LA EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD
Hemos dicho que luego de educar los sentidos, a partir del uso de razón hasta la pubertad, hay que educar principalmente la voluntad, porque en ese período el niño «puede comprender por medio de otro, pero no se basta a sí mismo para entender y comprender».
Sigue, pues, ahora la educación de la voluntad. Ella es la facultad de nuestra alma por la cual buscamos el bien conocido por el entendimiento.
La formación de la voluntad es fundamental para que el niño sea libre y bueno. Esa voluntad debe ser suficientemente fuerte como para dominar y mandar el cuerpo, la sensibilidad y las pasiones; deber ser también flexible como para obedecer y someterse a Dios y a los superiores.
Grande es la misión de los padres que se ocupan en la educación de la voluntad de sus hijos para que lleguen a ser dueños de sí mismos frente a todos los obstáculos y dificultades.
He aquí el programa: vencerse a sí mismo, ser dueño de sus instintos y pasiones, de sus facultades y tendencias, y, luego de conseguido eso, lanzarse al rudo batallar de cada día, al cumplimiento del deber, tanto en lo próspero como en lo adverso.
Pues bien, este dominio de sí mismo, esta sujeción de las diversas y opuestas tendencias del hombre a su razón, sólo se consigue mediante la educación de la voluntad. Esa es la que forma hombres de temple recio, de voluntad indomable, de tesón en la lucha, de carácter firme, que consiguen lo que para los demás parece un sueño.
La decisión, la constancia, la valentía de la voluntad, hace que lo que parecía imposible, sea posible y se convierta en realidad.
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La voluntad libre del hombre no puede empezar a manifestarse en el niño hasta que éste haya llegado al uso de razón. La voluntad es una facultad ciega. Por ser libre, ha de elegir entre dos o varias cosas, y eso no puede hacerlo sin un conocimiento previo. Por eso la voluntad no despierta en el niño hasta después del uso de razón, o mejor, con el mismo uso de razón.
Hacia el final de la primera etapa (seis años), los padres deben ya empezar a educar directamente la voluntad. Decimos directamente porque de una manera indirecta ya pueden empezar un poco antes.
El niño que no tiene noción directa del bien y del mal, puede tenerla de una manera indirecta: mediante los halagos o los reproches que le dirijan sus educadores por alguna acción u omisión.
Esta es la única vía de hacer comprender y hacer aceptar o rechazar a los niños, con su voluntad embrionaria, el bien o el mal que entrevén de una manera vaga.
Muy recomendable es, pues, que los padres durante la infancia de sus hijos inicien ya esa educación moral de su voluntad naciente, reprendiendo y refrenando todas aquellas tendencias desviadas y actos manifestadores de las mismas que, al llegar al uso de razón, pueden dominar la voluntad o presionarla.
Las reprensiones realizadas por los padres por actos de ira, gula, envidia o por acciones y actitudes poco conformes con el pudor, serán un medio eficaz de que su voluntad, al despertar plenamente hacia los seis o siete años, ya se sienta inclinada a rechazar lo malo.
A medida que el niño va acercándose al uso de razón, estas reprensiones podrán ser más ásperas, llegando incluso en casos especiales a algún castigo moderado cuando la gravedad de la falta considerada objetivamente o el peligro de mal influjo fuesen mayores.
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Mucho antes de comprender la importancia y la necesidad de una ley, el niño debe trabajar en someterse a ella; sin esperar a que entienda la gravedad del pecado (transgresión de la ley), hay que enseñarle a desterrarlo de su vida, dominando sus caprichos y sus humores.
Hay que forjar su voluntad, siendo su propio consejero y censor. Esta etapa puede dividirse en tres períodos: uno de violencia, otro de apoyo y un tercero de vigilancia.
Mientras el niño no pueda dominar su voluntad, el educador debe animar los actos de voluntad e incluso generarlos o forzarlos, para que el niño adquiera voluntad, capacidad de gobernarse.
En este período es necesaria una cierta violencia exterior, que podrá ejercerse, según los casos y las disposiciones del niño, por el amor, el temor o el castigo.
El niño deje ejecutar las órdenes dadas por sus padres y sus legítimos superiores por el solo hecho de que provienen de los representantes de la autoridad de Dios, sin pretender entender y estar de acuerdo con aquellas; de otro modo se obedecería a sí mismo.
Llegará más tarde el momento en que habrá que formar la inteligencia y el juicio del adolescente, explicando las razones que justifican las órdenes.
A medida que el niño avanza en el dominio de sí mismo y se va formando su voluntad, hay que orientarla hacia fines nobles, estimulando y sosteniendo al niño, pero imponiendo o forzando cada vez menos, a fin de que él mismo comience a ejercer el dominio de su facultad. Es el período del apoyo.
Finalmente, poco a poco, el educador se limitará simplemente a señalar iniciativas y a vigilar de lejos, absteniéndose de intervenir, salvo en caso de necesidad.
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En un hermoso pasaje, la Sagrada Escritura designa a la edad que ahora nos ocupa diciendo, con una bella perífrasis, que es aquella en que el niño sabe desechar lo malo y elegir lo bueno (Isaías, 7, 15).
Con estas palabras no sólo nos ha señalado una edad, sino que al mismo tiempo nos indica el ideal de la educación de la voluntad.
El hombre tiene que pasar en esta vida por en medio de atractivos y halagos que le solicitan al mal, y que él conoce como mal, y también, junto a ásperos caminos que le conducen al bien.
Su voluntad libre es la que tiene que decidir. De ella depende desviarse por el camino del placer, contra el dictamen de la razón, o seguir con paso firme por el camino del deber, como le propone su inteligencia.
Si hace lo primero, esto es, desechar lo bueno y elegir lo malo, irá dando de vileza en vileza hasta dar con su cuerpo corrompido en el sepulcro. Si hace lo segundo, esto es, desechar lo malo y elegir lo bueno, habrá echado a andar por el camino de los héroes y santos, que le conducirá a la inmortalidad bienaventurada.
En cualquiera de los dos casos, la voluntad habrá sido el artífice del destino del hombre, tanto, si este destino es el encumbramiento como si es la ruina.
De ahí la incalculable importancia de educarla bien.
Y al llegar a este punto una pregunta asalta a la mente con insistencia. Siendo lo bueno atractivo por su naturaleza y lo malo, naturalmente, repulsivo, ¿cómo es que la voluntad humana necesita ser fortalecida mediante la educación, para que deseche el mal y elija el bien?
Dos verdades dan la solución plena a este enigma: una pertenece a la Revelación y es un dogma: el pecado original; la otra pertenece a la filosofía y es una tesis: la libertad.
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Respecto del dogma del pecado original, nos enseña la Iglesia, apoyada en la Escritura y en la Tradición divina, que el hombre, en el presente estado y a consecuencia del pecado de los primeros padres de la Humanidad, Adán y Eva, nace con el pecado original, o lo que es lo mismo, privado de la gracia de Dios y con cuatro heridas en sus facultades.
Aquí está explicada, en parte, la necesidad de educar la débil voluntad del niño que empieza a hacer acto de presencia en la vida. Muchas de nuestras malas inclinaciones tienen su origen en el pecado original y forman en nosotros como una segunda naturaleza.
Diga lo que quiera Rousseau, el niño no nace bueno enteramente; sino que da desde pequeño, antes de que brille en él la luz de la razón, pruebas de tendencias desordenadas.
Dícese de los niños pequeños bautizados que son unos angelitos. No lo niego; solamente afirmo que tienen también su parte no pequeña de ángeles caídos, o lo que es lo mismo, de diablillos.
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La otra verdad que explica la necesidad de la educación de la voluntad es el hecho de que esa voluntad es libre.
La libertad es la clave y raíz de la grandeza del hombre, pero, al mismo tiempo es también la causa de todas sus tragedias. Si la voluntad usa bien de su libertad, hará del hombre un héroe, un santo; pero si usa de esa prerrogativa para dar rienda suelta a sus pasiones y egoísmos, la voluntad hará del hombre un perverso, un facineroso.
Todo depende del uso de su libre voluntad. Pero ésta, a su vez, depende en gran parte de la educación que haya recibido. En gran parte, solamente; porque bien puede suceder, que, a pesar de la mejor educación recibida, la voluntad libremente opte por lo peor.
Educar la voluntad no es privarla de su libertad, sino acostumbrarla a hacer buen uso de la misma. Mediante ese buen uso se forma el carácter que da fijeza, firmeza y constancia a la manera de obrar de cada hombre.
Pero no hay que olvidar que, por más formado que esté el carácter, siempre queda viva la libertad y siempre la voluntad puede torcer el curso de la vida. Al principio, al medio y al fin de la vida, y en cualquier momento de ella, puede la voluntad libre cambiar de dirección, dejar la ruta del santo y tomar la del pecador, o dejar la del pecador y tomar la del santo.
Esto no es motivo para aflojar en la tarea educativa, sino razón de más para tomarla muy a pecho, Cuanto mayor sea la posibilidad de una desviación futura, mayor ha de ser el afán en disminuir la probabilidad de ese quiebre, mediante una educación esmerada.
Siempre será verdad que a mejor educación corresponderá un mejor uso de su libre voluntad. Pero ese argumento puede fallar; y sabemos que de manos del mejor de los educadores, del Divino Maestro, Cristo, salió el más desventurado de los educados, Judas.
Ello puede servir de consuelo a los padres, si después de agotar todos los medios a su alcance para educar la voluntad de su hijo, al cabo vence en él la bestia al ángel, o el ángel caído al ángel bueno.
Es ése un riesgo ineludible del existir humano, por ser libre.
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Ente la voluntad y la inteligencia hay un mutuo influjo, un constante flujo y reflujo.
La inteligencia influye en la voluntad, sin ella no puede darse una voluntad libre.
Desde el momento en que una persona pierde el uso de razón, al volverse loco, dejan de imputársele los actos que hace. Sin conocimiento, no puede haber libertad.
Pero también hay un influjo, no pequeño, de la voluntad en la inteligencia. El tesón y la constancia en el estudio van agrandando incesantemente los dominios de la inteligencia y aumentando la suma de sus caudales.
La experiencia demuestra muchas veces que talentos que no exceden de medianos, aprovechados con tesón y con tenacidad férrea, llegan a alcanzar altas cimas del saber y a ser reconocidos por todos como autoridades indiscutibles en una especialidad.
En cambio, por falta de voluntad y de constancia en los estudios, inteligencias de brillante porvenir se malogran con frecuencia.
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Lo primero que hay que hacer para educar moralmente la voluntad es formar la conciencia moral del niño.
Pregonera de Dios y guardián de nuestra alma, han llamado a la conciencia.
Pregonera de Dios, porque su voz se deja oír insistente e implacable en el fondo de nuestro corazón, anunciando previamente lo malo como malo y lo bueno como bueno, y alabando o reprendiendo después de la acción, según hayamos optado por lo uno o por lo otro.
Pregonera de Dios insobornable: el rico con todas sus riquezas y el poderoso con todo su poder no conseguirán jamás comprar la conciencia para que deje de hacer oír su voz. Aunque los cortesanos o los paniaguados lisonjeen exteriormente al tirano o al disoluto, la voz de la conciencia seguirá clamando en el interior del corazón y suscitando un remordimiento que es el principio de la resurrección del alma.
Pero, la conciencia es también guardiana del alma. Gracias a esas voces que da, indicando lo bueno y lo malo, intenta conseguir que el hombre no caiga en el mal o, si ha caído, se levante.
La conciencia es el dictamen práctico de la razón, que da a cada hombre testimonio de lo bueno y de lo malo antes y después de cada acción: antes, avisando que se escoja lo bueno y se rechace lo malo; después, alabando si se ha hecho lo primero, reprendiendo si se ha hecho lo segundo.
Por eso la formación o ilustración de la conciencia moral es el primer paso que hay que dar: si se equivoca la conciencia o se atrofia, es imposible la vida moral y el ejercicio moral de la voluntad.
La conciencia moral actúa muy pronto en el niño. Ya antes de que tenga plenamente desarrollado el uso de la razón existe en la conciencia del niño un instinto moral, una especie de facultad moral, tendencia, gusto y ley, que se desarrolla gradualmente y en armonía con los otros elementos fundamentales del psiquismo humano.
El niño es sumamente sensible a la justicia e injusticia, más a la segunda todavía que a la primera. Reacciona enérgicamente ante la imputación falsa de una falta moral cualquiera. Al verse descubierto en una caída moral que él creía oculta, se llena materialmente de rubor. Fácilmente concibe por sus deslices, cuando se le reprende o se le hacen ver, un dolor sincero y cordial que le lleva hasta derramar lágrimas amargas.
El Papa Pío XII ha dedicado a la educación de la conciencia del niño uno de sus más hermosos discursos (Radiomensaje sobre la conciencia cristiana como objeto de la educación, 23 de marzo de 1952).
En él entona, primero, un canto a esa maravilla de la conciencia moral.
La conciencia —dice— es como el núcleo más íntimo y secreto del hombre. Allá dentro se refugia con sus facultades espirituales en absoluta soledad: solo consigo mismo o, mejor, solo con Dios — de cuya voz la conciencia es un eco — y consigo mismo. Allí dentro se determina por el bien o por el mal; allí dentro escoge entre el camino de la victoria o el de la derrota.
Aunque alguna vez quisiese, jamás lograría el hombre quitársela de encima; en su compañía, ora apruebe, ora desapruebe, recorrerá todo el camino de su vida, y siempre con ella, como testigo veraz e insobornable, se presentará al juicio de Dios. La conciencia es, por tanto, para expresarlo con una imagen tan antigua como bella, un santuario ante cuyo umbral todo deben detenerse, incluso el padre y la madre, cuando se trate de un niño.
Tras esto sienta el siguiente principio: El Salvador divino ha traído al hombre ignorante y débil su verdad y su gracia: la verdad, para indicarle el camino que lo conduce a su fin; la gracia, para la fuerza de poderlo alcanzar.
Y de este principio deduce el Papa la siguiente consecuencia: De aquí se sigue que formar la conciencia cristiana de un niño o de un joven consiste ante todo en instruir su inteligencia acerca de la voluntad de Cristo, su ley, su camino y, además, en obrar sobre su alma, en cuanto puede hacerse desde fuera, con el fin de inducirlo al libre y constante cumplimiento de la voluntad divina. Este es el deber primordial de la educación.
En este mismo discurso, ya hacia el final, indica un punto concreto en que se debe educar con especial interés la conciencia, en el concepto exacto de la libertad: Imprimid en la conciencia de los jóvenes el genuino concepto de la libertad, la verdadera libertad, digna de una criatura hecha a imagen de Dios. Es cosa muy distinta de la disolución y del desenfreno; es, en cambio, probada idoneidad para el bien; es aquel resolverse por sí mismo a quererlo y a cumplirlo; es el dominio sobre las propias facultades, sobre los instintos, sobre los acontecimientos.
En la ilustración de la conciencia infantil se han de distinguir dos partes: la calidad y la cantidad.
La calidad, que consiste en distinguir lo malo de lo bueno y aplicar a cada acción aquél de estos dos calificativos que se merece.
La cantidad mira más bien a la gravedad o a la levedad de la falta cometida.
En lo referente a la calidad de las acciones, los niños suelen tener una conciencia muy exacta, sobre todo a medida que van comprendiendo el decálogo. Los padres no tendrán que hacer otra cosa más que hacer repetir con alguna frecuencia a su hijo los diez mandamientos y explicarles, según la capacidad del niño, su significado.
En cambio, en lo referente a lo que hemos llamado cantidad, los niños necesitan mucho más de la ilustración de sus educadores. A un niño le cuesta mucho distinguir entre una falta grave y una falta leve y hay que acostumbrarle a ello. Esta puntualización es tanto más necesaria cuanto que el niño carece del sentido de lo relativo, y tiende a dar a las menores cosas una importancia enorme.
Un acto con el que se podrá ilustrar la conciencia del niño es el examen diario; servirá para orientarle eficazmente, tanto en el reconocimiento de las faltas como en determinar su gravedad o levedad.
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El segundo paso para educar moralmente la voluntad es fortalecerla.
Se dice que un dormilón empedernido fue una vez a una relojería y preguntó si vendían allí algún aparato para levantarse de la cama. —Usted querrá sin duda un despertador, ¿no es verdad? —No, no; despertarme ya me despierto; lo difícil después es levantarse. Por eso lo que yo deseo, ¡un levantador!
La narración no pasa, evidentemente, de ser un chascarrillo caricaturesco; pero tiene su aplicación en nuestro caso. Ilustrar la conciencia, tal como hemos descrito hasta ahora, es como hacer sonar el despertador que indica el momento en que empieza el deber de levantarse. Pero, por más que suene la voz de la conciencia, si luego no responde la voluntad con un acto de energía no se ha conseguido otra cosa que aumentar la responsabilidad.
Pocas tragedias hay mayores que la que se desarrolla en el interior del hombre que tiene conciencia clara de su deber y se siente impotente para cumplirlo.
Por eso, no basta ilustrar la conciencia, hay que fortalecer la voluntad para que cumpla lo que reconoce como deber.
Para ello se puede echar mano a dos clases de recursos: unos de orden sobrenatural y religioso y otros de orden natural y simplemente psicológico.
Por ahora trataremos únicamente de los segundos, en otras entregas hablaremos de los otros.
Después que la conciencia ha cumplido su misión de hacernos conocer lo que debemos querer, todos quisieran querer lo que ella nos dice; pero hace falta fortalecer la voluntad para que quiera de veras lo que quisiera querer.
Querer de veras lo que se quisiera querer: he ahí el objetivo y la meta de la educación de la voluntad.
Para educar la voluntad en este sentido hay un medio universal, al que se reducen todos los medios de formación moral: la repetición de actos hasta que lleguen a formar hábitos. Hay que repetir los actos de querer para que en la voluntad se forme el hábito moral o costumbre de querer lo que se debe querer.
Mediante los hábitos adquiridos por medio de la repetición de actos, se consigue lo que se ha llamado la estabilidad de la conciencia moral del niño.
El educador ha de exigirle frecuentes actos de voluntad que les acostumbren, a querer lo que debe querer moralmente.
Esta estabilización de la voluntad hay que conseguirla en dos direcciones diferentes: mediante la adquisición de hábitos buenos moralmente y mediante la represión y sustitución de los malos hábitos.
Los grandes caracteres son, sin excepción, hombres de hábitos, no de rutinas.
Al hábito se debe la facilidad, la rapidez, la vivacidad, la presión, la perfección del acto moral; él modifica y perfecciona las energías morales, y da el gusto y aun la necesidad íntima de la virtud.
Para la creación de hábitos buenos son muy interesantes las siguientes reglas:
1ª) Para adquirir un nuevo hábito conviene tirarse al agua de una vez, por medio de una iniciativa enérgica e irrevocable.
2ª) No aceptar nunca ninguna excepción hasta que el hábito esté bien arraigado.
3ª) Aprovechar la primera ocasión de aplicar cada una de las resoluciones y seguir inmediatamente toda insinuación emocional orientada en el sentido del hábito que se debe querer.
4ª) Mantener viva la facultad del esfuerzo, sometiéndola cada día a un pequeño ejercicio sin provecho.
5ª) Aumentar gradualmente el número y dificultad de actos voluntarios.
Estas reglas que acabamos de enunciar pueden servir también para desarraigar los malos hábitos. En esta tarea, frecuentemente se necesitará mayor energía que en la anterior. Puede afirmarse, no obstante, que no hay ningún hábito malo indestructible. La dificultad de destruirlo será tanto mayor cuanto más arraigado estuviere por la repetición de actos y cuanto éstos se refieran a una tendencia más fuerte o la canalicen.
Para esta superación de los hábitos malos son útiles tres procedimientos diferentes (todo depende de qué clase de mal hábito se deba superar):
1º) Sustitución de un hábito por otro.
2º) El abandono progresivo, haciendo cada vez más largos los períodos que separan cada uno de los actos. Es el sistema de consunción lenta.
3º) La destrucción directa, radical. Es el método propio de los grandes caracteres, pues exige mucha energía. Una vez hecha la resolución, no se debe ceder ni una sola vez.
No debiera pasar ni un día en que los padres no exigieran de sus hijos algún acto de obediencia que ejercitara su voluntad, incluso sin fin utilitario alguno, para mantener esta facultad tensa y educarla.
Mucho más han de hacer esto los padres si observan que hay en su hijo algún mal hábito contraído, v. gr.: si es perezoso o desobediente, si se deja dominar por alguna golosina. Por cualquiera de los procedimientos anteriormente indicados, deben ayudar a su hijo a desarraigar el mal hábito y a adquirir el contrario, ejercitando frecuentemente en esto su voluntad, hasta conseguir una afianzada victoria.
Pero no han de proceder como mandones, coartando con órdenes imperiosas y excesivas amenazas de castigo la libertad de sus hijos, sino como educadores que ejercitan la voluntad de sus educandos para que éstos tomen libremente sus decisiones.
Cierto es que en la vida familiar se ha de hacer sentir la autoridad paterna para evitar que el hogar sea un caos en que campen a sus anchas la insubordinación, el desorden y la anarquía; pero no es menos cierto que el automatismo no tiene nada que ver con la educación familiar.
Continuará…
