridion Patristicum Nº 10)».

Santo Tomás:

“… todos serán vivificados. Pero cada uno por su orden [unusquisque autem in suo ordine]: como primicia Cristo; luego los de Cristo en su Parusía [deinde ii, qui sunt Christi, qui in adventu ejus crediderunt]; después el fin, cuando Él entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya derribado todo principado y toda potestad y todo poder”.

Aquí demuestra el orden de la resurrección. Primero insinúa el mismo orden: es verdad que todos serán vivificados en Cristo, pero, sin embargo, de modo diferente, porque habrá diferencia entre la Cabeza y los miembros, y habrá diferencia en cuanto a los buenos y a los malos. Por eso dice que cada uno resucitará por su orden, es decir, según su dignidad.

En segundo lugar, manifiesta el orden, puesto que como primicia resucitará Cristo, que es el primero en tiempo y en dignidad, porque es el que posee más gloria. Después resucitarán todos los que son de Cristo, posteriores en tiempo y en dignidad; estos son lo que crucificaron su carne con sus vicios. Cuáles son los de Cristo lo expone diciendo: los que creyeron por la fe, por la caridad operante. En el Advenimiento, primero y segundo. Pero hay que saber que entre los otros santos no habrá orden de tiempo, puesto que todos resucitarán en un abrir y cerrar de ojos, sino según la dignidad, porque el mártir resucitará como mártir, el apóstol como apóstol, y así los otros.

I Corintios 15: 50-53 = Lo que digo, hermanos, es, pues, esto: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción puede poseer la incorruptibilidad. He aquí que os digo un misterio: no todos moriremos, pero todos seremos transformados [omnes quidem resurgemus, sed non omnes immutabimur] en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la trompeta final; porque sonará la trompeta y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados [et mortui resurgent incorrupti, et nos immutabimur]. Pues es necesario que esto corruptible se vista de incorruptibilidad, y esto mortal se vista de inmortalidad.

Monseñor Juan Straubinger:

“No todos moriremos, pero todos seremos transformados”: esta verdad expresa San Pablo también en la Primera Carta a los Tesalonicenses (4: 17). San Agustín y San Jerónimo (epístola Ad Minerium, de resurrectione, Ep. 119, ML 22, 971) siguen esta interpretación, según la cual se librarán de la muerte los amigos de Cristo que vivan en el día de su segunda venida. Así lo indica Santo Tomás (I-II, q. 81, a. 3, ad 1) y muchos teólogos modernos. El P. Bover dice al respecto: “Existen varios textos del Apóstol que parecen afirmar que los fieles de la última generación serán gloriosamente transformados, sin pasar por la muerte… Tratándose de textos suficientemente claros, y de una interpretación hoy día corrientemente admitida por exégetas y teólogos, bastará citarlos”. Y cita a continuación el presente pasaje con I Tess. 4: 15-17 y II Cor. 5: 1-4.

Santo Tomás:

“Ecce mysterium vobis dico, omnes quidem resurgemus, sed non omnes immutabimur. In momento, in ictu oculi, in novissima tuba: canet enim tuba, et mortui resurgent incorrupti, et nos immutabimur”.

Aquí responde el Apóstol a la cuestión que buscaba el modo y el orden de los que han de resucitar. Acerca de ésto hay que saber, según San Jerónimo dice en una carta a Minervo y Alejendro monjes, lo siguiente: en ningún libro de los Griegos tenemos “omnes quidem resurgemus”, sin embargo en algunos tenemos “omnes quidem dormiemus”, es decir, omnes moriemur. Y se dice muerte al sueño por la esperanza en la resurrección. De donde es lo mismo que si dijese “omnes quidem resurgemus”, puesto que nadie resucita sino murió.

“Sed non omnes immutabimur”. Esto no cambia en los libros Griegos, y esto es cierto, puesto que esta transformación, de la cual aquí se trata, es la de los cuerpos de los beatos, que serán transformados según las cuatro dotes de los cuerpos gloriosos.

(«Según aquellos que dicen “Non omnes quidem morimur, sed omnes immutabimur” puede también leerse de este modo: los muertos resucitarán incorruptos, es decir, al estado de incorrupción; y nosotros que vivimos, aunque no resucitaremos, puesto que no moriremos, sin embargo seremos transformados del estado de corrupción el estado de incorrupción. Con esto parece concordar aquello que dice “nosotros los vivientes que quedemos, seremos arrebatados juntamente con ellos…”, I Tess. 4».)

En algunos libros, sin embargo, se encuentra “Non omnes quidem dormiemus”, es decir, “moriemur, sed omnes immutabimur”. Y esto puede entenderse de dos modos:

El primero literalmente, puesto que fue la opinión de algunos que no todos los hombres morirán, sino que algunos en el Adviento de Cristo vendrán vivos al juicio, y estos no morirán, sino que serán transformados al estado de incorrupción, y por eso dicen que “non omnes quidem dormiemus”, es decir, moriremos, sino que todos seremos transformados, tanto los buenos como los malos, y tanto los vivos como los muertos. De donde, según esto, transformación no se entiende del estado de animalidad al estado de espiritualidad (ya que sólo los buenos serán transformados según esta transformación) sino del estado de corrupción al estado de incorrupción.

De otro modo es expuesto místicamente por Orígenes, y dice que aquí no se trata del sueño de la muerte, porque todos moriremos, sino del sueño del pecado, como si dijese: no todos pecaremos mortalmente, sino que todos seremos transformados del estado de corrupción al estado de incorrupción.

Y a pesar de que esta lectura “non omnes moriemur” no sea contra la fe, sin embargo la Iglesia acepta más la primera, es decir que todos moriremos, sea resucitaremos, porque todos morirán incluso si en aquel momento quedan algunos vivos.

El orden y el modo de la resurrección la manifiesta consecuentemente cuando dice “in momento, in ictu oculi, etc.”.

En primer lugar en cuanto al tiempo, in momento. Por lo cual excluye el error de los que dicen que la resurrección futura no será de todos al mismo tiempo, sino que dicen que los mártires resucitarán antes que los otros por mil años, y entonces Cristo descenderá con ellos y poseerá corporalmente el reino de Jerusalén por mil años con ellos. Esta fue la opinión de Lactancio. Pero es manifiesto que esto es falso, puesto que todos resucitaremos en un momento, es decir, en un cerrar y abrir de ojos. Se excluye también por ésto el error del que decía que el juicio duraría por espacio de mil años. Pero esto es falso, puesto que no habrá allí tiempo perceptible, sino que será en un momento».

I Tesalonicenses 4: 13-18 = No queremos, hermanos, que estéis en ignorancia acerca de los que duermen, para que no os contristéis como los demás, que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también creemos que Dios llevará con Jesús a los que durmieron en Él. Pues esto os decimos con palabras del Señor [in verbo Domini]: que nosotros, los vivientes que quedemos hasta la Parusía del Señor, no nos adelantaremos a los que durmieron. Porque el mismo Señor, dará la señal, descenderá del cielo, a la voz del arcángel y al son de la trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán primero. Después, nosotros los vivientes que quedemos, seremos arrebatados juntamente con ellos en nubes hacia el aire al encuentro del Señor; y así estaremos siempre con el Señor. Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras.

Monseñor Juan Straubinger:

A los primeros cristianos, más que a nosotros, les preocupaba la segunda venida de Cristo, especialmente en cuanto a la suerte de los muertos. Creían que éstos, tal vez, fueran remitidos al último lugar en la resurrección o que la resurrección ya había pasado. Contesta San Pablo: De ninguna manera habéis de angustiaros; ellos resucitarán los primeros, y los otros justos que estén vivos será arrebatados al encuentro de Cristo en el aire. Los Padres griegos, y de los latinos San Jerónimo y Tertuliano, opinan que esto sucederá sin que antes sea necesaria la muerte física. Lo admiten también San Anselmo y Santo Tomás.

Santo Tomás:

Cuando dice “et mortui qui in Christo sunt resurgent primi. Deinde nos qui vivimus, qui relinquimur, simul rapiemur cum illis in nubibus obviam Christo in aera” establece el orden de la resurrección, respecto de lo cual hace dos cosas: primero establece la resurrección de los muertos, después el encuentro de los vivos.

Con ocasión de estas palabras creyeron algunos que los que estarán presente en el momento del fin nunca morirán, como dice San Jerónimo en la carta, por aquello que dice “Deinde nos qui vivimus…”. Entre otras cosas distingue inútilmente vivientes de los que hayan muerto. Contra ésto se presenta I Co. 15: “Omnes quidem resurgemus”. De la misma manera “Así como en Adán todos han de morir…”, como tenemos en Rm. 5. Por lo tanto, la muerte pasará a todos. Hay que decir por lo tanto, que algunos se encontrarán vivos en el tiempo aquél, en el cual Cristo vendrá para el juicio; pero en aquel momento de tiempo morirán y enseguida resucitarán. Y por lo tanto, por la pequeña interpolación serán reputados vivientes.

Pero ahora se presenta la cuestión, porque dice aquí: “et mortui qui in Christo sunt resurgent primi, et deinde nos, etc.” Por lo tanto, sucederá primero que resucitarán los muertos a que los vivos salgan al encuentro de Cristo, los cuales en este encuentro morirán. Por lo tanto, algunos resucitarán primero, y de este modo la resurrección no será simultánea para todos, lo cual va en contra de lo que se dice en I Co. 15.

Respondo que hay que decir que aquí es doble la opinión:

Algunos dicen que la resurrección no será simultánea, sino que primero los muertos vendrán con Cristo. Y entonces, en el Adviento de Cristo, los vivos serán arrebatados en nubes, y en aquel rapto morirán y resucitarán. Por lo tanto, lo que se dice ser en un momento, se entiende porque sucederá en poco tiempo.

Otros, sin embargo, dicen que todos resucitarán simultánea e instantáneamente. Por lo tanto, cuando dice Resurgent primi, manifiesta el orden de dignidad, no de tiempo.

Pero parece difícil, porque de los vivos muchos serán probados en la persecución del Anticristo, que precederán en dignidad a muchos de los primeros difuntos.

Y por lo tanto, parece que hay que decir otra cosa: que todos morirán, que todos resucitarán, y que todos resucitarán simultáneamente.

Ni tampoco el Apóstol dice aquí que aquéllos resucitarán antes que éstos, sino que aquéllos resucitarán antes que éstos salgan al encuentro. El Apóstol, en efecto, no establece el orden de la resurrección respecto de la resurrección, sino respecto del rapto o salida al encuentro. En efecto, cuando venga el Señor primero morirán los que se hallen vivos, y entonces enseguida con ellos serán arrebatados en nubes los resucitados que primero habían muerto, como aquí dice el Apóstol. Entre los malos y los buenos habrá esta diferencia, que los malos permanecerán en la tierra, la que amaron, y los buenos serán arrebatados a Cristo, a Quien buscaron.

***

Del Libro del Padre Lacunza

VENIDA DEL MESÍAS EN GLORIA Y MAJESTAD

Parte Primera

Capítulo VI

Segunda dificultad. La Resurrección de la carne, simultánea y única

§ 1 Hemos salido con vida de entre aquella nube densa y tenebrosa. Nos queda ahora que practicar las mismas diligencias con otra nube semejante, que tiene con esta una grandísima relación: comunica con ella por varias partes, le ayuda, la sostiene, y es recíprocamente sostenida y ayudada.

Esta es la resurrección de la carne simultánea y única.

Porque si es cierto que la resurrección de la carne ha de suceder en todos los individuos del linaje humano, simultáneamente y una sola vez, es decir una sola vez y en un mismo instante y momento: con esto solo quedan convencidos de error formal todos los antiguos Milenarios, sin distinción alguna.

Con esto solo debe mirarse con gran recelo, como una pieza engañosa y peligrosísima, el capítulo XX del Apocalipsis. Y con esto solo, nuestro sistema cae al punto a tierra, a lo menos por una de sus partes: y abierta esta brecha, es ya facilísimo saquearlo, y arruinarlo del todo.

Pero ¿será esto cierto? ¿Será tan cierto, tan seguro, tan indubitable, que un hombre católico, timorato y pío, capaz de hacer algunas reflexiones, no pueda prudentemente dudarlo, ni aun siquiera examinarlo a la luz de las escrituras? Esto es lo que voy ya a proponer a vuestra consideración.

Sé que los teólogos que tocan este punto (que no son todos ni creo que muchos) están por la parte afirmativa; más también sé con la misma certidumbre, que no lo prueban; a lo menos se explican poquísimo, y esto muy de prisa.

Si les preguntamos en qué se fundan, nos responden con una gran muchedumbre de lugares de la Escritura Santa, de los cuales las dos partes prueban claramente que ha de haber resurrección de la carne, y nada más; y la otra tercera parte prueba contra su propia aserción.

Los principales lugares de la Escritura que se alegan a favor, son los siguientes:

Así el hombre cuando durmiere, no resucitará, hasta que el cielo sea consumida … En el último día he de resucitar de la tierra (Job, 14, 12 y 19, 25).

Vivirán tus muertos, mis muertos
resucitarán: despertaos y dad alabanza los que moráis en el polvo (Isaías 26, 19).

De la resurrección de los muertos ¿no habéis leído las palabras que Dios os dice (Mt. 22, 31).

En verdad, en verdad os digo: que viene la hora, y ahora es cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oyeren vivirán: todos los que están en los sepulcros, oirán la voz del Hijo de Dios. Y los que hicieron bien irán a resurrección de vida: más los que hicieron mal a resurrección de juicio (Jo. 5, 25 y 28).

Resucitará tu hermano, dijo el Señor. Marta le dice: bien sé que resucitará en la resurrección en el último día
(Jo. 11, 23).

Toda la visión de los huesos del capítulo XXXVII de Ezequiel.

Los muertos que resucitaron Elías y Eliseo, los malvados de quienes se dice: por eso no se levantarán los impíos en el juicio.

Los muertos que resucitó el Señor.

El mismo Señor que resucitó como primicia de los que duermen, (de quien dijo David), ni permitirás que tu santo vea la corrupción: y lo
que afirma San Pablo: en un momento, en un abrir de ojos, en la final trompeta: pues la trompeta sonará, y los muertos resucitarán incorruptibles (I Cor. 15, 52).

Este último lugar tiene alguna apariencia: a su tiempo veremos que es sólo apariencia, examinando todo el contexto.

De estos lugares de la Escritura se pudieran citar sin gran trabajo cuando menos un par de centenares: lo bueno y admirable es, que habiendo citado estos y otros lugares semejantes, concluyen con gran satisfacción, que la resurrección de la carne, simultáneamente y una sola vez, o es un artículo de fe, o a lo menos, una consecuencia de fe.

Cuando quisiereis imitar este modo de discurrir, podréis probar fácilmente esta proposición, o como consecuencia de fe, o también como artículo de fe:

Todos los hombres que actualmente viven, han de morir simultáneamente, y una sola vez, en un instante y momento.

Para probar esto, no tenéis que hacer otra diligencia sino abrir las concordancias de la biblia: buscar la palabra mors: juntar treinta o cuarenta textos, que hablen de esto: verbigracia:

Morirá de muerte

Está establecido a los hombres que mueran una sola vez

Todos moriremos, y nos deslizamos como el agua

¿Quién hay entre los vivientes que no esté sujeto a lo dura necesidad de haber de morir?

Hecho esto, sacáis al punto vuestra consecuencia de fe, o establecéis invenciblemente vuestro artículo de fe: luego todos los hombres que actualmente viven, han de morir simultáneamente, y una sola vez, en un mismo instante y momento.

No hay para que detenernos en la aplicación de esta semejanza: ni tampoco pensamos detenernos en desenredar lo que hallamos tan enredado y confundido en los lugares de la Escritura ya citados, porque esto sería un trabajo igualmente inútil que molesto.

§ 2 Yo creo en la
resurrección de la carne.

Descendiendo a lo particular, creo que todos los individuos del linaje humano, hombres y mujeres, cuantos han vivido, cuantos viven, y cuantos vivirán en adelante, así como todos han de morir, menos los que han muerto ya; así todos han de resucitar, menos los que han resucitado ya.

Creo, que ha de llegar algún día, que el Señor sabe, en que suceda esta general resurrección, y en que el mar y la tierra, el limbo y el infierno den sus muertos, sin ocultar alguno por mínimo que sea.

Creo, que así como Jesucristo resucitó en su propia carne, o en el cuerpo mismo que tenía antes de morir, así ni más ni menos resucitará cada uno de los hombres, por más deshecho que esté el cuerpo, y confundido con la tierra: y esto por la virtud y omnipotencia de Dios vivo, que pudo hacer de nada todo el universo con un hágase, o con un acto de su voluntad.

Mas ¿qué consecuencia pretendéis sacar de mi confesión? Sin duda no habéis reparado bien en aquella palabra que dejé caer como casual, diciendo expresamente. Así como todos han de morir, menos los que han muerto ya; así todos han de resucitar, menos los que han resucitado ya.

Conque es cierto, y de fe divina, que en aquel día y hora, resucitarán todos los que hasta entonces hubieren muerto, y no hubieren resucitado: más no por esto se sigue que también hayan de resucitar entonces los que hayan resucitado de antemano.

Me persuado, no sin gran fundamento, que esta excepción que acabo de hacer, os causará un verdadero disgusto, y aún enfado.

¡Bueno fuera que entre los resucitados de aquel día y hora contásemos también a la santísima Virgen María nuestra señora, de quien ha creído y cree toda la Iglesia, que resucitó aun antes que su santo cuerpo pudiese ver la corrupción, y que la hiciésemos volver a morir para poder resucitar en aquel día!

¡Bueno fuera que entre los resucitados en aquel día y hora, contásemos también a aquellos muchos santos, de quienes nos dice el evangelio: y muchos
cuerpos de santos que habían muerto resucitaron!

Mas yo quisiera ahora saber, ¿cómo se puede componer todo esto con aquella multitud de lugares de la Escritura Santa, que se citan para probar la resurrección simultáneamente y una sola vez, de todos los individuos del linaje humano, sin distinción alguna? ¿Cómo se compone todo esto con aquellas palabras de Job: el hombre cuando durmiere, no resucitará, hasta que el cielo sea consumido… (189) o
con las palabras del Evangelio: todos los que están en los sepulcros, oirán la voz del Hijo de Dios
(190) o con las palabras de Marta:
que resucitará -en el último día
(191): o con las palabras de San Pablo: en un momento, en un abrir de ojo, en la final trompeta: pues la trompeta sonará, y los muertos resucitarán incorruptibles… (192)?

Conque sin perjuicio de la general resurrección, que debe concluirse en aquel día y hora de que hablamos, pudo Dios resucitar muchos siglos antes a la Santísima Virgen María: pudo resucitar a muchos santos, para que acompañasen resucitados a Cristo resucitado, si es que no los hacen morir otra vez: y a otros dos santos mucho tiempo antes de la general resurrección: luego sin perjuicio de aquella ley general, que debe concluirse en aquel día y hora, podrá Dios conceder muy bien esta misma gracia a muchos santos, según su libre y santa voluntad. Y ¿quién sabe si ya la ha concedido a muchos, sin pedirnos nuestro consentimiento, ni darnos parte de su resolución?

Esto supuesto, yo paso un poco más adelante, y pregunto: si aquel mismo Dios, de quien está escrito fiel es el Señor en todas sus palabras (194), que ya ha resucitado a Nuestra Señora, y a otros muchos santos, hubiera prometido resucitar a muchos más, para cierto tiempo antes de la general resurrección, en este caso ¿no haremos muy mal en no creerlo? ¿Será bastante razón para dudarlo, la ley general de la resurrección del último día? ¿Será decente alegar contra esta promesa de Dios el texto de Job, o las palabras de Marta, o todos los otros lugares de la Escritura que habla de la resurrección general de la carne?

Más esta promesa de Dios ¿de donde consta? Tenéis gran razón de preguntarlo. Consta, señor mío, de la misma Escritura divina, entendida del mismo modo que se entiende cualquiera escritura humana, que contiene obligación o promesa: esto es, en su sentido propio, obvio y literal, pues no hay otro modo de averiguar la verdad.

Conque toda nuestra controversia está ya reducida a esto solo: es a saber, a que yo os muestre los instrumentos auténticos y claros que tengo de la promesa de Dios, y habiéndolos visto entre los dos, y examinándolos atentamente juzguemos con recto juicio.

§ 3
Primer instrumento. En primer lugar, debemos traer a la memoria, y considerar de nuevo con mayor atención, todo lo que queda ya observado en la disertación precedente, artículo III, sobre el texto celebérrimo del capítulo XX del Apocalipsis: a lo cual nada tenemos que añadir, ni que quitar, por más que clamen y porfíen los doctores, de que allí no se habla de verdadera y propia resurrección de los cuerpos, sino de una resurrección espiritual de las almas a la gracia, y a la gloria, etc.

Por más que digan confusamente que lo contrario es un error, un sueño, un peligro, una fábula de los Milenarios; por más que pretendan, que la explicación que dan al texto sagrado (y que ya observamos con asombro) es más clara que la luz; por más que quieran persuadirnos, que la prisión del diablo ya sucedió, y que el Rey de los reyes no es Jesucristo sino San Miguel, etc., si no nos traen otra novedad, si no producen otras razones, nos tenemos a lo dicho; ciertos y seguros de que el texto sagrado mirado por todos sus aspectos y con todas sus circunstancias que preceden, que acompañan, y que siguen hasta el fin del capítulo y aun hasta el fin de toda la profecía, es un instrumento auténtico y fiel, en que consta clarísimamente de la promesa de Dios, con que se obliga a resucitar otros muchos santos antes de la general resurrección.

Por consiguiente es este un instrumento precioso que no podemos, ni debemos disimular.

§4
Segundo instrumento. El apóstol San Pablo escribiendo a los
Tesalonicenses, I, 4:12-17., les dice: Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis, acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros, que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó; así también Dios traerá con Jesús a aquellos que durmieron por él. Esto pues os decimos en palabra del Señor (sigue la promesa de Dios), que nosotros que vivimos, que hemos quedado aquí para la venida del Señor, no nos adelantaremos a los que durmieron. Porque el mismo Señor con mandato, y con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo: y los que murieron en Cristo, resucitarán los primeros. Después, nosotros, los que vivimos, los que quedamos aquí, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes a recibir a Cristo en los aires; y así estaremos para siempre con el Señor. Por tanto consolaos los unos con los otros con estas palabras.

De estas palabras del Apóstol, que él mismo nos advierte, no sin gran acuerdo, que las dice en palabra del Señor, sacamos dos verdades de suma importancia.

Primera: que cuando el Señor vuelva del cielo a la tierra, como sabemos que ha de volver después de haber recibido el reino, al salir del cielo, y mucho antes de llegar a la tierra dará sus órdenes, y mandará como Rey, y Dios omnipotente, que todo esto significan aquellas palabras con mandato, y con voz de arcángel, y con trompeta de Dios.

A esta voz del Hijo de Dios resucitarán al punto los que la oyeren, como dice el evangelista San Juan, los
que la oyeren vivirán. Más ¿quiénes serán estos? ¿Serán acaso todos los muertos, buenos y malos sin distinción? ¿Serán todos los individuos del linaje humano sin quedar uno solo?

Parece cierto, y evidente que no; pues en este caso no nos enseñara San Pablo en palabra del Señor la grande novedad de dos cosas, tan absolutamente incomprensibles, como contradictorias: es a saber: resucitar todos los individuos del linaje humano, buenos y malos, lo cual no puede ser sin haber muerto todos, y después de esta resurrección, después quedar todavía algunos vivos y residuos para la venida del Señor.

Fuera de que se debe reparar, que el Apóstol sólo habla en este lugar de la resurrección de los muertos, que murieron en Cristo, o de aquellos, que durmieron por él: y ni una sola palabra de la otra infinita muchedumbre; sin duda porque todavía no ha llegado su tiempo. De este mismo modo habla el Señor en el Evangelio; reparadlo:

Y verán al Hijo del Hombre que vendrá en las nubes del cielo con grande poder y majestad. Y enviará sus ángeles con trompetas, y con grande voz: y allegarán sus escogidos de los cuatro vientos
(Mt. 24:30).

Si comparáis este texto con el de San Pablo, no hallaréis otra diferencia, sino que el Apóstol llama a los que han de resucitar en la venida del Señor los
que murieron en Cristo, que durmieron por él;
y el
Señor los llama sus escogidos y allegarán sus escogidos de los cuatro vientos. Más en ambos lugares se habla únicamente de la resurrección de éstos solos, y ni una sola palabra de los otros.

La segunda verdad que sacamos del texto de San Pablo, a donde volvemos, es esta: que después de resucitados aquellos muertos que murieron en Cristo, que durmieron por él, todos los vivos que en aquel día fueren también de Cristo, los cuales, según otras noticias que hallamos en los Evangelios, no pueden ser muchos, sino bien pocos, como veremos en su lugar, todos estos así vivos se juntarán con los muertos de Cristo ya resucitados, se levantarán de la tierra, y subirán en las nubes a recibir a Cristo: después nosotros los que vivimos… (o los que viven de nosotros) los que andamos aquí, seremos arrebatados, juntamente con ellos a recibir a Cristo en los aires.

Por más esfuerzos que han hecho hasta ahora los intérpretes y teólogos, para eludir o suavizar la fuerza de este texto, es claro que nada nos dicen, que sea pasable, ni aun siquiera tolerable.

Dicen unos, que los santos resucitarán primero, como enseña el Apóstol; mas esto no será con prioridad de tiempo, sino solamente de dignidad; quieren decir, que todos los hombres buenos y malos, santos e inicuos, resucitarán en un mismo tiempo y momento; pero los santos tendrán en la resurrección el primer lugar; esto es: serán más dignos, o más honorables que los malos; y pudieran añadir, que serán los únicos dignos de honor, delante de Dios y de sus ángeles.

Mas ¿es esta la gran novedad que nos anuncia San Pablo, en palabra del Señor que los santos serán más dignos de honor que los malos? ¿Los Apóstoles más honorables que Judas el traidor? ¿Y el mismo San Pablo más que el verdugo que le cortó la cabeza? ¿Y para decirnos esta verdad, no halló el apóstol otras palabras que estas: y los que murieron en Cristo resucitarán los primeros. Después nosotros. Leed, amigo, el texto sagrado, y haced más honor al apóstol, y a vuestra propia razón.

Otros autores menos rígidos, conceden francamente (y esta es la sentencia más común) que el Apóstol habla sin duda de prioridad de tiempo. Conceden, pues, para verificar de algún modo las palabras claras y expresas, resucitarán los primeros, que los santos realmente resucitarán primero; pero añaden luego con una extrema economía, que bastarán para esto algunos minutos; por ejemplo, cinco o seis, que en aquel tiempo tumultuoso será cosa insensible, que nadie podrá reparar.

§ 5
Reflexión. ¿Para qué fin tantos apuros, y tantas prisas? Si es para poder salvar de algún modo el sistema: si es para poder mantener y llevar adelante la idea de una sola resurrección, y esta simultánea, única y momentánea, así como esta idea quedará convencida de falsa, con mil años de diferencia entre la primera resurrección de los muertos, que murieron en Cristo, y la
resurrección del resto de los hombres; así queda convencida de falsa con algunas horas o minutos de diferencia: pues una vez que se admita algún tiempo intermedio, como es necesario admitirlo, la resurrección del linaje humano ya ni podrá ser juntamente, ni podrá ser una sola vez, ni mucho menos en un momento, en un abrir de ojo.

Fuera de esto sería bueno saber ¿con qué razón, o con qué autoridad, se hace esta repartición tan escasa de instantes y momentos? ¿Con qué razón, por ejemplo, nos aseguran, que los justos vivos después de la resurrección de los santos se juntan con ellos, y suben también en las nubes a recibir a Cristo en los aires, y que deben morir, y resucitar allá en el aire antes de llegar a la presencia del Señor?

No me digáis, ni aleguéis para esto la pura autoridad extrínseca, porque esto sería caer en aquel gran defecto que llaman los lógicos responder con lo mismo que se disputa.

Sabemos que así lo han pensado muchos doctores; más no sabemos por qué razón, ni sobre que buen fundamento lo han pensado así, ni de donde pudieron tomar esta noticia.

San Pablo nos asegura en palabra del Señor, que los justos que se hallaren vivos cuando venga el Señor, subirán por el aire a recibirlo en compañía de los santos ya resucitados.

Esta particularidad era bien excusada, si para parecer en la presencia de Cristo fuese necesario que primero muriesen y resucitasen, o allá en el aire, o acá en la tierra antes de levantarse de ella; pues con solo decir, los muertos de Cristo resucitarán, y subirán a recibirlo, estaba dicho todo; mas decirnos expresamente, y esto en palabra del Señor, que no solo los santos resucitados, sino también los santos vivos, se levantarán de la tierra, y subirán juntos con ellos a recibir a Cristo, sin hacer mención la más mínima de muerte, ni de resurrección de estos últimos, parece una prueba clara y manifiesta, para quien no tuviere algún empeño manifiesto, de que no hay tal muerte, ni tal resurrección instantánea: que esta idea tan ajena del texto sagrado solo la pudo haber producido la necesidad de salvar de algún modo el sistema, a lo menos por aquella parte, ya que por otra quedaba insalvable; pues habiendo resucitado los muertos de Cristo en todas las partes del mundo, habiéndose levantado de la tierra, habiendo subido juntamente con ellos muchos vivos, habiendo estos muerto, habiendo resucitado, todavía no se ha verificado la resurrección, ni aun siquiera la muerte de todo el resto de los hombres.

A todo esto podemos añadir esta otra reflexión: el rapto de los vivos de que hablamos, es ciertamente una cosa futura; por consiguiente no pudiéramos saberla sin revelación expresa de Dios, a quien sólo pertenece la ciencia de lo futuro.

Del mismo modo, siendo también una cosa futura, o solo posible, la circunstancia que se pretende en estos vivos, de morir y resucitar instantáneamente antes de llegar a la presencia de Cristo, tampoco podrá saberse esta circunstancia sin revelación expresa del que todo lo sabe.

De aquí se sigue, que cualquiera hombre que nos añada esta circunstancia, aunque sea debajo de la autoridad de otros mil, deberá junto con ellos mostrarnos alguna revelación divina, cierta, clara y expresa, en donde conste de esta circunstancia. Y si esta tal revelación, ni la muestran, ni la pueden mostrar porque no la hay, deberán contentarse, y tener por excusados a los que no creyeren su noticia por no querer apartarse un punto de lo que dice la revelación.

Sacamos de todo lo dicho esta importante consecuencia: no obstante los esfuerzos que han hecho los más sabios y más ingeniosos doctores para explicar el texto de San Pablo de algún modo más compatible con su sistema; no obstante sus miedos, sus apuros, sus prisas, su solicitud; no obstante su grande y aun extrema economía en la repartición de instantes y minutos, al fin se ven precisados a concedernos algo, como acabáis de ver.

Nos conceden primeramente, que los muertos que son con Cristo (los cuales parecen los mismos idénticos que se leen en el capítulo veinte del Apocalipsis. Comparad, señor, un texto con otro, y oíd lo que os dice vuestro corazón) resucitarán primero que los demás.

Nos conceden lo segundo, que después de resucitados estos, morirán los santos que acaso se hallaren vivos, o en la tierra, o allá en el aire, los cuales también resucitarán en segundo lugar.

Nos conceden lo tercero, que después de estos morirán, o serán muertos con un diluvio de fuego, todos cuantos vivientes hubiere entonces sobre la tierra.

Nos conceden finalmente, que después de todo esto, después de quemados todos los vivientes con todo cuanto se hallare sobre la tierra: después de apagado o disipado todo aquel mar inmenso de fuego (lo que ha menester, según parece, algunos minutos) resucitarán por último todos los muertos que restaren, que sin duda serán los más.

Contentémonos ahora con esto poco que nos dan, (que a su tiempo les pediremos algo más) y saquemos ya nuestra importante y legítima consecuencia: luego la resurrección de la carne, simultáneamente y una sola vez, la resurrección de todos los individuos del linaje humano, en un momento, en un abrir de ojo, lejos de ser un artículo, o una consecuencia de fe, es por el contrario, y debe mirarse como una aserción falsa, y absolutamente indefendible, y esto por confesión de los mismos que la propugnan.

Por consiguiente queda quitado con esto sólo aquel embarazo que nos impedía el paso, y disipada aquella grande nube que nos cubría el cielo.

§ 6
Instrumento tercero. El
mismo Apóstol, y maestro de las gentes, habla de propósito y difusamente en su
primera carta a los Corintios, capítulo 15, y llegando al versículo 23-26 dice así: mas cada uno en su orden; las primicias Cristo; después los que son de Cristo, que creyeron en su advenimiento. Luego será el fin, cuando hubiere entregado el reino a Dios y al Padre, cuando hubiere destruido todo principado, y potestad, y virtud. Porque es necesario que él reine, hasta que ponga a todos sus enemigos debajo de sus pies. Y la enemiga muerte será destruida la postrera. Porque todas las cosas sujetó debajo de los pies de él.

Sigamos el orden de estas palabras:

El primer resucitado es Cristo mismo; estas son las primicias de la resurrección: las
primicias Cristo. Ningún hijo de Adán tuviera que esperar resurrección, si no hubieran precedido estas primicias.

Síguense después de Cristo, añade San Pablo, los que son suyos, los que creyeron en él: después los que son de Cristo; comparad de paso estas palabras con aquellas otras: y los
que murieron en Cristo, o aquellos que durmieron por él: y veréis como todo va bien, en una perfecta conformidad. Después de la resurrección de los que son de Cristo, seguirá el fin.

Dos brevísimas observaciones.

Primera: ¿dónde esta aquí la resurrección del resto de los hombres? ¿Acaso estos no han de resucitar alguna vez? Si como se piensa han de resucitar juntamente con los que son de Cristo, ¿por qué San Pablo no habla de ellos ni una sola palabra?

Resucitados los muertos que son de Cristo, se sigue el fin; y los otros muertos, que son los más, todavía no han resucitado, ¿Cómo podremos componer esto con el simultáneamente y una sola vez, o con el artículo y consecuencia de fe?

Segunda observación: este fin de que habla el Apóstol ¿debe seguirse luego inmediatamente a la resurrección de los santos? Diréis necesariamente que sí, porque es preciso llevar adelante la economía, y no perder un momento de tiempo. Más San Pablo, que sin duda lo sabía mejor, nos da a entender claramente que le sobra el tiempo, pues entre la resurrección de los santos y el fin, pone todavía grandes sucesos que piden tiempo, y no poco, para poderse verificar.

Reparad en sus palabras, y en su modo de hablar: las primicias Cristo… después los que son de Cristo… Luego será el fin.

Suponen comúnmente los doctores, a lo menos en la práctica, que aquí se termina el texto del Apóstol, y lo que resta de él sucederá después del fin; que parte ha sucedido ya, y se está verificando desde que el Señor subió a los cielos.

Considerad lo que resta del texto: Luego será el fin; cuando hubiere entregado el reino a Dios y al Padre, cuando hubiere destruido todo principado, y potestad, y virtud. Porque es necesario que él
reine hasta que ponga a todos sus enemigos debajo de sus pies. Y la enemiga muerte será destruida la postrera. Este texto pues, así cortado y dividido en estas dos partes, lo que quiere decir, según explican, es esto solo: el primer resucitado es Cristo; después, cuando él venga del cielo, los que son suyos; luego al instante siguiente sucede el fin con el diluvio universal de fuego; al otro instante resucita el resto de los muertos, aunque San Pablo no los toma en boca; últimamente sucede la evacuación de todo principado, potestad y virtud.

¿Qué quiere decir esto? Quiere decir, que se destruye enteramente todo el imperio de Satanás, y de sus ángeles; los cuales, añaden con mucha satisfacción, conservan siempre el nombre de aquel coro a que pertenecían antes de su pecado, y de su caída.

Óptimamente. ¿Y no hubo ángeles infieles de los otros coros, sino solamente de estos tres? ¿Y no hay aquí en la tierra otros principados, potestades y virtudes sino los ángeles malos? ¿No está ahora, y ha estado, y estará siempre en mano de muchos hombres el principado, respecto de los otros, la potestad emanada de Dios, y la virtud, esto es, la milicia o la fuerza, para hacerse obedecer? ¿Por qué, pues, se recurre a los ángeles malos o a los demonios, y a unas ideas cuando menos inciertas, dudosas y oscurísimas, como son los coros a que pertenecían?

Síguese en el texto del Apóstol la entrega del reino, que hará Cristo a Dios su Padre. ¿Cuando será esta? Será, dicen, cuando después de concluido el juicio universal, se vuelva el Señor al cielo con todos los suyos.

Conque según esto, la entrega del reino deberá ser el último suceso en todo el misterio de Dios; y no obstante San Pablo pone todavía tres grandes sucesos después de este, y en último lugar pone la destrucción de la muerte, que no es otra cosa, que la resurrección universal: y la enemiga muerte será destruida.

Y aquel gran suceso que pone el Apóstol en medio del texto, esto es: porque es necesario que él reine, hasta que ponga a todos sus enemigos debajo de sus pies, ¿dónde se coloca con alguna propiedad y decencia?

Este gran suceso es necesario ponerlo aparte, o volver muy atrás para poderle dar algún lugar; pues esto no podrá suceder en aquel tiempo, después de la resurrección de los santos, que son de Cristo, aunque el Apóstol lo ponga para entonces, (y esto so pena de error, y de peligro), sino que empezó a verificarse desde que el Señor subió a los cielos, y hasta ahora se está verificando.

Yo observo aquí, y me parece que cualquiera observará lo mismo, una especie de desorden, de oscuridad, de confusión, y de un trastorno de ideas tan extrañas, que me es preciso leer y releer el texto muchas veces, temiendo entrar en la misma confusión de ideas; y aun esta diligencia creo que no baste.

No me diréis, amigo, lo primero ¿qué razón hay para poner el fin luego inmediatamente, después en el instante siguiente a la resurrección de los santos? ¿Acaso porque sin mediar otra palabra se dice: Luego será el fin?

Lo
mismo se dice de la resurrección de los santos respecto de la de Cristo, y ya sabéis cuantos siglos han pasado, y quizá pasarán entre una y otra resurrección, las primicias de Cristo: después los que son de Cristo.

No me diréis lo segundo, ¿qué razón hay para no querer unir las palabras Después será el fin, con las que siguen inmediatamente, cuando en el texto sagrado se leen unidas, ni se les puede dar sentido alguno, ni aun gramatical, si no se unen? Luego será el fin; cuando hubiere entregado el reino a Dios y al Padre, cuando hubiere destruido todo principado, y potestad, y virtud.

Resucitados los que son de Cristo, dice San Pablo, sucederá el fin. Mas ¿cuándo? Cuando el Señor entregare, o hubiere entregado, cuando evacuare, o hubiere evacuado, cuando… Conque es claro, que el fin no sucederá sino cuando sucedan todas estas cosas, que se leen expresas en el texto sagrado.

Del mismo modo parece claro, que siendo Jesucristo cabeza del linaje humano, y habiéndose encargado de su remedio, no puede hacer a su Padre la oblación o la entrega del reino de que está constituido heredero, sino después de haberlo evacuado de toda dominación extranjera: después de haber destruido enteramente principado, y potestad, y virtud. (Por lo cual se va directamente contra la bestia, contra los reyes de la tierra, y contra sus ejércitos,
Apoc. 19: 19) Después de haber sujetado todo el orbe, no solamente a la fe estéril y sin vida, sino a las obras propias de la fe, que es la piedad y la caridad: en suma, después de haber convertido en reino propio de Dios, y digno de este nombre, todos los diversos reinos de los hombres; para esto, prosigue el Apóstol, es necesario que el mismo Hijo reine efectivamente hasta sujetar todos los enemigos, y ponerlos todos debajo de sus pies; cuando todas las cosas estuvieren ya sujetas a este verdadero y legítimo rey, entonces podrá ofrecer el reino a su Padre de un modo digno de Dios.

Porque no se piense ahora, como se quiere dar a entender, que todo esto se ha hecho, y se puede plenamente concluir por la predicación del Evangelio que empezaron los Apóstoles, se deben notar y reparar bien dos cosas principales.

Primera: que aquí no se habla de la conversión a la fe de los principados y potestades de la tierra, antes por el contrario se habla claramente de la evacuación de todo principado y de toda potestad; y es cierto y sabido de todos los cristianos, que la predicación del Evangelio está tan lejos de tirar, ni aun indirectamente, a esta evacuación, que antes es uno de sus puntos capitales el sujetarnos mas a todo principado y potestad, y el asegurar más a los mismos principados y potestades con nuestra obediencia y fidelidad.

A esto no solo nos exhorta, sino que nos obliga indispensablemente (por estas palabras): pagad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios (Mat. 22: 21). Toda alma esté sometida a las potestades superiores. Porque no hay potestad sino de Dios: y las que son, de Dios son ordenadas
(Rom. 13: 1). Someteos, pues, a toda humana criatura, y esto por Dios: ya sea al rey, como soberano que es: ya a los gobernadores… temed a Dios: dad honra al rey etc
(I Pet. II, 13, 14, et 17).

La segunda cosa que se debe reparar, es que esta evacuación de todo principado, potestad y virtud, con todo lo demás que se ve en el texto, junto y unido, debe suceder no antes, sino después de la resurrección de los santos, que son de Cristo: por
consiguiente después de la venida del mismo Cristo que esperamos en gloria y majestad.

Leed el texto cien veces, y volved a leerlo otras mil, y no hallareis otra cosa, si no queréis de propósito negaros a vos mismo.

Hecho pues todo esto, con el orden que lo pone San Pablo, concluye él mismo todo el misterio diciendo: y la enemiga muerte será destruida la postrera; y ved aquí el fin de todo con la resurrección universal, en la que debe quedar vencida y destruida enteramente la muerte, de modo, que entonces, y solo entonces, se cumplirá la palabra que está escrita: ¿dónde está, o muerte, tu victoria? ¿dónde está, o muerte, tu aguijón?

§ 7 Todo lo que acabamos de observar en el texto de San Pablo, lo hallamos de la misma manera y con el mismo orden, aunque con alguna mayor extensión y claridad, en el capítulo XX del Apocalipsis.

Hagamos brevemente el confronto de todo, o paralelo de ambos textos, que puede sernos de grande importancia para aclarar un poco más nuestras ideas.

Primeramente San Pablo habla en este lugar no solamente de la resurrección, sino expresamente del orden con que ésta debe hacerse: más cada uno en su orden; diciendo, que el primero de todos es Cristo, que después de la resurrección de Cristo, se seguirá la de sus santos, y aunque en este lugar no señala el tiempo preciso de esta resurrección de los santos, mas la señala en otra parte, como ya observamos esto es, en la epístola a los Tesalonicenses, capítulo IV, diciendo, que sucederá cuando el mismo Señor vuelva del cielo a la tierra; descenderá del cielo, y los que murieron por Cristo, resucitarán los primeros.

Pues esto mismo dice San Juan con alguna mayor extensión y con noticias más individuales, es a saber, que los degollados por el testimonio de Jesús, por la palabra de Dios, y los que no adoraron a la bestia, etc.; estos vivirán, o resucitarán en la venida del Señor, que esta será la primera resurrección, que serán beatos y santos, los que tuvieron parte en la primera resurrección, que los demás muertos no resucitarán entonces, sino después de mucho tiempo significado por el número de mil años, que pasado este tiempo, sucederá el fin, y antes de este fin sucederá la destrucción de Gog, y caerá fuego sobre Magog, etc.

Yo supongo, que tenéis presente todo el capítulo XX del Apocalipsis, y que actualmente lo consideráis con más atención.

En él debéis reparar, entre otras cosas, está bien notable que naturalmente salta a los ojos. Quiero decir que los degollados por el testimonio de Jesús, y por la palabra de Dios, y los que no adoraron la bestia, etc, no sólo resucitarán en la venida de Cristo, sino que reinarán con él mil años: Y vivieron y reinaron con Cristo mil años.

Lo que supone evidentemente, que el mismo Cristo reinará todo este espacio de tiempo, y para este tiempo son visiblemente las sillas y los que se sientan en ellas con el oficio y dignidad de jueces: Y vi sillas, y se sentaron sobre ellas, y les fue dado juicio.

Según las claras y frecuentísimas alusiones del Apocalipsis a toda la Escritura, como iremos notando en adelante, parece que este lugar alude al capítulo III de la Sabiduría, y juntamente al Salmo 149; el primero dice: Resplandecerán los justos, y como centellas en el cañaveral discurrirán. Juzgarán las naciones, y señorearán a los pueblos, y reinará el Señor de ellos.

El segundo, más individual y circunstanciado, dice: se regocijarán los santos en la gloria, se alegrarán en sus moradas. Los ensalzamientos de Dios en su boca, y espada de dos filos en sus manos, para hacer venganza en las naciones, reprensiones en los pueblos. Para aprisionar los reyes de ellos con grillos, y sus nobles con esposas de hierro. Para hacer sobre ellos el juicio decretado; esta gloria es para todos sus santos
(Ps.
149, 5-9).

Decidme, amigo, con sinceridad y verdad, ¿habéis reparado alguna vez, o hecho algún caso de estas profecías? Decidme más, ¿habéis considerado atentamente lo que sobre ellas dicen los más sabios intérpretes, o por hablar con más propiedad lo que no dicen, que en realidad nada dicen? Esto poco o nada, que dicen sobre estas profecías, ¿podrá satisfacer vuestra razón, y dejar quieta vuestra curiosidad?

¿No veis la prisa con que corren, como si se vieran obligados a caminar sobre las brasas? ¿No veis como tiran con toda presteza a sacar sus ideas libres e indemnes de aquel incendio, ciertos y seguros, de que todas quedaran consumidas, y reducidas a ceniza, si se detuvieran un momento más?

¿No veis, decidme ahora, por el contrario, de qué sucesos o de qué tiempos se puede hablar aquí si no se habla de los tiempos y de los sucesos admirables que ahora consideramos? Reflexionadlo con vuestro juicio y atención, que yo esperaré pacientemente vuestra respuesta.

En suma, San Pablo pone después de todo y en último lugar, la destrucción de la muerte, que no es otra cosa, como hemos dicho, que la resurrección universal: y la enemiga muerte será destruida la postrera.

San Juan hace lo mismo después de su reino milenario, y después del fuego que cae sobre Gog, y Magog, en que se comprende el oriente y el occidente, y los vivientes de todo el orbe, diciendo: y dio la mar los muertos que estaban en ella… y fue hecho juicio de cada uno de ellos según sus obras, y el infierno y la muerte fueron arrojados en el estanque de fuego.

Expresiones todas propísimas para explicar la destrucción entera de la muerte, con la resurrección universal. Y la muerte será destruida.

§ 8
Cuarto instrumento. El
cuarto instrumento que presentamos en la promesa de Dios, de que vamos hablando, se halla registrado en el mismo
capítulo XV (de la Primera a los Corintios) hacia el fin del versículo 51, donde el Apóstol nos pide toda nuestra atención, como que va a revelarnos un misterio oculto, y de sumo interés para los que quieran aprovecharse de la noticia.

He aquí, os digo, un misterio: todos ciertamente resucitaremos, mas no todos seremos mudados. En un momento, en un abrir de ojos, en la final trompeta, pues la trompeta sonará, y los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos mudados.

Os causará grande admiración que yo cite este texto a mi favor, cuando parece tan claro contra mí.

La misma admiración tengo yo de ver que los doctores citen este mismo texto a su favor, después de haber concedido, aunque con tan gran economía, que los santos realmente resucitarán primero que el resto de los hombres.

La inteligencia que dan a este último lugar de San Pablo, es bien difícil componerla con aquella concesión.

No obstante convienen todos, como es necesario, en su sistema, que el Apóstol habla aquí de la resurrección universal. Mas ¿será cierto esto?

¿El Apóstol habla aquí de la resurrección universal? ¿Con qué razón se puede esto asegurar, cuando todo el contexto clama y da gritos contra esta inteligencia?

Os atreveréis a decir, ¿que San Pablo, el Apóstol y maestro de las gentes, o el Espíritu Santo que hablaba por su boca, se contradice a sí mismo?

Pues no hay remedio, si queréis que hable aquí de la resurrección universal, deberéis conceder, que cae irremisiblemente en dos o tres contradicciones manifiestas. Vedlas aquí.

Primera contradicción

Si San Pablo habla aquí de la resurrección universal, todos los hombres sin distinción, buenos y malos, fieles e infieles, etc., deben resucitar en un mismo momento, en un abrir y cerrar de ojos, luego es falso lo que dice a los Tesalonicenses: y los que murieron en Cristo resucitarán los primeros, y si no, componedme estas dos proposiciones.

Primera: Todos los hombres sin distinción, buenos y malos, resucitarán en un mismo instante y momento.

Segunda: Los
muertos que son de Cristo resucitarán primero.

Segunda contradicción

Si San Pablo habla aquí de la resurrección universal, todos los hombres sin distinción deben resucitar en un momento, en un abrir de ojos, luego antes de este momento, todos sin distinción deben estar muertos; pues sólo los muertos pueden resucitar, luego no hay, ni puede haber tales vivos, que se levanten en las nubes a recibir a Cristo en compañía de los santos ya resucitados, juntamente con ellos. Y si no, componedme estas dos proposiciones.

Primera: Todos los hombres sin distinción, deben resucitar en un mismo punto y momento: por una consecuencia necesaria, todos sin distinción deben estar realmente muertos, antes que suceda esta resurrección instantánea.

Segunda: Después de la resurrección de los santos, algunos hombres, no muertos sino vivos, que todavía no han pasado por la muerte, se juntarán con dichos santos ya resucitados, y junto con ellos subirán en las nubes a recibir a Cristo.

Tercera contradicción

Si San Pablo habla aquí de la resurrección universal, todos los hombres, sin distinción de buenos y malos, de espirituales y carnales, puros e impuros, etc., deberán resucitar incorruptos en un momento, en un abrir de ojos, en la final trompeta: pues la trompeta sonará, y los muertos resucitarán incorruptibles, luego todos sin distinción poseerán desde aquel momento la incorrupción o la incorruptela, luego es falso lo que dice el mismo Apóstol en el versículo precedente: Mas digo esto, hermanos: que la carne y la sangre no pueden poseer el reino de Dios: ni la corrupción poseerá la incorruptibilidad.

Diréis, no obstante, que también los malos, por inicuos y perversos que sean, han de resucitar incorruptos, participar de la incorruptela; pues una vez sus cuerpos resucitados, sus cuerpos no han de volver a resolverse, ni a convertirse en polvo, sino que han de perseverar enteros, unidos siempre con sus tristes y miserables almas.

Bien, ¿y esto queréis llamar incorrupción o incorruptela? Cierto que no es este el sentir del Apóstol, cuando nos asegura formalmente, y aun nos amenaza de que la carne y sangre no pueden poseer el reino de Dios: ni la corrupción poseerá la incorruptibilidad.

Pues ¿qué quiere decir esta expresión tan singular? Lo que quiere decir manifiestamente es, que una persona, cualquiera que sea sin excepción alguna, que tuviese el corazón o las costumbres corrompidas, y perseverare en esta corrupción hasta la muerte, no tiene que esperar en la resurrección un cuerpo puro, sutil, ágil, e impasible. Resucitará sí; mas no para la vida, sino para lo que llama San Juan muerte segunda; no para el gozo propio de la incorruptela, sino por el dolor y miserias, propios de la corrupción.

Así, aquel cuerpo no se consumirá jamás, y al mismo, tiempo jamás tendrá parte alguna en los efectos de la incorrupción; antes sentirá eternamente los efectos propísimos de la corrupción, que son la pesadez, fealdad, la inmundicia, la fetidez, y sobre todo, el dolor.

Esto supuesto, componedme ahora estas dos proposiciones.

Primera: Todos los hombres sin distinción resucitarán incorruptos, pues la trompeta sonará, y los muertos resucitarán incorruptibles.

Segunda: No todos los hombres, sino solamente una pequeña parte, respecto de la otra muchedumbre, poseerá la incorrupción o la incorruptela.

Cuando todas estas cosas, que a nuestra pequeñez aparecen inacordables, se acuerden y compongan de un modo natural, claro y perceptible, entonces veremos lo que hemos de decir.

Entretanto decimos resueltamente, que San Pablo no habla aquí, ni puede hablar de la resurrección universal.

El contexto mismo de todo el capítulo, aunque no hubiera otro inconveniente, prueba hasta la evidencia todo lo contrario.

Observadlo todo con atención especialmente desde el versículo 41: una es la claridad del sol, otra la claridad de la luna, y otra la claridad de las estrellas; y aun hay diferencia de estrella a estrella en la claridad. Así también la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción; es sembrado en vileza, resucitará en gloria; es sembrado en flaqueza, resucitará en vigor; es sembrado cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual… etc.

Ved ahora como podéis acomodar todo esto a la resurrección de todos los hombres, sin distinción de santos e inicuos.

Pues ¿de qué resurrección había aquí el Apóstol? Habla, amigo, innegablemente, por más que lo queráis confundir, de aquella misma resurrección de los santos de que habla a los Tesalonicenses.

En uno y otro lugar habla con los nuevos cristianos, exhortándolos a la pureza y santidad de vida, junto con la fe, y proponiéndoles la recompensa plena en la resurrección.

En uno y otro lugar habla únicamente de la resurrección de santos, cuando venga el Señor.

En uno y otro lugar habla de otros santos no muertos, ni resucitados, sino que todavía se hallarán vivos en aquel día; y por eso añade aquí aquellas palabras: los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos mudados; las cuales corresponden visiblemente a aquellas otras, nosotros, los que vivimos, los que quedamos aquí, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes, a recibir a Cristo en los aires; porque estos vivos que suben por el aire a recibir al Señor es preciso que antes de aquel rapto padezcan una grande inmutación.

Los intérpretes y demás doctores que tocan este punto, no reconocen otro misterio en las palabras del Apóstol, sino sólo éste: los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos mudados, esto es,
todos los muertos, sin distinción de buenos y malos, resucitarán incorruptos, y esto en un momento, en un abrir de ojos; mas no todos se inmutarán, ni todos serán glorificados, sino solamente los buenos.

Cierto, amigo, que si el Apóstol no intentó otra cosa que revelarnos este secreto, bien podría haber omitido o reservado para otra ocasión más oportuna, aquella grande salva que nos hace antes de revelarlo. He aquí, os digo un misterio.

Del mismo modo podía haber advertido y remediado con tiempo las inconsecuencias o las contradicciones, en que caía. Si estas no son absolutamente imposibles, respecto de otros doctores, yo pienso que lo son, respecto del doctor y maestro de las gentes.

Todo lo cual me persuade eficazmente, y aun me obliga a creer, que San Pablo no habla aquí de la resurrección universal, sino sólo y únicamente de la resurrección de los santos, que debe suceder en la venida del Señor, como se lee en el capítulo XX del Apocalipsis.

De donde se concluye, que la resurrección a un mismo tiempo, y una vez, la resurrección en un momento, en un abrir de ojos, de todos los individuos del linaje humano, no tiene otro verdadero fundamento que el que tuvo antiguamente el sistema celeste de Tolomeo.

§ 9 Me quedaban todavía algunos otros instrumentos que presentar; mas veo que me alargo demasiado. No obstante los muestro, como con el dedo, señalando los lugares, donde pueden hallarse, y pidiendo una juiciosa reflexión.

Primeramente en el salmo I, 5, leo estas palabras: Por eso no se levantarán los impíos en el juicio; ni los pecadores en el concilio de los justos.

Este texto lo hallo citado a favor de la resurrección, a un mismo tiempo y una vez; mas ignoro con qué razón, esto prueba, dicen, que no hay más que un solo juicio, y por consiguiente una sola resurrección.

Lo contrario parece que se infiere manifiestamente, porque si los impíos y pecadores no han de resucitar en el juicio y concilio de los justos; luego, o no han de resucitar jamás (lo que es contra la fe), o ha de haber otro juicio en que resuciten, por consiguiente otra resurrección.

Segundo, en el capítulo XX del Evangelio de San Lucas, versículos 35 y 36 leo estas palabras del Señor: Mas los que serán juzgados dignos de aquel siglo, y de la resurrección de los muertos, ni se casarán, ni serán dados en casamiento, porque no podrán ya más morir, por cuanto son iguales a los ángeles, e hijos son de Dios, cuando son hijos de la resurrección.

Si en toda la Escritura divina no hubiera otro texto que este solo, yo confieso que no me atreviera a citarlo a mi favor; mas este texto combinado con los otros, me parece que tiene alguna fuerza más.

De él, pues, infiero, que en la venida del Señor, con la cual ha de comenzar ciertamente aquel otro siglo, habrá algunos que se hallarán dignos de este siglo, y de la resurrección; y habrá otros más, que no se hallarán dignos de este siglo, ni tampoco de la resurrección, luego habrá algunos que entonces resucitarán, y otros que no resucitarán hasta otro tiempo, que es lo que dice San Juan: Los otros muertos no entraron en vida, hasta que se cumplieron los mil años. Esta es la primera resurrección.

Tercero: San Mateo dice, que cuando el Señor vuelva del cielo en gloria y majestad, enviará sus ángeles con trompetas, y con grande voz, y allegarán sus escogidos de los cuatro vientos (Mt., 24: 31).

Estos electos, parece claro que no serán otros, sino los santos que han de resucitar. Mas si queréis ver en este mismo lugar los vivos que han de subir en las nubes a recibirá Cristo, observad lo que luego se dice en el versículo 40: entonces estarán dos en el campo; el uno será tomado, y el otro será dejado.

Estas dos últimas palabras ¿qué significan? ¿qué sentido pueden tener? Si no queréis usar de suma violencia, deberéis confesar que aquí se habla manifiestamente de personas vivas y viadoras, dos en campo, dos en molino, de las cuales, cuando venga el Señor, unas serán asuntas, o sublimadas y honradas, y otras no; la una será tomada, y la otra será dejada, porque unas serán dignas de esta asunción, y otras no lo serán, y por eso serán dejadas. La una será tomada, y la otra será dejada.

Diréis que el sentido de estas palabras es, que de un mismo oficio, estado y condición, unos hombres serán salvos, y otros no; unos serán asuntos y sublimados a la gloria, y otros serán dejados por su indignidad. Bien, habéis dicho en esto una verdad; mas una verdad tan general, que no viene al caso.

Yo pregunto: esta verdad general, ¿cuándo tendrá su entero cumplimiento en vuestro sistema? ¿No decís que sólo después de la resurrección universal?

Pues, amigo, esto me basta para concluir, que las palabras del Señor no pueden hablar de esa verdad general que pretendéis, ni pueden admitir ese sentido. ¿Por qué? Porque hablan visiblemente de personas, no resucitadas, ni muertas, sino vivas y viadoras; hablan de personas que en aquel día de su venida se hallarán descuidadas, trabajando en el campo, en el molino, etc.

Esta es la verdad particular, a que se debe atender en particular. Confrontad ahora esta verdad con aquella otra: descenderá del cielo, y los que murieron en Cristo, resucitarán los primeros, después nosotros, los que vivimos, etc., y me parece que hallaréis una misma verdad particular en San Pablo, y el Evangelio: enviará sus ángeles… y allegarán sus escogidos de los cuatro vientos; los cuales electos, parece que no pueden ser otros, sino los mismos que murieron en Cristo, que durmieron por él.

Lo cual ejecutado, sucederá luego entre los vivos, lo que añade el Señor: el uno será tomado, y el otro será dejado; y lo que añade el Apóstol: después nosotros, los que vivimos, etc.

Cuarto. Leed estas palabras de Isaías: vivirán tus muertos, mis muertos resucitarán, despertaos, y dad
alabanza los que moráis en el polvo, porque tu rocío es rocío de luz, y a la tierra de los gigantes (o de los impíos, como se lee en los 70) la reducirás a ruina. Porque he aquí que el Señor saldrá de su lugar, para visitar la maldad del morador de la tierra contra él, y descubrirá la tierra su sangre, y no cubrirá de aquí adelante sus muertos (26, 19 y
21).

Dicen, que este lugar habla de la resurrección universal, y lo más admirable es, que este mismo lugar sea uno de los citados para probar la resurrección de la carne, a un mismo tiempo y una vez.

Mas después de leído y releído todo este lugar, después de observadas atentamente todas sus expresiones y palabras, no hallamos una sola que pueda convenir a la resurrección universal; antes hallamos que todas repugnan. Por el contrario, todas convienen perfectamente a la resurrección de aquellos solos a quienes se enderezan inmediatamente, que son los santos, los electos, los muertos de Cristo, los que durmieron por Jesús, los degollados por el testimonio de Jesús, y por la palabra de Dios, etc., de que tanto hemos hablado.

Observad lo primero, que no se habla aquí de cualesquiera muertos, sino únicamente de los que han padecido muerte violenta, o sea con efusión de sangre o sin ella.

Observad lo segundo, que tampoco se habla en general de todos los que han padecido muerte violenta, sino de aquellos solo que han padecido por Dios, que por eso el mismo Señor los llama mis muertos.

Observad lo tercero, que la resurrección de estos, de quienes únicamente se habla, deberá suceder cuando el Señor venga de su lugar para visitar la maldad del morador de la tierra contra él, y entonces, dice el profeta, revelará la tierra su sangre, y no cubrirá más a sus interfectos, que son los que llama el Señor mis muertos.

Observad por último, que a estos muertos, de quienes se habla en este lugar, se les dicen aquellas palabras, ciertamente inacomodables a todos los muertos: despertaos, los que moráis en el polvo; porque tu rocío es rocío de luz, y a la tierra de los gigantes (o de los impíos) la reducirás a polvo, lo cual concuerda con el texto del Apocalipsis, y las almas de los degollados… vivieron y reinaron con Cristo mil años, y mucho más claramente con aquel otro texto del mismo Apocalipsis, al que venciere, y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré potestad sobre las gentes. Y las regirá con vara de hierro, y serán quebrantadas como vaso de ollero, y así como también yo la recibí de mi Padre; y le daré la estrella de la mañana.

En esta estrella matutina, piensen otros como quieran, yo no entiendo otra cosa que la primera resurrección con el principio del día del Señor.

Últimamente, en el capítulo VI del Evangelio de San Juan leo esta promesa del Señor cuatro veces repetida: y yo le resucitaré en el último día. Promesa bien singular, que hace Jesucristo, no cierto a todos los hombres sin distinción, ni tampoco a todos los cristianos, sino expresamente a aquellos solos que se aprovecharen de su doctrina, de sus ejemplos, de sus consejos, de su muerte, y en especial del sacramento de su cuerpo y sangre.

Ahora pues: si todos los hombres sin distinción han de resucitar, a un
a un mismo tiempo y una vez, en un momento, en un abrir de ojos, ¿qué gracia particular se les promete a estos con quienes se habla? ¿No es el mismo Señor el que ha de resucitar a todos los hombres?

Si sólo se les promete en particular la resurrección a la vida, tampoco esta gracia será tan particular para ellos solos, que no la hayan de participar otros muchísimos, con quienes ciertamente no se habla, como son los innumerables que mueren después del bautismo, antes de la luz de la razón; y fuera de estos, todos aquellos que a la hora de la muerte hallan espacio de penitencia, habiendo antes vivido muy lejos de Cristo y ajenísimos de su doctrina. Si todos estos también han de resucitar para la vida eterna, ¿qué gracia particular se promete a aquellos?

Los instrumentos que hemos presentado en esta disertación, si se consideran seriamente y se combinan los unos con los otros, nos parecen más que suficientes para probar nuestra conclusión.

Es a saber: que Dios tiene prometido en sus Escrituras resucitar a otros muchos santos, fuera de los ya resucitados antes de la general resurrección, por consiguiente la idea de la resurrección de la carne, a un mismo tiempo y una vez, en un momento, en un abrir de ojos, es una idea tan poco justa, que parece imposible sostenerla.

Esto es todo lo que por ahora pretendemos, y con esto queda quitado el segundo embarazo que nos impedía el paso, y resuelta la segunda dificultad.