Extractos del Libro Corrija a su hijo
Por Monseñor Álvaro Negromonte
Tomado del excelente blog A Grande Guerra
http://a-grande-guerra.blogspot.com.ar/2010/04/crianca-que-falta-verdade-como-educa-la_13.html
Traducción de Radio Cristiandad
El niño que miente
¿Cómo educarlo?
Continuación
Vanidad
A) Hay niños y adultos (…) a quienes les gusta llamar la atención sobre sí mismos, se ponen en evidencia, para hacerse el centro de gravedad del mundo. No pudiendo hacerlo por la fuerza de los hechos, recurren a la inventiva. No se conforman con la mediocridad de la vida: entonces, la decoran. Como no encuentran alabanza ajena, la representan. No es el caso de las mentiras de compensación, porque aquí actúan conscientemente.
Sólo relatan ventajas en las que piensan que no pueden ser desenmascarados.
– El que se jacta de saber hablar inglés.
– Otro de que dispara bien e hirió al ladrón, pero su padre le sacó el arma…
– Otro que prometió venir a la escuela todos los días en un helicóptero que su padre le iba a comprar.
B) Además de la llamada a la realidad, debemos advertir a estos vanidosos el resultado contraproducente de sus mentiras, que los desacreditan en lugar de engrandecerlos; y que pueden parecer ridículos.
– Hay que alentarlos a buscar situaciones reales de prestigio, por medios lícitos: el estudio asegura notas altas, la bondad gana amigos, la habilidad en el deporte suscita la admiración, etc.
– Como se trata de verdaderas mentiras, hay que hablarles acerca de la moralidad: Dios quiere que digamos la verdad. Recomendar el examen de conciencia al respecto, así como el reconocer estos pecados en la Confesión. Sin embargo, proporcionar tales medios, conforme al desarrollo del niño.
Altruismo
A) Rarísima entre los pequeños (que mienten para disculparse), se encuentra entre los escolares y adolescentes la mentira generosa o altruista, dicha en defensa de colegas y amigos para evitarles disgustos y sacarlos de apuros.
Algunas veces sólo niegan la culpabilidad del amigo; pero otras, más raras, la cargan sobre sí mismos.
B) Alabe el educador la solidaridad, especialmente en momentos difíciles; pero proviniendo de un bello sentimiento, debe ser servido por una actitud noble, y no por un medio ilegítimo y vergonzoso, como es la mentira.
– No es fácil, en los casos de solidaridad de grupo, obtener la verdad. Por lo tanto, es importante proclamar la dignidad de quien no mentirá en ningún caso, para no traicionar deliberadamente su conciencia.
– Si el adolescente mintió en favor de alguien, piensa que ha practicado un gran acto; que se desengañe. Grandiosa es la fidelidad a la verdad. Por elevada que le parezca su intención, la mentira es incompatible con el sentimiento íntimo de honradez, que es la mejor base y el premio mejor de un buen carácter.
Bien presentada, esta doctrina sustenta el ánimo de los jóvenes. O si no, no son generosos…
Maldad
A) En algunas mentiras se encuentra el deseo de venganza y se manifiesta con claridad, aunque sus motivos son a veces oscuros.
Otras veces son claros, y basta tener ojos para verlos. El niño percibe cómo la mentira irrita a los padres; miente para molestarlos, para vengarse de los sufrimientos que se les imponen, en protesta por el trato que recibe. Tanto es así que miente sin ninguna lógica: dice ahora lo que antes negaba, niega los hechos notorios, previendo la indignación que causa.
– No lo puedo comprender, pero los miembros de la familia nos dirán fácilmente por qué miente Pedrito. Trata de vengarse de las burlas y del acoso, de las exigencias frecuentes y de los castigos injustos.
– La venganza adquiere en algunos casos un tono curioso: le niño miente sólo a una persona en particular o sobre un tema determinado. La explicación, en cuanto a los temas, no es tan fácil: en la mayoría de las veces, hace falta un análisis profundo para descubrirla.
– Cuando un niño acusa a alguien mintiendo, puede hacerlo ya sea por venganza o simplemente por la debilidad de carácter, para defenderse, incluso a expensas de los demás…
– Cuando un niño acusa a los maestros, los padres tienen que ser muy cautelosos en darles crédito. La facilidad con que se cree estas mentiras estimula la venganza.
B) Más que en otros lugares, aquí tenemos que ir a las causas y eliminarlas, para hacer cesar los efectos. Alejada la causa de la venganza, desaparece, llevándose con ella, la mentira, de que era el instrumento.
– La debilidad de carácter exige un manejo cuidadoso, de base amplia y larga duración. Puede más la paciencia que el rigor. Mucho más la ayuda que el castigo.
– En los casos más rebeldes, los expertos serán consultados para el diagnóstico y la orientación.
Enfermedad
A) Por lo general, a los 7 años comienza a disminuir la falta de discriminación entre lo real y lo imaginario. Sin embargo, si ella persiste, sin distinción de edad, y si la fantasía continúa involucrando toda la vida, presentando o mezclando lo objetivo con los sueños, es probable que sea síntoma patológico.
– Cuando, más allá de la epata indicada, la memoria es tan defectuosa que confunde los distintos eventos y circunstancias, y el niño no es capaz de repetir de forma idéntica la misma narración; o cuando, más grande, no tiene una resistencia adecuada a las sugestiones, se trata por desgracia de un caso anormal.
– Si el niño dice con facilidad cosas abiertamente no verídicas, y no se da cuenta de que dice mentiras, pone de manifiesto un retraso mental.
En tales casos puede ocurrir un caso de mitomanía.
Los casos de mentira más o menos agresiva, aparentemente sin razón, es probable que manifiesten epilepsia.
– Ciertas mentiras que revelan disociaciones esquizofrénicas nunca aparecer sin otros síntomas de la misma naturaleza.
B) En todos los casos de histeria o esquizofrenia, lo mejor es no retrasar el examen médico. No son casos para el tratamiento del docente común. Los padres están para la educación normal como para la salud física normal. Cuando los síntomas son más severos, tanto para los males del cuerpo como para los de la mente, hay que ir al médico. Y cuanto antes, mejor.
En general
A muchos medios puede recurrir el educador para corregir al niño que miente. Consideremos los principales.
Ir a las causas
En cualquier, lo principal es indagar la causa. ¿Por qué miente este niño? Conocida causa, si no es la edad de la fantasía, hay que eliminarla.
Y como muchas veces está más en nosotros que en los niños, recordemos el agua de San Felipe Neri: tomándola los padres, se curan los niños…
Esto es más fácil decirlo que hacerlo, porque casi siempre implica la modificación del sistema de educación y de su propio hogar o ámbito social.
Este último se ha de cambiar, cuando no se le puede purificar.
Hacer amar la verdad
El propósito de la educación de la sinceridad es infundir el amor por la verdad, el horror por la mentira y la deslealtad, lo que puede hacerse incluso por razones aparentemente más hermosas.
Infundir al niño el valor de manifestar (prudente y discretamente) sus propias convicciones, y asumir la responsabilidad de sus acciones.
Esto supone procesos educativos capaces de dar el gusto por la verdad y su amor.
Sólo lo conseguiremos llegando a la voluntad del niño, moviéndola en la dirección deseada. Mientras no lo consigamos, estaremos dando vueltas sin esperanza de hacer realidad la verdadera educación.
Confiar en el niño
Uno de los mejores medios para curar al niño que miente es la confianza. «Hacer del ladrón fiel», dice el aforismo. La mentira revela casi siempre un error de conducta, ya que quien procede bien no necesita mentir. Porque se sienten inseguros, mienten con la esperanza de afirmarse. La actitud del educador influirá decisivamente en el niño:
1) con rigor y dureza, lo precipitará en nuevas mentiras, y más refinadas con el fin de escapar al castigo;
2) con la comprensión y la bondad quitará el miedo, establecerá la confianza, allanará el camino a la verdad.
Incluso atrapado en la mentira, debemos decirle que confiamos y esperamos que corresponda. No sólo decirlo, sino también obrar así:
– Darles tareas de confianza: en un principio pequeñas, pero crecientes en la medida en que correspondan;
– Vigilarlo discretamente, para que no lo irrite el espionaje;
– Pedirle cuenta de las tareas, pero de modo amplio y generoso, que no denuncie sospecha;
– Renovar la confianza, aunque a veces recaiga (por hábito o debilidad natural);
– Olvidar (y callando para siempre) las faltas perdonadas.
Incluso cuando un relato no nos satisface, debemos admitir que dice la verdad, hasta que podamos aclarar. Recién entonces, volver al tema, con tranquilidad y firmeza.
La experiencia enseña que en las familias donde los niños viven en estrecha colaboración con los padres, y en que estos «pierden el tiempo» con la educación y están interesados en las vidas de los niños, informándose normalmente de sus actividades diarias, la mentira es inexistente o muy rara.
Estimular
Si los incentivos, premios, reconocimientos, elogios…, impulsan incluso a los adultos a conducirse, cuánto más a los niños.
La mentira con frecuencia les trae beneficios prácticos: escapar al castigo, conseguir dinero para dulces, etc. Decididos a decir la verdad, no deben sentirse defraudados. El educador debe compensar con ventajas reales, y mucho más que las que se logra por la mentira. De este modo, el niño ve que vale la pena decir la verdad.
La autocrítica
La conciencia del hombre normal es luz que no se extingue, la voz que no se silencia, la verdad que no se engañe. Miento a los otros; no a mí mismo.
El verdadero educador no puede olvidar la formación de la conciencia del niño. Y debe interesarse profundamente y a menudo en esta obra fundamental de interrogarse frente a Dios y a sí mismo.
Es lamentable que incluso los católicos utilicen habitualmente el examen de conciencia sólo para la confesión. Los paganos, como Séneca, lo querían que todos los días. Efectivo siempre, lo es sobre todo cuando se trata de la corrección del mentiroso.
Que se pregunte lo siguiente: ¿dije la verdad? ¿dije lo que debía decir? ¿corresponden a la verdad mis palabras y mis acciones? ¿fui honesto y justo en mis palabras y acciones? ¿fui honesto y leal con mis intenciones? ¿me siento tranquilo ante Dios?
Respondiendo a otro, podría engañarlo; respondiendo a mí mismo, la conciencia no me permite engaños, aunque lo quiera.
Llevemos al niño a este examen, seguros de que nos traerá un gran éxito.
Principios para la Vida
Son los principios los que rigen la vida moral. Inculcarlos es el deber de todo educador. Las bases religiosas, morales y sociales de la sinceridad se deben dar a conocer de forma segura a lo largo de la educación, ya sea de modo directo (en caso oportuno) ya de modo casual.
Las indicaciones de los valores éticos de la honestidad y la lealtad, la confianza que merece el hombre veraz, el coraje moral que requiere la verdad; o, por el contrario, el horror de la mentira, la vergüenza, la lástima de no poder creer a un mentiroso, incluso cuando dice la verdad, la pena de que así compromete su honor, etc., pueden darse en la conversación, cuando las circunstancias así lo permiten.
Esto vale más que los «sermones», cuyos efectos son siempre menores que la elocuencia, cuando no pesados y contraproducentes.
¿Y los castigos?
Dichoso el educador que lleva a cabo su misión sin recurrir al castigo. La mayoría, sin embargo, todavía no entiende que se puede corregir sin castigar. Se sienten débiles, si no castigan… Aplicando penas (¡y cuanto más graves mejor!) se sienten realizados, aunque de este modo han hecho la destrucción y no la enmienda de su hijo. Triste es esta mentalidad.
La esencia de la educación de la sinceridad está, como hemos dicho, en inculcar en los niños el amor a la verdad. Los castigos nunca lo harán. Los medios para alcanzarlo ya fueron nombrados.
Concedo en que los realmente mentirosos sean castigados. Y que lo sean más por la mentira que por la falta relacionada.
Ejemplo: Marina rompió la jarra, y lo negó. Debe ser corregida porque mintió, Sería excusada si hubiese confesado. Después de todo, un accidente le sucede a cualquiera.
Concedo que quien está acostumbrado recibir castigos se sorprenda si no lo recibe por las mentiras. Juzgará que los padres no la reputan como mala.
Sin embargo, como el castigo, cuanto más severo incrementa y refina las mentiras, yo le aconsejo a aquellos que aún no saben deshacerse de su implementación, que impongan pocos y leves. Se trata de la cuestión de la inseguridad: cuanto más amenazados, los niños más mienten.
Los niños que mienten necesitan más de amparo que de castigo. Menos mentirían, o no mentirían, si fuesen más felices.
La reparación de los daños causados por las mentiras (cuando fueron previstos por el mentiroso) no es un castigo, sino un deber. Por lo tanto, quien calumnia, está obligado a retractarse, para restaurar el buen nombre de su víctima.
El pecado de la mentira
Por supuesto que la mentira es un pecado. Contrario a Dios, la suma verdad, que nos enseño la sinceridad: «Que vuestro sí, sea sí, y vuestro no, no,». Anti-social, porque las relaciones humanas sólo ofrecen seguridad, si se fundan en la verdad.
En los adultos puede ser pecado mortal, de acuerdo a la intención y el daño previsto. En la Biblia, las mentiras dañinas fueron castigadas severamente. (Los dos viejos que difamaron a Susana fueron condenados a muerte). En los niños, la falta de consideración excusa la culpa grave, en general, incluso cuando hay un deseo de venganza o de dañar a otros.
En la mentira en cuestión debe distinguirse:
La fría y calculada, para obtener beneficios; de la emitida por temor. Esta es de mucha menor malicia.
Para la mentira generosa, la Biblia viene a ser… generosa también. Cuando el Faraón ordenó a las parteras de las hebreas matar a los hijos, no lo hicieron, alegando que las mujeres hebreas eran tan fuertes que daban a luz solas. La Biblia hace hincapié en el temor de Dios que revelaban las parteras, y calla la mentira. (Ex. 1,15-21).
No exageremos el pecado que puedan cometer los niños al mentir. Podemos infundirles el arrepentimiento sobrenatural, pidiéndoles sinceramente por el amor de Dios, enseñarles a pedir ayuda divina para la práctica de la sinceridad, hablarles de pecado, sin sobrecargarlos con una conciencia culpable por encima de su mente.
En la confesión, que se acuse de esto, como se acusa de los otros pecados.
